Resiste, ¡Christiania!

Por Joost Koskamp

La ciudad de Christiania, en Dinamarca, es el lugar donde todo el mundo compra su hachís. Es un enclave independiente cerca del centro de la ciudad de Copenhague, con unos 900 residentes que han estado peleando con las autoridades desde que se formó la comunidad, en los años setenta. Hace algún tiempo, cuando el gobierno danés era de derechas, la Corte Suprema decidió que Christiania está llena de hippies despreciables y le quitó su estatus de “legal”. Sin embargo, vaciar un pueblo entero no es una tarea fácil, así que sigue en pie. Nuestro amigo Joost Koskamp está trabajando en Copenhague, así que le pedimos que fuese a Christiania a echar un vistazo para ver cómo estaba la cosa.

Cogí mi bici y me acerqué al lugar. La aparqué justo delante de la entrada. Decidí que primero iría a la calle principal. “Pusher Street” es el vibrante centro económico de la ciudad, donde se venden todas las drogas. Sacar fotos está estrictamente prohibido, así que tuve que esconder mi cámara y sacar algunas fotos a escondidas con el iPhone. Había tabletas enormes de hachís dispuestas en mesas a ambos lados de la calle, sin ningún tipo de problema. Estaban en pequeños puestecillos de madera y plástico. Sorprendentemente, había más hachís que marihuana. Los precios iban desde los 8€ a los 20€, que es un poco más caro que en Holanda. Los vendedores tampoco son muy precisos que digamos. Cortan las tabletas con herramientas de jardín, y dependiendo de su descuido, puedes terminar con un poco más o un poco menos de lo que pediste.

Hacía un frío de la hostia, así que le pregunté a un vendedor por qué están fuera en lugar de montar una tienda dentro de un edificio o una casa. “Bueno,” dijo, “en un interior estás atrapado como una rata si viene la policía y hace una redada. Si estamos fuera podemos correr en cualquier dirección. Pero el “mercado” siempre perdura, no importa cuantas redadas se hagan. Tan pronto como se llevan las drogas ya hay un nuevo lote en la mesa”.

La mayoría de los visitantes en Pusher Street llevan capuchas y se calientan las manos en las hogueras que hacen en barriles de aceite. A pesar de las drogas, el ambiente es deprimente y desalentador. A excepción de algunos turistas que parecen de lo más sorprendidos, la mayoría de la gente entra, hace sus compras y sale rápido, sin entretenerse.

Cuando salí de la calle principal vi enseguida que Christiania es mucho más que un mercado de hachís. Fui por uno de los muchos caminos sinuosos del pequeño estado y vi un buen número de casas de madera construidas por los mismos habitantes. Incluso me crucé con una escuela de equitación con ponys para los niños. Caminé a lo largo de la orilla del agua congelada que rodea la ciudad y, al cabo de un rato, me aburría tanto y fui lo suficientemente tonto como para ponerme a caminar por encima del hielo. Di dos pasos y el hielo se rompió. El agua estaba más fría que el carajo, sentí un punzada de dolor por todo el cuerpo. Ya me dolían las costillas porque me había caído de la bici hacía unos días, así que salir del agua fue duro. Por suerte, un hombre llamado Øjvind vino a rescatarme. Estaba cortando leña en el dique y vio cómo me caía. Me ayudó a salir y me invitó a su casa.

El lugar parecía salido de un cuento de hadas. Me dio un par de calcetines de lana, calzoncillos largos y unos tejanos que probablemente se había hecho él mismo. En el medio de la casa había una estufa hecha a mano. Emmy, una amiga de Øjvind, preparó café ecológico.

Después de descongelarme nos sentamos en el porche a fumar un cigarro y charlar un poco. Tenía curiosidad sobre el mercado de hachís y sobre cómo funcionaban las políticas de Christiania. Øjvind me explicó que únicamente los miembros de la comunidad pueden vender en Pusher Street: no hay vendedores de fuera. No se puede simplemente entrar con una Bong y unas Birkenstock y esperar convertirse en miembro. Tu presencia tiene que ser habitual en la comunidad y tienes que ser amigo de los residentes antes de poder construirte tu propia casa. Es una democracia autónoma e independiente. Todas las decisiones se toman conjuntamente y todo el mundo participa del mismo modo. El dinero llega gracias a los turistas y cada miembro tiene su propia tarea: panadero, cartero, carpintero, vendedor de hachís, etc. Øjvind me dijo que en Christiania él es el que caza ratas.

Después de una taza de café me di cuenta de que era hora de irse. Øjvind me convenció de que no era peligroso caminar sobre el hielo, pero me dijo que no debía detenerme en las burbujas de aire alrededor de la orilla. Volvimos a caminar sobre el hielo hasta llegar a donde había dejado mi bici. Hablamos un poco más y me invitó a cenar a finales de semana. Le dije que vale, y que le devolvería sus calcetines y sus calzoncillos.

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