Literatura

I am iron man

Aburrimiento y palizas en la “urba”

By Anthony Pappalardo



DESDE ARRIBA A LA IZQUIERDA EN EL SENTIDO DEL RELOJ: Brian Ryder, Andy Jenkins, Michael Galinky, Michael Galinsky, Chris Kelly, Casey Chaos, Brett Barto

Anthony Pappalardo contribuyó a escribir Radio Silence, una de las pocas retrospectivas del hardcore americano de los 80 que no hay nadie que deteste. También tocó en Ten Yard Fight, el grupo responsable, prácticamente en solitario, de la divulgación del straightedge a mediados de los 90.

Live... Suburbia! es el título de un nuevo libro que Anthony ha creado junto al autor Max G. Morton y que aparecerá este mes a través de powerHouse Books. Se trata de un libro ilustrado y personal sobre todo lo que los chavales de Boston han estado haciendo durante los últimos 30 años. En él se narran los primeros y tentativos años, los movimientos de los colectivos jóvenes, las desviaciones al rollo skinhead, más tarde al posi-core, y de ahí en adelante, presentando siempre al mismo grupo de personas imaginando nuevas posibilidades para su futuro. Es algo así como la versión BHC de la serie de películas Up, y es probable que estas navidades esté en la mesita de noche de más de un amigo tuyo. Lo que sigue es un extracto de la parte dedicada a los años de la BMX. Y nos recuerda mucho a las aventuras del Club de los Cinco.

Por cierto; ya os lo habréis figurado, pero no estamos hablando de Anthony Pappalardo, el skater.


James Regan era un chico por edad, pero no por estatura. De ojos azul pálido y anchos hombros, medía más un metro ochenta. Cuando juntaba sus sanguíneos dedos, sus puños parecían bolas de demolición capaces de derribar fácilmente una pared o, como mínimo, de achatar las narices de los demás muchachos con una sola pasada. El vecindario le tenía pavor. Llevaba desde los 13 años conduciendo su moto todoterreno amarilla sin casco, sin permiso y sin precaución.

Sin importar lo que dijeran los termómetros, vestía siempre una chaqueta tejana con forro en la que albergaba un arsenal: cuchillos mariposa, estrellas chinas, encendedores de butano, porros ya liados y un peine automático. Normalmente, los jóvenes descarriados decoraban sus chaquetas con parches y pins de grupos metal, pero la suya estaba desnuda. James no tenía tiempo para hacer de costurera, él tenía la mente puesta en el caos y la destrucción. No tardé en darme cuenta de que cuantos más parches llevaba un chico, menos suponía éste una amenaza. Pude comprobar la certeza de esta teoría tiempo más tarde, viendo a los crusties cubiertos de mugre, con perras embarazadas, pidiendo monedas en Harvard Square. No había nada atemorizador en unos yonquis con aspecto de muñeca de trapo manchada de mierda pidiendo limosna para cerveza.

James era un solitario que no necesitaba apoyos, un ejército de un sólo hombre... o al menos alguien capaz de tener a raya a un grupo de preadolescentes. Ninguno de los chavales de mi edificio teníamos hermanos mayores que quisieran retarle a una pelea, así que cuando él rugía, estábamos todos a su merced.

Por lo general era fácil evitar a James, ya que estaba siempre ocupado arreglando algo, construyendo algo, fumando algo o jodiendo algo, pero las cosas cambiaron cuando encontró una pista de esquí abandonada cerca de nuestro vecindario, llena de caminos idóneos para hacer carreras de BMX. No había una “rampa” perfecta, sólo unas cuantas pendientes para aficionados que sólo requerían un poco de desbroce para convertirse en nuestra pista de carreras particular. Nos contaron que por allí, en los bosques, vivió un sin techo que se ahorcó, pero eso sólo aumentó nuestra sensación de excitación y peligro. Pasamos el invierno deslizándonos en trineo, un amigo hasta se rompió un brazo, pero le persuadimos de que dijera a sus padres que había sido jugando a fútbol, para que no se nos prohibiera ir a la montaña. Nuestro plan era sencillo: tras el deshielo invernal, cogeríamos palas y construiríamos vallas y obstáculos junto a las pendientes, y dispondríamos de la única auténtica pista de carreras en 30 kilómetros a la redonda.

Llegó la primavera, cambiamos nuestras botas de trabajo por zapatillas deportivas y pusimos rumbo a la montaña para iniciar la construcción. Apenas nos hubimos plantado allí oímos el amenazador rugido de la moto de James. Estábamos jodidos. James tenía un método para su tortura: elegía a un sólo chico y obligaba a los demás a tomar decisiones. Por ejemplo, podía decirte que escogieras entre darle un puñetazo a tu amigo o encajar uno suyo. Hacía que saltaras desde cosas, que comieras cosas, y en una ocasión llegó enterrar al pobre Joey Belisle en una especie de funeral de pega sólo para poder mearse en su tumba. James no era agradable.

Irrumpió en nuestra zona de construcción haciendo un derrape que nos cubrió de tierra y piedras y luego desmontó de su corcel amarillo. “¿Mariconeando en el bosque, bujarras?”, preguntó retóricamente. A pesar de la lluvia dorada de la que había sido víctima, Joey no había aprendido nada y le respondió: “No, tío, estamos construyendo unas pistas...” Percatándose de su error, se interrumpió y enfáticamente tragó saliva. “¡Nos... nos figuramos que te gustaría utilizar las pistas, así que vamos a hacer los obstáculos muy altos!”

“¿Por qué cojones querría saltar un montículo de tierra mientras me miráis, maricas? ¿Os creéis que yo también soy un sarasa?”, respondió James. Esto no estaba yendo bien. La montaña estaba encajonada entre dos áreas residenciales en crecimiento, y la pista en la que estábamos daba directamente a una zona de obras. El proceso de edificación se había ralentizado y el lugar era simplemente un mar de bloques de cemento, maderas, clavos y mortero. James se paseó por unos instantes entre las pilas de materiales antes de detenerse a levantar una lámina de contrachapado de casi un metro cuadrado.

“Vale, Joey, ponte allí y escóndete detrás de esta placa de madera”, ordenó James. Joey agarró la madera y se alejó unos 6 metros hasta un claro de hierba. “¡Los demás, venid aquí!”, exigió entre caladas de Marlboro Red.

James nos dirigió hasta un montón de rocas y ladrillos medio rotos. “Vale, Joey se va a esconder 10 minutos detrás de esa madera mientras vosotros le tiráis cosas. No dejéis de hacerlo ni una puta vez o os uniréis a él, y ahí detrás no hay mucho sitio. Venga, empezad, ¡AHORA!”, dijo James clavándonos sus ojos sin alma. Era un pequeño consuelo no estar detrás del escudo de madera.

Apedreamos a Joey durante lo que nos pareció una hora; Joey tuvo en cierto momento que recolocar la madera, y James le lanzó una piedra directamente a los dedos. Ése fue el único momento en que participó. A una orden de James, Joey salió de su parapeto, los oídos zumbándole y los dedos magullados.

“Eh, tengo hambre”, dijo James. “¿Quién vive más cerca de aquí”. Por lo visto, presenciar la lapidación le había abierto el apetito. Una vez más, fue Joey la víctima, ya que su casa estaba a sólo cinco minutos atravesando el bosque. Seguimos a James en fila como un grupo de prisioneros encadenados adolescentes hasta llegar a la casa de Joey, que había sido instruido para entrar, coger patatas fritas y un refresco en cinco minutos o menos y regresar, o de lo contrario volvería detrás de la lámina de contrachapado o sería arrojado desde la caseta que tenía en la copa de un árbol. Tan pronto se abrió la puerta, alcanzamos a oír un sonido familiar: la campana de llamada a la mesa de Buddy Mailloux. Cada noche, a la hora de cenar, la madre de Buddy hacía sonar una campana, que era la señal de que tenía que corretear hasta su casa como un cachorro para comer algo recocido y engordante. “Buddy... ¡Buddy, hora de cenar!”, cantó su madre, con su quebradizo pelo teñido de rubio.

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