Libros



1-HERVIR UN OSO
Jonathan Millán y Miguel Noguera
Belleza infinita

Un ultrashow, como su prefijo indica, vendría a ser un espectáculo que atraviesa el espectáculo. También una puesta en escena fuera de campo, el dorso del diorama, el maderamen, algo de eso. Los ultrashows son un asunto humorístico que juega a tensar el sedal del humor hasta el punto de—si encarta—negarle al humor su pan y su sal. Meterle un palo caliente por el culo al humor. Lo que haga falta. O estamos o no estamos. Los ultrashows son un ataque frontal, que es lo que debería ser siempre el humor, y su artífice (su artificiero, mejor) es Miguel Noguera, hombre aspersor, congelador de hipótesis, un señor que sale al escenario y espolvorea ocurrencias, reflexiones en el filo, astracanadas audaces, cientifismos sin calibrar e ideas arbitrarias que a menudo cristalizan en un chiste desabrido y otras veces habrán de germinar en el receptor para allí en su cabecita ir haciéndole meandros, chiribitas intelectuales y del absurdo. Noguera lleva un tiempo jugando ese espectáculo de formato mínimo en internet, en pequeñas salas y en paraninfos, y ahora, en comandita con el dibujante Jonathan Millán, ha vertido ese ir y venir suyo al atril de las ideas en 1-Hervir un oso, uno de esos libros bombonera, de ir golosineando cápsulas de ambrosía, más o menos delicadas, que nos estallarán bajo la lengua aunque no sepamos con exactitud qué carajo es la ambrosía, qué demonios comían los dioses. Millán, notable desde la proteica portada, suple gráficamente el arma clave de Noguera en directo: su presencia gestual y su poderío escénico. Con un estilo de dibujo riguroso y sin engreimientos traza un diagrama común y aporta los énfasis y los hincquality apiés que requiere cada pieza (50 componen el libro), y la palabra ambrosía, la palabra misma, la idea de la palabra, nos estallará bajo la lengua, muy fuerte, et voilà: todas esas glándulas en reacción. Hay que dejarse. Está cojonudo.



HOMER y LANGLEY
E. L. Doctorow
Miscelánea

Los hermanos Homer y Langley Collyer decidieron un día de principios del siglo XX vivir a tope en su negociado doméstico, en una actitud de disidencia social que iba a hacer de ellos leyenda e institución. En su aislamiento llegaron a acumular más de cien toneladas de basura entre instrumentos musicales (¡14 pianos!), computadoras, bicicletas, armas, pinturas, el chasis de un Fort T, órganos en formol, maniquíes, más de veinticinco mil libros y un etcétera de mierda sin aplicación. Allí vivieron décadas de hacinamiento progresivo hasta su defunción en 1947, que se erigirían en símbolos de alguna miseria si acaso global, porque en lo particular todavía contaban con un capital de respeto. Según esta novela, que ficciona la decadencia de la pareja desde la voz del invidente Homer, el acabose lo deflagró la obsesión de Langley por concebir un periódico único y eterno, un periódico profético que sustituyese todos los periódicos. El menor de los Collyer, con el futurible de la globalización tras la oreja, fundaba su empresa en la idea de que no existían eventos seminales o sin precedentes, ya que unos reemplazaban a los anteriores, y que por tanto no hacen falta detalles para dar una idea de la Forma Universal—Estadounidense—. En su determinación empezó a comprar las ediciones matinales y vespertinas de todos los diarios, la prensa económica, las revistas de sexo, los boletines marginales, las gacetas del mundo del espectáculo..., cuyo contenido parcelaba en un sistema de archivos extraño y unificador mientras el papel iba tabicando la vivienda y los ácaros se ponían ciegos. De ahí a la descivilización absoluta hay un paso. Doctorow toma la vida de estos dos figuras como andamio para, sin salir del 2077 de la Quinta Avenida de Manhattan, edificar un hilván secular que recuerda en esa intención (y también en los brotes constantes de humor) a los grandes trabajos de Eduardo Mendoza, aunque su ambición en el fresco no es tanta y si bien injiere eventos como la Segunda Guerra Mundial, la de Corea, el jipismo o ese “interminable proceso de las mutaciones empresariales en el que nada cambia ni mejora”, el libro se instala un poco en el retrato afectuoso y en el tributo a la memoria. Homer y Langley trae también el perfume de cosmogonías entrópicas como La isla de cemento o el Rascacielos de Ballard, aunque la conciencia precisa del narrador Homer acerca de su disolución impide en algunos tramos un trabajo literario de aquella excelencia. Pero, en fin, que me encuentro poniendo pegas y será que tengo el día, porque un libro que enfrenta así la mínima consideración que merecemos como especie no puede más que despertar mi simpatía.



ESPECIAL CHUCK NORRIS. 3 HISTORIAS DE HOMBRES TRISTES, VIDAS ROTAS Y SUDOR HUMANO
VV.AA.

Número especial del fanzine Chuck Norris que viene embolsado como un cuerpo y disperso en tres pliegos austeros, sin bibujos, sin tonterías. Tres Grandes Aventuras novelescas con valor y fundamento: Cosas que contar antes de morir, de Pol Rodellar, El día que me fui de putas, de Javier López, y “El datos”. Crónica de un hombre condenado a no olvidar, de Cigarro. En el temario convergen los asuntos que de siempre les son queridos a estos señores: “vino, zorras, muerte, heces, comida, humillación, monos, andaluces y cosas jodidas en general”. Se lee muy bien, fluye, pone, es vigoroso y masculino. Sabe a poco. fanzinechucknorris.blogspot.com

RUBÉN LARDÍN




THE WIRE
VV. AA.
Errata Naturae

Leer ensayos sobre la serie con la que más has flipado y más inteligente te has sentido es como pajearse a costa de ese polvo histórico que te reconcilió con la vida. Mola, pero no hay que abusar. David Simons explica con legítima chulería cómo su equipo de guionistas/maderos/reporteros hizo, a ritmo de novela hipperrealista y desde el más sincero cabreo, el trabajo sucio de explicar la naturaleza de las enfermedades urbanas de hoy armando una especie de tragedia griega en la que las fuerzas olímpicas mutan en instituciones como la pasma, la escuela, la política, la economía de la droga. Simons es muy grande. El relato inédito de George Pelecanos, también. Entre medio, varios intelectuales dicen cosas como “timing proustiano”, “si The Wire es The Beatles, Los Soprano es Elvis” o que la pedrada a la cámara de seguridad de los títulos de crédito es “una versión suburbial y contemporánea de la cuchilla en el ojo de Buñuel”. Hmmm, ¿mande?

SANTIAGO SALVADOR

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