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      El Batallón 32

      December 1, 2010
      Gary en su casa con una bandera del Batallón 32.

      Durante los divisivos días de dominación blanca en Sudáfrica, un equipo militar multirracial de operaciones especiales se granjeaba la reputación de ser la tropa de mercenarios de más alta élite de todo el planeta. Se les conocía como Batallón 32. Con base en Angola, operaban a las órdenes de una autoridad gubernamental secreta que les concedía permiso para detener el pulso de cualquiera que el gobierno sudafricano considerara un problema. Contribuyendo a aplastar el revolucionario Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), hicieron suya la causa del gobierno blanco de Sudáfrica. Más tarde, en 1993, el entrante Congreso Nacional Africano (CNA) reclamó que se desmantelara la unidad; aquel era, después de todo, un grupo de hombres negros que, guiados por hombres blancos, mataba a otros hombres negros. Así y todo, en reconocimiento a sus servicios, el saliente gobierno blanco destinó el pequeño pueblo de Pomfret a servir de comunidad privada para el retiro de los miembros del Batallón 32.

      En 2004, tras ver la luz unas fotografías en las que un número no precisamente pequeño de aquellos desterrados en Pomfrest aparecía encadenado, conducido ante un tribunal de Zimbabwe bajo la acusación de haber intentado derrocar al recién elegido gobierno de Guinea, el CNA sopesó arrasar el poblado. En lugar de eso, dejaron que se muriera solo. El CNA clausuró la única clínica de Pomfret y, hoy en día, no hay allí puestos de trabajo ni apenas servicios sanitarios. Los soldados del Batallón 32 que aún siguen en Pomfret viven en la miseria; no es que se hayan ganado el derecho a vivir entre lujos, precisamente.

      Afortunadamente para unos cuantos soldados del Batallón 32, tanto gobiernos como grupos privados de todo el mundo precisan a menudo de los servicios de mercenarios bien entrenados, y se contratan por vastas sumas de dinero como asesinos a sueldo freelance. En la actualidad esos hombres tienen las narices metidas en operaciones privadas o impulsadas por un gobierno u otro en Afganistán, Irak, Abu Dhabi y sabe Dios en qué otros lugares.

      Entre 1979 y 1982, una de las etapas más intensas de la guerra fronteriza con Angola, el soldado Gary Swardt fue uno de los líderes del Batallón 32. Hoy dirige una compañía de soldaduras y vive en una modesta casa unifamiliar en Melkbosstrand, a unos 40 minutos de Ciudad del Cabo. Recientemente se ofreció a explicarnos la oscura historia del grupo y sacó para nosotros varias cajas de zapatos con moneda angoleña, fotos de los pasaportes de los angoleños que mató durante la guerra secreta del Partido Nacional y un montón de instantáneas personales de una guerra olvidada.

      “Esta foto se tomó en la periferia de Buffalo, el poblado en Caprivi Strip en el que vivíamos cuando no estábamos enfrascados en alguna operación.”

      Vice: ¿Cómo llegó a existir el Batallón 32?
      Gary Swardt:
      Un tipo, el coronel Jan Breytenbach, fundó el Grupo Bravo, que más tarde se convirtió en el 32. Durante la guerra civil angoleña, miembros del MPLA hostigaron y forzaron a huir hacia la frontera con Namibia a los del Frente Nacional por la Liberación de Angola, aunque estos finalmente acabaron llegando a la frontera con Sudáfrica. Breytenbach los acogió y moldeó en lo que hoy conocemos como Batallón 32. Lo que hizo, básicamente, fue volver a ponerlos en circulación para que dieran por el culo a los del MPLA. Proelio Procusi, nuestro lema, significa “Forjado en Batalla”.

      ¿Cuál era la composición étnica del grupo?
      En 1980, cuando cayó Rhodesia, muchos rhodesianos, además de belgas, franceses, australianos y neozelandeses, vinieron a Sudáfrica. Muchos de esos hombres habían luchado como profesionales en la Infantería Ligera de Rhodesia. Por regla general había un soldado blanco por cada doce soldados negros, con un sargento negro y dos blancos. Muchos de esos tíos llevaban luchando contra el MPLA desde la década de los 60; algunos tenían ya cerca de 50 años y estaban totamente encallecidos por la guerra. Yo ingresé con 20 años y nadie hasta entonces había disparado un arma contra mí en un ataque de rabia. Tenías que ganarte el respeto. Pero allí aprendíamos rápidamente.

      Cuando usted empezó en el Batallón 32, las incursiones de Sudáfrica en Angola eran todavía un secreto; pero ¿no era aquel un bloqueo a la prensa meramente nominal? ¿No era un hecho conocido? La gente habla.
      No. Entonces nadie sabía nada de eso. Actuábamos sólo en Angola, en ningún otro lugar. Al menos, yo no recuerdo haber llevado a cabo operaciones en ningún otro sitio. El equipo que llevábamos no mostraba distintivos, de manera que si éramos capturados el gobierno podía negar su implicación. No nos estaba permitido decir nada, ni siquiera a nuestros padres. Mi madre creía que era utilero en una base regional de la South African Defense Force [SADF]. De haber muerto, probablemente le habrían dicho que fallecí mientras trabajaba en el almacén.

      Pero todo eso cambió estando usted allí.
      Sí. Uno de mis sargentos, un tipo que había venido de Rhodesia llamado Trevor Edwards, desertó. Reapareció meses después en las oficinas en Londres del SWAPO, la South West African People’s Organization, que era básicamente el mismo grupo contra el que nosotros estábamos luchando. Contó un montón de sinsentidos acerca de que “estábamos entrenados para matar a cualquiera que se nos pusiera delante”, lo cual era una tontería. Nosotros cuidábamos de la población local, de otra manera no habríamos tenido suministro de agua. Edwards nunca fue muy buen soldado a pesar de que le pagaran como tal. No pretendo difamarle, sus razones tendría para hacer lo que hizo, pero fue a raíz de aquello cuando la mierda se empezó a esparcir.

      ¿Cómo recibían las órdenes?
      Era bastante sencillo. Se limitaban a enseñarnos un mapa y decir, “Éste es vuestro área. Un terreno cuadrado de 30 millas por 30. Queremos que lo limpiéis”. Nuestro trabajo era, en esencia, hacer del sur de Angola un lugar seguro. ¿Y qué otra forma hay de convertir un lugar en seguro que limpiándolo de la gente que lo hace peligroso?

      ¿Y cómo hacían eso?
      Un helicóptero nos llevaba detrás de las líneas enemigas y allí nos quedábamos, a veces cinco semanas seguidas. No llevábamos muchas armas. Disponíamos de un canal de radio, pero ése era nuestro único medio de comunicación con el mundo exterior.

      “Uno de nuestros chicos corriendo para refugiarse de una bomba de fósforo blanco. Esa mierda es letal y actualmente está prohibida por las normas de regulación de armamento de la Convención de Ginebra.”

      ¿Eran tan buenos como afirma su reputación?
      Honestamente, no había otra unidad de combate que se nos acercara. Acabamos con más enemigos que toda la Fuerza de Defensa de Sudáfrica junta. Siempre vencíamos. Al final los políticos desmantelaron la unidad porque querían moverse con el mundo y toda esa mierda. Pero no había forma de que perdiéramos un combate. De ninguna manera. El ejército sudafricano de hoy es un chiste. Se me rompe el corazón al verlo. Entonces éramos uno de los ejércitos más fuertes del mundo.

      ¿Nunca encontró extraño que sus colegas fueran hombres negros luchando por preservar los intereses de un sistema que los trataba como ciudadanos de segunda clase?
      No pensábamos en absoluto en eso. Nos centrábamos en lo que teníamos que hacer. Políticamente no sabíamos demasiado sobre el apartheid. Luchábamos codo con codo gente de muchas razas y nacionalidades –de los Ovambo a los Xhosa-, y la palabra “apartheid” no existía para nosotros. En el campo no puedes alejarte más de unos pocos metros de tu unidad. Nuestra lealtad era para con cada uno de nosotros, para con la unidad y, quizá después, muy abajo en la lista de prioridades, el gobierno. Nuestro sueldo era el mismo que el de un tipo en Pretoria sentado detrás de un escritorio. Es decir, casi nada.

      Cuando no estaban en campaña, disponían de una base en Caprivi Strip, Namibia. ¿Cómo era aquello?
      Construimos con juncos un poblado, Buffalo. No había electricidad y nos lavábamos en el río. Hubo un tío, Koos Kruger, al que empezaron a llamar Koos Crocodile cuando un día, saliendo del río tras tomar un baño, un cocodrilo le atrapó una pierna. Normalmente había un chico en la orilla con un arma por si algo así pasaba, pero en esta ocasión no había un disparo claro, el ángulo era muy estrecho. Koos sabía que los cocodrilos tienen una válvula en la garganta que evita que se ahoguen; consiguió aplastársela y el “croc” se ahogó. ¡Imagínatelo! Un tira y afloja del copón, te lo aseguro.

      “Soldados del Batallón 32 totalmente equipados en un monte de Angola.”

      También los cubanos estaban con el MPLA. ¿Luchó contra ellos?
      Por supuesto. Les jodimos bien. Capturamos a un ruso. Atacamos dos bases al mismo tiempo. Creo que él estaba en logística. Su esposa murió y su hijo huyó al desierto. Sigue desaparecido.

      ¿Le interrogásteis?
      Sí. ¡Un ruso, eso era todo un premio! En dos horas estaba de camino a Pretoria.

      ¿Sigue usted en contacto con alguno de sus antiguos camaradas?
      Oh, sí. Justo el otro día estuve hablando con mi sargento negro.

      ¿Estuvo él involucrado en el fallido golpe de estado en Guinea Ecuatorial?
      Sí. Pasó un año encarcelado en Zimbabwe.

      ¿Durante ese tiempo, pudieron usted y sus camaradas enviarle provisiones a él o a los otros prisioneros?
      No. No pudimos acceder a ellos en modo alguno.

      “Al cabo de un mes en el monte todas las armas eran revisadas y almacenadas. Aquí puedes ver cuánto peso perdíamos durante las operaciones.”

      La reputación del Batallón 32 ha servido para que algunos de sus ex componentes se ganen bien la vida como soldados privados.
      No te creerías cuántos. Por todo el mundo: en Irak, en Afganistán, en Abu Dhabi. Entrenan a las fuerzas de defensa de todas partes. En Dubai se encargan de formar equipos dedicados a la seguridad personal. Lo que se te ocurra.

      ¿Nunca le tentó trabajar en el campo de la seguridad privada cuando dejó el ejército?
      Era tentador. Siempre tenía la zanahoria delante de mí. Mira, esos chicos pueden ganar 15.000 dólares al mes, pero por ese dinero realmente tienes que jugarte los huevos. Quieren especialistas, no a un tío cualquiera salido de la calle, y el Batallón 32 tenía experiencia en todo tipo de armamento. Yo aún vivía con mi madre cuando lo dejé y mis amigos solían pasarse por casa con montones de dinero que habían ganado trabajando en el sector privado. Estuve a punto de involucrarme en el golpe en las Seychelles de 1982, en el que participaron mercenarios independientes. Varios de los chicos a los que capturaron recibieron sentencias de muerte, así que probablemente fuese buena idea no ir. He intentado labrarme una vida por mí mismo fuera del ejército.

      Debe haber tenido algún contacto con Executive Outcomes, probablemente el más célebre ejército privado del mundo.
      Sí. Un chico del Batallón 32 fue propietario suyo. La gente dice cosas malas de ellos, sabes, pero han parado un montón de guerras en África. En Sierra Leona jodieron por completo a los rebeldes, algo que las Naciones Unidas, los británicos y los demás llevaban años intentando. Ellos lo hicieron en tres meses. Y todos eran soldados procedentes del Batallón 32.

      ¿Tuvo la reputación como mercenarios de los del 32 algo que ver con el deseo de la CNA de expurgar Pomfret?
      Es terrible lo que les han hecho a esos chicos. No tienen nada. Nada. Olvida la política por un momento. Independientemente de tus puntos de vista políticos, esos chicos lucharon por Sudáfrica. Algunos perdieron las dos piernas. Ahora todos tienen entre 40 y 50 años. ¿Qué se supone que tienen que hacer? Por eso los demás tratamos de ayudar ahí donde podemos, ¿sabes? Tengo dos cajas de ropa en mi garaje listas para enviárselas.

      ¿Cree que el desmantelamiento en 1993 del Batallón 32 se debió en parte a que la CNA veía a los angoleños como renegados de la causa del nacionalismo negro?
      No sé nada de eso. Yo creo que estaban asustados. Creo que les asustaba lo que el 32 era capaz de hacer. Estábamos tan bien entrenados y organizados que de haber surgido problemas, un posible golpe de estado, lo más probable es que detrás estuviera el Batallón 32. Creo que eso pensaban. Era una de sus mayores preocupaciones.

      Los sudafricanos emplean el término “bossies” para referirse al estrés post-traumático que sufre la generación que regresó de la guerra fronteriza con Angola. ¿Usted lo ha sufrido?
      No. Verás, a mi mejor amigo lo mataron cuando tenía 19 años y no hay día en que no me acuerde de él. Le metieron un balazo en la cabeza. Un solo disparo. Me encantaría que ahora estuviera aquí sentado, bebiendo algo con nosotros, pero al fin y al cabo fue su elección. Así es como tienes que vivir tu vida. Eres tú el que eliges.

      “Siempre dedicábamos tiempo a ganarnos las mentes y los corazones de la población angoleña, que compartía con nosotros información vital y nos ofrecían sus pozos, nuestra única fuente de agua.”

      “Este es el Batallón 32 relajándose entre operaciones en la orilla del río Okavango.”

       

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      Temas: Batallón 32, Africa, batallón, sudáfrica, guerrilleros

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