Quiero Mis Dvds

By Jesús Brotons



PACK SEIJUN SUZUKI
Seijun Suzuki
Avalon


Codificado, encorsetado, fijas sus set-pieces en un esquema de probada eficacia (comercial, a veces artística), el cine de yakuzas tuvo en Kinji Fukasaku y Seijun Suzuki dos grandes renovadores; el primero se mantuvo rodando secuelas como churros de films suyos, y quizá por eso sea hoy algo más conocido en occidente. A Suzuki, a quien descubro ahora, el presidente de los estudios Nikkatsu le mandó a freir espárragos tras pasarse códigos, corsés y esquemas por el forro de los huevos con Branded To Kill (1967), un film surreal, de gramática extraña y pistoleros de moral ambigua cuyos impulsos y actos resultan incomprensibles. Mientras directores japos de la época se desligaban del impostado romanticismo del thriller yakucero tradicional para apostar por un apañado símil de verosimilitud, Suzuki elegía en Branded To Kill atizar las brasas de una lógica del absurdo que despuntaba ya en películas previas como Gate Of Flesh (1964) y Tokyo Drifter (1966). Si bien aquella se sitúa fuera de la órbita yakuza para narrar en clave de melodrama sadoerótico las vicisitudes de un wolfpack de putas hechas piña para salir adelante en el devastado Japón de posguerra, Tokyo Drifter, a primera vista una reformulación del patrón típico (el gángster que se debate entre el deber y los sentimientos, etc.), se convierte de inmediato en un delirio pop de los de fliparse mucho merced a su hipercromatismo, su estilizado, minimalista diseño de producción, paréntesis de humor físico (la pelea en el bar) y un desenlace filmado como si fuese una función kabuki.


DEL ÉXTASIS AL ARREBATO
Varios
Cameo

Corren tiempos de youtubes y animaciones flash y ordenadores para todo y, en ese sentido, vale decir que nunca antes la experimentación cinematográfica había gozado de mejor salud, aunque sólo sea por acumulación: a más gente probando cosas, más posibilidades de que de entre el marasmo surja algo estimulante. La pulsión investigadora no es nueva, empero; me da a mí que el hálito que anima a los nuevos creadores digitales no debe ser muy distinto del que movía a los de ayer y anteayer, analógicos o digitales de primera generación, a manipular negativos y emulsiones, a jugar con texturas, colores, sonidos y significados, a buscar un nuevo lenguaje que, con la imagen como epicentro, combinara cine y arte pictórico y, dependiendo de cada uno, abstracción, surrealismo, crítica política, comentario social o, simple y llanamente, cachondeo; conceptual, pero cachondeo, que tampoco viene mal. El corpus vanguardista español es tan extenso y variado como difícil de ver (evidentemente, no hay salas, o yo no las conozco, dedicadas a un ámbito artístico restringido, para bien o para mal, a museos y galerías), y por eso es digna de elogio la aparición de Del Éxtasis Al Arrebato, cojonudo pack compuesto por dos DVD’s (y un grueso, informativo libro) abarcando casi 50 años de cine experimental hecho en España. Son, en total, 31 piezas de duración variable e interés oscilante: dan impresión de caducadas aquellas que surgieron como reacción a un clima político que ya nos queda lejos (y que dure), se mantienen frescas las que reflejan el mundo personal de aquellos que lo tienen (Iván Zulueta, José Val del Omar, Manuel Huerga) y resultan útiles para pillar un buen globo las abstracciones de color y sonido (‘Pintura 1962-63’, ‘Ritmes Cromàtics’, etc).


LAS DIABÓLICAS
Henri-Georges Clouzot
Avalon


Mucho se ha especulado acerca de cómo habría abordado Alfred Hitchcock Celle Qui n’Était Plus, la novela en la que se basa Las Diabólicas, de no haber comprado antes los derechos Henri Clouzot, adelantándose al gordo por apenas unas horas. Se resarció Hitch basando De Entre Los Muertos en otra novela, escrita esta vez específicamente para él, de Narcejac y Boileau. De la talla del film de Hitchcock no diré nada porque ya se sabe o se debería, y las ucronías que se las elucubre cada uno. Lo que sí tengo por seguro es que difícilmente hubiese don Alfredo rodado Las Diabólicas con pulso más firme, con un sentido del ritmo más preciso, con mayores astucia y atención al detalle o con más mala leche. En definitiva, dudo que hubiera hecho un film mejor. No confundir con su astroso remake de 1996, Las Diabólicas (1955) es el espejo oscuro en el que desde su estreno se han mirado infinidad de thrillers de suspense y los que vendrán. Acostumbra a ponerse un peldaño por debajo de otros de Clouzot como El Cuervo o El Salario del Miedo, pero eso es cuestión de gustos. La resonancia de Las Diabólicas es mayor, en mi opinión, pues su eco nos llega hasta hoy con casi cada film actual que anteponga la atmósfera (turbia, opresiva) a la acción, el suspense (en ascenso) al susto, lo sugerido a lo explícito (si bien Clouzot, sin gratuidades, sin regodeo, sostiene la mirada en las escenas del ahogamiento y el ataque cardíaco) y, sobre todo, dé esa proverbial vuelta de tuerca final. Imprevista pero no tramposa, la de Las Diabólicas creó escuela, y el hecho de conocerla no impide disfrutar de posteriores visionados de este film modélico.


ELA ÚLTIMA CASA A LA IZQUIERDA
Dennis Iliadis
Enfoque Lumiere


No es ningún secreto que, de un tiempo a esta parte, gran parte de la afición anda con el moscardón detrás de la oreja ante el continuo goteo, ya casi chaparrón, de remakes de títulos, mejores o peores pero señeros, del cine fantástico de décadas recientes. Ya toca las pelotas, sí. Así y todo, obviando el tufo a oportunismo que desprenden estas calculadas operaciones mercantiles, hay que preguntarse si el remake no cumple una función positiva en los casos concretos en los que el original, por falta de presupuesto, por incompetencia o por lo que fuese, resultaba bajo mínimos. Verbigracia, los films de Wes Craven, guionista ingenioso—también tramposo—, y director limitadito. Rodada con escoplo y martillo, La Última Casa A La Izquierda (1972) tenía atractivo feísta, mal café y el discreto encanto de la serie Z, pero nada de eso podía camuflar su endeblez como producto cinematográfico. En su versión, el casi debutante Dennis Iliadis conserva (gracias, tío) el mal café, pone al film galones de serie B y, habrá a quien le pese, no deja que el feísmo trascienda a lo formal; lógico, pues es peli esta cuya meta, no lo olvidemos, es recaudar cuanto más mejor. Nada, pues, de fotogramas en 16 mm encortisonados a 35 mm, ni peña sobreactuando, ni desenfoques ni saltos de cámara. Tampoco, ay, de aquel sadismo que le valió calificación X en muchos países a la original; vaya. Aun así, la película brinda un gran espectáculo catártico y es, a falta de ver el remake de El Día De La Mujer (sí, también lo han hecho), una de las más gratificantes apologías de la venganza en largo tiempo.

JESÚS BROTONS

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