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El HÉroe Oculto De La Ciencia-ficciÓn

Frederik Pohl lo hizo todo y antes que nadie

By Liz Armstrong

ENTREVISTA DE LIZ ARMSTRONG
RETRATO DE ANDREA BAUER

Olvídate de Ray Bradbury y de su fama y gloria en el hemisferio occidental. Me parece muy bien que se ponga poético imaginando sedosos campos de hierba que se mece al viento, y sus libros son gratos de leer, por supuesto, pero sus personajes no emiten sensación alguna de peligro. ¿Dónde están la irreverencia y la perversidad, dónde los polvos salvajes? Bradbury no escribe ciencia-ficción, escribe fantasía. Para niños en edad escolar. Cuando la ciudad de Chicago declaró hace un par de años que el 15 de abril sería oficialmente el Día de Ray Bradbury, ¿por qué no hubo saqueos y tumultos en las calles? Debería haber sido así porque, en primer lugar, Bradbury es californiano, y en segundo lugar porque no es Frederik Pohl.

Pohl, que cuenta hoy 89 años de edad, fue uno de los escritores más jóvenes de la Edad Dorada de la ciencia-ficción, y el único que en la actualidad sigue vivo. Padece una serie de achaques (por ejemplo, su mano derecha está paralizada en forma de garra, pero no entremos en detalles; la condición mortal es deprimente), y le cuesta horrores ir de un lado al otro de su vivienda, una amplia casa a las afueras de Chicago en la que pudimos ver una despensa enorme llena de latas de melocotón, un millón de libros y otro millón de figuritas de animales. Aun así, el hombre sigue deambulando por el mundo: ya ha estado varias veces en todos los continentes menos la Antártida, “lo cual obliga a expresar dudas sobre mi inteligencia”, dice él. “Pudiendo vivir en cualquier lugar de mundo, he pasado mi vida en el norte de los Estados Unidos. Aquí hace frío, algo que odio. Podría haber estado viviendo en Bermudas todo este tiempo”.

Vice: ¿Cuándo decidió que quería escribir?

Frederik Pohl:
A los 12 años de edad, pero entonces no se me pasaba por la cabeza iniciar una carrera. Siempre pensé que escribir era algo que tendría que hacer en mis ratos libres. No veía que nadie me fuese a dar dinero por hacerlo.

Pues parece que de algún modo lo intuía. Escribió su primera historia completa de ciencia-ficción en octavo curso de inglés, cuando el profesor no le miraba, y no pasó mucho tiempo antes de que abandonara completamente los estudios.

Primero cofundé los Futurians, que no éramos otra cosa que un grupito de nenes desagradables en la Nueva York de los años 30. Un colectivo brillante. El problema es que lo sabíamos; peor aún, queríamos que todos lo supieran. No es que fuéramos tremendamente populares.

Hoy en día, una reunión de adolescentes interesados en mundos imaginarios equivale a una partida de Dragones y Mazmorras con acompañamiento de pizza y cervezas. La posibilidad de que alguno llegue a tocar pelo es menor que la de sacar el 13 en un dado de doce caras 86 veces seguidas. Pero ustedes—Isaac Asimov, Cyril Kornbluth, Dirk Wylie, Don Wollheim y otros—, ustedes eran unos machotes.

A veces montábamos fiestas y se bebía un poco, pero tampoco es que fuese muy excitante.

Oh, venga ya.

De verdad. Nos reuníamos, hablábamos, discutíamos y frecuentemente colaborábamos. Ninguno estaba muy seguro de su talento, así que intentábamos mejorar nuestras posibilidades trabajando con otros escritores.

Era habitual que utilizaran seudónimos. ¿Recuerda alguno divertido?

Cyril Kornbluth y yo utilizábamos el de S.D. Gottesman, que era un profesor de matemáticas al que odiábamos.

Pues es menos divertido que el nombre de Cyril Kornbluth. Usted tenía más de diez seudónimos, y durante sus primeros diez años de trayectoria no apareció nada bajo su nombre auténtico.

Cuando empecé tenía la romántica idea de que escribir bajo seudónimo era algo bonito. Imaginaba que algún día estaría sentado tomándome un refresco—entonces aún no pensaba en términos de bares, tenía alrededor de 14 años—, y que al lado habría una joven leyendo una revista. Yo me daría cuenta de que la historia que estaba leyendo era mía y le diría, “¿Le gusta la historia? Bueno, es un seudónimo. La he escrito yo”. No estaba muy seguro de que lo que escribía fuese bueno.

¿Cuándo empezó a darse cuenta de que sí lo era?

Recibí mi primera carta de aceptación a los 16 años, por un poema. Se publicó cuando ya tenía 17 y cuando me lo pagaron tenía 18. Fue por entonces, en algún momento, cuando me convertí en escritor semiprofesional.

También decidió hacerse agente profesional y representar a los Futurians.

Las revistas de ciencia-ficción comenzaban a hacer dinero, algunas a costa de la calidad. A finales de los años 30 parecía como si el futuro fuese a ser de algún modo muy diferente, quizá mejor. Sucedían cosas que nunca antes habían sucedido.

¿Como qué?

Había más aviones, y no sólo eran más grandes sino que llevaban gente de una costa a otra. Y la General Motors organizó una muestra en la New York World’s Fair de 1939 sobre el futuro remoto, sobre lo distinto y maravilloso que sería el mundo en 1960. Creo que eso animó a la gente a pensar en cómo podría ser el futuro. La ciencia-ficción se aprovechó de esto. O puede que fuese la responsable. No estoy seguro de cuál fue la causa y cuál el efecto.

A los 21 años comenzó con la publicación de Astonishing Stories y Super Science Stories. ¿Cómo sucedió?

Pasé mucho tiempo hablando con editores—bueno, con lo que condescendían a hablar conmigo—, y aprendiendo todo lo que pude acerca de la edición, haciendo tiradas amateur de mis propias y pequeñas revistas, así que no fue una simple cuestión de suerte. Ocurre que le mencioné a uno de los editores que conocía que me gustaría conseguir un empleo, y él dijo, “Bueno, no puedo ayudarte”. Pero sugirió que fuese calle abajo, a un local en el que se había instalado una compañía nueva que estaba publicando nuevas revistas, a ver si alguien allí se animaba a darme mi propia publicación. Lo hice. Y lo hicieron.

Mientras todo esto sucedía, Pohl había descubierto la Young Communist League. Miembro convencido y proselitista por espacio de cuatro años, persuadió a varios Futurians de que también se unieran. Pero hacia 1939, cuando la YCL cambió eslóganes combativos y vacíos como “Cuarentena al agresor” y “Muerte a los nazis” por el de “Mantened América fuera de la guerra imperialista”, las cosas ya se habían puesto demasiado... reales. Como Pohl escribió en 1978 en su autobiografía The Way the Future Was, “Fue como despertar de un placentero sueño de una patada en el estómago”. Comezó a espaciar su asistencia a los mítines y, con el tiempo, se desvinculó por completo del movimiento.

En 1943, con 24 años de edad, su primer matrimonio se había prácticamente desintegrado (Pohl ha estado casado cinco veces, tres de las cuales considera ahora “citas de fin de semana prolongadas”), decidiendo él que alistarse en el ejército era más sencillo que intentar conquistar a la chica que por entonces le gustaba. Por una curiosa coincidencia, empezó su servicio como observador meteorológico junto a su amigo, el iconoclasta de la ciencia-ficción Jack Williamson, y terminó escribiendo propaganda para el ejército en una base en las faldas del Vesubio, el volcán que arrasó Pompeya (Pohl está estos días acabando el borrador de una novela futurista en la que las ruinas de Pompeya se explotan como parque temático).

De vuelta a la vida civil, Pohl decidió ganarse un dinero rápido trabajando de redactor de textos publicitarios, pero no pudo permanecer mucho tiempo alejado de los mundos paralelos. Tras la World Convention celebrada en Filadelfia en 1947, Lester del Rey y él fundaron un nuevo grupo de escritores de ciencia-ficción, el Hydra Club, con Pohl haciendo de agente.

Inventó un sistema para conseguir historias de los autores; ofrecerles adelantos de su propio bolsillo (hoy, en tiempos en que los grupos tienen que pagar por tocar, nadie haría algo así). Sus incentivos a la escritura le dieron a Pohl un buen montón de relatos que ofrecer a los editores, y como resultado se le puede considerar el responsable de lograr que se publicara el primer libro de Isaac Asimov,
Un Guijarro en el Cielo, así como la antología Yo, Robot. De hecho, dice él, la mitad de las historias que las principales revistas de ciencia-ficción publicaron en los 50 tuvieron su origen en su agencia.

Usted no sólo era un agente de los de capa y espada. También un escritor dotado de una energía maníaca.

Ha sucedido varias veces en mi vida que he buscado un libro sobre un asunto determinado y no he encontrado nada. Hace años estaba interesado en la historia de la primera Roma imperial y me puse a buscar algún libro bueno sobre el emperador Tiberio. No pude encontrar ni uno, de modo que lo escribí yo, y como consecuencia me convertí en el experto de la Encyclopedia Britannica sobre el particular.

Usted ha escrito libros sobre política [Practical Politics, 1971], ecología [Our Angry Earth, en colaboración con Isaac Asimov], los vikingos en Norteamérica [The Viking Settlements of North America, 1972], el príncipe Henry Sinclair [Prince Henry Sinclair: His Expedition to the New World in 1398, 1995], y los placeres de ir a los sitios donde la ciencia se explica o se lleva a cabo [Chasing Science, 2002]. Todo esto además de las docenas de novelas e historias breves en las que ha hecho algunas sorprendentes predicciones. Como en El Encuentro [Heechee Rendezvous, 1984], en la que unos terroristas se hacen con el control del inconsciente colectivo y lo utilizan como arma psicológica, controlando a las masas inculcando el miedo en sus mentes. Después un barco llega a puerto y libera esporas de ántrax. Y más tarde una aeronave se estrella contra un edificio y lo hace saltar por los aires. Suena mucho como el pasado año 2001.

Si en alguna ocasión he predicho algo, ha sido por casualidad. Nunca he intentado predecir el futuro, sólo describir algunas de las cosas que tal vez podrían ocurrir. La ciencia-ficción no trata de predecir el futuro, sino poner sobre el tapete distintas posibilidades.

Pero usted estuvo involucrado en la World Future Society, que intentaba dar con un modo de predecir el futuro.

Tuvimos unas cuantas ideas buenas y bien pensadas, pero no funcionó ninguna. La principal razón, me parece a mí, es que el futuro no se puede predecir. Lo único que puedes hacer es inventarlo. Puedes hacer cosas que tengan un efecto en tanto que moldeen el futuro, pero no puedes decir lo que va a suceder a menos que sepas quién está inventando y quién está haciendo que las cosas pasen. No habríamos puesto un hombre en la luna en 1969 si John Kennedy no hubiese decidido hacerlo. El acontecimiento tuvo lugar porque él intervino. Probablemente hubiera ocurrido antes o después bajo otras circunstancias, pero si sucedió en 1969 fue por lo que explico. Lo mismo con la energía atómica. Por tanto, es factible ver cómo los acontecimientos futuros tendrán lugar, pero no quién hará algo que cambie ese futuro. No puedes decir lo que va a suceder pero sí mostrar un abanico de posibilidades.

No sólo es usted una bola de cristal, también es un romántico. ¿Por qué es casi el único que incluye historias de amor en su novelas de ciencia-ficción?

El romance no es un tema dominante en la ciencia-ficción. Gran parte de este tipo de literatura es lo que Kingsley Amis calificó de “nuevos mapas del infierno”, miradas a un futuro de sociedades horribles y existencias miserables en las que no hay mucho espacio para el romance. Y mucha ciencia-ficción es simplemente aventurera; si se da el romance es porque hay alguna chica que tiene que ser rescatada. No, no hay mucho romance, pero sí prácticamente cualquier otra cosa que se te pueda ocurrir.

¿Qué diferencia hay entre la ciencia-ficción y la fantasía?

Un diagnóstico básico podría ser que si estás leyendo una historia de ciencia-ficción, debes poder creer que lo que estás leyendo podría suceder. No que vaya a pasar sino que es posible.

Hablemos de números por un momento. Pohl ha ganado al menos 16 galardones de prestigio por sus obras, y eso incluye seis premios Hugo y tres Nebula. Ha editado o coescrito relatos con todos lo grandes de la ciencia-ficción—Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Jack Williamson, Lester del Rey, L. Sprague de Camp, Robert Heinlein, Cyril Kornbluth, Donald Wolheim, Harry Dockweiler (también conocido como Dirk Wylie) y representado a muchos de ellos como agente literario, la mayoría siendo él todavía adolescente.

Y nunca ha dejado de escribir.
El Último Teorema, aparecido el pasado mes de agosto y escrito a dúo con Arthur C. Clarke, es el último libro que Clarke escribiera antes de fallecer. No es moco de pavo.

Pohl siempre ha sido un hombre con empuje, incluso cuando no está detrás de su escritorio. Tras arder su casa a principios de los 60, se hizo bombero voluntario. Su familia le suplicó que dejara esa actividad y les apoyara, y así fue cómo Pohl aceptó el primer trabajo que le ofrecieron, que no fue otro que recoger muestras de orina de caballos de carreras. Poco después, concretamente en 1962, Pohl arrojó luz sobre las técnicas de criogénica. También se convirtió en experto en adivinación.

¿Qué le sucedió en los 70 a nivel político?

He sido demócrata toda mi vida adulta. Nixon era una bestezuela viscosa, así que me presenté como funcionario del partido demócrata, el puesto más bajo al que en América se puede acceder por elección popular.

Su esposa, Betty Anne Hull, se presentó en 1996 por el campo demócrata a las elecciones para acceder a la Cámara de Representantes, perdiendo ante el entonces presidente, un republicano. Betty, ¿qué nos puede explicar al respecto?

Betty Anne Hull:
Bueno, ¿quién desea ser un cordero dispuesto para el sacrificio? Me gusta pensar que preparé el camino para la salida del presidente de la Cámara. Ahora es un sólido distrito demócrata. Cuando somos candidatos y sabemos que no vamos a ganar tenemos al menos la voz para intentar convencer al mundo de que no todos pensamos del mismo modo.

Mientras Pohl romantizaba la política y se apuntaba a hacer cosas que la mayoría de personas consideraría tontas o peligrosas, Bradbury, por entonces un adolescente, decidió que era pacifista y que no le iban a reclutar. Afortunadamente para él, el examen físico del ejército determinó que sin sus gafas estaba más ciego que Helen Keller, declarándole por tanto no apto para el servicio. De hecho, su acto político más valiente, sin discusión, lo llevó a cabo sobre el papel. Einsenhower había ganado las elecciones de 1951. Decepcionado, Bradbury compró una página entera de publicidad en el Daily Variety para publicar un texto en el que acusaba a los republicanos y a la fiebre anticomunista del senador McCarthy. “He visto demasiado miedo en un país que no tiene derecho a tenerlo”, escribió. “No quiero más mentiras, más prejuicios, más difamaciones. No quiero habladurías ni rumores. No quiero cartas ni llamadas anónimas de ningún campo ni de nadie”. Vaya, colega. Eso es dejar las cosas claras.

Pohl iba unos cuantos pasos por delante: dejó su trabajo de editor de
Super Science Stories meses antes de que Bradbury publicara su primer relato en esa revista. Más tarde ambos tendrían relaciones con el mismo editor, Bradbury vendiéndole historias como autor y Pohl haciéndolo como agente.

¿Se cruzó a menudo su camino con el de Ray Bradbury?

Muy poco de la vida de Bradbury tiene que ver con la mía. Ninguno de los dos podíamos permitirnos coger el tren. Nos encontramos alguna vez que otra, pero no a menudo. Nos topamos un par de veces en la Worldcon. Almorzábamos juntos cuando yo tenía que ir a Los Angeles. Después él ascendió en la cadena alimenticia y cambió sus patinetes por un chófer.

Usted explicó en una reseña de la biografía de Bradbury que un distinguido académico soviético especialista en ciencia-ficción vino a verle, y cuando usted se ofreció a llevarle a cualquier sitio al que quisiera ir, él dijo que quería ver “la casa donde creció el autor de ciencia-ficción más famoso del mundo, el señor Ray Bradbury”. ¡Uff!

No es que me importe. Nuestro público no es el mismo.

Se muestra usted muy frío al respecto. ¿No se sintió ofendido?

No. Hace años fui a dar una charla a un grupo MENSA y antes de empezar alguien se me acercó con uno de mis libros en la mano. Le dije, “¿Oh, lo traes para que te lo firme?”, y él respondió, “No, es el peor libro que he leído en mi vida”.

¿Recuerda qué libro era?

No. Algunos de mis libros están descatalogados y así van a seguir.

Pohl ayudó a conformar el universo de la ciencia-ficción en el que Bradbury habita y del que sin embargo despotrica. Siempre atento a pillar cualquier migaja en el mundo de los escritores autónomos, Bradbury sempre se ha negado a que le calificaran de escritor de obras de ciencia-ficción, preocupado por que eso pudiera lastrar su carrera. Cuando la casa Doubleday publicó sus Crónicas Marcianas, se sintió consternado al ver la etiqueta “Ciencia-Ficción” grabada en la portada. Para El Hombre Ilustrado, Bradbury le dijo a su agente que le pidiera a la casa que omitiera la etiqueta. Pohl, por el contrario, no es hombre que oponga una sola queja.

Nadie recuerda a los primeros. Los segundos copan toda la atención. Tuve que llamar a diez librerías de Nueva York para encontrar un ejemplar de El Último Teorema. El único que tenían.

Betty Anne Hull:
En el último Worldcon no había ni siquiera uno.

Es triste. Y no tiene sentido.

No siempre pueden saberse los motivos de que algo no funcione.

Me fastidia que la gente todavía no parezca saber quién es Frederik Pohl.

Como él dice, es famoso entre un colectivo de quizá un millón de personas en todo el planeta. Teniendo en cuenta que hay unos siete mil millones, no es mucho. Viajamos por todo el mundo y a veces la gente le reconoce y se pone como loca y quieren besar su anillo, cosas así, pero luego hay personas a las que les digo que mi marido es escritor y me preguntan, “¿Ah, sí? ¿Y qué escribe?” No tienen ni idea. Pero así es como funciona el mundo.

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