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Las devastadoras –pero fascinantes– fotos que Jeff Bierk hace a yonquis

Por Brad Casey

Supe de Jeff Bierk hace poco más de un año a través de unos amigos que estaban obsesionados con sus fotos. Nos conocimos por casualidad y me invitó a que lo acompañara mientras trabajaba. Conocí a sus amigos yonquis e indigentes. Pronto descubrí que no hacía tanto tiempo también él había sido un adicto; recorren sus fotos veinte años de pastillas, muertes y esfuerzos por mantenerse sobrio. Las fotos de Jeff son inquietantes, quizá desagradables, pero hay algo hermoso en ellas. La base de su trabajo en su propia experiencia con la adicción, la desintoxicación y, finalmente, la abstinencia. En el primer aniversario de su sobriedad, Jeff aceptó sentarse conmigo para hablar de sus casi veinte años de duro sufrimiento, las fotos que hace, su vida con toxicómanos y las ideas y moral en las que se apoya.

VICE: Llevas un año sobrio. ¿Qué edad tenías cuando empezaste a consumir drogas?
Jeff Bierk: La primera vez que me emborraché tenía diez años. Ahí empezó todo. Un par de años más tarde conocí a unos chicos mayores que estaban siempre de fiesta. Me apreciaban porque se la sudaba todo, eran unos vagos que sólo querían ponerse hasta el culo, patinar y divertirse. Nos emborrachábamos noche tras noche. En 1° y 2° de secundaria ya se metían rayas de fenciclidina (PCP). Dejaron de importarme las cosas normales. Solo quería fiesta. El alcohol y la hierba eran mi vía de escape y nada más importaba.

¿Recuerdas cuándo pasaste de usar drogas de manera recreativa a ser un adicto?
Antes que nada debo decir que todavía soy un adicto. Siempre seré un adicto. Cuando era niño tomaba de 20 a 30 oxicodonas (analgésicos opioides) al día. Acabas desarrollando tolerancia a los opiáceos. Después murió mi padre, y con eso… el puto mundo se me cayó encima. Era mi primera experiencia con la muerte, y fue devastador. Era mi héroe. Creo que hasta ese momento siempre tuve en mi cabeza unos límites de lo que podía y no podía hacer, y para mí las pastillas no eran algo tan serio. Era como tomar Tylenol. No tenía importancia. Recuerdo que muchos amigos tomaban coca cuando yo tenía 16 y yo decía: “Que le den a eso, nunca me voy a meter nada por la tocha”. Cuando mi padre murió todo eso se fue a la mierda.

¿Qué pasó después?

Que fui a saco. Empecé a hacer muchos contactos chungos. Conocí a un tipo que entraba en mi furgoneta con un cuchillo de cocina oculto en los pantalones. Me pasaba pastillas y siempre me timaba. Recuerdo que había un tío que parecía un esqueleto. Se estaba muriendo de sida y era el mayor adicto que he conocido en mi vida. Le vi sufrir sobredosis dos veces. Vivía en un apartamento de mala muerte, vigilado por la policía, donde pasábamos el tiempo. Hacia el final de mis días como adicto tomaba tantos oxys al día que ya no me colocaban. Sólo me hacían sentir normal.

¿Cuánto tiempo pasó antes de limpiarte?
Mi madre murió de forma inesperada en medio de todo esto. Eso ya me destrozó. Tras la muerte de mi padre pensaba que mi madre estaría ahí para siempre. Creía realmente que siempre estaría ahí. Aquella fue una de las épocas más oscuras de mi vida. Mi hermana, que llevaba un tiempo sobria, me dijo que tenía que ir a rehabilitación. No tuve elección. Ella lo organizó todo. Fui a desintoxicarme y después a rehabilitación. Me limpié, pero no pasó mucho tiempo antes de que volviera a las andadas. Me costó otros cinco años dejarlo de verdad.

¿Crees que tu experiencia como adicto sentó las bases para tu fotografía?

Por supuesto. Mi objetivo es siempre contar una historia. Salgo pensando que quiero contar la historia de alguien más, pero cuando regreso y me siento a mirar las imágenes y las veo realmente, siempre es mi propia historia la que quiero contar. Cuando era niño y empecé a consumir drogas, a tratar con yonquis y camellos, aquel era un mundo de tarados del que no sabía nada. Quería aprender a formar parte de él, y con el tiempo me volví parte de él. Trato de entrar en contacto con esos sentimientos.

¿Es difícil para ti estar con personas que se colocan?
No, no lo es. Más bien siento una conexión con ellos. Tengo un profundo entendimiento de qué es lo que están viviendo. Creo que son bellos.

A veces tomas fotos de gente dormida. ¿Por qué te atrae eso?
Recuerdo que un día estaba pensando sobre mi pasado y me sentí abrumado. Pensé en la muerte y en cómo la podría representar. Dormir es una alegoría de la muerte, una representación visual de la muerte, y decidí salir a fotografiar eso. A cada momento encuentro a estas personas durmiendo en sitios públicos.

¿Y no te parece que eso es explotación?
Completamente. Pero me preocupa más la honestidad, y lo que hago es honesto. No creo que pudiera llegar a lo que hago de otra forma. Puedo aceptar esa crítica. Es explotación, pero por otro lado estoy tensando las leyes de la fotografía. Puedo fotografiar lo que sea en lugares públicos como un paparazzi puede fotografiar gente o la policía instalar una cámara en cualquier esquina. Si estás en un espacio público, estás expuesto a ser fotografiado. Si se despiertan siempre les pregunto si le puedo hacer una foto.

Algunos son tus amigos, ¿no?
Sí, es una mezcla. Son amigos de verdad, porque les veo y hablo con ellos todos los días. A veces hablo más con mis amigos indigentes que con otros. Hay un tío llamado André al que llevo cinco años fotografiando. Nos vemos muy a menudo.

¿Por qué crees que están tan dispuestos a ser fotografiados?
No lo sé. Se sienten muy vulnerables, pero están dispuestos a ser fotografiados. Creo que están abiertos a todo tipo de interacción normal. La gente los ignora y cuando hay alguien dispuesto a dedicarles un tiempo, conocerlos, se abren, ¿sabes? Yo soy abierto con todas las personas con las que hablo sobre mis imágenes y lo que hago con ellas.

Haz click aquí para ver las fotos de Jeff: http://jeffbierkphotography.tumblr.com/  o http://jeffbierk.com/
 

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Nueve meses viviendo con un yonqui

 

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