Quiero Mis Dvds
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Fernando di Leo
Trash Collectors
Si os hacéis con el Especial Cine que sacamos hace meses, encontraréis al final un breve texto en el que uno, éste, intentaba explicar las excelencias muchas de la banda sonora de la película que nos ocupa, una barrabasada descomunal dirigida con firmeza, fiebre y sangre entre los dientes por Fernando di Leo en 1972, año de plomo en lo político y de agonía del eurowestern en el país de la bota. Curtido en este segundo campo y en el del melodrama erótico, di Leo, que como escritor había cultivado el italothriller con un par de libretos de glorioso sinsentido, inauguraba con Milán: Calibre 9 una trilogía de films a los que hoy se reconoce fuste gracias mayormente al Tarantino, gurú apropiacionista pero al fin y al cabo gurú a quien no duelen prendas en proclamar a este film la releche. Y lo es. Agrísima, además, la leche del italiano, quien trata a sus personajes con una impiedad a la que no detienen ni cataduras morales ni propósitos ni afectos. Baste decir que el único que no codicia ni engaña ni envidia ni mata es un idealista, bienintencionado pasma a quien, como en la vida real, sus superiores, que serán lo que sean (unos fachas) pero se enteran de la misa, no tardan en enviar a soñar lejos, donde no estorbe. El meollo del asunto reside en el pastizal supuestamente robado por un hampón de medio pelo quien, tras comerse a pulso cuatro años de trullo, se encuentra a la salida en el punto de mira de sus antiguos jefes. O el dinero o matarile es la tesitura en la que se encuentra el tipejo, a quien unas circunstancias en las que nada, ni la mafia, es lo que era, abocarán a una espiral de violencia y doble juego cuyo final me guardaré de desvelar porque hay que verlo para creerlo.
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Enzo G. Castellari
Tribanda
Y a vueltas con Don Quintín el apañao, pero que conste que es casualidad. A rebufo de su más reciente recortapega, esa Malditos Bastardos que es toda ella una hábil acumulación de guiños cinéfilos (lo cual me place), aparece entre nosotros expandida a dos DVD’s la película que dio origen a la tarantinada, con la que comparte título (Bastardi Senza Gloria era el original, y así pero en inglés se estrenó en Estados Unidos), y nada más: allí donde tratan los patrióticos bastardos de nuevo cuño de aperrear a los nazis cuanto peor mejor, lo único que interesa a los de antes, desertores a quienes eje y aliados se la pelan igualmente, es conservar el pellejo mientras se escaquean a Suiza; el film americano cuenta dos historias que al final convergen mientras que la italiana narra una, distinta y además lineal, porque dentro de la serie B de género es lo que toca, tocaba y tocará, y no entremos en el apartado presupuestos porque del magro volumen de liras que Castellari manejaba en 1978 da cuenta él mismo tanto en el documental como en la conversación que mantiene con su tarantoide admirador en un segundo disco que suma asimismo un par de agradecidas fruslerías. Lo bueno está en el primero: la película, mezcla bastarda (ejem) de Doce del Patíbulo y Los Violentos de Kelly que disimula estrecheces al mejor estilo italiano, confundiéndose por momentos con film de gran hechura y destacando unas secuencias de acción en las que fueron los actores los que se jugaron el físico. No es obra maestra, siendo las loas de Tarantino más fruto de su educación sentimental que otra cosa, pero sí un sólido film bélico rodado con convicción de la que no abunda.
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Bruce Webber
Avalon
Chet Baker fue, en boca de una ex esposa, una persona “en la que no se puede confiar”. Quizá no en su palabra, pero sí en su música; cualquiera que tenga oídos y el corazón a la izquierda lo puede atestiguar. Baker, en su mocedad un tipo fotogénico que paseó cara, voz y trompeta en varias películas, luego anciano prematuro de físico arrasado por años de farla y jaco, fue un músico de excepción: uno de los grandes de la onda cool jazz 50’s, escena en la que irrumpió cual ariete embadurnado de vaselina, su presencia, dominio del instrumento y fraseo suave y lírico causaron sensación en Estados Unidos y Europa, continente en el que vivió, trabajó, pasó año y medio tras las rejas por posesión de narcóticos y que tuvo que abandonar mediada la década de los 60 tras ser deportado de varios países. Vida agitada, pues; si bien su música tendía a lo apacible, el interior de Baker era tormentoso. A tenor de lo que en este documental declaran personas que le conocieron bienmadre, hijos y ex esposasen Baker se difuminaba la línea que separa el individualismo del puro y simple egoísmo. Miró Baker toda su vida por sí mismo y por alimentar sus adicciones y esto le costó, difiriendo la versión según a quién pregunta Webber, la dentadura tras una paliza de órdago que casi acaba con su carrera. Chet murió defenestrado en 1988, meses después de completado el que se considera uno de los mejores documentales sobre un músico jamás rodados. Obligatoria su visión, más tratándose de una edición primorosa que adjunta libro, goloso DVD extra y un breve (dos canciones), accesorio CD de audio.
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Jacinto Molina/Carlos Aured
Vellavisión
Y en verdad os digo que estábamos en Babia cuando el pasado 30 de noviembre se nos murió Paul Naschy. En Babia, sí, y con el plural nos englobo a todos, ya que con excepción de los muy acérrimos de la era dorada del fantástico español (los 60 y 70), el resto poco atentos estábamos, admitámoslo, al devenir profesional del que durante décadas fuera nuestro gran icono y embajador en el extranjero del Spanish macabre. Cierto es que Naschy, Jacinto Molina, tendía a ver sus contribuciones al séptimo arte con lupa de aumento, que la mayor parte de su filmografía no pasa de entretenimiento de los de pipas y cacahuetes y que sus monstruos han envejecido mal; contribuyó todo a que en los últimos tiempos la afición, tan postmoderna ella, este fandom de aquí de vuelta de todo, se acostumbrara a tratarle con la autosuficiencia del que se cree un peldaño o dos por encima, cuando la verdad es que para autosuficiente, él: actor, escritor, guionista, productor y director, que no era moco de pavo en el menesteroso panorama cinematográfico español de entonces y de ahora. Vayan pues nuestros respetos a Naschy, esté donde esté, y hagámosle el mejor homenaje posible, revisar sus films. Vellavisión ha puesto unos cuantos en circulación y, dejando su ciclo licantrópico para otra ocasión, servidor opta por ponerles sobre la pista de Inquisición (1976) y El Caminante (1979), su primer y tercer trabajo como realizador y, en particular la segunda, una de sus obras más personales: el Lazarillo de Tormes meets el diablo. La Venganza de la Momia (1973) fue la segunda de sus cuatro colaboraciones con el director Carlos Aured y la traigo a estas páginas por su atmósfera a lo Hammer, por la saña de sus insertos gore y por ser un film no muy conocido de Naschy, que en paz descanse.
JESÚS BROTONS




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