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Make Your Penis Bigger

Por Jorge de Cascante

By Jorge De Cascante

Jorge se apellida así de verdad. Es un HOMBRE con mayúsculas que vive en Madrid, encima de un bar, en una calle que huele a pis. Tiene entre quince y veinticuatro años. Cualquier día de estos abandonará la ciudad con un hatillo lleno de sueños al hombro y una cruz gamada pequeñita dibujada con boli Bic al entrecejo. Si escribes su nombre entrecomillado en Google y le das a la tecla ENTER, es muy posible que no encuentres nada.



Todas las razas, todas las castas.
Hombres cuyo hablar recuerda
al gruñido del simio.
Hombres de tierras tan remotas que
viéndolos a sus pies
desangrarse en el barro
siente que no es él, sino el género humano,
quien ha sido vengado.


Franklin Heredia, peruano maricón, murió asesinado. Parece claro que lo dejaron sin aire, sin sangre y sin postre. Al señor Heredia; no se nos escape: peruano y maricón, se lo ventilaron a mitad del segundo plato de la cena del veinticuatro, entre los chistes de su cuñado y las muecas de payaso listo de su padre, Heredia Senior, también peruano, que moría por levantarse de la mesa para ir al salón, encender la tele y descubrir si se llevaba los millones del cupón de una puta vez por todas. Entre todo esto, decía, y la ensaladilla con gambas del Carrefour y el agua templada del grifo en vasos de Ikea, se nos murió el héroe, el hijo del payaso listo, o lo mataron. Cuarenta y tres años a las espaldas y la gerencia de un Pizza Hut aguardándole pasadas las vacaciones, mil y poco euros al mes y una vida sin espumillón para el tipo, que cuando estaba vivo y no andaba por la franquicia de la masa fina, mataba las horas en su piso alquilado de una perpendicular a Bravo Murillo, con ese gato que vaya gato, un gatazo gordo al que había llamado “Amarte así, Frijolito”, que dormía todo el tiempo y dejaba en la moqueta unas cagadas imperdonables y sin final en el horizonte como veladas familiares de Nochebuena. Heredia, que nació peruano aunque a la hora de morir fuera español y que empezó en el bando contrario aunque hubiera acabado tragándoselas sin doblar, tenía todos los apuntes posibles del pasado en esa misma cena, la última de todas, en la que compartía mantel y anécdotas con su exmujer, Cinthia Zapata, una venus de Willendorf cajera del Mercadona, y sus dos hijos, Luis Héctor y Danny, que a primera vista resultaban maricones por legado y subnormales por distinción, todos ellos alejados de su esposo y padre desde la tarde en la que les relató, en corrillo y sin más, cómo se había cepillado seis veces con ausencia de remordimiento a su profesor de la autoescuela, un señor bien feo que vestía chalecos y poseía la discografía completa de Culture Club. Al otro lado, cara a cara con el inminente cadáver, erigía su figura Ramón, el nuevo marido de Cinthia, empleado de banca madrileño que se sentía un Francisco Pizarro del siglo veintiuno entre montones de huevo hilado, salmón y sudacas, y que nada más ver como la cabeza del progenitor de sus hijastros impactaba bajo su propio peso contra el mejunje de guisantes, patata cocida y mayonesa de la vajilla, no pudo más que reírse pensando que era una coña—como a él le gustaba decir—“de las buenas”.

Hermanos, hermanas, primos y sobrinos, estaban todos sin excepción hasta los riñones metidos en el negocio de la compra, la venta y el manejo de droga, ramo de traficantes de medio pelo jugando a ser colonos en una tierra largo tiempo conquistada. Al encuadre de la paz, la armonía y el amor, lo único que le faltaba eran unas bolsitas de cocaína colgando de las ramas del árbol de Navidad, entre las pelotas de discoteca del Lidl y los Papás Noeles de plástico, también del Lidl, medio derretidos por el influjo de una estufa. Ejecutado Heredia se acabó la rabia. Yo, que trabajo colocando carteles de promoción y dando voces para que no me mezclen la ternera con el pepperoni, yo, eh, ¿qué coño hago yo aquí?, se decía el infeliz un rato antes de palmar. Ahora que podría estar en casa, en el sofá sentado, viendo una película o tal vez limpiando los recuerdos de Amarte así Frijolito, mi gato sobrealimentado, qué hago aquí. Dónde resguardarse. La inercia de la fiesta, de las luces de neón y de la estrella de los Reyes de Oriente, que a un indio cholón de Pampahermosa (u otro lugar inventado), le deslumbra sin piedad. El aroma de los precios, una copa de lo que sea pero con alcohol, abrazar a un pariente odiado. Será que no sé ni quién soy, a estas alturas que me gasto, comenta en su fuero interno mirando hacia el cuenco de los langostinos a modo de confesión final. Y es entonces, al cruzar miradas en busca de marisco con Cinthia Zapata, Desdémona invulnerable que llegó de allende los mares, cuando Franklin Heredia, pizzero entre semana y peruano a tiempo completo, cae fulminado sobre su propia cena, sin resuello ni ayuda aparente, sintiendo en el último segundo el rebullir de un relámpago—lightning en inglés—entre sus costillas. Como una pelota Nivea estrujada en el fondo de un cajón en pleno invierno se desploma este hijo, padre y amante, sin llegar a catar la tarta de queso o apurar el vaso de agua del grifo. Todos dejan de comer con la carcajada inoportuna, sobrenatural y apenas diegética de un empleado de banca como marco, y empiezan a ponerse histéricos. Uno llama al servicio especial de urgencias para inmigrantes, otro sale corriendo y los niños gritan, pero nadie come. Porque la familia, al igual que una tumba, sólo se alimenta de hombres.



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