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Primera Novela

Por Sam McPheeters Traducción de Jesús Brotons

By Sam Mcpheeters

Además de ex cantante de Born Against, Men’s Recovery Project y Wrangler Brutes (grandes fuentes de inspiración para las buenas gentes de la edición americana de Vice), Sam es uno de esos escritores cuyo trabajo da de buenas a primeras la impresión de ser agudo, veloz y divertido. Pero una hora más tarde caes en la cuenta de que no sólo es eso, que hay más cosas bajo la superficie jocosa, así que te sientas a pensarlo y al final dices, “¡Joder! Todo lo que hace este tío es brillante”. Eso incluye su nuevo ‘zine de ficción, Clog (sammcpheeters.com).



¿Cómo puedo describir cómo me sentí cuando terminé mi primera novela? Para mí fue una mezcla de emociones: alivio, orgullo, conclusión. Y pena. Iba a echar de menos a mi estrafalario elenco de personajes y sus meteduras de pata, sus deudas de juego y chai lattes mal preparados. Pero había llegado el momento de decir adiós. Sentado en mi estudio, levanté mi copa de chardonnay a modo de brindis y escribí, simplemente, FIN.

Alguien estornudó detrás de mí. Giré sobre mi silla, pero el pequeño estudio estaba vacío. Cuidadosamente, sin dar la espalda al intruso invisible, me retiré unos pasos y saqué mi pistola del cajón superior del secreter de roble.

“¿Quién hay ahí?”, pregunté con voz firme. “Muéstrate o empiezo a disparar”.

“¡Nos ha oído!”, se oyó que decía una voz en la habitación vacía.

“Te ha oído a ti”, dijo una misteriosa segunda voz. “Por estornudar”.

“Bueno, ahora ya no tiene remedio”, dijo una tercera, más grave voz. “Será mejor que nos dejemos ver”. Una docena de personas se materializaron de la nada, ocupando hasta el último rincón libre del estudio.

“Bueno, bueno, hay una explicación perfectamente razonable”, dijo un hombre que estaba sobre la papelera. Se parecía sospechosamente al gobernador de Nueva Jersey, Jon Corzine, sólo que vestido con un mono de lamé plateado. Me di cuenta de que todos llevaban trajes plateados. “Somos viajeros del tiempo procedentes del siglo XX. Yo soy el profesor Mongo, y esta es mi clase”.

“¿Clase?”, pregunté sin bajar el revólver.

“La Novela de Debut en la Literatura Americana: De 1812 a las Guerras Blob”. Estamos aquí para presenciar el histórico momento en que usted puso el punto final a su primera novela”.

“Es un curso de especialización”, añadió uno de los estudiantes con tono solemne.“Y puede olvidarse de esa pistola”, dijo Mongo con una sonrisa sarcástica. “Las balas no pueden hacernos daño”.

“Yo no estaría tan seguro de eso”, dije.

“Entonces adelante, apriete el gatillo”

Dudé un largo y legalmente prudente momento y después disparé. La bala se convirtió en champú anticaspa, que cayó sobre la alfombra llenándola de pegajosas salpicaduras.

“Una simple aplicación del bosón de Higgs”, dijo el profesor Mongo; con un poco de petulancia, me pareció. “No se descubrirá hasta 2009. Dejó los accidentes de caza obsoletos”.

“Merezco una explicación”, dije bajando la pistola. “Esto es una... obscena invasión de mi intimidad”.

“¡No, no, no! Es un obsceno cumplido”, dijo una jovencita con cola de caballo sentada sobre mi impresora HP Officejet. “¡Sólo estamos a mitad de semestre y ya hemos visitado el estudio de Ray Bradbury, el armario de los zapatos de Margaret Mitchell y el lavadero de Norman Mailer! ¡Está usted en excelente compañía!”

“¿Todos esos autores famosos y vosotros simplemente... os quedáis ahí mirando?

“Siempre invisibles”.

“¿Os dais cuenta de lo enfermo que eso suena?”

Terció un chico de aspecto adolescente que estaba al fondo de la habitación. “¡Pero somos nosotros los que mantenemos alejados a los pervertidos!”

El profesor Mongo gruñó. “Veamos, Jimmy...”

“¿Qué significa eso?”, pregunté.

“Se refiere a los fetichistas”, dijo Mongo a regañadientes. “Los viajeros del tiempo fetichistas. Gente incapaz de... excitarse... sexualmente... a menos que estén en presencia de un autor histórico. Melville y Dostoiewsky tuvieron serios problemas con los fetichistas que se escondían en sus armarios y qué sé yo qué otros sitios”.

“Ya veo”.

“Por tanto. Si una clase académica legítima, como la nuestra, se halla presente en uno de esos momentos, eso significa que un fetichista no. Esa es la buena noticia”.

“¿La buena noticia? ¿Que os voy a tener siempre merodeando a mi alrededor mientras escribo?”

“Nuestra clase no”, dijo la chica de la coleta. “Estamos aquí sólo por su primera novela. Pero hay un curso de postgrado que lleva a los estudiantes de gira por sus peores bloqueos creativos mientras escribe sus últimas novelas”.

Decidí que esa chica no me gustaba. “Bloqueos creativos”.

“Oh, sí. Hay referencias al bloqueo del escritor en todas sus últimas novelas: Con el Culo Al Aire, Perder el Tiempo, Vomitando Pelo y Hippie Killer”.

“¿Hippie Killer?, dije. “¿Trata sobre alguien que mata hippies? ¿O es un hippie que...?”

“No, no, no...” Parecía exasperada. “¡Trata sobre la pérdida y la añoranza y la batalla de la Humanidad con el Infinito! ¡Es la novela con la que consiguió el Nobel!”

“¿Voy a ganar el Premio Nobel de Literatura?”

“En 2036”, suspiró Mongo. “Pero estaba usted demasiado enfermo de gripe aguda rectal bovino-aviar para ir a Estocolmo. Alumnos, ¿alguno de vosotros recuerda lo que hablamos sobre la paradoja de la predestinación?”

Como ovejas, el grupo recitó al unísono, “No podemos interferir con el curso futuro de las acciones de un autor”.

“Por supuesto, tonta de mí”, dijo ella. “Pero de todos modos esos otros libros no importan. Para nosotros es su primera novela la que es especial. Mis padres se conocieron en una clase en la Universidad de Nueva York dedicada a sus libros futuros centrados en el personaje de Charles”.

“¿Es eso cierto?”, dije volviéndome hacia el teclado. Moví el cursor una línea por debajo de la palabra FIN y tecleé PERO ENTONCES CHARLES MURIÓ.

“Oh, no”, dijo la Chica Coleta antes de desvanecerse con un ‘pop’, como si hubiera descorchado una botella de champán. El chico que estaba a su lado dijo, “¡Espere un momento, yo sólo me inscribí en esta clase porque me gustaba Suzy!”. Y también él se desvaneció. ‘Pop’.

“Y ahora...”, dije pulsando Ctrl + A en el teclado. En la pantalla, toda mi larga novela, con sus excéntricos personajes e implausibles subtramas, quedó resaltada de una sola vez. Balanceé el dedo encima de la tecla Delete.

“¿Qué os pasaría a todos si lo hago?”

El profesor levantó las manos. “Espere, no se precipite...”

“Vuestras billeteras”, dije. “Sobre mi escritorio. Ahora”.

“Mire, señor McPheeters...”

Pulsé Delete. Toda la clase se desvaneció con un ‘pop’ colectivo. Me senté con mi copa de Chardonnay disfrutando de las sombras mortecinas del atardecer. Tras unos minutos de maravillosa soledad, pulsé Ctrl+Z. El profesor Mongo y su grupito de alumnos todavía sin graduar reaparecieron de sopetón. Parecía ofendido.

“Esto no es... no existen... precedentes de tan intolerable abuso de...”

Me encogí de hombros y volví a pulsar Delete. Bajé las escaleras, calenté un burrito en el microondas y me senté ante el televisor para ver la segunda mitad de Greatest American Dog. Más tarde me di una ducha, volví a mi estudio, entré en unas cuantas salas de chateo y me recorté las uñas de los pies. Una vez me sentí descansado y bien pulsé de nuevo Ctrl + Z, manteniendo un dedo sobre la tecla de borrado.

“Podemos seguir así toda la noche, gente”, dije.

Uno a uno, el grupo fue depositando sus billeteras sobre mi escritorio. Mongo fue el último en dejarla.

“Y ahora ya os estáis largando de aquí a toda hostia”, dije. “Y si os vuelvo a ver a cualquiera de vosotros, tarados, convertiré Hippie Killer en una novela romántica llena de damas con corpiño, resucitando el género yo solito. ¡Venga, largo!”

El grupo se desvaneció sin cortesías. Una vez solo me puse a inspeccionar las billeteras, preguntándome dónde iba a encontrar a alguien lo bastante tonto como para aceptar un dinero de color púrpura y con la cara de Tom Arnold.



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