Brujería contra psicoterapia en las aldeas de Kenia

Por María Ferreira

Me gustan las inyecciones porque después el mundo parece mejor. - J.M.K (Paciente psiquiátrico de la clínica de salud mental de Makuyu.)

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Trabajo en un proyecto localizado en un pequeño poblado al norte de Nairobi (Kenia), donde hay diagnosticados 126 pacientes psiquiátricos. En todo el país, según la Organización de las Naciones Unidas, hay tres millones de personas que padecen algún tipo de enfermedad mental. Y en todo el país, hay un psiquiatra por cada medio millón de personas.

En España he escuchado en diferentes ocasiones que las enfermedades psiquiátricas son un invento de la industria farmacéutica. Hablan de cronificar la sociedad. Hablan de enfermos engendrados por el consumismo. Dicen: En África se mueren de hambre. Dicen: Pobres negritos con tanto sida y tanta malaria. Dicen: Necesitan Malarone, necesitan antibióticos, necesitan suplementos. Los más ignorantes incluso se atreven a decir que en África no hay enfermedad mental porque se vive de un modo más natural. Suelen ser los mismos que afirman suspirando que “los niños en África sonríen mucho”.

Pero la locura no vende, a pesar de ser una realidad depredadora. Para las ONGs no es rentable la lucha contra la enfermedad mental, por varias causas, entre ellas el alto porcentaje de fracaso en los propios tratamientos y, por supuesto, por marketing. Y es que si lo pensamos bien, el eslogan: “Apadrina un enfermo mental” resulta cómico. Venden más los niños hambrientos.

M.N. Paciente del programa de salud mental en Makuyu.

Crear conciencia es muy difícil, sobre todo en un país como Kenia en el que en las áreas rurales no existen ni la esquizofrenia, ni la depresión, ni cualquier tipo de trastorno mental; existen las posesiones demoníacas y la brujería. Y es que cuando una persona enferma, la enfermedad se entiende como un castigo y provoca vergüenza. En el mejor de los casos se les encierra en casa y se les esconde de la sociedad. En el peor se producen abandonos, y se han dado casos en los que se les quema vivos acusados de ejercer la brujería.  (Nota: El vídeo muestra cómo queman vivas a personas acusadas por brujería. Las imágenes son muy fuertes)

Por todas partes proliferan “curanderos” que aseguran curar la enfermedad mental por una suma bastante elevada de dinero. Garantizan en todos los casos una curación completa que nunca se da. Entonces se disculpan alegando que el mal es irremisible y abandonan al paciente generándole una gran frustración que conlleva un claro empeoramiento de su enfermedad. Uno de nuestros materiales de trabajo es un mapa del poblado lleno de cruces negras. Cada cruz marca el lugar donde alguien se ha suicidado. Ndung’u, enfermero del proyecto, asegura que las zonas donde hay una acumulación de cruces siempre tienen cerca la residencia de alguno de estos curanderos.

En los Centros de Salud que cuentan con unidad de salud mental, nunca hay un psiquiatra, como mucho un enfermero psiquiátrico se encarga de diagnosticar y de administrar la medicación. En muchas ocasiones vienen pacientes muy agresivos, muy difíciles de controlar, y estos centros no están preparados para garantizar la seguridad del personal y del resto de los pacientes. Se dan casos en los que literalmente hay que “cazar” al paciente, reduciéndole como si fuera un animal.

Paciente somalí que llegó amenazando con agredir a todo el personal, tuvimos que desalojar la clínica y sedarle con diazepam.

Ndung’u dice que lo peor de vivir en un lugar maldito es que puede pasar cualquier cosa terrible sin que haya consecuencias. Lo vemos todos los días. Yo le digo que no es maldición, que se trata de enfermedad, y de drogas, y de miseria. Entonces él me mira sonriendo y me dice: Ponle el nombre que quieras, al fin y al cabo, ¿cuál es la diferencia?

Decidimos visitar a un “curandero” acompañando a un paciente psiquiátrico. Le explicamos los síntomas (alucinaciones auditivas, agresividad y pérdida de conocimiento) y el “Doctor Ibrahim” nos aseguró que el paciente estaría curado en una semana, simplemente debía pagar 5000 chelines kenianos (unos 50 euros) al día durante esos siete días. Le intentamos explicar al paciente que era un robo y el curandero nos quiso echar de la sesión. Logramos quedarnos pagando un donativo. Empezó a quemar especias sobre una hoja, sobre la que se derramaba cera de una vela. Después envolvió la mezcla en esa hoja y se la dio al paciente. El curandero se percató de que estábamos haciendo fotos y nos echó. Una semana después el paciente volvió al centro de salud con alucinaciones auditivas y sin dinero; se lo había gastado prácticamente todo en el brujo.

Parte del proceso del ritual de sanación al que asistimos.

Días más tarde fui con Ndung’u a Kamahuha, un poblado a unos cinco kilómetros de Makuyu. Íbamos a llevarle medicación a un paciente esquizofrénico. Nada más entrar, Ndung’u sacó de su maletín unos huesos atados con un cordón y los colgó de la puerta.

- ¿Qué es eso? -pregunté.

- Huesos de cerdo, para ahuyentar al demonio -me explicó.

Nos sentamos con el paciente y Ndung’u empezó a rezar. La familia del paciente siguió la oración. El paciente empezó a gritar y a arañarse las piernas, así que Ndung’u sacó la inyección, se la puso y el hombre empezó a calmarse.

- ¿Ves? -dijo Ndung’u- es el poder de la oración.

- Y el poder de la medicación, ¿no?-contesté yo.

Salimos de la habitación y la abuela nos ofreció un té. Nos contó que su nieto llenaba la casa de ramas porque se lo decían los espíritus. Y que a veces los espíritus hablaban tan alto que incluso ella podía escucharlos.

Creedme, por muy racional que sea uno, se te acaban poniendo los pelos de punta.

- Lograd que se callen, por favor -fue lo último que nos dijo al despedirse.

Un mes más tarde el paciente se ahorcó.

A principios de diciembre de 2012 recibimos a un paciente que amenazaba con matarnos a todos. No parecía un caso especial hasta que una enfermera impidió que se le medicara.

- Si se le medica perderá su poder -intentaba explicar- y no podrá convertirse en leopardo.

Estamos hablando de una persona que ha estudiado enfermería en la universidad. No hubo manera de intentar razonar. En estos casos me recuerdo a mí misma que intentar arrasar con la “verdad occidental” sería un error, pero no sé si un error más grande que el de dejar que el paciente se autolesionara en la forma en que lo hizo. Afortunadamente se agotó pronto y se quedó dormido en la esquina de la consulta, acurrucado como un verdadero felino.

Aquel día enfermé. Ndung’u dijo que era una maldición por reírme de los espíritus.

No fue una maldición, tan sólo era Fiebre Tifoidea.

 

María Ferreira trabaja en Karibuni Africa, una ONG a cincuenta kilómetros de Nairobi, y de vez en cuando nos envía sus impresiones sobre Kenia:

Cómo ser voluntario en un ONG en Kenia

Qué opinan estos keniatas de las elecciones estadounidenses

 

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