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CÓmo Salir Divina En Las Fotos

Por Amanda Maxwell, Traducción de Jesús Brotons

By Amanda Maxwell

AOtra recién llegada en vía ascendente, la australiana Amanda envió un texto basado en una palabra de difícil traducción al español: “douche”, que es lo que el señor Barragán llamaba el “baño checo” de las señoras. Una barraganada extraída de su próximo libro, Nobody Told Me There’d Be Days Like These (www.serpspress.com).



A veces el mundo me deja acceder a sus secretos. No los importantes, sólo los pequeños y especiales. La clase de secretos que me permiten proyectar ante los ojos de mi familia y amigos una maravillosa ilusión de inteligencia.

Por ejemplo, sé cómo salir divina en las fotos.

No hace mucho hice un viaje en avión. En el asiento de al lado viajaba una chica rubia de pelo largo y pestañas rizadas. Leía una revista de papel satinado.

“Hey”, dijo ella.

“Hola”, respondí.

“¿Quieres leer esta revista?”, me preguntó. “Yo ya he terminado”.

Agradecí su amabilidad, ya que el nuestro no era la clase de avión en el que hay televisión en la parte de atrás de los asientos y yo había elegido mal el libro en el quiosco del aeropuesrto.

“Vale”, dije, “Gracias”.

La chica me pasó la revista.

En la portada había una fotografía de Scarlett Johansson con un aspecto sencillamente genial. La miré durante largo rato sin abrir la revista, y mientras la miraba me preguntaba a mí misma lo que me suelo preguntar cuando veo fotografías geniales de mujeres hermosas: ¿Cómo se hace para estar así de genial?

Su pelo flotaba por todas partes y sus ojos miraban directamente a los míos. Su boca hacía esa cosa secreta que hacen las bocas de las modelos. Genial.

Yo no me animaba a abrir la revista. Durante una hora o más me quedé mirando la portada. Habíamos entrado en una zona de ligeras turbulencias y la chica de al lado estaba pálida.

“Me da miedo ir en avión”, dijo.

“No te pasará nada”, dije yo apretándole la mano. Luego seguí mirando la portada de la revista.

En el exterior el cielo estaba vacío y oscuro. Una vez hubieron amainado las turbulencias las azafatas pasaron ofreciendo vino y limonada. Y fue entonces cuando pasó una cosa extraña: oí un sonido. No uno típico de los aviones o el de un vaso al caerse, sino algo más parecido a un suspiro. Procedía de algún sitio cercano a mí. Miré a la chica. Estaba dormida. Volví a oir el mismo sonido: “Shhh”.

Al mirar hacia abajo me dí cuenta de algo espeluznante. El sonido venía de la revista satinada que tenía sobre las rodillas. La levanté con cautela y lentamente pegué la oreja a los labios de Scarlett Johansson. Esto es lo que escuché:

“Dooooouuuche”.

Sólo esa palabra.

“¿Has dicho ‘douche’?”, le susurré a Scarlett, pero no contestó.

Me bebí mi copa de vino de un solo trago. Me pregunté si así era como una empieza a volverse loca.

Douche: en francés, ducha. En inglés, baño vaginal.

Me acordé de una edición del programa de Oprah que ví hace unos años. Oprah había entrevistado a un prestigioso ginecólogo. Sonreía el ginecólogo compartiendo con los espectadores unos cuantos consejos femeninos fabulosos de los muchos que encontrarían en su libro quienes se decidieran a comprarlo. Oprah, de repente, se puso en pie y dijo, “¿Habéis oído eso, chicas? ¡No os deis baños vaginales!”

Y el público se volvió loco. Se unieron a ella, puños al aire, para corear el lema “No os lo bañéis”. ¡No os lo bañéis, no os lo bañéis!

Pero ese día, a bordo del avión, mi recuerdo del programa parecía demasiado nítido para ser real. A lo mejor lo estaba imaginando.

La chica de al lado se había despertado y parecía sentirse mucho mejor.

“Gracias por dejarme la revista”, le dije al devolvérsela.

“De nada”, respondió, “Una portada estupenda, ¿verdad?”

“Sí que lo es”, dije yo. Decidí echarle valor. “Perdona, ¿puedo hacerte una pregunta?”

“Dispara”, me dijo.

Bajé la voz hasta llegar al murmullo. “Bueno, es una pregunta personal pero, bueno, verás, estoy haciendo una investigación para una revista que trata temas de salud y, en fin, me preguntaba si... ¿Tú te das baños vaginales?”

Ella me dirigió una mirada de soslayo y no dijo nada. La fotografía de Scarlett me contemplaba desde el bolsillo de su asiento delantero.

“Lo siento”, dije. “Hagamos como que no te lo he preguntado”.

“De acuerdo”, respondió ella, mirándome aún con el rabillo del ojo.

“De acuerdo”. Saqué rápidamente mi antifaz y me puse a simular que dormía. Así es como una empieza a volverse loca, dije para mis adentros.

Douche: ducha en francés; en inglés, ducha de otro tipo.

Supongo que divagué durante un rato, porque lo siguiente que supe fue que la chica me estaba dando toquecitos en un hombro. Me quité el antifaz y la miré.

“Sí que lo hago”, dijo. “Tengo que hacerlo. Lo hago a veces”.

“¿Lo haces?”

“Sí, pero sólo con Diet Coke después de, ya sabes, hacerlo”.

“¿Cómo?”

“Sí, con algún tío”.

“¿Diet Coke?”

“Sí, para no quedarme embarazada. Mata el esperma”.

En mi cabeza escuché mi propia voz diciéndome: la chica del pelo largo y rubio se da baños vaginales con Diet Coke tras hacerlo con un hombre para así no quedarse embarazada.

“Gracias por compartirlo conmigo”, dije.

“No pasa nada”, dijo ella.

“¿Me disculpas?”, pregunté.

“Seguro”.

En el lavabo del avión me eché agua fría a la cara y me sequé después con una toalla de papel. Al mirarme en el espejo me di cuenta de que se me había puesto pelo de avión. Oh, bueno, pensé. También tenía los ojos enrojecidos. No importa. Adopté la pose de Scarlett en la foto, el mismo mohín, los párpados entrecerrados, pero no logré emular la forma de los labios. Mi forma de fruncirlos recordaba al morro de un chucho. “Las cosas son muy extrañas”, dije sin dejar de mirarme en el espejo. “Me ha parecido que una revista me hablaba y todo lo que decía era ‘douche’”.

Y AHÍ dí en el clavo. Esa fue la epifanía. Mi momento de lucidez. El gran paso al frente. Eureka.

Lo dije otra vez, “Douche”, y al tomar forma la palabra en mis labios mi expresión se convirtió en la expresión de una modelo. El mohín era perfecto. Después desapareció. Lo intenté de nuevo, esta vez pronunciando la palabra como un suspiro. “Douche”. Asombroso. Una vez más. “Douche”. Genial. Ahora sabía el secreto. Nunca más volvería a decir “patata” a la cámara.

Cuando volví a mi asiento la chica de al lado me dirigió una mirada de complicidad. Se aproximó a mí.

“Has estado mucho rato en el lavabo”, me dijo. “Porque, bueno, ya me entiendes, estabas allí, ¿verdad?”

“Más o menos”, dije. Y con mi recién encontrada paz espiritual me dejé caer en un profundo sueño.

Una vez aterrizamos yo fui una de las tres últimas personas en salir. Recordé que en los aeropuertos suele haber un fotomatón y, olvidándome del carrusel de la cinta transportadora de equipajes, me puse a buscarlo. Lo encontré y me metí dentro, susurré la palabra D cuatro veces para el objetivo. Mi aspecto resultó genial.

Con la tira de fotos en mi bolsillo y una agradable sensación en mi interior volví sobre mis pasos hacia la cinta transportadora. No había recorrido más que unos metros cuando al pasar por delante del quiosco me quedé paralizada. En los estantes había cerca de treinta Scarletts a medio camino de decir la palabra “douche” para la cámara. También Sophie Dahl la estaba diciendo. Y J. Lo. Hasta Gael García Bernal estaba ‘doucheando’. Noté que me ruborizaba y miré alrededor para comprobar si alguien más estaba viendo lo mismo que yo. La gente iba y venía a toda prisa, arrastrando sus equipajes y a sus hijos. No había nadie que pareciera haberse dado cuenta.

Y no había nadie que tuviese un aspecto divino.



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