Fui a Siria para aprender a ser periodista

Fracasé miserablemente y casi me matan varias veces.

Por Sunil Patel, tal como les contó a Wes Enzinna y Omar Katerji


Combatientes del Ejército de Liberación Sirio en Baba al-Nasr, a las afueras de Aleppo, se preparan para la batalla.

A Sunil Patel, de 25 años, nunca le habían publicado nada antes de que, en agosto de 2012, decidiera irse a Siria como corresponsal de guerra. Antes de su viaje vivía con sus padres, había trabajado en el departamento de apoyo comunitario de la policía de Londres y, en algunas ocasiones, como voluntario en campos de refugiados kurdos y palestinos. En uno de sus viajes como activista trabó amistad con un experimentado periodista independiente de Canadá, que le prometió llevarle a zonas de Siria a las que un extranjero tenía casi imposible acceso por cauces legales. Era una idea de locos, seguro, y casi muere varias veces durante el viaje, pero creemos que su historia bien valió el riesgo. Y no, VICE no le envió allí. Hizo esto por voluntad propia y fue más tarde cuando nos enteramos.

C onocí a Carlos en un cibercafé en Erbil, en el Kurdistán iraquí (y, obviamente, “Carlos” no es su verdadero nombre). Oí por encima cómo hablaba con alguien por skype acerca de algo relativo a Palestina y Siria, y cuando terminó entablamos conversación.

Carlos me contó que ya había estado en Siria como fotógrafo independiente, y que tenía intención de volver pronto. Yo le conté que había sopesado ir para escribir sobre el conflicto, pero que no tenía experiencia como periodista. “¿Sabes qué?”, dijo. “Yo te llevaré a Siria”. No parecía importarle que yo fuera un novato.

Carlos se dejó caer esa noche por mi hostal. No tenía un lugar donde quedarse ni dinero para una habitación, así que durmió en el suelo de la mía. Tuvo su riesgo dejar que se colara, pero valió la pena porque nos pasamos la noche hablando de Siria.

Me dio la impresión de que Carlos quería a alguien que fuera con él. Yo ya tenía un billete de regreso a Londres, pero llegamos a un acuerdo: volvería a casa y cuando Carlos estuviera listo para volver a Siria me llamaría y nos encontraríamos en Turquía. Desde allí, me explicó, cruzaríamos la frontera. “Tengo contactos”, dijo. Yo estaba un poco nervioso, pero me pareció un buen plan. Nunca habríamos tenido reporteros de guerra como Robert Fisk o Seymour Hersh si se hubieran quedado en casa con sus mamás en vez de meterse en el fregado.

Ya en Londres, a mis padres no les entusiasmaron mis planes de viajar a un país inmerso en plena guerra civil. Creían que me iban a matar. Mi hermana se puso furiosa. Les dije que siempre había querido ser corresponsal de guerra, y que si alguna vez tenía una oportunidad de convertirme en un periodista de verdad, era esa. Si la gente quiere noticias, alguien tiene que ir a conseguirlas. A ellos eso no les importó. Estaban disgustados.

Justo al día siguiente llamó Carlos. “Tío, escucha”, dijo. “Voy a entrar. ¿Vienes o no?”

Yo ya lo tenía decidido. Le dije a Carlos que nos encontraríamos allí y compré un billete para el próximo vuelo a Turquía.

Mi avión aterrizó en Estabul, y de ahí cogí un autobús hasta Hatay, donde Carlos se estaba alojando con unos amigos. La frontera con Siria estaba a unos 40 kilómetros en dirección sudeste. Queríamos llegar lo antes posible, pero ninguno de los dos sabía más que unas pocas palabras en turco o árabe. Tuvimos la suerte de conocer a una familia turca que nos ayudó a llegar allí. Nos llevaron a su casa, nos invitaron a té y acabamos hablando con ellos mediante Google Translate, tecleando las palabras en su ordenador. Les explicamos que estábamos intentando llegar a Siria. Entendieron lo que les decíamos y nos ayudaron a llamar a uno de los contactos de Carlos, que se suponía que tenía que encontrarse con nosotros cerca de la frontera para ayudarnos a cruzar. Sólo teníamos que llegar hasta allí.

En este punto Carlos me informó de que era un autoestopista veterano y que había viajado haciendo dedo por toda la Europa del Este. Decidimos, por tanto, hacer dedo hasta la frontera siria. Probablemente éramos una extraña pareja: yo soy indio, así que no parecía tan sospechoso, pero Carlos es un hombre blanco de pelo negro con una cámara colgando del cuello. No sé si esto hizo que los camioneros se sintieran más o menos dispuestos a llevarnos, pero tuvimos que hacer dedo todo el camino por la estrecha carretera de dos direcciones a las afueras de Hatay. Fueron siete viajes con siete distintos camioneros, más de tres horas de trayecto, para recorrer los 40 kilómetros hasta la frontera. El contacto de Carlos, un tipo llamado Muhammad, condujo los últimos kilómetros hasta un pueblo llamado Reyhani, próximo a la frontera.

La de Reyhani, una de las fronteras entre Turquía y Siria con más ajetreo, está a unos 56 kilómetros de Alepo, donde la guerra estaba en pleno fragor. Mientras merodeábamos por allí tratando de orientarnos, un caudal de refugiados intentaba entrar en Turquía. Huyendo de la guerra, asumí.

Cruzamos la frontera. Nadie nos detuvo ni nos hizo preguntas. Simplemente pasamos caminando. Al otro lado se apiñaban los refugiados, esperando para entrar en Turquía a pie y en coche. No teníamos intérprete, ya que no nos podíamos permitir uno. Carlos no tenía más contactos, y a estas alturas simplemente confiábamos en ver rebeldes por allí con los que poder hablar y que nos enseñaran qué aspecto tiene la guerra.

Justo en ese momento se nos acercaron unos hombres con uniformes militares. “¡Periodista!”, gritaron en árabe. “¡Periodista!” “Sí, somos periodistas”, dije yo en inglés. “Queremos hacer algo de cobertura. ¿Podéis llevarnos con vosotros a la guerra?”

Otro hombre apareció. Era un periodista sirio y hablaba algo de inglés. “No os preocupéis”, dijo. “Estos hombres son del Ejército Libre de Siria. Podéis ir con ellos. Creedme, estais a salvo”.

Nosotros, naturalmente, teníamos nuestras dudas, pero aquella era nuestra única oportunidad. Pensamos, vamos a probar y a ver qué pasa. No parecía tan peligroso.

Nos amontonamos todos en un pequeño y destartalado Toyota de cinco puertas. Delante se sentaron dos soldados bien armados, y el periodista sirio, Carlos y yo nos sentamos detrás. El periodista nos hizo de traductor y dijo que los soldados nos estaban llevando a su base. No se apreciaban combates en los pueblos que fuimos dejando atrás; las casas seguían en pie y todo parecía en orden.

Tardamos 40 minutos en llegar a lo que parecía un edificio escolar. Dentro había alrededor de 30 soldados más y un sirio que hablaba un inglés mucho peor que el del tipo con el que habíamos ido. Nos dijo que estábamos en Idlib. “Sois periodistas”, dijo. “Cuidaremos de vosotros. Si queréis buscar historias, si queréis ir con los rebeldes, yo os ayudaré”. Él no era uno de los rebeldes, pero sí amigo de ellos. Los soldados del ELS nos trajeron entonces una copiosa comida a base de humus y falafel.

Pasamos cuatro días en esa zona, sin hacer gran cosa. Unos niños que encontramos en el cercano poblado de Binnish nos dijeron,”¡No vayais a Alepo! ¡No queremos que murais!” Les dije que tampoco yo quería morir, pero es que pensé que estaban bromeando. Acabamos impacientándonos por no haber combates donde estábamos, así que una noche preguntamos a uno de los soldados del ELS si podría alguien llevarnos a la antigua ciudad, que estaba bajo asedio. Nos respondió, “Por supuesto”.

Justo antes de medianoche, un comandante nos llevó en coche durante una hora hacia el este, hasta un pueblo llamado Jabal al-Zawiya. Recuerdo haber pensado: ahora estamos viajando con un comandante. Las cosas se van a poner serias. Batallas todo el rato.

Jabal al-Zawiya se encuentra en las montañas, y esa noche la pasamos en una pequeña casa de barro en una colina. Estaba llena de hombres ancianos. Llevaban ropas militares y estaban bien armados. Recuerdo que vi un perchero del que colgaban M-16. Explotaban bombas a distancia. Además de los viejos, había un joven sirio que había estudiado literatura inglesa en la universidad. Él fue nuestro intérprete.

Al día siguiente, el antiguo estudiante nos dio una vuelta por la zona y entrevistamos a gente afectada por la guerra, entre ella un hombre que había perdido a su hija de once años la semana anterior, cuando un misil de un avión de Assad alcanzó su casa. Nuestro guía nos llevó a otro pueblo cercano y nos enseñó los restos de una casa que los shabiha –matones leales a Assad– habían incendiado. Entramos en el edificio abrasado e hicimos fotos de todo lo que pudimos.

Aun así, era un chasco. No estábamos en Alepo, donde se estaban librando los verdaderos combates, y queríamos ir. Queríamos ver las bombas que oíamos tan cercanas. Unos días más tarde, un comandante del ELS se ofreció a llevarnos más cerca de las líneas de combate, a otra base rebelde a las afueras de la ciudad. Dije, “Sí, colega, estamos listos para ir”, y nos llevó a Carlos y a mí en su coche. Sólo nosotros tres.

El camino era difícil. Pasamos por varios pueblos totalmente destruidos. La mayoría de las estructuras habían sido bombardeadas y estaban a punto de derrumbarse, y las pocas casas que quedaban habían sido saqueadas. Pueblos fantasma.

Unas horas más tarde, el comandante nos dejó en una base del ELS justo a las afueras de Alepo. Había unos 25 rebeldes, y el comandante les dijo, “Mañana llevad a estos hombres a Alepo. Quieren ver la guerra”. Y tras eso se marchó.

Ninguno de los soldados hablaba inglés, pero hicimos lo que pudimos. No nos ofrecieron comida, como los rebeldes de Jabal al-Zawiya. Las cosas, obviamente, eran aquí más duras. Llevaban meses luchando contra las tropas de Assad, y eso era evidente por su actitud hosca. Sin embargo, de alguna forma, seguían siendo amistosos. Durante toda la noche oímos las bombas que estallaban en Alepo, a unos 20 kilómetros de distancia.

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