Matrimonios infantiles en España

Por Oreto Briz, Fotos Sergio Albert.

El pasado mes de octubre, con motivo del ‘Día Internacional de las Niñas’, la ONU señaló el matrimonio infantil como responsable de un sinfín de males que afectan a las mujeres: desde las bajas tasas de educación hasta la violencia de género. Publicaron un listado de 80 países en los que todavía existe esta práctica. Ojeándola me llevé una sorpresa. Bangladesh, Ruanda, Etiopía, El Salvador o Kenia no figuraban, pero si había dos estados europeos: el Vaticano, donde está permitido casarse desde los 12 años (¡!) y España.

En España es posible casarse con consentimiento de los padres o de un juez a los 14 años. Esto es algo que preocupa a las ONG’s que trabajan con niños. “La edad legal para casarse es excesivamente baja”, me comenta Marta Arias, la directora de Sensibilización y Políticas de la Infancia de Unicef España. De hecho, una de las recomendaciones que el Comité de los Derechos del Niño de la ONU hace a España es que se cambie esta ley para estar en la misma línea que el resto de Europa.

Como a mí la idea de que la gente se case me sigue resultando extraña (y eso, a mis 29 años) decidí contactar con dos parejas de Madríd para que me contasen sus experiencias.

Yeni, de 13 años, y Cristian, de 17, van a casarse en dos meses. Llevan cinco comprometidos y él vive en la casa de la familia de la novia desde entonces.

A ella le gusta salir con sus amigos e ir de compras a los puestos de ropa. Una vez casada, asume que perderá su libertad. “Olvídate de irte con tus amigas a cenar sola”, dice. Ahora vive con su madre (su padre está en la cárcel por tráfico de drogas), pero en un par de meses pasará a ser el ama de su casa. Es algo para que no está nada preparada. “Solo sé cocinar dos cosas”, me cuenta.

Le vino la menstruación hace solo cinco meses y ni se le pasa por la cabeza que, una vez casada, tenga que “cumplir” con su marido. “Ahora no. ¡Si sólo tengo 13 años!”, dice. Además tiene claro que no perderá la virginidad en la noche de bodas: “Nosotros, cuando venimos tan cansadas después de estar bailando… ¡Olvídate!”

Visto desde fuera, las preocupaciones de Yeni parecen las del cualquier adolescente. Bailar, charlar con sus amigos y estar pegada al móvil (se pasa la entrevista intercambiándose Whatsapps con sus primos). No obstante, entre líneas parece abrumada con el tema de la boda. Cuando le pregunto dónde será el banquete o qué vestido llevará, aparta la vista. “Yo no pregunto, me da vergüenza. Solo escucho cuando se ponen todos a hablar”, dice en referencia a los mayores de su familia. Puede que sea normal que a una chica adolescente le acobarde la responsabilidad de organizar una boda. Pero a la vez es un aterrador recordatorio de que muy pronto va a tener que apechugar con todas las responsabilidades de la edad adulta.

Loli y Manuel se casaron hace 7 años, cuando él tenia 16 y ella 13. Tienen dos hijos, que ambos señalan como lo mejor del matrimonio. ¿Y lo peor? “Los suegros, que se meten en todo”. Mientras Manuel dice no salir si no está en familia, Loli, ahora con 20 años, está ahora recuperando algo de su libertad perdida. “Ahora sí que salgo con mis amigas”, cuenta. “ A pubs, a discotecas… Y justo ahora estoy disfrutando del sexo”.

Sin embargo, Loli mira hacia atrás con ciertas dudas sobre la decisión que tomó. A pesar, o quizás debido a todo lo que ha vivido, dice,  “Me pones con trece años y con dos hijos y no sé lo que hacer”.

“En España lleva años proponiéndose el cambio”, me cuenta una funcionaria del Ministerio de Sanidad, “pero ningún gobierno se ha preocupado de hacerlo”. No obstante, el pasado 29 de octubre el PSOE envió una propuesta para debatir en el Congreso un aumento de la edad para consentir relaciones sexuales y, por ende, la del matrimonio, que ahora está en los 13. Y desde el gobierno de Mariano Rajoy se señala que llevan estudiando el cambio de la ley desde antes del verano. Cabe decir que quizás, como en el caso de los desahucios, esto tiene más que ver con la presión internacional que con unas ganas reales de afrontar al asunto.

Si la ley se modifica está por ver, pero cualquier cambio, por positivo que sea, también afectará a las tradiciones de las familias gitanas. Por lo menos en el caso de Yeni y Christian, las bodas entre menores parecen tener más que ver con la tradición y la economía que con la esclavitud forzada que se presume desde la ONU. Yeni demuestra ser consciente de sus derechos como mujer y como individuo. “Ahora estoy bien”, puntualiza. “Ya más adelante no sé. Y piensen lo que piensen los demás, si no estoy bien, me divorcio”.

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