Aprendí a hacer cocaína en Colombia

Por Adam Guzman

No es un secreto que Colombia es uno de los principales países productores de cocaína. Colombia provee cerca de un 80% de la cocaína de todo el planeta. Con un espíritu emprendedor que ya podrían aplicar a otras cosas, las “tiendas de cocaína”, o cocinas, se esparcen a lo largo de todo el área rural del país, y ellas solitas producen 345 toneladas de polvitos blancos al año. Puesto que soy una persona que controla de comercio y entiende las dificultades de una cultura consumista, así como también la importancia de la producción, decidí pasar un día como aprendiz de “cocinero” en un pueblo colombiano llamado San Agustín.

Aunque San Agustín solo está a 200 millas de donde yo me iba a quedar en Ecuador, tardé 2 días enteros en llegar. Siguiendo la normativa de Sudamérica, a mi viaje no le faltó ni confusión ni contratiempos, lo cual incluye lluvia, muchísimo barro, colas de inmigración de 3 horas, quedarnos sin billetes, caminos montañosos que apenas eran caminos y autobuses sin suspensión llenos de gallinas gracias a los que estuve a punto de romperme el hueso del culo.

Cuando por fin llegué a mi destino, sin embargo, todos esos inconvenientes me parecieron tonterías. Iba a hacer coca artesanal.

Algunas de las fieras de la propiedad de Pedro

El propietario de la fábrica de cocaína se llamaba Pedro. Me recibió muy amablemente en una parte de su propiedad que destinaba a hacer café, y me dijo que nuestra clase duraría unas dos horas.

Después de echar un vistazo al campo de café de Pedro, me guió a su destartalada casucha, y hacia su cocina.

Un montón de hojas verdes yacían encima de una bolsa de lona en la mesa. Eran tan frescas que los bosques de donde las había cogido debían estar muy cerca. Sin perder ni un segundo, Pedro me dio un machete y me dijo que empezase a cortarlas.

Pedro había aprendido este oficio durante ocho años de servicio en una cocina; una cocina que el mismísimo Pablo Escobar visitó durante la recogida de un pedido de 70 kilos de cocaína pura, fresca y con la marca de la casa.

Cuando acabé de cortar las hojas me dijo que le añadiese una sustancia aglutinante. Si me hubiese pedido que adivinase cuál sería esta sustancia, le hubiese dicho que un huevo, o algo igual de benigno, y me habría equivocado. Pedro sacó una bolsa de cemento y lo esparció por las hojas que tan bien había troceado yo y empezó a amasar la pasta con las manos.

Lo siguiente era el amoníaco. A Pedro le pareció especialmente divertido ponerme la pasta en la nariz y hacerme respirar. Me sentí como si alguien hubiese vaciado una botella de sales aromáticas dentro de mi cerebro.

Una vez mi corazón se hubo recuperado, Pedro me explicó que antiguamente solían hacer todo este proceso con agua. Desafortunadamente, el mercado de la cocaína orgánica nunca llegó a despegar porque las hojas necesitaban 15 días para absorber todo el agua, lo cual es demasiado tiempo. Los productores intentaron agilizar el proceso y se dieron cuenta de que se podía sustituir por gasolina y así acortar el tiempo de espera de forma sustancial. Así pues, Pedro vertió una botella entera de gasolina sin plomo en la mezcla.

Después de esperar un poco a que la gasolina hiciese lo que tenía que hacer, añadimos un puñado de ácido clorhídrico y bicarbonato de sodio. El ácido extrae el ácido clorhídrico como un sólido y el bicarbonato de sodio aumenta el pH. Después de una pequeña pausa, quitamos la funda de almohada con volantes que Pedro había usado para cubrir el bol donde había hecho la mezcla para descubrir que la mezcla se había convertido en pequeñas piedrecitas.

Él acabó de ponerlas a punto, las enjuagó un poco, las puso encima de papel de plata y las sujetó cerca de una bombilla de 60 vatios para que los últimos hilillos de jugo tóxico que les quedasen se evaporasen.

Finalmente, Pedro sacó su cuchillo del ejército suizo y empezó a alisar y cortar su creación hasta que quedaron con el aspecto blanquecino y perlado que todos conocemos, 100% puro.

Una vez completado el proceso, yo asumí la postura de un perfumista parisino y respiré hondo para aspirar mi creación. La frase de Bobcat Goldwait de Blow definía el momento a la perfección: “I can’t feel my face… I mean, I can touch it, but I can’t feel it inside…” (“No puedo sentirme la cara… es decir, me la puedo tocar pero no la siento…”)

Comentar