EL EXORCISTA VIVE EN ALCALÁ DE HENARES
Belcebú, Zebulón, Satanás, Lucifer, Belial, Samael, Jaldabaoth, Asmodeo... Distintas personalidades y disfraces para el peor de todos los malos del mundo: el Adversario, el DEMONIO. Este malo malísimo de la historia universal es el enemigo acérrimo de Dios, al que llaman el Todopoderoso. De vez en cuando, para captar adeptos, el 666 (cantidad de las antiguas pesetas a que equivalen 4 euros) se infiltra en el cuerpo de algún terrícola y hace que éste ladre como un perro y blasfeme en lenguas muertas. Para luchar contra esta Verdadera Fuerza del Mal, un hombre, el único en España autorizado por el mismo Papa: José Antonio Fortea, el exorcista de Alcalá de Henares.

Pero, honestamente, ¿el demonio se puede meter dentro de alguien? ¿Por dónde ingresa? ¿Por la boca? Siempre he pensado que será más jodido, literalmente, si entra por el ojete, pero como ahora hasta los del Opus Dei se bajan las peliculas de Belladonna, muy probablemente será por otro orificio. ¿La tocha?
Para encontrar una explicación a tantas dudas demonológicas tomo un tren de Cercanías rumbo a Alcalá. Si alguien puede arrojar un poco de luz al respecto, ése es el padre Fortea. es el más hábil practicante de exorcismos (categoría laboral que no se encuentra en la páginas amarillas) de la comunidad de Madrid. No sólo eso: como todos los cuarentañeros practicantes de la castidad, voluntaria o forzosa, es un escritor y blogger inveterado. El padre ha publicado más libros que discos ha sacado Merzbow).
Ayer, 23 grados. Hoy, 9. Llueve con insistencia y en el tren un par de viajeros en mangas de camisa tiritan de frío, como poseídos. Se me ocurre que lo mismo le pasaba a Linda Blair.
Mientras el tren avanza hago un recuento espiritista: ¿Cuántas veces jugué a la ouija y no fui yo quien movió el tablero? ¿A cuántos adivinos, chamanes y charlatanes he interrogado sobre mi futuro sentimental? ¿Fumar es pecado y es mortal y al infierno te condena? Luego me quedo dormida y sueño, una vez más, que estoy muerta.
Para llegar a la casa del padre Fortea hace falta un tren, un taxi, un GPS y un paseo por un parque que desemboca en un bloque de viviendas. Antes de tocar el timbre oigo un trueno y segundos después estoy bajo una ducha.
El padre Fortea vive en un piso austero, en el que destacan unos pergaminos pintados a mano (una de sus aficiones es la caligrafía artística), imágenes religiosas, libros, un ordenador y una pantalla de plasma. El padre se declara fan de Los Simpsons, de Blade Runner, El Ilusionista y El Milagro de P. Tinto. Tiene 40 años, frente amplia, mirada penetrante y unas manos grandes y pesadas. Una apariencia noble para enfrentarse a un demonio, aunque tampoco me esperaba al Schwarzenegger de El Fin de los Días.

Nos sentamos frente a frente -los dos vestimos de negro, por cierto-, y empezamos a hablar de demonios. Me habla de Mirtha, de cuando saltaba en la cama como si fuera un peluche, como si un gigante invisible le sacudiera los pies. De Pedro, cuya madre primero pensó que sufría de esquizofrenia paranoide pero luego, cuando le vio volar por los aires sobre un sofá, se dio cuenta que el chico había sido poseído por el demonio. O de Cristina, que escupía una baba blanca cada vez que le mencionaban la palabra Dios.
A los tres, y a muchos más, les sacó el demonio del cuerpo, anotando así un punto más a favor de El Bien, equipo en el que el padre Fortea juega de titular. Normalmente, me cuenta, las personas son poseídas cuando tienen alguna relación con actividades espiritistas. La santería cubana es demoníaca. Leer horóscopos, en cambio, es pecado pero no hay peligro (“amor bien, pero cuidado con la economía”; no hace falta el Maligno para escribir eso). Jugar a la ouija propicia las posesiones. El diablo no suele aparecer en el alineamiento de chakras, y las noches de juerga afectan el alma (también el cuerpo). Pero, ojito, que hay peores pecados en la viña del Señor. Yo los conozco. En breve, estoy segura de que el tipo de los cuernos y olor a azufre se hará con mi alma, poniendo los pies en la mesa y el sofá y tirando migas al suelo.
- Ahora -dice-, te voy a “bendecir”. Toma asiento.
Empieza a mascullar unas oraciones que no alcanzó a oír y coloca una de sus manos, pesada como un plomo, sobre mi cabeza. La otra la coloca en mi cuello.
-¿Lo sientes? Es Dios.

Lo que siento es una corriente de calor que me desciende desde el cerebro hasta la columna y me asusta. Pienso en la ouija y los chamanes, y en que, si me restrinjo a los hechos, estoy en casa de un señor que no conozco que me tiene agarrada del cuello. Mientras él reza, yo no escupo babas ni tiemblo, el sofá no se eleva y no se me ocurre una sola palabra en lenguas muertas, lo cual, en cierta forma, me resulta decepcionante. Habría tenido más sensaciones extrañas yendo a Lavapiés para que un perroflauta me hiciera el raiki.
LALITA PÉREZ
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