Noticias

Inteligencia

Por Seth Fried Traducción de Montse Meneses

By Seth Fried

Cuando estás trabajando en un número como éste y abriéndote paso a través de pilas y más pilas de manuscritos y tus ojos están a punto de cortar relaciones diplomáticas con tu cerebro, todo se vuelve más luminoso cuando te topas con algo como lo que nos mandó Seth. Tiene 25 años de edad y sus historias pronto aparecerán en McSweeney y Missouri Review. Un joya, eso es lo que es.



Me saco una muela falsa en un restaurante, la abro de un golpe y dentro encuentro el microfilm equivocado. Espero encontrar el número de la Seguridad Social del hombre a quien se supone que tengo que matar, pero inexplicablemente, en su lugar, encuentro el manual de instrucciones de un tanque soviético T-72. Asisto a un baile en Praga disfrazado de diplomático. Resbalo, caigo rodando por la majestuosa escalera de caracol y termino invadiendo la pista. Mientras estoy en la sala de interrogatorios doblándole las uñas a un coreano inocente, se me escapa una ventosidad y pierdo toda la credibilidad. En Roma, mientras huyo de la policía, me olvido de la estatua hueca donde están los códigos de lanzamiento. Golpeo la parte posterior del reposacabezas en el taxi. Gilipollas imbécil. Gilipollas imbécil de mierda.

Y ahora me tienen vendiendo televisores, lo que hace que me sienta peor, obviamente. Estoy de pie en un stand con una camisa de golf roja y unos chinos esperando a que algún remolón en chándal se enamore de un equipo de televisor y vídeo. Esperando a impedir que algún niño ponga los deditos en las pantallas de plasma. Esperando a que las bestias malhumoradas con pelo crespado que se tambalean y estornudan, que engrosan las filas de la clientela de Circuitpalooza acechen con sus horribles sombras llenas de bultos el stand. Pero, por encima de todo, esperando a comprender por qué estoy aquí.

De noche regreso al estudio donde vivo con un gato atigrado que la agencia me ha proporcionado como parte de la tapadera. El gato ha sido adiestrado por el gobierno y como compañero se muestra frío e indiferente. Se sienta en el borde del futón de color burdeos y se lame el trasero con una leve expresión de obligación. Caga en una caja dentro del armario con aire avergonzado pero a la vez profesional. Más para allá tengo el neceser y allí, en la esquina, el maniquí de prácticas. Después de trabajar, paso el tiempo practicando maniobras de peligro mortal en su torso de plástico, y espero a que suene el teléfono; espero a que llamen de la agencia y me expliquen por qué estoy aquí. Intento hacerle una llave de cabeza al maniquí de prácticas y sin darme cuenta vuelco la lámpara halógena.

No he sabido nada de la agencia en los seis meses en los que he estado anclado en este Circuitpalooza como representante de ventas de televisores. Y para más inri, aún no he vendido ninguno. Los números del stand van mal, muy mal y, últimamente, mi jefe, de 19 años, Chaz, me está agobiando. Para cuando me llamen, ya quizá ni tenga trabajo. Sería otra ocasión perfecta para que todos en la agencia se rieran a mi costa. Como la vez en la que la cagué en una misión en Brasil cuando estuve terriblemente enfermo por culpa de una ensalada Cobb que pedí en el servicio de habitaciones y después me pasé tres días en un burdel gay de São Paulo hasta que me di cuenta de que no era un hospital. Parece que no hay nada más divertido para un grupo de adultos que un caso de disentería casi fatal. Seguro que echaron unas buenas risas. Todos allí reunidos riéndose a carcajadas de la caricatura que el agente Desert Eagle colgó en el cuarto de empleados: un boceto mío vomitando encima de un brasileño en pelotas. Pero permitidme una pregunta, cuando Desert Eagle se voló el pie por accidente en una simple maniobra de entrenamiento en algún lugar de Arizona, ¿me reí yo? ¿Me negué a colaborar para la cesta que le regalaron? ¿Repartí una caricatura de su pie enterrado en una duna, o empalado en un cactus, o hueco por dentro y clavado con un pequeño toldo para que un montón de parejas de escorpiones sexualmente liberados lo utilizasen como pasarela? No, no lo hice porque soy profesional. Soy profesional. Soy profesional y venderé un televisor si hace falta.

Entro en Circuitpalooza a las 5.30 de la mañana. Es parte de una nueva estrategia para aumentar las ventas que hace que nuestra tienda sea la única de electrónica abierta antes del amanecer. Estrategia que el personal de venta hemos encajado con reservas. La encontramos poco práctica, ya que nadie entra a Circuitpalooza antes de las 13.15. De todas formas, después de que esto saliera en la reunión semanal de ventas, la dirección puso rápidamente en circulación una nota en respuesta a nuestras quejas y a lo que ellos llamaban “una peligrosa falta de iniciativa”, “la clase de iniciativa”—decían—“necesaria en cualquier afán comercial”. Nos animaban a vender más, más, más y más. Como incentivo pusieron mi foto de empleado al final de la nota. Salía mi cabeza photoshopeada en una foto de una niña con una gorra de orejas de burro, y al lado, una breve nota explicativa sobre la mala habilidad para vender.


Entro al stand con una taza de café y una copia del Times. Me coloco mi chapa con el nombre y me digo que voy a vender más, voy a vender más, voy a vender más, voy a vender más. Me preparo para vender como un loco. Me preparo para establecer un diálogo profundo, serio y meditado con cada cliente sobre el televisor que necesita. Me repito que estoy preparado y lo noto. Aunque la única persona que ha estado en la tienda toda la mañana ha sido una mujer de mediana edad en camisón y chaqueta de franela que se ha pasado horas con la mirada clavada en una batería electrónica. Recuerdo que es la indigente a quien hace dos semanas tuvimos que pedir que abandonara la tienda cuando la pillamos intentando jiñar en el suelo del servicio de hombres. Miro la puerta. No entra nadie.

Recuerdo que el primer día en la agencia empecé en la sala de interrogatorios. Había dos agentes que entrevistaban a una mujer y, entre preguntas, yo le sumergía la cabeza bajo el agua. En la agencia te enseñan que las preguntas sirven, no tanto para obtener respuestas, como para hacer que la persona se derrumbe.

—¿Cómo se llama?

—Samantha.

Zambullida.

—Díganos cómo se llama.

—¡Samantha!

Zambullida.

—Deletréelo.

Zambullida.

Yo era un agente joven, prometedor y muy ambicioso. Recuerdo que los agentes que hacían las preguntas me miraban dulcemente mientras sumergía la cabeza de la mujer en el agua. Lo que siempre he querido en la vida es no ser muy malo en algo.

—¿Dónde estaba la noche del 17 de agosto de 1974?

—¡¡Aún no había nacido!!

Zambullida.


Chaz, mi jefe, me da un puñetazo en el pecho.

Me dice que me saque la cabeza del culo y empiece a vender televisores.

Me vuelve a golpear en el pecho y se marcha enfurecido, dejando un destello de pelo rojo y pecas; casi hace volcar una pirámide de decodificadores de cable de Hello Kitty. Debo admitir que a estas alturas de la vida parece raro que me encuentre en una situación en la que un mocoso así me intimide. Intento convencerme de que esta situación es el elaborado producto del azar y las circunstancias. Al final la señora jiñadora abandona la batería e intento que se interese por un televisor portátil de precio módico. Se me queda mirando atentamente un segundo hasta que hace una pedorreta y se le cae del bolsillo, encima de una pila de DVDs, una compresa abierta.

El azar y las circunstancias.


En casa me duermo con la cena Hungry Man sobre el pecho, me despierto horas después con un publirreportaje en el que salen dos asiáticas que dicen haber ganado millones descifrando en la Biblia consejos para invertir en Bolsa. No llaman de la agencia, me levanto y veo que el gato ha arrastrado mi Hungry Man por toda la habitación. El gato está agazapado debajo de una silla plegable y lame la base de un brownie.

Un hombre de Indiana da las gracias a las asiáticas y al Libro de Levítico, respectivamente, en la puerta de su nueva casa.

Esas dos mujeres podrían vender cualquier cosa. Es humillante.

El gato, al verme despierto, abandona el brownie y regresa al armario lentamente. Lanzo la bandeja vacía al televisor sin insultar a nadie en concreto. Gilipollas imbécil. Gilipollas imbécil de mierda.


Al día siguiente entran unos adolescentes y hacen ver que me preguntan sobre teles. Eructan y se ríen de mi camiseta Circuitpalooza.

—Por ejemplo, ¿qué puede decirnos sobre este modelo, señor?

Todos se ríen y se tapan la boca. Tiran de mi placa con el nombre y suben el volumen de los televisores hasta que pierden el interés. Se apartan del stand y se pegan en las nucas con cintas VHS, teclados Casio y material promocional para televisión por satélite.

Me alegro de verles irse pero Chaz me mira mal y, como no quiero ver mi foto de empleado en la próxima nota de ventas, les persigo y les grito “señores”. Les alcanzo delante del rincón de la caja y les digo en alto:

—Disculpen, señores, eh... ¿tíos? No he podido evitar observar que parecían interesados en algún televisor.

De repente los chavales se detienen y empiezan a mirarme como si se estuvieran divirtiendo, como si milagrosamente una especie de nube de pedos con ojos les estuviera intentando vender un televisor.

Miro a la zona donde está Chaz, que al verme perseguir una venta parece realmente impresionado. Nunca se le ocurriría ni por un momento que lo que estoy a punto de hacer es, sin duda, desesperado y patético. Me anima con la cabeza y vocaliza las palabras “nuevo paquete de garantía” y “opciones de financiación”.

—Bueno,—les digo—. Imagino que no os interesa que os informe sobre el nuevo paquete de garantía, ¿no? También tenemos opciones de financiación que molan.

Hay un momento de silencio total. Sin decir nada, parece que los chavales busquen un portavoz. Finalmente, desde el remolino de camisetas anchas y gorras de béisbol hacia atrás, tácitamente, sale elegido el chaval que, de largo, lleva la camiseta más ancha y la gorra más para atrás.


—¡No queremos ningún televisor de mierda!—dice.

Miro hacia Chaz, que sigue excitado, y continúa vocalizando algo sobre reembolso por correo. Decido improvisar.

—Bueno, creo que nuestros precios os parecerán...

—¡Todos tenemos sida!—grita el chaval—. ¡Nos gastamos todo el dinero en medicamentos!

Otro chaval mete baza:

—Sí! ¡Y nuestros padres están muertos!

Y otro:

—¡Sí! ¡Somos homeless! ¡Vete a tomar por culo!


Los chavales se van empujándome y Chaz, al darse cuenta, pone los ojos en blanco porque se lo debería haber imaginado. Vuelvo al stand, derrotado, y los chavales se ríen histéricamente. Se reúnen alrededor de los PCs en exposición y sacan un vídeo de Internet donde un hombre se mete una pila por el pene.

Supongo que hay vidas mucho más desgraciadas que la mía. Me acuerdo del asesinato chapucero en Paraguay, del traficante de armas decapitado en Eslovenia, de la niña sola y huérfana en Kuwait. De todos modos, no puedo evitar sentir que, como espía, mi posición en Circuitpalooza exige más que en la mayoría de casos. Por ejemplo, cuando se te acerca una mujer de ochenta años con saliva seca que parece savia en las comisuras de los labios, el sombrero del domingo al revés y que insistentemente te pide que le expliques la diferencia entre una tele y un vídeo, te ves forzado a recordarte una y otra vez que, como espía, bajo ninguna circunstancia, te lanzarás a la tráquea de la mujer. O si alguna vez te encuentras en la situación en la que tu jefe de diecinueve años, que aún vive con sus padres y que sólo trabaja en Circuitpalooza para ahorrar y comprarse un Camaro—para que él y su novia puedan ir hasta alguna playa de noche y hagan el amor como asquerosos pelirrojos bajo las estrellas—te grita delante de un cliente, puede que descubras que se necesita algo más que autocontrol para no tomarte la tarde libre y lanzar una pequeña e improvisada arma biológica, que una vez en casa de Chaz, deje a toda su familia con un superbrote incurable de alguna enfermedad venérea.

No sé. Toda esta situación ya deja de tener gracia. En fin, lo único que quiero es una llamada de teléfono. Lo único que quiero, incluso teniendo en cuenta mis innumerables cagadas, es saber concretamente por qué han elegido esto para mí.

Intento vender un televisor a un matrimonio joven. El marido, un pardillo con botas de cowboy, afirma que él y su mujer necesitan desesperadamente un televisor para su nuevo hogar y, es más, dice que por el dinero no problem. Sin embargo, después de ofrecerles durante dos horas todos los equipos que tenemos, su mujer y él, sin motivo aparente, se acaban alejando del stand incómodos con un amable “Lo sentimos, socio”. Veinte minutos más tarde veo que el tío de videocámaras les acompaña felizmente a las cajas de la entrada de la tienda. Cada uno de ellos lleva una caja con la etiqueta “Sony FamCam 2200”. Producto que, además de ser el más caro y menos fiable de la tienda, dice en la caja bien claro que sólo funciona con un televisor. Chaz me mira mientras les cobra. Silba cabreado.


Esa noche no hay llamada de la agencia, estoy sentado en el futón mientras el gato se detiene de camino al armario y nos mira a mí y al maniquí, como si no supiera quién es quién.

Cuando mi padre vivía, se dedicaba a pintar casas. ¿Os lo podéis imaginar? El padre de un espía ¿pintor de casas? Al final del día, agotado, mi padre siempre se quedaba con sus calzoncillos de color púrpura en el salón y se tiraba boca abajo en el sofá. Recuerdo que una vez le pregunté por qué no intentaba hacer algo mejor con su vida, pero no obtuve respuesta. Se limitó a sonreírme y dijo algo entre dientes sobre el control de natalidad; mientras tanto se rascaba por debajo de la cinturilla de sus calzoncillos Jockey y empezaba a roncar. Ahora tengo la respuesta, claro. ¿Por qué no hacía algo mejor? Porque no era tan listo.

Intento venderle un televisor a un cura, a un entrenador de fútbol, a un profesor de escuela, a un hombre del tiempo, a una camarera, a un basurero, a un policía, a un equipo de gimnastas. A todos sin éxito. Chaz gruñe, niega con la cabeza, me da palmaditas en el hombro y me dice que no soy precisamente una lumbrera. Podría matarlo, pero no lo hago.

Chaz es feo. Chaz es un niño. Chaz es bajo, pelirrojo y tiene granos. Ahora es joven, pero nunca pasará de ser nada mejor que encargado de este Circuitpalooza. No es lo suficientemente listo como para hacer otra cosa. En cambio, yo soy espía.

Intento venderle un televisor a una familia de cuatro miembros pero no se les ve convencidos. Se van de la tienda con las manos vacías y les odio por ello. Esto me mata. Doy un puñetazo en el stand. Gilipollas imbécil. Gilipollas imbécil de mierda.



Comentar