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Para Ponerse Las Botas - Parte 1

El cálido y acogedor ambiente del Chubby Maid Café

By Tomokazu Kosuga

NADA TRISTE
ENTREVISTAS DE TOMOKAZU KOSUGA
FOTOS DE TAKAAKI TANAKA

Ponerse a dieta es un ritual importante para las chicas de todo el mundo, pero en Japón, un país que acostumbra a llevar todo lo que hace a su extremo, el personal femenino ha llevado la restricción alimentaria hasta los mismos límites del trastorno obsesivo-compulsivo. La moda del “¡Pierde peso sin dejar de comer!” está en Japón en su apogeo. Hay dietas de toda clase; dietas a base exclusivamente de bananas y dietas a base exclusivamente de natto (habas de soja fermentadas, que huelen a pies, a mierda y a basura). Cuando alguna de estas dietas aparece en televisión, puedes contar con que al día siguiente el producto en cuestión habrá milagrosamente desaparecido de las estanterías del supermercado local. Para personas como tú y como yo, la idea de comer y al mismo tiempo perder peso suena... estúpida; pero, para las niponas que han probado cada dieta de moda que haya surgido en décadas recientes, se trata simplemente de un placebo para evitarse subir a un aparato de ejercicios y dejar de atiborrarse de mochi, que es la única forma de perder peso.

Sin embargo, también es aquí en Japón donde un grupo de chicas no-tan-delgadas organiza cada mes el Pomeranian: The Chubby Maid Café en la meca
otaku de Akihabara. Las camareras, maravillosamente rollizas, se visten de sirvientas, se dirigen a los clientes con tratamiento de “amo” y con toda solicitud atienden cualquier necesidad o capricho culinario. En Japón, la tierra que ha legado a la Humanidad la delgadez extrema, el bronceado naranja y las gyaru (jovencitas obsesionadas con la moda y las tiendas), estas encantadoras señoritas regordetas son como una cálida, balsámica brisa con un ligero aroma a leche y chocolate.

Yo, personalmente, noto una indefinible sensación de calma y placidez en el Pomeranian. Tal vez sea porque estas muchachas pasean sin complejos sus kilos de más, o quizá porque estar en su compañía me hace olvidar lo gordo que yo estoy.

Sea como sea, mostrar orgullosas sus michelines en una nación famosa por su baja tasa de obesidad, obsesionada por adaptarse a la última moda que surja, hace de estas chicas el equivalente bien nutrido de un anarquista lanzando un cóctel molotov al interior de un banco. Y además son guapas. ¿Todavía no lo habíamos mencionado? Son realmente guapas.



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