Ayer fui a la mani de la diada

Por Paul Geddis

Un millón y medio de personas acudieron ayer a la marcha en favor de que Catalunya se independice de España. Eso es la hostia de gente. Sin importar en qué lado estás del debate en torno a los pros y los contras de una secesión, no se puede negar que una manifestación de este tamaño y contando con el apoyo de los dos principales partidos políticos catalanes, es un triunfo de la democracia. Parece impensable que el Gobierno, a la vista de semajante muestra de descontento popular, no haga alguna concesión.

Antes de empezar con esto, un breve descargo por parte mía. Aunque comprendo bastante bien los asuntos principales que se dirimen, no hace falta ni que diga que no siendo catalán (ni español, ya puestos), no soy el más indicado para desmenuzar las complejidades de la situación. Y apuesto a que si estuviste allí, lo más probable es que pasaras la mayor parte del día y de la noche pasadas haciéndolo tú mismo, y lo último que te apetezca hacer con la resaca es leer sobre más de lo mismo.

Pero, aun así: con un millón y medio de personas en las calles, yo tenía que salir a echar un vistazo. Y esto es lo que vi.

Banderas

Miles y miles de banderas. Más banderas de las que creo que han habido nunca en un sólo sitio desde los mitins de Nuremberg. Del mismo modo en que si te quedas mirando fijamente al sol te acabas quemando la retina, anoche me fui a dormir viendo franjas rojas y amarillas. Gracias a Dios que todavía no hayn una versión de esa canción de Wiz Kalifah alterada para que hable de la Senyera. Creo que tendría que pasarme un mes en un tanque de aislamiento para superarlo.

Las tropas fiesteras a toda costa

Comenzar la marcha a las 6 de la tarde implicaba que la gente habría dispuesto de todo el día para emborracharse. En cualquier otro país del mundo esto habría acabado en tragedia (me estoy imaginando el carnaval de Notting Hill en Auschwitz), pero, de alguna manera, las canciones nacionales y cánticos de “Visca Visca Catalunya” obraron como un antietílico, haciendo que hasta los punks que llevaban desde las 11 de la mañana dándole al bourbon parecieran como si apenas se hubieran tomado un par de coñacs con sus suegros. A partir de ahora, después de cada ronda de chupitos voy a cantar L’Estaca a todo pulmón a ver si tiene el mismo efecto.

Aunque había presentes unos cuantos animales fiesteros, nadie logró combinar la buena disposición a pillar un ciego con la dedicación a la causa nacionalista tan bien como este tío. Se presentó como Benny Banana y prácticamente todo lo que salió de su boca fue oro puro. En un momento dado se las arregló para hacer que toda la gente coreara “Visca les pubilles”. Y cuando le pregunté si se había preparado de alguna forma para el evento, su respuesta fue: “Sí, setas, no ehem”. Y la 9.5 que iba con él estaba tan pendiente de su picha que era irreal.

Jebis.

Por algún motivo, la gente metida en el heavy metal parece estar en Catalunya muy comprometida con la causa nacionalista. Lo cual es extraño, porque contraviene la máxima satanista “No sigas a ningún gobierno salvo al tuyo propio”. O tal vez no; puede que el plan sea convertir Catalunya en la primera república satanista del mundo. Hostia puta, eso sería la caña.

De modo que la Diada va de celebrar la cultura catalana, ¿no? Bueno, pues para mí, esos hardcoretas estilo finales de los 80 que se ven por toda Barcelona valen mucho más que el puñetero Gaudí. Ver chicos con la cabeza rapada y camisetas de Municipal Waste arrambándose a chicas punk con cortes Chelsea y tatuajes caseros me hace entrar ganas de tocar “Kill, Fuck, Marry”, pero de verdad, y a la vez para el mismo chico y la misma chica.

Me voy a arrepentir hasta el día en que me muera de no tener una foto de esto, pero el punto álgido de toda la jornada llegó a eso de las 7 de la tarde. La Gran Via era un mar de banderas ondeantes. Era la parte de atrás de la manifestación, pero aun así no dejaban de llegar personas desde las calles adyacentes, haciendo que moverse fuera poco menos que imposible. Desde el centro de la calzada se extendió una aclamación cuando se empezó a construir un castell. Con la luz del ocaso proyectándose directamente sobre la calle, el último chaval escaló hasta la cima y desplegó una estelada. El tono de los cánticos cambió de inmediato, transfromándose en un respetuoso y feliz aplauso. Yo tengo un problema con el nacionalismo, y aunque puedo entender el cabreo de los catalanes, en su mayor parte tanto ondear de banderas, y la progresiva politización del evento, me baja la moral. Pero en ese instante, con la gente aplaudiendo no un ideal sino orgullosa con toda justicia de algo que les convierte en únicos, me sentí contento de que se me contara como uno de ellos.

Visca Catalunya. Visca.

Fotos en la galeria: Alba Yruela 

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