Juego de trinos

Por VICE Staff

El de Sant Roc, en Barcelona, es un barrio bastante oscuro. Nació a finales de los 60 con un plan de renovación urbana para reemplazar a un barrio aún peor, pero pronto sufrió el destino de todos los planes de renovación urbana y se labró una reputación de drogas, robos y crimen. El hecho de que sea la cuna de una de las comunidades gitanas más numerosas tampoco ha ayudado a mejorar dicha reputación. Hoy día, más de 9000 gitanos españoles viven en los 10 precarios bloques de pisos de protección oficial que van desde Sant Adriá hasta La Mina. Aunque habíamos leído posts en forocoches avisando de que era un suburbio de los de ir con cuidado donde los bienes materiales desaparecían como por arte de magia, un martes soleado cogimos el tren para ir hasta allí. Lo que nos encontramos fue un montón de tíos obsesionados con unos pequeños pajaritos.


Originarios del sureste de Asia, los concursos de canto de pájaros forman parte de la cultura gitana española desde hace al menos 150 años. Barcelona es el centro del comercio de pájaros (hasta 2005, más o menos, las Ramblas eran más famosas por sus paraditas de canarios de colorines que por los carteristas), y esta es una tradición que sigue muy viva en los barrios pobres de la ciudad. Aquí, en cualquier día de la semana, las plazas están llenas de hombres con gafas de sol y polos pasando el rato, vendiendo maría y hablando de ornitología.

“Nací con un pájaro bajo el brazo. Vivíamos delante de una tienda de mascotas, y mis tíos me mostraron sus pormenores”. Vicente hace de voluntario como brillador en las competiciones, que se llevan a cabo tres veces por semana en el Bar Somorrostro. Como juez o árbitro, está atento a signos que indiquen que los pájaros están a punto de “pegar”, un tipo específico de llamada de apareamiento que decide cuál es el ganador; esto no es nada fácil cuando son unos diez pájaros los que compiten a la vez. Como todo el mundo aquí, Vicente tiene mucho tiempo libre. “Hago un poco de todo. Chatarrero, trabajos varios, en el mercado. Para un payo, perder un trabajo es el fin del mundo, pero nosotros sabemos cómo ganar unos 20 ó 30 euros al día y eso es todo lo que necesitas”. Aunque también en esta economía alternativa gitana se están notando los efectos de la crisis. “Ahora, hasta los robos no son tan lucrativos como antes”, dice. “La gente lleva menos dinero encima”.

No hay muchos árboles en Sant Roc, pero el sonido de los pájaros está por todas partes. Entre las 11 de la mañana y las 2 o las 3 de la tarde, la plaza está llena de hombres jóvenes con jaulas de pájaros cubiertas con trapos de colores. “¿Que por qué los cubrimos? Es para mantenerlos cachondos…” Juan, un belicoso treintañero con barriga cervecera y media calva nos lo cuenta. “Es lo mismo que con los hombres. Incluso si te casaras con Miss España, si tuvieras que verla cada día no querrías tirártela”. Pero no es cruel. “No, para nada. Les damos de comer, los cuidamos. Un pájaro que no esté sano jamás cantaría. Entre la comida, las medicinas, etc., nos gastamos en ellos más de 20 euros por semana”.

“También los damos una ayudita, ya sabes, inyecciones de testosterona”. Este es el momento más “¿pero que cojones es esto?” del día: cuando nos damos cuenta de que a muchos de estos pájaros les administran esteroides. “Pero no son drogas”, afirma Juan. “Solo les ayuda”. Como todo en el mundo de los gitanos, parece que las reglas de lo que es o no es legal son un poco difusas.

“Es un hobby”, nos dicen una y otra vez. “Solo es algo que hacer, una de las pocas tradiciones que nos quedan”. He oído esta frase miles de veces, casi tantas como los rumores de cuánto puede ganar un pájaro en racha. “Hay un tío en Santa Coloma que tiene un pinzón que vale 12.000 euros”, nos cuenta un crío de por ahí. Otro tío nos cuenta la historia de cómo perdió 6.000 euros cuando su canario campeón murió antes de cerrar el trato.

Ejemplifican muy bien esta fricción entre lo legal y lo ilegal los esfuerzos de Bernardo, “El Chache”. Hijo de un patriarca gitano y predicador en la iglesia evangélica local, también es el dueño del Centre Ocellaire Bar Somorrostro, donde se celebran las competiciones legales. Aunque él no tiene pájaros, empezó a organizar las competiciones hace un año, repartiendo jamón y vino a los ganadores, en un intento de trasladar las competiciones de las plazas a espacios legales. “No sé qué hacen el resto del día, pero entre las 5 y las 7 están aquí, así no están en las calles montando jaleo”. Durante esas horas, los martes, miércoles y sábados el bar está lleno de hombres. El olor a mierda de pájaro y los trinos hacen que emborracharse sea obligatorio. Para un extranjero es casi imposible saber qué está pasando: estos concursos pueden durar hasta hora y media, durante la cual el ganador de cada ronda se retira a un rincón para esperar a la final. Una vez repartida la última ronda de jamón, la gente se dispersa y vuelve a casa o a la iglesia. “La iglesia es lo mejor que le ha pasado jamás a un gitano”, dice Bernardo. Y aunque él no evangeliza, montar las competiciones es su forma de demostrar a su comunidad que es posible hacer las cosas de un modo diferente.

“Ha llegado el momento de que empecemos a apostar por los nuestros”, nos cuenta. “Los días del caballo y el carro se han terminado. Tenemos casas, coches y una nueva generación de hijos que van en la dirección correcta. Ya es hora de que les aportemos algo”.

 

Texto: Paul Geddis y Juan Soto Ivars

Fotos: Isis Uve

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