LOS NIÑOS Y NIÑAS DE LIBERIA TIENEN MEJORES CAMISETAS VINTAGE QUE TÚ
VBS.TV visitó hace poco Monrovia, en Liberia, donde grabaron una película con tres líderes militares: el General Bin Laden, el General Rambo y el General Butt Naked. Durante esa semana grabamos en los suburbios, encima de montañas de basura incinerada tomadas ahora por okupas, en cementerios donde por la noche duermen niños ex soldados y, de forma realmente imprudente, en el peor burdel del peor barrio de la ciudad a medianoche. Parecía que todo el mundo había conseguido la ropa en tiendas vintage de Ebay.
“Qué extraño,” dije. “Estamos en un país donde sólo una quinta parte de la población tiene electricidad o agua corriente y hay un niño con una camiseta vintage de Exploited que en Los Ángeles se vende por 200£ en eBay para que un estilista pueda dársela a una banda de emo-rock de la MTV y luego la luzca en una entrega de premios”.
Apenas terminé de decir esto, nuestro guía local, un periodista canadiense llamado Myles Estey, me interrumpió con un suspiro y me explicó de dónde salían todas esas camisetas. Lo que vas a leer ahora es la explicación por escrito.
La oferta y la demanda tienen unas connotaciones completamente diferentes en Liberia. La demanda no controla los bienes que se suministran, sino que todo funciona completamente al revés.
La ropa es el ejemplo de esta cadena invertida. La economía en lucha de Liberia no tiene el poder de adquisición suficiente para dictaminar qué entra en uno de los países del mundo más dependientes de la importación. Su infraestructura está destruida por la guerra, así que la producción doméstica es escasa. Entra algo de ropa nueva en el país. Pero además de las gangas chinas que se venden en el Waterside Market, un mercadillo subterráneo lleno de basura, la mayor parte de la ropa nueva está muy lejos del alcance del liberiano medio, teniendo en cuenta que un 60% de la población sobrevive con un dólar al día.
Así que la demanda crea una cadena de distribución donde lo que triunfa son los costes bajos. Las donaciones de EEUU y la compra masiva al por mayor de ropa usada llena cientos de barcos contenedores con ropa que los americanos ya no quieren. Esto acaba repartido por toda África, pero Monrovia, -la capital de un país constituido por esclavos liberados de la imagen de EEUU del siglo XIX- recibe una gran proporción de ropa de Estados Unidos. Estos contenedores son los que establecen los parámetros de estilo. La moda viene marcada por lo que llega en estos barcos, y no al revés. Por ejemplo, en las últimas Navidades, podías encontrar camisetas de rayas multicolores de tela barata por 80 centavos en cualquier lugar del país. Era casi imposible pasar un día sin ver la camiseta de “Be the Reds”, fabricada a millones para promocionar a la selección de fútbol de Corea del Sur cuando fueron anfitriones del Mundial de Fútbol de 2002. Y en primavera, una ola de sombreros de copa apareció en las calles, imponiendo en las calles de la capital una moda entre los jóvenes. Pero estas remesas identificables no son nada al lado de la mezcla bizarra de cosas usadas con las que van disfrazados los peatones por la calle. La variación y el contraste pueden llegar a ser espectaculares. Vendedores de cacahuetes con camisetas de “Allman Brothers Live at the Fillmore”. Niños ex soldado musculados con camisetas blancas de “Tickle me Elmo” o camisetas negras adornadas con una Barbie rosa enorme. Mujeres increíblemente bellas que llevan camisetas holgadas con logos estúpidos dirigidos a patéticos cuarentones americanos: “No es una calva…es un panel solar del amor”. Ancianas con camisetas amarillas con el típico estampado háztelo-tu-mismo “Rock Out With Your Cock Out”. No hay ni pizca de ironía. De hecho, normalmente el que lleva la camiseta ignora lo que pone y sólo se fija en la talla, el color, la calidad y su percepción personal del diseño. Carretillas oxidadas llenas de camisetas hacen de centro comercial. Se puede ver a estos vendedores paseando por la calle, o en filas en las zonas de más actividad, mercados y aceras, vendiéndolas por unos dos pavos cada una, a menudo con un corrillo alrededor buscando la mezcla exacta de ingredientes para regatear una ganga. Dos dólares es un gasto enorme para muchos liberianos.
Las camisetas llevan una vida dura allí. La mayor parte de la gente tiene armarios pequeños, así que se ponen las camisetas una y otra vez a pesar del sudor, el sol y la humedad del África ecuatorial. Los niños liberianos son el último eslabón en esta cadena internacional de segunda mano. Llevan camisetas heredadas de hermanos, primos y vecinos, a veces rajadas y sucias hasta el punto de ser irreconocibles.
Aún así, nadie se anda con gilipolleces de si su camiseta no es la más nueva, la más guay, de un color u otro, y mucho menos si se trata de la marca de moda o no –aunque esas fueran las razones por la que la gente se deshizo de esas camisetas en su momento. En Liberia, pocos niños son conscientes de la diferencia de privilegios entre ellos y los que tiraron la camiseta en un contenedor de la caridad a un millón de kilómetros de allí.
FOTOS Y TEXTO: MYLES ESTEY & ANDY CAPPER
Traducción: Ainhoa Rebolledo
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