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      Escalpada a bordo

      August 23, 2012

      Por Matheus Chiaratti

      Uno de los métodos de transporte más extendidos a través de las vías fluviales de la empobrecida zona de la Amazonia brasileña son unas peligrosas, precarias barcas a motor que la gente del lugar construye con cualquier desecho y pieza de maquinaria que tenga a su alcance, sacrificando la seguridad por la conveniencia. Si alguien con pelo largo se sentara por descuido demasiado cerca de sus hélices sin cubierta de protección, herirían gravemente o incluso matarían al desafortunado viajero en un instante.

      Si la víctima sobreviviera, lo más probable es que saliera del accidente con la clase de deformidades que cambian una vida: pérdida de orejas y cejas, de buena parte del cuero cabelludo y de grandes franjas de piel. La mayoría de estos accidentes los sufren mujeres de zonas rurales donde no hay posibilidad de lograr rápida asistencia sanitaria; su única opción es llegar a un centro urbano antes de morir desangrada. A muchas de estas mujeres les resulta imposible encontrar trabajo a causa de sus horrendas heridas, y algunas sufren el ostracismo y maltrato de sus maridos, miembros de su propia familia y vecinos.

      Las heridas y muertes por accidentes con hélices se han convertido en un problema tan serio en la región que activistas locales han creado la Associação de Mulheres Ribeirinhas e Vítimas de Escalpelamento da Amazônia (Asociación de Mujeres Ribereñas y Víctimas de Escalpado en la Amazonia; AMRVEA) con el objetivo de brindar ayuda a mujeres escalpadas y educar a la gente acerca de la importancia de tapar motores y hélices.

      El pasado 11 de mayo, la AMRVEA se reunió con miembros del gobierno local y con la Sociedad Brasileña de Cirujanos Plásticos para proporcionar cirugía libre de costes a 87 víctimas de escalpado en Macapá, la capital del estado amazónico de Amapá. Allí fuimos para hablar con las víctimas y conocer sus historias.

      Maria Trindade Gomes, fundadora de AMRVEA; víctima de una hélice a la edad de 7 años: “Mi padre transportaba harina en Pará. En una ocasión fui con él y cuando estaba bajando de la barca resbalé y caí encima de una tabla que protegía el motor. Mis padres me dejaron abandonada al cabo de un mes y medio en un hospital de Portel, en Pará. De ahí una mujer me llevó al hospital de la policía militar en Belém. Estuve hospitalizada seis años, porque no tenía ningún sitio a dónde ir. Cuando regresé a Portel, mi padre rehusó acogerme. Un francés me adoptó. Me fui de allí al cumplir 18 años. Ahora comparto mi experiencia en charlas que promueve la asociación, y allí donde voy soy respetada. Como no tenemos dinero para comprar pelucas, hemos aprendido a confeccionarlas nosotras mismas. Una vez el cabello está listo, tardo dos días en fabricar una peluca. Hago muchas, y me pongo una u otra según mi estado de ánimo: un día una roja; otro día, una de cabello rubio, o negro, o de pelo rizado... Me preocupo por mi aspecto. Usamos cabello humano procedente de donaciones. Toda mujer a la que le proporcionamos una peluca tiene que traernos pelo para hacer pelucas para dos mujeres más. Es importante que no nos quedemos sin material.

      Maria do Socorro Damasceno, 30 años; también escalpada a los 7 años: “Cuando eres una niña no sabes lo que está pasando. Es al hacerte mayor cuando te das cuenta de lo grave que fue el accidente. Encontré rechazo, prejuicios... Por eso me marché de donde vivía, en el campo. “¿Qué posibilidades tienes, con un rostro tan deforme, de tener una relación con alguien?”, pensé. Ahora tengo cuatro hijos. Estamos muy contentas ante la posibilidad de que nos operen”.

      Rosinete Rodrigues Serrão, 35 años; sufrió escalpado hace 15 y ahora ayuda a otras víctimas a recuperar la autoestima: “Me sentía como un monstruo. Tenía novio, pero se alejó de mí cuando sufrí el accidente. Estuve enferma de depresión durante un año y medio, hasta intenté suicidarme, pero volví al colegio y eso me devolvió la vida. Ahora he encontrado a una persona muy especial y estoy embarazada de siete meses. También él fue víctima de un accidente con un motor”.

      Franciane da Silva Campos, 33 años; escalpada hace 26: “Viajaba con mi padre, sentada entre sus piernas, y se me cayó una cuchara. Cuando me incliné hacia delante para cogerla, todo el lado izquierdo de mi cabello resultó arrancado. Estuve en el hospital un año y cuarenta días. Sufrí mucha discriminación, la gente se me quedaba mirando e intentaba humillarme. No lo acepto. Tengo un marido, una hija y hasta una nieta. Estoy muy contenta; quiero decirle adiós a este aspecto. Lo primero que voy a hacer es encontrar trabajo, porque ahora mismo no tengo”.

      Marcilene Mendes Rodrigues, 24 años; tenía 10 cuando resultó herida al caerse de una barca en movimiento: “Mi pelo lo era todo para mí. Cuando me miré en el espejo y vi a otra persona, me volví loca. Los médicos me pusieron implantes en las cejas, y aunque los injertos no cubren toda la cabeza, al menos puedo llevar extensiones de pelo. Mi familia, gracias a Dios, nunca me abandonó. Mi padre vendió todo lo que tenía para ayudarme”.

      Francidalva da Silva Dias, de 27 años, tiene una hija de 8, Patrícia (en la foto), que cayó de su regazo en una barca mientras recogían bayas de acai en 2009: “Sentí una desesperación enorme. Nunca en mi vida he visto nada igual. En el hospital Patrícia me preguntó si le iba a poner otra vez el pelo, yo le dije que no, y ella me dijo que había sido por mi culpa, que la había dejado caer encima del motor. Le alteran mucho los prejuicios que sufre en el colegio. El otro día un niño le arrebató la peluca y ella volvió a casa llorando. Confío en que le puedan reconstruir la oreja. Quiere rehacer su vida. Se sentirá más feliz, y también yo”.

      Jaqueline Dias Magalhão, 17 años; escalpada en 2005: “Estaba recogiendo taperebá [un tipo de fruta] y fui a popa. El motor no estaba tapado y se me enganchó el pelo. Me lo arrancó todo, absolutamente todo. Al principio no sentí nada, pero entonces el dolor empezó a crecer y sentí mareos; toda mi cabeza quedó entumecida. Ahora quiero graduarme en la escuela de medicina. Es duro, pero lo conseguiré”.

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      Temas: AMRVEA, Amazonia brasileña

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