A Ferrigno se le conoce sobre todo en el campo de la novela negra. Tras acabar sus estudios se pasó media década ganándose la vida como jugador profesional, luego se centró y escribió diez novelas. Sins of the Assassin, segunda parte de su Trilogía del Asesino, apareció a principios del año pasado. Tras leer la historia que publicamos en este número podrías pensar que estamos ante un psicópata que odia a los animales, pero él nos asegura que tiene dos perros y que les quiere mucho.

Jim el Memo, que ya llega tarde al trabajo, va de un lado a otro mientras intenta subirse la cremallera del pantalón sin cortarse la picha en el intento. Yo le observo desde el sofá sin dejar de pensar en el gato que tuve que matar el mes pasado. Era un gato agradable. No me malinterpretéis, soy un buen perro. No tengo prejuicios, los gatos me gustan. Mantienen la actitud correcta frente a los monos sin pelo: ábreme una bolsa de Tender Vitties y luego saca la mierda de mi caja de arena mientras yo te ignoro. Me gustan los gatos, de veras, pero tuve que hacerlo.
Sofoco un bostezo, Jim el Memo coge una manzana y sale a toda prisa por la puerta principal. Vuelve a entrar un momento más tarde para frotarme la cabeza y volcar algo de pienso en mi escudilla. Yo meneo un poco la cola y él se marcha de nuevo, sin duda sintiéndose amado y apreciado y, en cierto sentido, parte del colectivo. Vaya un cretino. Pero me da lástima. La vida de los monos sin pelo es una pesadilla. Levantarse temprano, enfilar por la autopista, encerrarse esclavizado en un cubículo todo el día... Lo sé. Lo he visto. El día de Lleva Tu Mascota Al Trabajo te abre los putos ojos. Después, volver a casa, calentar algo en el microondas y a dormir. Puede que los monos se crean en la cúspide de la cadena alimenticia, pero en Nature Channel he visto hormigas obreras ordeñando áfidos con más control sobre su destino que ellos.
Uno de los aparadores de la cocina está ligeramente entreabierto, lo suficiente para que yo introduzca una uña y lo abra del todo. Frosted Flakes de Kellogg, ¡geeenial! El pienso lo dejo para más adelante, sólo por si me entra un hambre terrible. Jim el Memo se ha dejado el mando a distancia entre los cojines del sofá, así que me acomodo con las patas en el aire y miro la televisión por espacio de una hora; baloncesto, principalmente, que debo admitir que me hace desear poder doblar los pulgares. Luego emiten The View, pero unos minutos es todo lo que aguanto de ese programa. Aún está por inventar un bozal lo bastante grande para esas cabronas.
Hora de hacer la ronda por el vecindario, de controlar mis dominios. Salgo por la portezuela que da al patio trasero y brinco por encima de la valla para acceder al solar de al lado. La respiración ni se me acelera. Hace un bonito día soleado y la hierba está húmeda y fragante. Los sentidos de los humanos están tan atrofiados que perfectamente podrían ser ciegos y sordos, pero yo puedo oler cómo hierve el café en todas y cada una de las casas del callejón y oir crepitar los cereales Honey Nut Cheerios en los tazones. Mi mapa sensorial es tan nítido como el GPS que Jim el Memo, el muy pardillo, tiene en su Prius. En este preciso instante, cuatro casas más abajo, Mary Lou está tomando una ducha, lavándose el pelo con champú balsámico y probablemente pensando en ese novio suyo delgaducho que conduce demasiado deprisa. Dos calles más allá la señora Gerard está cocinando unas salchichas, esas horribles salchichas de pega hechas de soja y serrín. Eso no va evitarle a su marido un ataque cardíaco en uno o dos años a menos que deje el tabaco y la cerveza. No es que a mí me importe.
Para aquellos de vosotros que gustéis de los detalles, ahí van. Soy medio pastor australiano medio collie, lo que significa que soy el perro más listo que jamás vayáis a encontrar y que me gusta tener el control de las cosas; dirigir el rebaño, ya sea de borregos de cuatro patas o de dos. Se trata simplemente de ser previsor y de presionar un poco cuando es necesario. 15 kilos de peso, ni rastro de sarro en los dientes, pelaje largo entre rubio y rojizo, largo hocico y una expresión que los monos interpretan como una sonrisa perpetua, lo cual es bastante ajustado; lo que no saben es que el chiste casi siempre es a su costa. Aún conservo los cojones. Cómo los he conservado es una historia en sí misma teniendo en cuenta lo mucho que a los monos les gusta cortarlos, pero el caso es que lo he conseguido. Ah, sí, mi nombre. Jim el Memo me puso el estúpido nombre de Tristan. Lo sé, lo sé, pero dejad que os diga que podría haber sido peor. En el edificio de al lado hay un basset con sobrepeso llamado Frodo, por el amor de Dios. Joder, yo hubiera matado a Jim el Memo mientras dormía si me hubiera llamado así. Mi nombre auténtico no os lo voy a decir.
En Happydale Estates no hay normativa que obligue a los perros a ir con correa y además llevo en mi collar una chapa identificativa, pero esto no es suficiente para dejar de portarme lo mejor posible. A aquella pequeña collie tan maja se la llevaron hace unos meses por causar molestias correteando por los parterres; su mono tuvo que pagar una multa para que se la devolvieran. Ahora está confinada en casa, cadena perpetua. El meollo de la cuestión es que no puedes ir por ahí cagando en cualquier sitio que te apetezca. Al menos no por estos lares. Happydale no es un lugar en el que la naturaleza crezca libre. Si evacúas en el bien cuidado césped de algún mono te van a echar a puntapiés o a poner una denuncia, y es por eso que ahora me encamino a la zona verde que atraviesa la subdivisión. Cuando tengo la necesidad de defecar me aseguro de dejar el regalo bien oculto en la maleza, donde los monos no lo localicen. ¿Quieres conservar las pelotas? Pues no vayas marcando el territorio y abstente de intentar montar las piernas de los monos. Tú mismo si no lo haces.
En mis paseos por el vecindario he podido comprobar lo rencorosos, groseros y vanidosos que son los monos. Los he visto con sus culos celulíticos haciendo equilibrios sobre enormes tacones de aguja, llorando al ver las facturas de su tarjeta de credito y su saldo bancario tras pagar el plan de pensiones, parloteando por el teléfono móvil, gritando a sus hijos y pegando al perro con un periódico enrollado mientras el pobre cachorro se acobarda. La pura arrogancia de estas criaturas nunca deja de asombrarme. O de ponerme furioso,
La furgoneta del fumigador está aparcada en frente de la casa de los Carson, así que hoy debe ser martes. Una vez por semana, exacto como un reloj. La señora Carson le dice a los vecinos que tienen un problema con las termitas, pero su único problema es que el señor Carson trabaja demasiado como para montarla. A ella y al fumigador les gusta hacerlo en el dormitorio del piso de abajo; el cuarto de los invitados, lo cual supongo que responde a su simiesco sentido del humor. Todo lo que sé es que los monos nunca le han agradecido a mi gente haberles enseñado cómo se hace al estilo perro. Escucho al otro lado de la ventana durante unos minutos. Ella es de las que gimen y él no deja de preguntarle si le gusta; evidentemente no está prestando atención. No es que eso sea una sorpresa. Una vez atisbé el interior y le ví en faena, el rostro enrojecido y el sudor goteando de la punta de su nariz. No me extraña que los monos acostumbren a cerrar los ojos cuando lo hacen.
Me acerco al trote hasta el porche. La señora Carson ha dejado un plato de crujiente bacon para mí. Lo hace cada martes desde que un día me planté en la puerta trasera de su casa con la ropa interior del fumigador en la boca. Unos boxers estampados con corazoncitos. Ni siquiera me oyeron entrar en la habitación, ocupados como estaban y, como ya he dicho, con los ojos cerrados. En aquella ocasión ella intentó arrebatármelos, pero escapé a la carrera. Volví una hora más tarde sin ellos y me senté a esperar. Se hizo la simpática diciéndome lo buen chico que yo era. No reaccioné, sólo me quedé esperando y, finalmente, me trajo una chuleta de cerdo sobrante que encontré excelente. Ahora jugamos los dos a este pequeño juego: cada martes ella me deja algo en el porche trasero y yo no escondo la ropa interior donde la señora Carson no la pueda encontrar. Si me deja una chuleta, puede que hasta le devuelva los románticos boxers. Me encanta el juego de la culpabilidad.
En mi territorio hay muchos perros y yo les visito a todos durante mi circuito diario por la subdivisión, dejándome ver. Asegurándome de que a ninguno se le ocurren ideas raras. Chuchos amistosos y sumisos como el spaniel, el dachshund y el golden retriever con un ojo enfermo. El cachorro de Doberman baja la mirada cuando me acerco, pero se le eriza el pelo de la espalda. Voy a tener que vigilarle. Los perros del vecindario son decentes en su mayoría, tontos y felices, esterilizadas y capados y, mientras su mono sepa abrir una lata, contentos de tener a alguien que les conduzca. Por mi parte, ningún problema; un líder necesita seguidores. Son los otros, los inquietos, los que me dan que pensar.
Sniff-sniff. Ummm. Giro sobre mí mismo tratando de localizar la fuente. Doy un trotecillo por la acera. Mis uñas repiquetean en el cemento, aprieto un poco el paso. Apenas unos cuantos coches en la calzada, sus conductores inclinados sobre el volante sin ver otra cosa que la calle delante de ellos. Sniff-sniff. Ahí.
A la Weimaraner que vive a dos edificios de distancia la han sacado de paseo. Dentro de una semana estará en celo. Sus monos todavía no lo saben. Apenas se den cuenta la encerrarán en casa, pero transcurrirán un día o dos en que la Weim estará receptiva antes de que se figuren lo que le pasa. Sniff-sniff. A la Weim nunca la dejan salir sola y una alta cerca rodea su jardín, pero eso no es problema para mí. Soy un excavador. Sniff-sniff. Ahhhh. Pronto.
Siempre procuro atravesar por donde viven los Fullerton para disfrutar de la tranquilidad del patio trasero de la casa de al lado. Conseguir esa tranquilidad no fue tarea fácil. Primero tuve que matar al gato de los Fullerton. Ahora tienen una gata persa de pelo sedoso que por alguna razón se muestra un poco distante.
Debbie, la hija de cinco años de los Fullerton, me ve en el jardín y corre a acariciarme, besarme y frotarme la barriga. Su madre aparece unos minutos más tarde con un par de rollitos de pavo para mí. En casa de los Fullerton soy un héroe, el mejor perro del mundo. La señora Fullerton se vuelve a meter en casa pero Debbie se queda conmigo, pasándome la mano por el pelo y diciendo lo mucho que me quiere. La gata se queda dentro, mirándonos a través de la portezuela. Como ya he dicho, los gatos son listos.
Las hierbas se cuelan por la verja de alambre que separa la finca de los Fullerton y la de al lado. Antes tenían allí a un Rottweiler. Un grandísimo hijo de puta incluso para un Rott. Le hice una visita hace tres meses, justo después de que su familia de monos se mudara al vecindario. Supuse que eso estaría bien para saber exactamente a qué atenerme. El gato de los Fullerton se me acercó nada más entrar yo en el jardín para frotarse contra mí, sus bigotes moviéndose, pero me di cuenta de que me estaba manteniendo entre el Rottweiler y él. No puedo culparle. Los Rotts tienen mala reputación pero la mayoría son tontos y fáciles de llevar. No era el caso de éste.
El Rott saltó la verja con facilidad y el gato se escabulló a toda prisa. El Rott, los ojos desorbitados, le hizo caso omiso y se me acercó. El suyo era un asunto personal que tenía conmigo. Así que tú eres el perro más importante de por aquí...
Yo no reaccioné. Tampoco me acobardé. Me limité a mirarle fijamente, viendo cómo le caía la baba de sus fauces.
El Rott fue rápido. Atrapó mi cabeza entre sus mandíbulas sin darme tiempo a hacer el más mínimo movimiento. Podría haberme aplastado como a una uva de haber querido, pero lo único que hizo fue sujetarme con fuerza para que sintiera sus dientes en la cabeza y la parte inferior del morro. Noté su aliento en la cara como un manto húmedo y cálido. Me meé, lo admito. No pude evitarlo. Se me escapó el pis ahí mismo. No, el Rott no me hizo daño. Me humilló, que es peor.
Ahora yo soy el perro jefe, dijo el Rott. Si alguna vez te vuelvo a ver, prepárate a mearte hasta quedarte seco. Después me arrojó al suelo, saltó la verja y se encaminó hacia su caseta con total tranquilidad. No miró hacia atrás. Después de todo, ¿qué podía hacerle yo?
Me sacudí para quitarme de encima su saliva y me prometí a mí mismo que más pronto o más tarde me iba a ocupar de ese bastardo grande y feo. Dos días después hice mi movimiento.
Esperé hasta estar seguro de que Debbie estaba jugando dentro de la casa para introducirme en el jardín, con tal sigilo que ni las libélulas se dieron cuenta. En la finca de al lado, el Rott, fuera de su caseta, dormitaba al sol. El gato de los Fullerton salió retorciéndose de debajo de los escalones del porche y se acercó a saludarme, ronroneando en mi oreja y pasándome su rasposa lengua por la cara. Lo maté con un sólo chasquido de mis mandíbulas. Un leve crack a la altura de la vértebra superior fue el único ruido que hizo su cuello al quebrarse. Una muerte instantánea y sin dolor, o tan indolora como le pude procurar. Me sentí un poco triste, no lo negaré. Ya he dicho que no soy un mal perro.
Un vistazo rápido a mi alrededor. Sonidos felices llegaban desde de la casa, los de Debbie cantando la melodía de un programa de televisión. Hice pasar el cuerpo del gato por un hueco que presentaba la verja en la parte de atrás del jardín y me aproximé lentamente al dormido Rott. Sus ojos estaban cerrados y una burbuja de moco en una de sus fosas nasales se hinchaba y deshinchaba con cada respiración. Deposité cuidadosamente el cuerpo del gato cerca de él, me quedé mirando unos instantes cómo dormía disfrutando por anticipado de lo que estaba a punto de suceder y regresé al jardín de los Fullerton a través del agujero en la verja.
Lo siguiente fue ladrar y rascar como un loco la puerta principal y después volver al jardín a todo correr. El Rott estaba ya despierto cuando Debbie salió a verme. Me coloqué delante de ella ladrando con fuerza, la dentadura al descubierto y las patas delanteras agachadas en posición defensiva. La viva imagen de la ferocidad.
El Rott arremete contra mí mientras Debbie grita pero yo no cedo terreno, ladrándole como si la estuviera protegiendo de la bestia enloquecida. Y quizá lo esté haciendo. No tengo manera de saber lo que ese Rott podría hacer en un estado de furia. Continúo gruñendo y noto que el Rott se siente confuso por mi agresividad, sin saber lo que está sucediendo. Yo no le doy la oportunidad de pensar: sigo lanzando mordiscos al aire hasta que la madre de Debbie sale por fin de la casa, ve a su hija a punto de ser atacada y coge una piedra del suelo. El Rott vuelve de un salto a su propio jardín pero ya es demasiado tarde para él. Ya era demasiado tarde desde el instante en que me tocó los cojones.
Debbie se agarra a mí y yo le lamo la cara. Su madre nos mece a ambos entre sus brazos y entonces divisa el gato muerto enfrente de la caseta del Rott. Éste, comprendiendo finalmente lo que ha pasado, entra en pánico y mete el cadáver en su caseta como si así pareciera que aquí no ha pasado nada. Al día siguiente el Rottweiler ya no está. Su mono lo ha llevado a la perrera y sustituido por un basset capado y rechoncho. Y yo soy el héroe del vecindario, el valiente perro que salvó a la pequeña Debbie de un Rottweiler asesino. Soy más grande que el puto Rin Tin Tin.
La madre de Debbie entra en casa y vuelve con otro rollito de pavo. Le lamo la mano y me voy con él en la boca. Me gustan los rollitos de pavo, pero hoy tengo mejor uso que hacer de él. Saber cuándo hacer esperar la gratificación, eso es lo que me separa de los monos.
Hace tres meses vi a un par de Airedales merodeando por la frontera que delimita mis dominios y de inmediato supe que no estaban allí por casualidad. Eran hermanos y prácticamente idénticos. Perros grandes y también listos, una combinación peligrosa. Desde entonces les he visto cuatro veces más, y cada vez se adentran más en mi territorio. Sé que antes o después van a plantear un desafío abierto a mi autoridad, los dos contra mí. Es bueno que yo tenga un nuevo amigo.
Hace un par de meses llegó un pit bull al vecindario. Joven y fuerte, todo músculo y mandíbulas, con una oreja recortada y el carácter agrio por el que se conoce a los de su raza. Más, en su caso, desde que los monos le adiestraran para pelear. Por dinero. A los monos les encantan los deportes. El pit está ahora con una nueva familia de monos; rescatado, como ellos dicen, y las cosas le están yendo mejor. Las primeras veces que fui a visitarle todo lo que hizo fue embestir contra la verja, demasiado alta para poder saltarla, gruñendo matar, matar, matar. Yo no reaccioné. Me limité a hablarle suavemente, diciéndole que era su amigo y que no tenía nada que temer. Que nadie quería pelear con él. Luego empecé a llevarle regalos, que le paso por debajo de la verja. Nada muy importante. Un juguete masticable. Una galleta. En otras ocasiones sólo un poco de conversación, porque se siente solo y yo soy buena compañía. Hoy le llevo los rollitos de pavo, aún tibios de transportarlos en la boca. Al principio costó ganarme la confianza del pit, pero ahora espera mis visitas. Dice que nunca antes había tenido un amigo. Ése soy yo.
Bajo circunstancias diferentes este joven pit bull podría salir adelante, manso, apaciguado, reinsertado en la Sociedad. El amor hace milagros curando heridas. Sin embargo, eso no va a suceder. No con los dos Airedales estrechando el cerco sobre mí.
La próxima vez que los vea correré a decírselo al pit. Bastará con unas cuantas palabras que le susurre al oído, sé exactamente las que he de decir, y sus instintos asesinos saldrán bullendo de nuevo a la superficie. Lo único que el joven pit bull necesita es un colega que le ayude a excavar un túnel de salida por debajo de la verja y le muestre la dirección en la que ha de ir. Cuando yo le dé la señal irá directamente a buscar a los Airedales y para cuando se den cuenta ya los habrá convertirá en pulpa sanguinolenta. Ése será también el final del pit bull, por supuesto. Al centro de control de animales no le quedará otro remedio que ponerle una inyección letal. No es fácil ser yo. A menudo tengo que tomar decisiones difíciles, pero no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Soy un buen perro, de naturaleza sensible y cálidos sentimientos, ¿pero qué otra cosa puedo hacer?
El rollito de pavo bota sobre mis encías mientras me acerco a la casa en la que vive el pit bull. Brinca al verme, los ojos brillantes, jadeando de alegría. Yo, sin dejar de sonreirle, me voy aproximando a la verja.

Jim el Memo, que ya llega tarde al trabajo, va de un lado a otro mientras intenta subirse la cremallera del pantalón sin cortarse la picha en el intento. Yo le observo desde el sofá sin dejar de pensar en el gato que tuve que matar el mes pasado. Era un gato agradable. No me malinterpretéis, soy un buen perro. No tengo prejuicios, los gatos me gustan. Mantienen la actitud correcta frente a los monos sin pelo: ábreme una bolsa de Tender Vitties y luego saca la mierda de mi caja de arena mientras yo te ignoro. Me gustan los gatos, de veras, pero tuve que hacerlo.
Sofoco un bostezo, Jim el Memo coge una manzana y sale a toda prisa por la puerta principal. Vuelve a entrar un momento más tarde para frotarme la cabeza y volcar algo de pienso en mi escudilla. Yo meneo un poco la cola y él se marcha de nuevo, sin duda sintiéndose amado y apreciado y, en cierto sentido, parte del colectivo. Vaya un cretino. Pero me da lástima. La vida de los monos sin pelo es una pesadilla. Levantarse temprano, enfilar por la autopista, encerrarse esclavizado en un cubículo todo el día... Lo sé. Lo he visto. El día de Lleva Tu Mascota Al Trabajo te abre los putos ojos. Después, volver a casa, calentar algo en el microondas y a dormir. Puede que los monos se crean en la cúspide de la cadena alimenticia, pero en Nature Channel he visto hormigas obreras ordeñando áfidos con más control sobre su destino que ellos.
Uno de los aparadores de la cocina está ligeramente entreabierto, lo suficiente para que yo introduzca una uña y lo abra del todo. Frosted Flakes de Kellogg, ¡geeenial! El pienso lo dejo para más adelante, sólo por si me entra un hambre terrible. Jim el Memo se ha dejado el mando a distancia entre los cojines del sofá, así que me acomodo con las patas en el aire y miro la televisión por espacio de una hora; baloncesto, principalmente, que debo admitir que me hace desear poder doblar los pulgares. Luego emiten The View, pero unos minutos es todo lo que aguanto de ese programa. Aún está por inventar un bozal lo bastante grande para esas cabronas.
Hora de hacer la ronda por el vecindario, de controlar mis dominios. Salgo por la portezuela que da al patio trasero y brinco por encima de la valla para acceder al solar de al lado. La respiración ni se me acelera. Hace un bonito día soleado y la hierba está húmeda y fragante. Los sentidos de los humanos están tan atrofiados que perfectamente podrían ser ciegos y sordos, pero yo puedo oler cómo hierve el café en todas y cada una de las casas del callejón y oir crepitar los cereales Honey Nut Cheerios en los tazones. Mi mapa sensorial es tan nítido como el GPS que Jim el Memo, el muy pardillo, tiene en su Prius. En este preciso instante, cuatro casas más abajo, Mary Lou está tomando una ducha, lavándose el pelo con champú balsámico y probablemente pensando en ese novio suyo delgaducho que conduce demasiado deprisa. Dos calles más allá la señora Gerard está cocinando unas salchichas, esas horribles salchichas de pega hechas de soja y serrín. Eso no va evitarle a su marido un ataque cardíaco en uno o dos años a menos que deje el tabaco y la cerveza. No es que a mí me importe.
Para aquellos de vosotros que gustéis de los detalles, ahí van. Soy medio pastor australiano medio collie, lo que significa que soy el perro más listo que jamás vayáis a encontrar y que me gusta tener el control de las cosas; dirigir el rebaño, ya sea de borregos de cuatro patas o de dos. Se trata simplemente de ser previsor y de presionar un poco cuando es necesario. 15 kilos de peso, ni rastro de sarro en los dientes, pelaje largo entre rubio y rojizo, largo hocico y una expresión que los monos interpretan como una sonrisa perpetua, lo cual es bastante ajustado; lo que no saben es que el chiste casi siempre es a su costa. Aún conservo los cojones. Cómo los he conservado es una historia en sí misma teniendo en cuenta lo mucho que a los monos les gusta cortarlos, pero el caso es que lo he conseguido. Ah, sí, mi nombre. Jim el Memo me puso el estúpido nombre de Tristan. Lo sé, lo sé, pero dejad que os diga que podría haber sido peor. En el edificio de al lado hay un basset con sobrepeso llamado Frodo, por el amor de Dios. Joder, yo hubiera matado a Jim el Memo mientras dormía si me hubiera llamado así. Mi nombre auténtico no os lo voy a decir.
En Happydale Estates no hay normativa que obligue a los perros a ir con correa y además llevo en mi collar una chapa identificativa, pero esto no es suficiente para dejar de portarme lo mejor posible. A aquella pequeña collie tan maja se la llevaron hace unos meses por causar molestias correteando por los parterres; su mono tuvo que pagar una multa para que se la devolvieran. Ahora está confinada en casa, cadena perpetua. El meollo de la cuestión es que no puedes ir por ahí cagando en cualquier sitio que te apetezca. Al menos no por estos lares. Happydale no es un lugar en el que la naturaleza crezca libre. Si evacúas en el bien cuidado césped de algún mono te van a echar a puntapiés o a poner una denuncia, y es por eso que ahora me encamino a la zona verde que atraviesa la subdivisión. Cuando tengo la necesidad de defecar me aseguro de dejar el regalo bien oculto en la maleza, donde los monos no lo localicen. ¿Quieres conservar las pelotas? Pues no vayas marcando el territorio y abstente de intentar montar las piernas de los monos. Tú mismo si no lo haces.
En mis paseos por el vecindario he podido comprobar lo rencorosos, groseros y vanidosos que son los monos. Los he visto con sus culos celulíticos haciendo equilibrios sobre enormes tacones de aguja, llorando al ver las facturas de su tarjeta de credito y su saldo bancario tras pagar el plan de pensiones, parloteando por el teléfono móvil, gritando a sus hijos y pegando al perro con un periódico enrollado mientras el pobre cachorro se acobarda. La pura arrogancia de estas criaturas nunca deja de asombrarme. O de ponerme furioso,
La furgoneta del fumigador está aparcada en frente de la casa de los Carson, así que hoy debe ser martes. Una vez por semana, exacto como un reloj. La señora Carson le dice a los vecinos que tienen un problema con las termitas, pero su único problema es que el señor Carson trabaja demasiado como para montarla. A ella y al fumigador les gusta hacerlo en el dormitorio del piso de abajo; el cuarto de los invitados, lo cual supongo que responde a su simiesco sentido del humor. Todo lo que sé es que los monos nunca le han agradecido a mi gente haberles enseñado cómo se hace al estilo perro. Escucho al otro lado de la ventana durante unos minutos. Ella es de las que gimen y él no deja de preguntarle si le gusta; evidentemente no está prestando atención. No es que eso sea una sorpresa. Una vez atisbé el interior y le ví en faena, el rostro enrojecido y el sudor goteando de la punta de su nariz. No me extraña que los monos acostumbren a cerrar los ojos cuando lo hacen.
Me acerco al trote hasta el porche. La señora Carson ha dejado un plato de crujiente bacon para mí. Lo hace cada martes desde que un día me planté en la puerta trasera de su casa con la ropa interior del fumigador en la boca. Unos boxers estampados con corazoncitos. Ni siquiera me oyeron entrar en la habitación, ocupados como estaban y, como ya he dicho, con los ojos cerrados. En aquella ocasión ella intentó arrebatármelos, pero escapé a la carrera. Volví una hora más tarde sin ellos y me senté a esperar. Se hizo la simpática diciéndome lo buen chico que yo era. No reaccioné, sólo me quedé esperando y, finalmente, me trajo una chuleta de cerdo sobrante que encontré excelente. Ahora jugamos los dos a este pequeño juego: cada martes ella me deja algo en el porche trasero y yo no escondo la ropa interior donde la señora Carson no la pueda encontrar. Si me deja una chuleta, puede que hasta le devuelva los románticos boxers. Me encanta el juego de la culpabilidad.
En mi territorio hay muchos perros y yo les visito a todos durante mi circuito diario por la subdivisión, dejándome ver. Asegurándome de que a ninguno se le ocurren ideas raras. Chuchos amistosos y sumisos como el spaniel, el dachshund y el golden retriever con un ojo enfermo. El cachorro de Doberman baja la mirada cuando me acerco, pero se le eriza el pelo de la espalda. Voy a tener que vigilarle. Los perros del vecindario son decentes en su mayoría, tontos y felices, esterilizadas y capados y, mientras su mono sepa abrir una lata, contentos de tener a alguien que les conduzca. Por mi parte, ningún problema; un líder necesita seguidores. Son los otros, los inquietos, los que me dan que pensar.
Sniff-sniff. Ummm. Giro sobre mí mismo tratando de localizar la fuente. Doy un trotecillo por la acera. Mis uñas repiquetean en el cemento, aprieto un poco el paso. Apenas unos cuantos coches en la calzada, sus conductores inclinados sobre el volante sin ver otra cosa que la calle delante de ellos. Sniff-sniff. Ahí.
A la Weimaraner que vive a dos edificios de distancia la han sacado de paseo. Dentro de una semana estará en celo. Sus monos todavía no lo saben. Apenas se den cuenta la encerrarán en casa, pero transcurrirán un día o dos en que la Weim estará receptiva antes de que se figuren lo que le pasa. Sniff-sniff. A la Weim nunca la dejan salir sola y una alta cerca rodea su jardín, pero eso no es problema para mí. Soy un excavador. Sniff-sniff. Ahhhh. Pronto.
Siempre procuro atravesar por donde viven los Fullerton para disfrutar de la tranquilidad del patio trasero de la casa de al lado. Conseguir esa tranquilidad no fue tarea fácil. Primero tuve que matar al gato de los Fullerton. Ahora tienen una gata persa de pelo sedoso que por alguna razón se muestra un poco distante.
Debbie, la hija de cinco años de los Fullerton, me ve en el jardín y corre a acariciarme, besarme y frotarme la barriga. Su madre aparece unos minutos más tarde con un par de rollitos de pavo para mí. En casa de los Fullerton soy un héroe, el mejor perro del mundo. La señora Fullerton se vuelve a meter en casa pero Debbie se queda conmigo, pasándome la mano por el pelo y diciendo lo mucho que me quiere. La gata se queda dentro, mirándonos a través de la portezuela. Como ya he dicho, los gatos son listos.
Las hierbas se cuelan por la verja de alambre que separa la finca de los Fullerton y la de al lado. Antes tenían allí a un Rottweiler. Un grandísimo hijo de puta incluso para un Rott. Le hice una visita hace tres meses, justo después de que su familia de monos se mudara al vecindario. Supuse que eso estaría bien para saber exactamente a qué atenerme. El gato de los Fullerton se me acercó nada más entrar yo en el jardín para frotarse contra mí, sus bigotes moviéndose, pero me di cuenta de que me estaba manteniendo entre el Rottweiler y él. No puedo culparle. Los Rotts tienen mala reputación pero la mayoría son tontos y fáciles de llevar. No era el caso de éste.
El Rott saltó la verja con facilidad y el gato se escabulló a toda prisa. El Rott, los ojos desorbitados, le hizo caso omiso y se me acercó. El suyo era un asunto personal que tenía conmigo. Así que tú eres el perro más importante de por aquí...
Yo no reaccioné. Tampoco me acobardé. Me limité a mirarle fijamente, viendo cómo le caía la baba de sus fauces.
El Rott fue rápido. Atrapó mi cabeza entre sus mandíbulas sin darme tiempo a hacer el más mínimo movimiento. Podría haberme aplastado como a una uva de haber querido, pero lo único que hizo fue sujetarme con fuerza para que sintiera sus dientes en la cabeza y la parte inferior del morro. Noté su aliento en la cara como un manto húmedo y cálido. Me meé, lo admito. No pude evitarlo. Se me escapó el pis ahí mismo. No, el Rott no me hizo daño. Me humilló, que es peor.
Ahora yo soy el perro jefe, dijo el Rott. Si alguna vez te vuelvo a ver, prepárate a mearte hasta quedarte seco. Después me arrojó al suelo, saltó la verja y se encaminó hacia su caseta con total tranquilidad. No miró hacia atrás. Después de todo, ¿qué podía hacerle yo?
Me sacudí para quitarme de encima su saliva y me prometí a mí mismo que más pronto o más tarde me iba a ocupar de ese bastardo grande y feo. Dos días después hice mi movimiento.
Esperé hasta estar seguro de que Debbie estaba jugando dentro de la casa para introducirme en el jardín, con tal sigilo que ni las libélulas se dieron cuenta. En la finca de al lado, el Rott, fuera de su caseta, dormitaba al sol. El gato de los Fullerton salió retorciéndose de debajo de los escalones del porche y se acercó a saludarme, ronroneando en mi oreja y pasándome su rasposa lengua por la cara. Lo maté con un sólo chasquido de mis mandíbulas. Un leve crack a la altura de la vértebra superior fue el único ruido que hizo su cuello al quebrarse. Una muerte instantánea y sin dolor, o tan indolora como le pude procurar. Me sentí un poco triste, no lo negaré. Ya he dicho que no soy un mal perro.
Un vistazo rápido a mi alrededor. Sonidos felices llegaban desde de la casa, los de Debbie cantando la melodía de un programa de televisión. Hice pasar el cuerpo del gato por un hueco que presentaba la verja en la parte de atrás del jardín y me aproximé lentamente al dormido Rott. Sus ojos estaban cerrados y una burbuja de moco en una de sus fosas nasales se hinchaba y deshinchaba con cada respiración. Deposité cuidadosamente el cuerpo del gato cerca de él, me quedé mirando unos instantes cómo dormía disfrutando por anticipado de lo que estaba a punto de suceder y regresé al jardín de los Fullerton a través del agujero en la verja.
Lo siguiente fue ladrar y rascar como un loco la puerta principal y después volver al jardín a todo correr. El Rott estaba ya despierto cuando Debbie salió a verme. Me coloqué delante de ella ladrando con fuerza, la dentadura al descubierto y las patas delanteras agachadas en posición defensiva. La viva imagen de la ferocidad.
El Rott arremete contra mí mientras Debbie grita pero yo no cedo terreno, ladrándole como si la estuviera protegiendo de la bestia enloquecida. Y quizá lo esté haciendo. No tengo manera de saber lo que ese Rott podría hacer en un estado de furia. Continúo gruñendo y noto que el Rott se siente confuso por mi agresividad, sin saber lo que está sucediendo. Yo no le doy la oportunidad de pensar: sigo lanzando mordiscos al aire hasta que la madre de Debbie sale por fin de la casa, ve a su hija a punto de ser atacada y coge una piedra del suelo. El Rott vuelve de un salto a su propio jardín pero ya es demasiado tarde para él. Ya era demasiado tarde desde el instante en que me tocó los cojones.
Debbie se agarra a mí y yo le lamo la cara. Su madre nos mece a ambos entre sus brazos y entonces divisa el gato muerto enfrente de la caseta del Rott. Éste, comprendiendo finalmente lo que ha pasado, entra en pánico y mete el cadáver en su caseta como si así pareciera que aquí no ha pasado nada. Al día siguiente el Rottweiler ya no está. Su mono lo ha llevado a la perrera y sustituido por un basset capado y rechoncho. Y yo soy el héroe del vecindario, el valiente perro que salvó a la pequeña Debbie de un Rottweiler asesino. Soy más grande que el puto Rin Tin Tin.
La madre de Debbie entra en casa y vuelve con otro rollito de pavo. Le lamo la mano y me voy con él en la boca. Me gustan los rollitos de pavo, pero hoy tengo mejor uso que hacer de él. Saber cuándo hacer esperar la gratificación, eso es lo que me separa de los monos.
Hace tres meses vi a un par de Airedales merodeando por la frontera que delimita mis dominios y de inmediato supe que no estaban allí por casualidad. Eran hermanos y prácticamente idénticos. Perros grandes y también listos, una combinación peligrosa. Desde entonces les he visto cuatro veces más, y cada vez se adentran más en mi territorio. Sé que antes o después van a plantear un desafío abierto a mi autoridad, los dos contra mí. Es bueno que yo tenga un nuevo amigo.
Hace un par de meses llegó un pit bull al vecindario. Joven y fuerte, todo músculo y mandíbulas, con una oreja recortada y el carácter agrio por el que se conoce a los de su raza. Más, en su caso, desde que los monos le adiestraran para pelear. Por dinero. A los monos les encantan los deportes. El pit está ahora con una nueva familia de monos; rescatado, como ellos dicen, y las cosas le están yendo mejor. Las primeras veces que fui a visitarle todo lo que hizo fue embestir contra la verja, demasiado alta para poder saltarla, gruñendo matar, matar, matar. Yo no reaccioné. Me limité a hablarle suavemente, diciéndole que era su amigo y que no tenía nada que temer. Que nadie quería pelear con él. Luego empecé a llevarle regalos, que le paso por debajo de la verja. Nada muy importante. Un juguete masticable. Una galleta. En otras ocasiones sólo un poco de conversación, porque se siente solo y yo soy buena compañía. Hoy le llevo los rollitos de pavo, aún tibios de transportarlos en la boca. Al principio costó ganarme la confianza del pit, pero ahora espera mis visitas. Dice que nunca antes había tenido un amigo. Ése soy yo.
Bajo circunstancias diferentes este joven pit bull podría salir adelante, manso, apaciguado, reinsertado en la Sociedad. El amor hace milagros curando heridas. Sin embargo, eso no va a suceder. No con los dos Airedales estrechando el cerco sobre mí.
La próxima vez que los vea correré a decírselo al pit. Bastará con unas cuantas palabras que le susurre al oído, sé exactamente las que he de decir, y sus instintos asesinos saldrán bullendo de nuevo a la superficie. Lo único que el joven pit bull necesita es un colega que le ayude a excavar un túnel de salida por debajo de la verja y le muestre la dirección en la que ha de ir. Cuando yo le dé la señal irá directamente a buscar a los Airedales y para cuando se den cuenta ya los habrá convertirá en pulpa sanguinolenta. Ése será también el final del pit bull, por supuesto. Al centro de control de animales no le quedará otro remedio que ponerle una inyección letal. No es fácil ser yo. A menudo tengo que tomar decisiones difíciles, pero no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Soy un buen perro, de naturaleza sensible y cálidos sentimientos, ¿pero qué otra cosa puedo hacer?
El rollito de pavo bota sobre mis encías mientras me acerco a la casa en la que vive el pit bull. Brinca al verme, los ojos brillantes, jadeando de alegría. Yo, sin dejar de sonreirle, me voy aproximando a la verja.




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