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      Hannibal Lecter es de Monterrey

      July 30, 2013

      Por Diego Enrique Osorno, Foto Juan Carlos Rodríguez

      El Doctor Ballí.

      La primavera pasada recibí un mensaje del escritor Thomas Harris, autor del El silencio de los corderos, la novela de la que surge el personaje por el cual Anthony Hopkins se volverá inmortal como actor: Hannibal Lecter. En la adaptación de la saga cinematográfica, este personaje dice: “Nuestras cicatrices tienen la virtud de recordarnos que el pasado fue real”, y plantea otras cosas inquietantes como ésta: “¿Te gustó tu primer asesinato? Por supuesto. ¿Y por qué no? Dios también lo disfruta. La semana pasada, en Texas se desplomó un techo sobre 34 feligreses que rezaban por él”.

      Por un momento imaginé que tendría con Harris un intercambio epistolar como el que Hannibal mantuvo con algunos de sus pacientes. Un diálogo soterrado y reluciente, parecido al que en algunas ocasiones he tenido con personajes siniestros. Sin embargo, la relación con Harris fue más bien pragmática. Recibí la siguiente encomienda:

      Necesito información sobre un médico conocido en la prensa como “El hombre lobo de Nuevo León”, quien estaba preso en la prisión estatal de Nuevo León a finales de los años 1950 y los 1960. No sé su nombre. El médico fue declarado culpable de matar a autoestopistas en Nuevo León, desmembrarlos y tirarlos de su coche por partes durante la noche. El médico salvó en la cárcel la vida de otro prisionero, Dykes Askew Simmons, después de que Simmons fuera atacado por guardias cuando trataba de escapar. Durante sus años en prisión, el médico también trataba a los pobres de forma gratuita. Tenía un consultorio médico dentro de la prisión. Simmons era un texano condenado en Nuevo León, en marzo de 1961, por el asesinato de tres jóvenes miembros de la familia Villagómez Pérez en octubre de 1959. Fue sentenciado a muerte, una sentencia conmutada por 30 años. Estuvo en la prisión estatal de Nuevo León desde 1961 hasta su salida en l969. El caso de Simmons, y, probablemente, el caso del doctor, fueron cubiertos por los periódicos El Norte y El Sol, de Nuevo León. Dos de los reporteros de El Norte que escribieron sobre Simmons fueron Ricardo Bartres y Esteban Ardines. Cualquier ayuda sería muy apreciada.

      A través de mi editor, el autor de El silencio de los corderos me contactó para que le ayudara con una misión que al principio parecía demasiado sencilla. Con tantos datos como punto de partida no creí difícil hallar el nombre del asesino que tanto le interesaba a Harris. Lo primero fue llamar por teléfono al escritor Eduardo Antonio Parra, maestro de la literatura criminal sobre el noreste de México que más disfruto. Tras darle los detalles, nada. Después busqué a Hugo Valdés, autor de El crimen de la calle Aramberri, novela basada en un acontecimiento ocurrido en El Barrio Antiguo de Monterrey a principios de siglo. Nada tampoco.

      Pronto tuve otro mensaje de Harris en mi bandeja de entrada:

      Estoy muy contento de contar con tu ayuda en la identificación del médico que trató Dykes Askew Simmons. Gracias por tu tiempo. La identidad del médico es mi principal interés, y no tengo ningún detalle acerca de él. No necesito más información sobre el caso Simmons, a excepción de su contacto con el médico. Observé con interés en Youtube uno de tus debates sobre los problemas actuales en México. Te deseo lo mejor.

      Entonces decidí pasar a la acción. Busqué a dos ex agentes del Ministerio Público, a un ex comandante y a un ex procurador, para preguntarles si recordaban algo, pero tampoco tuve suerte. La búsqueda en cambio me llevó a hacer un pequeño índice de otros crímenes célebres de los años sesenta y setenta en Monterrey. Harris escribió de nuevo con más pistas:

      El director de la prisión en ese momento era Miguel Guadiana Barra. Uno de los inspectores de policía fue nombrado Sarquiz.

      Espero que la información sea útil.

      Solo para aclarar: Todo lo que necesito es el nombre del doctor, y algunos datos sobre sus crímenes.

      Estuvo en prisión durante finales de los 50 y los 60 años, al mismo tiempo que Dykes Askew Simmons. Fue condenado por varios asesinatos en los que se desmembraron las víctimas. Trataba a los pacientes, mientras que él era un prisionero. Le salvó la vida Simmons cuando le dispararon mientras trataba de escapar.

                   Él era un miembro de una prominente familia en México.

                   Cuando sepa su nombre podré continuar con mi publicación.

                   Te deseo lo mejor.

      Cuando estaba a punto de ir a la Capilla Alfonsina de la Universidad Autónoma de Nuevo León a sumergirme en la hemeroteca y verificar día por día los periódicos de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, mi chica me llamó para darme un nombre: El Doctor Ballí. Ella, una avispada y voraz seguidora de todo tipo de historias criminales, había investigado por su cuenta con familiares y amigos, hasta dar con el nombre correcto. Lo que yo buscaba en el mundo literario y judicial, era más fácil encontrarlo en el recuerdo popular. Tras el hallazgo me topé con un artículo de 2008 que habían hecho sobre Ballí a causa de una curiosidad jurídica: Ballí habría sido el último mexicano sentenciado a pena de muerte por los asesinatos que cometió, sin embargo, la pena prescribió y tras una larga estancia, abandonó la cárcel después del año 2000. El entrevistador del artículo de Ballí titulado “No quiero revivir mis fantasmas” era Juan Carlos Rodríguez, un amigo y antiguo compañero en Milenio.

      —¿Te acuerdas de una entrevista que hiciste hace tiempo a un médico que estuvo condenado a muerte?— pregunté a Juan Carlos.

      —¿Alfredo Ballí Treviño?

      —¿Sabes si aún está vivo?

      —No sé... supongo que sí. Recuerdo más o menos dónde vive... trabaja como médico. Aunque no podría por su condición de ex reo...

      —¿Qué otra información tienes?

      —No tengo información. De hecho, en aquella ocasiónm la entrevista fue originada por un abogado que me dijo dónde buscarlos. Y lo encontramos.

      —¿Su consultorio está en la Colonia Talleres?

      —Sí, pero no recuerdo el número.

      —¿Qué pasó con él? ¿Sigue vivo?

      —Yo creo que sí.

      Con base a la información de Juan Carlos Rodríguez e información que recopilé en la hemeroteca, le preparé a Harris un abultado expediente del caso Ballí, el cual resumí así:

      * El nombre del médico que ayudó a Dykes es Alfredo Ballí Treviño.

      * Fue condenado a pena de muerte por los "delitos de homicidio calificado, inhumación clandestina y usurpación de profesión, en perjuicio del médico Jesús Castillo Rangel". 

      * Su caso se encuentra documentado en la causa penal 263/59 de la Procuraduría de Justicia de Nuevo León.

      * La fecha en que se abrió esta averiguación fue el 9 de octubre de 1959.

      * La sentencia del caso es de mayo de 1961.

      * En el plano judicial de México, su caso es interesante porque se trata de una persona que fue sentenciada legalmente a muerte. La pena de muerte no se ha practicado en México de forma legal (aunque hemos tenido gobiernos que la practican extrajudicialmente).

      * Más interesante es aún su caso por el hecho de que la pena le fue conmutada.

      * Todo indica que el Doctor Alfredo Ballí Treviño murió en 2010. Hasta ese año siguió dando atención médica en un consultorio de una colonia perdida de Monterrey. La dirección es:

      Calle Artículo 123,

      Colonia Talleres,

      Monterrey, Nuevo León,

      México CP 64480 Norte

      Harris me contestó agradecido por el hallazgo. Entonces supe que necesitaba ese dato para terminar el prólogo de una edición por los 25 años de su novela El silencio de los corderos. En ese texto, adelantado parcialmente por The Times, en Londres, Harris cuenta que a los 23 años de edad viajó a Monterrey para entrevistar a Dykes Askew Simmons, donde conoció a una persona en la que se inspiró para crear a Hannibal Lecter. En su texto menciona a esa persona como “Doctor Salazar”: El Doctor Salazar es el Doctor Ballí. Y el Doctor Ballí es el alter ego del Doctor Hannibal Lecter, aquel que gracias a la maestría de Harris, posee una siniestra retórica que nunca vamos a olvidar: “¿Nunca has visto sangre a la luz de la luna? Parece negra”.

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      Temas: hannibal lecter, el silencio de los corderos, doctor ballí, Thomas Harris

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