La historia de mi aborto

Por Francesca Brandelius

El año pasado me quedé preñada de un “guía de citas”. No puedo echarle la culpa a mi ingenuidad porque yo ya sabía a qué se dedicaba este señor e incluso me senté en una de sus conferencias mientras él intentaba guiar a un grupo de hombres por el mundo de las faldas y las chicas borrachas de la ciudad. Sin embargo, aunque todo esto me daba bastante, también me intrigaba.

Nos conocimos en la conferencia de “las 12 fases”. Hablaba bien. Era bajito, pero aún así, guapo. Empezamos un noviazgo vía Skype mientras él viajaba por el mundo; yo en San Francisco, él en Río, yo en Austin, él en Trinidad. Me enteré de que tenía dos hijos a los que no les hacía de padre, con una mujer a la que faltaba al respeto verbalmente. No se llevaba bien con su madre, y me contó cómo animó a su primera novia a montárselo con un montón de tíos delante de él para ayudarla a “superar” una violación en grupo que había sufrido hacía unos años. Aunque me lo contó un poco avergonzado, yo debí haber sabido que esa era la pista que me decía que tenía que salir de ahí cagando leches.

Después de acostarnos durante una semana hice eso que odio hacer pero que hago igualmente: cotillearle el teléfono. Sé que es una violación de la intimidad. Sé que es horrible, y que no es honesto y es feo de narices. Pero lo hice de todos modos. Lo que encontré fue un mensaje de su novia (con la que tenía una relación a distancia) que decía: “Sé que algo va mal. Siento algo extraño. No te puedo perder. Si quieres que pierda peso, lo haré, pero por favor, no me dejes”. De repente, empecé a sentir náuseas. No quería contarle lo que había leído, así que tenía que encontrar el modo de hacer que él me lo contase. Un rato más tarde, mientras él hacía la cena, ella lo llamó y él no lo cogió. Aquella noche me seguí comportando como si no hubiese pasado nada. Pero, mientras follábamos, yo no podía dejar de hablar.

“Esto no puede ponerse serio”, le dije, cuando empezábamos.

“Ya sabes que me estoy enamorando de ti”. Me miró.

“Pero tú ya tienes una novia”, dije.

“Parece que estás muy convencida de eso…”.

“Tengo que contarte algo. Y te vas a cabrear”.

“¿Qué pasa?”

“Te he mirado el teléfono, y he leído tus correos. Sé que tienes novia”.

“¿Y cómo te sientes al respecto? Me cogió de las caderas y empezó a metérmela otra vez. ¿Dónde coño me estoy metiendo? Pensé.

“No puedo salir contigo si tienes otra novia”, le dije.

“Tenía miedo de que lo supieras. Tenía miedo de decírtelo”.

“Aún así, no puedo salir contigo”. Me apartó y se puso encima.

“Lo entiendo”. Se apoyó en mí y me besó.

¿Qué cojones estoy haciendo?

Después de corrernos, cada uno se fue por su lado. Aquella semana empecé a leer un libro que le había robado. Lust Anger Love (Lujuria, Rabia, Amor) de Maureen Canning, una terapeuta que trata las adicciones sexuales. Su libro muestra un abanico de dinámicas que son tabú en las relaciones, fetiches con los que sus clientes han tenido problemas y detalla el escenario exacto de la infancia que estos individuos están recreando en su vida adulta. Vi muy claramente que uno de mis patrones era enamorarme de hombres inalcanzables. Todos los tíos con los que había salido eran o ex novios de una amiga, o amigos de los ex de mis amigas, o tíos que acababan de salir de relaciones o tíos que también les gustaban a mis amigas.

Dos semanas después estaba sentada en la cama y empecé a sentir algo muy extraño en la barriga. Estoy embarazada, me dije. Mientras que lo primero que el resto de la población normal hubiese hecho hubiese sido ir a la farmacia y comprar un test de embarazo, yo decidí que lo que haría sería escucharme un CD de música de los Nativos Americanos y meditar y preguntarle a mi cuerpo si estaba o no embarazada.

Tres meses antes, durante las vacaciones, había ido a visitar a mis abuelos adoptivos. Prácticamente son mis padres. Me fui a vivir con ellos a los 14 años después de que mis padres adoptivos se separasen. Aguantaron mi rebeldía durante mis años de adolescencia y aún así me quisieron incondicionalmente. Cuando toqué fondo y por fin me desintoxiqué a los 21 años me abrieron sus brazos de nuevo, y me dijeron que podía volver a su casa cuando quisiera, y que ahí siempre tendría un hogar. Aquel invierno mi abuelo empezó a perder la cabeza y mi abuela sufría mareos de vez en cuando, así que se pasaba la mayor parte del día sentada. Mientras que la salud mental de mi abuela era perfecta, la de mi abuelo cada vez iba a peor, y viceversa con la salud física. Todo lo que él quería hacer era caminar, justo lo que ella no podía hacer. Ella necesitaba ayuda con la casa, y él no era capaz. Me hundí mucho cuando me di cuenta de que pronto podrían morir.

Le escribí a mi abuela una carta de cuatro páginas diciéndole lo mucho que me había cambiado la vida. Empecé a llorar y le escribí que temía que ella se muriese antes de que yo encontrase pareja, antes de que aprendiese a cocinar y a ser madre. Le dije que había sido la mejor madre del mundo, y que era la única persona de la que creía que podía aprender todas esas cosas. Puesto que yo no podía controlar el momento de su muerte o el momento en que sucederían todas las otras cosas, le pedí que contestase a una docena de preguntas, que formaban parte de las siguientes categorías: ser madre, cocinar, jardinería y educar a los hijos.

La carta le hizo llorar. Al día siguiente me aseguró que lo haría todo bien y fue a casa de mis tíos y les pidió que se hiciesen cargo de mí cuando ella y el abuelo ya no estuviesen. No fue la respuesta que yo estaba esperando. Yo me esperaba un manual escrito a mano, una Guía de la vida para la nieta tatuada y un poco sueltecita.

Cuando descubrí que estaba embarazada, pensé que este era el momento de que mi abuela me enseñase todo lo que ella sabía. Podía mudarme al apartamento de al lado de su casa y ella podría enseñarme a ser una buena madre. Allí podría aprender a cocinar y a cuidar el jardín, y a lidiar con la educación de los hijos y todo eso.

Inmediatamente le mandé un mensaje al tío con una foto de dos tests de embarazo que habían dado positivo. Él me llamó al minuto.

“Hola”, respondí.

“Hola. Pff…”.

“Sí”, dije.

“¿Qué quieres hacer?”, me preguntó.

“No lo sé. Creo que quiero tenerlo”.

“Yo no quiero tenerlo”, dijo él.

“Wow. Bueno, vale”. Me quedé de piedra ante su franqueza. Este era el tío que en medio de un polvo me había dicho que quería tener hijos conmigo.

“¿Cómo que ‘bueno, vale’?”, dijo.

“Pues que vale, que ya te haré saber la decisión que haya tomado”.

“Yo también debería ser parte de la toma de dicha decisión”.

“Ya lo estás haciendo. Ya has dicho lo que piensas y yo te comunicaré lo que decida”.

“Pero también me afecta a mí”.

“Muy bien”.

“Te pagaré el procedimiento”.
“De acuerdo”.
“¿Sí? ¿Eso es que lo harás?”, preguntó.

“Eso es que ya te comunicaré mi decisión final”.

Colgamos. Me sentía fatal.

Cada día que pasaba podía sentir los cambios en mi cuerpo, como si mi cuerpo estuviese lleno de electricidad. Aunque este tío no fuese el candidato ideal para ser el padre de mi hijo, de algún modo yo sentía que lo adecuado era tirar para adelante. Descubrí que a los 28 años y habiendo estado limpia durante 7 años yo iba a ser el miembro de mi familia que había tenido hijos más tarde, y con suerte, también sería la que estaba más sana, al menos en el campo de la droga, y además con una carrera más o menos exitosa. Todas estas señales indicaban que me estaba acercando a la madurez.

Entonces llamé a mi abuela. Yo ya tenía los billetes para irme a California la semana de su 80 cumpleaños y decidí que lo mejor sería contárselo por teléfono, para ahorrarme tener grabadas en la memoria sus posibles reacciones faciales.

“¡Frankie!”, chilló. “¡Pero si eres una chica culta e inteligente!”

“Lo sé…”, dije.

“Estoy muy decepcionada”.

Se me encogió el corazón.

“Bueno, no creo que sea buena idea tenerlo, pero es tu decisión”.

Aceptar consejos de gente que ya tiene lo que tú quiereses una frase muy común en el discurso de las 12 fases. En otras palabras, no les pidas consejo sobre fidelidad a los desleales ni consejo sobre dinero a los que están en bancarrota. Mi abuela tenía lo que yo quería, un compañero que le había durado 58 maravillosos años y una familia encantadora.

Volé a California para ver a mi abuela, y decidí que alargaría mi viaje tanto tiempo como necesitase para averiguar qué coño iba a hacer con mi vida. Llegué a casa y mi abuela estaba cocinando. Paró, se acercó a mí y me abrazó.

“Oh, Frankie”, dijo. “Me sabe muy mal que tengas que pasar por todo esto”. Empecé a llorar y le dije que se lo agradecía y que la quería.

“Nosotros también te queremos”, dijo. “He hecho galletas”.

Sonreí.

Durante la semana siguiente enfoqué el tema desde todos los ángulos posibles y lo hablé con casi todas las personas con las que me crucé. Tener el bebé, no tenerlo, darlo en adopción, dárselo a algún amigo cercano, dárselo a una pareja gay, tenerlo, no tenerlo… Fui a comer con un chico con el que me había estado liando meses antes de quedarme embarazada. Era un inglés muy atractivo que cocinaba comida gourmet. Tenía un sentido del humor genial y una carrera estable en una empresa del sector de la tecnología. Él era el tío que debería haberme dejado preñada.

“No pasa nada. Follaremos hasta que el bebé termine descolgándose”, me dijo mientras cenábamos en un restaurante indio. Él se rió y yo tuve una arcada.

Fui a una charla para mujeres. La primera charla a la que había asistido desde hacía muchos años, sin esperanza y tremendamente jodida. Lloré y mostré lo avergonzada que estaba por mi situación. Dos mujeres de 40 años me dijeron que querían adoptar a mi bebé, y una tercera mujer me abrazó llorando. Ella acababa de sufrir un aborto de gemelos. Una amiga vino a recogerme y me llevó a casa y me dijo claramente que creía que debía abortar.

“Creo que cuando haya toda una generación de niños que han venido al mundo porque sus padres los querían tener desesperadamente, el mundo cambiará”. ¿Acaso no era eso lo que yo quería?, pensé. “También me preocupa que Ian y yo terminemos educando al bebé”.

Era una posibilidad. Ella y su marido eran mi primera opción como padres adoptivos.

De camino a mi tercera sesión de terapia me topé con una agencia de adopción. Después de salir de la agencia llamé al guía de citas.

“¿Qué te parecería la opción de darlo en adopción? Hay muchas parejas gays en San Francisco. Yo fui adoptada y mi madre adoptiva también. Esta podría ser una buena solución. Podríamos ayudar a que otras personas empiecen una familia”. Le dije todo lo que pensaba, un poco entusiasmada.

“Frankie, no. No quiero que otra persone críe a mi hijo”, dijo.

“¿En serio? ¿Quieres que aborte pero no quieres que ora persona críe al niño?”, pregunté.

“¡No! Son cosas totalmente diferentes. Si el bebé nace yo quiero criarlo. Quiero formar parte de su vida”.

“¿Entonces te parece bien que lo tenga?”, pregunté.

“No. No quiero que lo tengas y no quiero que lo pongas en adopción”, dijo.

“¿Es una broma?” Le odiaba.

Fui a terapia y le conté a mi terapeuta lo de la agencia de adopción y lo que me había dicho él. Rompí a llorar.

“¿Cómo quieres que sea tu vida?, me preguntó. “¿Qué quieres realmente?”.

“Quiero terminar mi libro, viajar por el mundo, hacer arte, enamorarme de alguien con quien pueda construir una vida”.

“Vale”, suspiró. “Ninguna de estas cosas consiste en tener un bebé ahora mismo. Frankie, has tenido muchos hilos sin atar en tu vida; no sabes quiénes son tus padres. Dar este bebé en adopción es dejar otro hilo abierto. Estoy segura de que es un sentimiento al que ya te has acostumbrado, pero quiero que pienses sobre lo que realmente quieres para ti misma. Esta es una oportunidad para que hagas de ti misma la prioridad, ya que nadie nunca ha podido darte eso”. Mi plan era llamarla Odessa. Me parecía que iba a ser una niña.

Cuando era adolescente, solía pensar que mi madre debería haber abortado. Les decía a mis compañeros que no era cuestión de odiarme a mí misma. “Estoy viva, soy feliz, pero es cuestión de ser práctico: los adictos a las drogas no deberían tener hijos”. Nunca imaginé que tendría que batallar contra mi propio juicio, lleno de dudas y pánico por lo que los otros pudiesen pensar de mí. Estaba petrificada, no solo por lo que los demás pudiesen pensar que había sido una idiota por enamorarme del tío equivocado otra vez, sino también por miedo a que pensasen que soy una ilusa por creer que podría ser una buena madre.

Después de la terapia fui a casa y le conté a mi abuela que había cambiado de opinión y que había decidido abortar. Me abrazó. “Creo que has tomado la decisión correcta”. Me metí en mi cuarto y, tras unas pocas horas, volví a salir con un plan.

“Existen un montón de técnicas hippies para abortar”, le expliqué a mi abuela lo que había leído por Internet. “Una de ellas dice que si bebes té de perejil ultraconcentrado la sobrecarga de vitamina C rechazará el embarazo de forma natural”.

Me miró y se encogió de hombros mientras alargaba el brazo para coger de la estantería la enciclopedia ilustrada de las plantas y hierbas. Buscó la entrada del perejil. “Se dice que los romanos usaban el perejil en las orgías para aplacar el olor del alcohol en el aliento mientras que también ayudaba a la digestión. Los griegos lo asociaban con la inconsciencia y la muerte.” Asentimos al unísono.

“Bueno, tengo perejil en el jardín, pero ¿estás segura de que no prefieres que te lo haga un médico?” me preguntó.

“Iré a que me lo haga un médico si esto no funciona. Pero quiero probarlo. Siento que es lo adecuado.”

“De acuerdo”. Y me mostró dónde estaba el perejil.

Había una parte de las instrucciones que no le conté a mi abuela, y es que parte del procedimiento consistía en introducirme perejil en la vagina. Ella no tiene por qué saberlo todo, me dije a mí misma. Después de lavarlo y hervir agua para el té, me metí un poco de perejil por ahí, bebí el té y esperé.

Dieciocho horas después empecé a sangrar. Nada de calambres, solo un filón de sangre rosada. Tenía otra sesión de terapia así que me metí en el coche y conduje hasta el sitio. Llegué a su despacho y le conté lo que había hecho.

“¿Qué? ¡Frankie! ¡Ve al hospital!”, me dijo.

“¿En serio? Pero si solo es vitamina C. No puede ser tan peligroso y ni siquiera estoy sangrando tanto”, le contesté.

“¡Si no funciona tendrás un niño deforme!”

“Vale”, suspiré.

Fui al baño, me quité el perejil de ahí abajo y fui al hospital. Les conté que estaba sangrando mucho pero no dije nada de lo del perejil. Después de una visita de 6 horas con amigos, comida y un ultrasonido me mandaron a casa.

Al día siguiente llamé al guía de citas. Se ofreció a venir y estar conmigo durante el aborto, pero yo no le quería ahí. No quería pensar en lo que había pasado, o en cuanto le odiaba, o peor aún: cuanto me gustaba todavía. Odiaba esa parte de mí que todavía lo quería y quería su bebé, aunque estuviese fatal. Odiaba todo esto.

El día del procedimiento una amiga que se había ofrecido a adoptar el bebé me llevó a la clínica.

“¿Quieres que cancele todas mis citas de hoy?”, me preguntó.

“No, pero gracias. Puedo hacerlo sola”. Nos abrazamos.

Llamé a mi amiga la enfermera, que tenía dos hijos y era una especialista en la recuperación de estas cosas.
“¿Cómo te encuentras?, me preguntó.

“Triste. No siento que haya decidido abortar por mí misma. Siento que simplemente he confiado en la gente que más me quiere”.

“Vas a sentir muchas emociones. ¿Qué te parece tomarte pastillas para el dolor?”

“Me parece bien”.

“Te lo digo porque los ex drogadictos suelen recaer con este tipo de pastillas. Cuéntales que te estás planteando tomarte pastillas y cuéntame que consejos te han dado”.

La enfermera me dijo que tenía tres opciones: tomarme dos pastillas de Hidrocodona ahora, y que me diesen una receta para seguir tomándomela luego. O un Valium para la ansiedad ahora y una receta de Hidrocodona para después. O Fentanilo por vena antes del procedimiento y 800mg de ibuprofeno después”.

Se me revolvió el estómago. Llamé a la enfermera.

“Bueno, el Fentanilo hará su efecto rápido y ya está”, dijo. “la Hidrocodona tardará más en hacer efecto y tendrás que tener cuidado de no engancharte cuando te la sigas tomando luego. ¿Sientes que tienes ansiedad? ¿Crees que necesitas el Valium?

“Me gusta el Valium, pero no siento ansiedad así que supongo que no lo necesito, y no creo que deba tomar mucha medicación no vaya a ser que decida empezar a tomármela como si fuesen caramelos, así que el Fentanilo me parece la mejor opción. ¿Tú qué harías?”

“Yo me tomaría el Fentanilo”, dijo.

“Vale. Creo que yo también haré eso”.

“Bien. Llámame de aquí a un rato y dime cual es tu decisión final”.

Siempre me había imaginado que los abortos son una intervención horrible durante la cual te meten una aspiradora por la vagina. Una enfermera dijo mi nombre, me llevó a la sala en la que se llevaría a cabo el procedimiento y me pidió que me desnudara de cintura para abajo. Sentía náuseas. Después de un rato entraron una doctora y otras dos enfermeras. Se presentaron y me describieron lo que iba a pasar a continuación. Una de las enfermeras me cogió la mano para consolarme, mientras que la doctora y otra enfermera llevaban a cabo el aborto. Me preguntaron si tenía alguna pregunta.

“¿Oiré algún ruido?”, pregunté.

“Nada significativo”, contestaron.

“¿Nada de ruidos de aspirador?”

Se rieron y contestaron que no, y me pidieron que me tumbase mientras me hacían un sonograma.

“¿Quieres verlo?” me preguntó mientras sonreía.

“¿Las otras chicas suelen verlos?”

“Algunas sí y otras no”.

“No sé qué se supone que debo hacer”. Busqué alguna respuesta en sus caras.

“Depende de ti”, dijo la doctora.

“Quiero verlo”, dije.

Imprimieron una imagen en blanco y negro, y ahí estaba, esa judía diminuta. Sentí que se me encogía el corazón. Todo saldrá bien. Pude sentir que el pequeño dentro de mí me decía que no pasaba nada, que nos volveríamos a encontrar, y que no me preocupase.

“¿Puedo hacerle una foto?”, pregunté.

“Te daremos una copia”.

Me tumbé en la mesa y la enfermera me puso una vía. Estaba alucinada de lo bien que se estaban portando todas conmigo: las mujeres que ayudan a otras mujeres a pasar por estas situaciones deberían ser santas. Cuando los medicamentos empezaron a hacer efecto empecé a hablar. “Mi abuela y mi abuelo se conocieron en la universidad, en clase de español, y se ganaban la vida haciendo cerámica pero en realidad mi abuelo era arquitecto y… mi abuela me quiere mucho pero… ella no creía que yo debiese…” Wow, inmediatamente me di cuenta de que estaba colocada.

“Joder, me encantan las drogas”, suspiré.

Se rieron.

“Yo no sé qué tienen pero son geniales…” empecé a oír un eco. “Probablemente sea eso…. que no creo que sean para tanto”.

Miré a la enfermera que me sostenía la mano.

“Sí… hace siete años que estoy limpia y sobria… esta es la primera vez que vuelvo a tomar medicamentos… en siete años”, susurré.

Las tres se quedaron boquiabiertas.

“No os preocupéis, hablé con la otra enfermera, y con otras mujeres ahí afuera”.

Después del procedimiento me levanté y me empezó a salir sangre de entre las piernas. Miré hacia abajo y vomité. La doctora me dio unas toallas. “En la cultura de los Nativos Americanos eso significa que te estás curando”, dije. Miré el vómito. “Qué bonito”.

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