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Haciendo números

El Profesor disiente

By RICHARD A. EPSTEIN

Fotoilustración de Adam Mignanelli

No supuso ninguna sorpresa que, cuando pedimos a nuestra red global de colaboradores que hiciera una valoración del movimiento Occupy Wall Street y sus ramificaciones internacionales, la mayoría manifestara un gran apoyo a su misión de castigar a los banqueros y pasar días y más días durmiendo al raso. ¿Quién podría oponerse a estos idealistas que representan, según dicen sus manifiestos y pancartas, al 99 por ciento de la población? Pues, por lo que hemos podido comprobar, un montón de gente. Con recientes encuestas sugiriendo que un alto tanto por ciento de norteamericanos son escépticos a las llamadas a arrancar de raíz el capitalismo y pasar a una economía libre de banqueros basada en el trueque, nos preguntamos quién podría ser la voz del 45 por ciento (según un reciente estudio de la agencia Public Policy Polling) con una opinión desfavorable del movimiento. Sabíamos que si le preguntábamos a Richard E. Epstein, profesor en la Escuela de Leyes de Nueva York, miembro de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford e indoblegable liberal, era posible que ungiéramos al Kalle Lasn (el tipo de Adbusters) del contramovimiento. El libro más reciente de Epstein se titula Design for Liberty: Private Property, Public Administration, and the Rule of the Law(Harvard University Press). Compradlo, hippies holgazanes.

Es fácil ver lo que provoca la ira de Occupy Wall Street y sus muchos seguidores. Se trata del declive del estándar de vida en Estados Unidos, el alto índice de desempleo y la percepción de que a una cúpula del 1 por ciento de la población se le ha dispensado de cumplir con sus verdaderas obligaciones, permitiéndole crear una tormenta económica sin que ello le suponga perjuicio alguno.

El problema con el movimiento es que confunde la percepción de lo que aqueja a este país con una comprensión de las causas de su declive. Tan difícil es “ver” las causas económicas y sociales de la prosperidad de una sociedad como del declive de la misma. Se necesita una base teórica para comprender bien qué es lo que no funciona. OWS carece de esa teoría, que cuando se entiende de forma correcta apunta en una dirección opuesta.

La economía americana padece males endémicos de los que no es tan fácil escapar. En el fondo de la cuestión está la amplia regulación del gobierno de las actividades económicas primarias, principalmente los mercados inmobiliario y de trabajo. Los amplios, y en expansión, niveles de interacción del gobierno han asfixiado ambos mercados, y más regulaciones sólo puede conducir a niveles de desempleo aún más altos y a una constante devaluación de los bienes inmuebles. Para aumentar la productividad se requiere una revocación de las actuales normativas regulatorias, no leyes aún más estrictas al respecto. Se tienen que repensar, e incluso eliminar, las normas actuales en materia de sindicación y salarios mínimos. El rechazo a llevar a cabo ejecuciones bancarias del modo habitual pondría en grave peligro los mercados inmobiliarios de casas nuevas y usadas.

Yéndonos al otro extremo, no es posible financiar un estado del bienestar imponiendo contribuciones más altas a los ricos. Los impuestos ya son progresivos. Las plusvalías se agotan en un mercado de valores estancado. Unos impuestos elevados no son incentivo para invertir. Los gravámenes elevados disminuyen los fondos de capital disponible para la inversión.

OWS cree que, con una base productiva empequeñecida, un programa de redistribución a gran escala es aún posible. Pero no lo es.

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