A las penas, puñalás

Los derviches de Irak honran a Dios acuchillándose

Por Karlos Zurutuza

Habíais oído hablar alguna vez de los místicos derviches del sur de Irak? Yo me enteré hace muy poco de que se trata de una pacífica y, por lo general, bien educada minoría que vive en la pobreza con la esperanza de que ésta les enseñe humildad. Al igual que la mayor parte de las sectas islámicas no demasiado ortodoxas, los derviches no gozan del aprecio de sus hermanos de religión (en especial, de grupos extremistas como Al Qaeda), siendo a menudo rechazados, hostigados e incluso asesinados. Y el clima constante de extremo prejuicio ha funcionado; en los últimos años, muchos derviches han decidido dejar su tierra natal.

Los pocos que quedan siguen practicando su intensa interpretación del Islam, la cual incluye una forma especial de zikr (una ceremonia en la que confluyen la “celebración de Alá” y la repetición) en la que, en ocasiones, los hombres se apuñalan a sí mismos con lanzas y cuchillos en cabeza y abdomen. El ritual se remite a los primeros días del sufismo y se lleva a cabo tanto a modo de muestra de la superioridad espiritual de sus practicantes como de medio de reclutar nuevos miembros probando la existencia de Dios mediante una demostración de sus milagrosos poderes sanadores. No hace mucho, durante una visita a Basora, la capital petrolífera del sur de Irak, tuve la suerte de que me invitaran a asistir a una de estas “incisivas” ceremonias.

El rito tuvo lugar en una takia (templo derviche) en Al Zubeir, una de las zonas más deprimidas de Basora; una deprimente barriada de caminos de tierra y casas destartaladas. Nada más entrar me ofrecieron una cálida bienvenida y una frugal pero deliciosa comida a base de sopa de lentejas, pan local y naranjas. Más tarde, cinco chavalotes se pusieron a tocar unos timbales, cantando, “No hay más dios que Alá”, mientras a su alrededor un grupo de hombres con los ojos cerrados movía la cabeza arriba y abajo al ritmo de la música. No tardé en averiguar que esta era su manera de prepararse para una seria sesión de perforación corporal.

Había congregados alrededor de 30 hombres de diferentes edades, seis de los cuales se presentaron voluntarios para ser apuñalados. Los más jóvenes no parecían tener más de 16 años, pero por su temple y confianza era evidente que aquella no iba a ser la primera vez que eran pasados a cuchillo. El khalifa (líder de la ceremonia) desenvolvió una bolsa de cuero marrón, descubriendo varias lanzas y cuchillos de varios tamaños. Alí, un joven ingeniero petrolífero, agarró un martillo para después clavarse con él un cuchillo en la frente. Se dirigió a donde yo estaba y me pidió que le hiciera una foto (tenía permiso para hacer fotos pero no para grabar en vídeo; Alí me contó que no se permite a nadie filmar la ceremonia desde que un invitado anterior colgara en YouTube un “gran trabajo de investigación” titulado “Así se preparan los fanáticos de Al Qaeda para la Yihad”). Después me dijo que intentara sacar el cuchillo de su cráneo. Lo intenté, por pura educación. Hice lo que pude, pero parecía haberse quedado allí atascado. El khalifa vino al rescate, retirando el cuchillo con la maestría que le otorgaba su dilatada experiencia. Poco más tarde, un hombre llamado Aqil, quien poco antes se había clavado dos puñales en la cabeza, me dijo: “El milagro está en el proceso de curación. Mis heridas no son serias pero vas a ver a otras personas perforarse órganos vitales sin consecuencias para su salud”.

Así fue; pocos minutos después, un hombre llamado Hassan se incrustaba un punzón en la parte inferior izquierda de su abdomen. Con un gesto de dolor, Hassan me dijo: “Hoy me ha dolido un poco porque he notado el punzón golpearme el hueso de la cadera antes de salir por la espalda”. Le pregunté si creía que la lanza le había atravesado un riñón. “Es posible”, respondió; añadió que no sería la primera vez que sucedía eso. “Una vez, tras una perforación como ésta, uno de los compañeros tuvo un problema y lo ingresaron de urgencia. Tras la operación, el médico le dijo que nunca había visto nada igual, que tenía más de 15 agujeros en el riñón”.

La ceremonia duró tres horas, de las cuales la congregación dedicó media hora a cortarse, sajarse y acuchillarse. Incluso hubo una sesión de relajación, en la que todos se pusieron de rodillas y rezaron. El único que parecía estar sangrando era Aqil, que se había enrollado un paño en la cabeza para absorber la sangre. No había doctores ni personal médico de ninguna clase presentes, y nadie parecía alarmado. Cuando concluyó la ceremonia todos me estrecharon la mano agradeciéndome la visita y, como era inevitable, me invitaron a convertirme a la versión sufí del Islam. Sin querer parecer maleducado les aseguré que estaba muy agradecido por su generosa oferta pero que antes tenía que meditarlo.

Los derviches me contaron que una periodista japonesa aceptó el año pasado su invitación. Pensé que aquella pobre chica, probablemente por cultura y tradicional sentido de la cortesía, no pudo declinar la oferta. Quién sabe, puede que ahora mismo esté clavándose un cuchillo en la frente ella solita en su apartamento en Tokyo. Reconozco que me sentí culpable al pensar que aquella carnicería había tenido lugar debido a mi presencia allí. Hassan (el que se había atravesado un costado con una lanza) le quitó hierro al asunto, pero le pedí que nos encontráramos al día siguiente para asegurarme de que seguía con vida antes de volverme a Bagdad. 

Al día siguiente, un Hassan sano y feliz acudió puntual a la cita en su mountain bike. Se detuvo delante de mí, se desabotonó la camisa y me mostró, orgulloso, una cicatriz en el estómago ridículamente pequeña. 

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