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      Los delirios de Assad

      January 24, 2013

      Por David Degner


      Un Humvee pintado con los colores de la bandera gubernamental, aparcado en una de las calles principales de Damasco. El dueño lo pintó así poco después del inicio de la rebelión y lo condujo casi todos los días por las calles con música patriótica a todo volumen y chicas guapas asomándose por las ventanas. En los últimos meses esto se ha vuelto demasiado peligroso, así que ahora el vehículo está permanentemente aparcado aquí, vigilado por hombres armados con AK-47s.

      Dos veces he obtenido visado para fotografiar los distritos que apoyan al régimen de Assad en Damasco. A muchos periodistas se les deniegan sin mediar explicación. En septiembre estuve cinco días en Damasco haciendo fotografías de defensores del régimen. Era mi segundo viaje al país. No tuve acompañantes del gobierno mientras trabajaba en Damasco y en los pueblos rurales de Ma’loula y Douma, pero hubo muchos otros obstáculos que tuve que superar para conseguir el material que quería: puestos de control impidiéndome entrar a zonas controladas por los rebeldes (algunos logré atravesarlos a hurtadillas), restricciones a rajatabla y conversaciones que chocaban contra impenetrables muros ideológicos.

      La mayoría de sirios pro-Assad desglosan, con una u otra variación, el mismo discurso: el Ejército de Liberación Sirio está compuesto por terroristas con financiación extranjera cuyo objetivo es desestabilizar Siria, y se encuentra al servicio de Arabia Saudí, Israel y Estados Unidos; Assad se ha visto obligado a tomar medidas violentas para acabar con ellos, y es el baluarte que evita que Siria se fragmente en una sangrienta guerra sectaria; muchas de las atrocidades que los periodistas occidentales adjudican al ejército y a los shabiha (grupos de matones a sueldo de Assad que se visten de civiles y atacan por sorpresa a manifestantes) son en realidad actos que cometen los rebeldes y su entorno criminal.


      Estudiantes en Bunat Al Aijal, una escuela privada en Damasco, durante una clase de matemáticas.

      Por lo que he podido comprobar, cuando a los defensores de Assad se les pregunta acerca de los informes que señalan que funcionarios del estado estarían torturando a activistas, o sobre el empleo de fuerza excesiva contra la población civil, siempre responden que son exageraciones, incluso bulos, o que la violencia es necesaria. Un periodista sirio llegó a señalar que si Estados Unidos tiene permitidos los arrestos extrajudiciales y la tortura para acabar con “terroristas”, entonces también debería poder el gobierno de Assad.

      Las historias de rebeldes y partidarios del régimen están en constante competencia en los medios árabes. Emisoras de televisión por satélite como Al Jazeera y Al Arabiya, que se ganaron su reputación por su cobertura imparcial, han mostrado clara inclinación a favor de los rebeldes. Dentro de Siria, canales estatales con sede en Damasco y Addounia TV (una cadena privada que muchos consideran portavoz oficiosa de Assad) trasmiten en la línea del gobierno. Estos canales oficialistas han sido bloqueados por los servicios de televisión vía satélite en Egipto y por muchos países del Golfo.


      Una familia en proceso de mudarse a otra casa. La ciudad que están abandonando, Zabadani, está bajo bombardeos; no obstante, afirman no estar mudándose a causa del peligro sino por su reciente matrimonio.

      La única vez que me encontré con una reportera de la televisión estatal siria en el centro de Damasco, estaba realizando entrevistas sobre un problema apremiante: “¿Qué frutas y verduras congela usted para poder comerlas fuera de temporada?” Hizo que la columna de humo que se elevaba en el horizonte me pareciera aún más surreal.

      Ese día, más temprano, había estado sentado en una cafetería en las faldas del monte Qasioun, apreciando desde ahí una vista general de Damasco. También entonces vi humo, elevándose desde un suburbio al sur, Qadam. Un hombre se acercó a mí y se identificó como agente de seguridad del Estado. Me dijo que no podía fotografiar nada y explicó que el humo que veía en la distancia era negro; esto, según él, significaba que los rebeldes estaban quemando neumáticos para hacer quedar mal al gobierno. Sin embargo, no pudo explicar el fragor de artillería, perfectamente audible desde el amanecer.

      El rugir de los cañones se escucha a veces de fondo en Damasco, pero nunca desaparece del todo. En el adinerado barrio de Mezzeh, durante el primer día de colegio, su sonido se filtraba hasta un aula con las ventanas cerradas donde estaba yo fotografiando a los jóvenes estudiantes. Una madre intentó tranquilizar a su hijo diciendo que eran truenos. Al cabo de un rato el niño dejó de creer en su historia y le preguntó: “¿Cuándo va a llover?” Un par de jóvenes peluqueras con las que me encontré en Mezzeh bromearon diciéndome que era “el sonido del romance”.


      Rama Hamdi intenta convencer a su hijo, Hadi Shaban, de que acuda a su primer día de colegio en Damasco. La rutina diaria se ha trastocado incluso en las zonas en calma de la ciudad: los escolares van a colegios próximos a sus casas, ya que las carreteras son inseguras a partir del anochecer. El sordo estruendo de la artillería es una constante hasta en el, supuestamente seguro, barrio de Mezzeh.

      El único sitio de la ciudad donde no se oía el fuego de artillería era en un local llamado Mood Lounge durante su noche de karaoke. Ahí vi cómo un pequeño grupo de personas ricas y con conexiones bromeaban y se animaban entre ellas a cantar canciones patrióticas, clásicos franceses y Amy Winehouse.

      Apenas dos días antes de mi visita al Mood Lounge, un escritor, un traductor y yo íbamos por una ruta alternativa de camino a Zabadani, uno de los pueblos controlados por los rebeldes a lo largo de la frontera con Líbano. Nos pararon en un puesto de control a las afueras del pueblo y fuimos escoltados hasta una casa convertida en improvisada comandancia. Allí, un oficial militar nos dijo que, por nuestra propia seguridad, se nos denegaba el permiso para entrar en la ciudad, y nos confirmó que la artillería que oíamos en la distancia estaba dirigida contra Zabadani.

      Paradójicamente, mientras el oficial nos ordenaba que no entráramos en su jurisdicción, también exigió que nosotros, como periodistas, dijéramos “la verdad”. Nos dijo que Assad preferiría ver a cien de sus soldados muertos que permitir la muerte de un solo civil inocente. Al día siguiente, un activista sirio tuiteó que unas 20 personas habían muerto a manos del ejército sirio en Zabadani.

      El militar especuló con que la guerra civil que había estallado en su país fuera el comienzo de la Tercera Guerra Mundial: “Tras un ataque israelí”, me dijo, “Siria se vería obligada a defenderse invadiendo, y finalmente liberando, la ciudad de Jerusalén”. Y tras eso se nos ordenó dar media vuelta y unirnos a la fila de coches huyendo de la zona. Los otros coches eran, en su mayoría, de civiles con sus familias.


      Ovejas y borregos, propiedad de una familia de beduínos. Las ovejas son de las pocas poblaciones que se han beneficiado de la guerra: las frutas y verduras que no se pueden transportar a la ciudad se usan para alimentar al ganado.

      En Ma’loula, un pequeño pueblo en el suroeste con mayoría cristiana, tomé unos tragos en casa de un soldado que había luchado en la guerra de 1973 contra Israel. Me dijo que era un ex miembro del Partido Social Nacionalista Sirio, y que cuando luchó en el Sinaí, él y un grupo de soldados quisieron demostrarle a sus contrapartidas egipcias, aliados suyos en aquel trágico ataque a Israel, que eran mas valientes que ellos, de modo que rustieron en una fogata a un soldado israelí muerto y simularon comerse su carne. En realidad estaban comiendo carne de un cordero que habían asado cerca de ahí. ¿Su explicación para ese acto de barbarie? “Eran tiempos de guerra”.

      Después el soldado señaló mi barbilla, a un mechón blanco en mi barba marrón, y me dijo que el terror es suficiente para hacer que algo así aparezca casi al instante. Probablemente tenía razón; noté la decoloración después de mi primer viaje a la zona de combate en Homs, una ciudad que ha quedado devastada por la guerra. La solución, me dijo, es frotarla tres días seguidos con un estropajo de acero hasta que sangre. Luego dejar que cicatrice.


      Un mural del padre de Bashar al-Asad, Hafez, en las colinas a las afueras de Damasco.


      Una de las monjas del Monasterio de Santa Tecla en Ma’loula (un antiguo pueblo cristiano construido en las montañas y uno de los últimos lugares en el mundo donde se habla arameo) sale del santuario durante las oraciones para contestar al teléfono. Es notable que el pueblo no se hayan dado estallidos de violencia sectaria o revolucionaria, si bien pequeños grupos han tratado de instigar luchas y protestas.


      Los retratos y símbolos familiares de un hombre que vive en Ma’loula y que se negó a dar su nombre.


      Un hombre mayor camina por un pasillo entre dos paredes de piedra junto al Monasterio de Santa Tecla. Una leyenda local dice que la montaña se partió milagrosamente en este punto para proteger a Tecla —una devota virgen cristiana— de sus perseguidores no creyentes.


      Un sastre en Al-Salihiyah cose pantalones de uniformes escolares. Con el aumento de la violencia, muchas escuelas se han vuelto más laxas con su código de vestimenta.


      Un mercado en el barrio de Al-Salihiyah, en Damasco, donde se importan frutas y verduras del campo. Los precios han aumentado debido a que el transporte se ha visto interrumpido. Los leales al régimen afirman que los rebeldes atacan los camiones cargados con comida, y los rebeldes, por su parte, dicen que los puestos de control y las medidas de seguridad impuestas evitan que los camiones lleguen a las ciudades.


      Una mezquita en la antigua ciudad de Damasco.


      Una corresponsal de la televisión estatal siria entrevista a una mujer en Damasco. Los canales estatales han sido bloqueados por dos de las más importantes redes por satélite en Medio Oriente, Arabsat y Nilesat, reduciendo así el alcance de su influencia. El Gobierno afirma que las luchas empezaron debido a la financión e instigación de fuerzas extranjeras.


      Clientes disfrutando de una noche de karaoke en el Mood Lounge, un bar muy popular entre la élite de Damasco. Las noches de fiesta terminan más temprano de lo normal para aquellos que tienen que conducir por caminos peligrosos de regreso a casa. Los demás se quedan a cantar de canciones patrióticas a Amy Winehouse.

      Para profundizar en los hechos que propiciaron el conflicto en Siria, recomendamos leer "La Guía Vice de Siria", un curso rápido de la geopolítica, la cultura y las complejidades religiosas del país.

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      Temas: El número de Siria, Bashar al-Assad, Siria, rebeldes sirios, Damasco, Ma’loula, Douma

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