La muerte del hobo americano

Por Aaron Lake Smith; Fotos de Jackson Fager

Cuando camino por una ciudad, un suburbio o un bosque, siento un gran alivio cuando me encuentro con vías de tren. Es como si los miedos, dudas y ansiedades del día a día desaparecieran. Se afloja la presión que la civilización y este mundo ejercen sobre mi cabeza y por unos momentos puedo respirar con libertad. Las vías de tren persisten en las sombras de nuestro crudo, digitalizado futuro a lo 2001: una odisea del espacio, reliquias de aquella época en la que mastodontes de hierro y vagones Pullman atravesaban la noche, negra como la tinta, cruzando campos agrestes en viajes manchados por el diesel del motor.

En esta interminable matriz de calles, coches, torres de telefonía, negocios, casas, trabajos y familias, las vías del tren son una trampilla de salida, un hueco, una excepción donde aún reina el silencio y la anarquía.

Si caminos y autopistas son las venas de Norteamérica, los cientos de miles de kilómetros de vía férrea son como esos diagramas de chakras en las salas de acupuntura, los flujos de energía escondidos que afectan a todo el cuerpo. Es como si el vapor de cientos de años del rudo espíritu aventurero estadounidense estuviese impregnado del embriagador aroma del alquitrán caliente. Es el último lugar verdaderamente norteamericano, libre de los pesares del progreso moderno.

Mucha gente sabe que, a mediados del XIX, Henry David Thoreau se mudó a una cabaña junto a una laguna en las afueras de su pueblo natal, Concord, Massachusetts, donde vivió dos años mientras escribía Walden. Lo que no es tan conocido es que la cabaña estaba a menos de cien metros de las vías que llevaban a Concord, y que sólo tenía que seguirlas 30 minutos para llegar a casa de su madre.

En una reciente visita a la laguna Walden, maravillándome ante ese lugar prístino que Henry David había elegido para su experimento, entendí que sin las vías del tren —esa cuerda salvavidas, ese rastro de migas de pan que podía seguir para volver a la civilización— su retiro se habría convertido en un interminable infierno. Thoreau dio con lo mejor de dos mundos, con eso que todos queremos: naturaleza y civilización en un pulcro paquete.

Puedo imaginar cómo, durante algunas noches frías, cuando añoraba a sus amigos en Boston y se preguntaba por qué había regresado a su pueblo natal para cultivar judías verdes, el silbido del tren recorriendo el bosque le devolvía el coraje para continuar con su trabajo en su pequeña cabaña, recordándole que, aunque estaba solo, todavía era parte de la humanidad.

Crecí en los suburbios de Carolina del Norte, una zona tranquila y boscosa en el este del país, donde el tren de carga es una parte fundamental en la textura del paisaje. Durante mi etapa en el instituto, en las largas noches de otoño, mientras las hojas multicolor caían en mi vecindario, oía en la distancia el estruendo de la banda de música escolar y el silbido del tren mientras se abría paso entre los densos bosques de hoja caduca, y mi espíritu se llenaba de emoción por el futuro y todo lo que faltaba por hacer.

Pasé mis años de formación en las vías. Bajar por un barranco de arcilla o abrirse paso entre el follaje para encontrar un mundo escondido detrás del aparcamiento de una farmacia tenía algo mágico.

Justo después de cumplir 18, una fresca tarde de otoño salté a mi primer tren de mercancías en Raleigh, con mi amigo Doug MacPherson. Las horas que pasamos echados sobre su carga de madera alquitranada, intentando descifrar el misterioso trasiego de vagones y locomotoras en la estación, se me quedaron grabadas en la médula de mis huesos; como un puzzle que no entiendes pero comienza a tener sentido cuanto más lo miras. Mi amigo Cricket, un experimentado polizón, nos había dado un pequeño mapa hecho a mano para ubicarnos una vez llegáramos a la estación de Linwood, al oeste de Carolina del Norte. Su consejo fue la advertencia que se le da a todos los que viajan por primera vez: “Agachaos y no dejéis que nadie os vea”.

Mientras nuestro tren salía chirriando de Raleigh, ignoramos el consejo de Cricket y nos sentamos sobre la plataforma, a la vista de los automovilistas parados en los cruces de tren. Saludar a los conductores mientras pasábamos tenía su encanto: cuando nos veían, sus rostros se iluminaban, nos señalaban y decían: “¡Mira, hobos!” Era como si vernos sentados encima del tren les hiciera creer de nuevo en cosas misteriosas; la contemplación de lo desconocido.

El paisaje desde las vías es completamente distinto al que uno ve desde la ventana de un coche: no hay gasolineras, anuncios, bares, aceras ni peatones. Es un mundo de solares abandonados y sombras en patios traseros mal iluminados, perros callejeros que aúllan, vagabundos bebiendo bajo los puentes, monolitos de cemento y postes de teléfono cubiertos por enredaderas. Una vez te alejas de las carreteras y llegas al campo abierto, te encuentras con una naturaleza virgen, un lugar que no ha sido marchitado por la civilización.

Con nuestro ajado mapa, de camino a un lugar extraño, Doug y yo nos sentimos como los primeros norteamericanos; pioneros lejos de casa, embarcados en una gran aventura. Así comenzó mi complicado y mal correspondido amor por viajar en trenes de carga.

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