Marina D’Or: miedo al vacío

Por Jesús Brotons; Fotos de Ismael Llopis Navarro

Marina D’Or, en la provincia de Castellón, es un lugar extraño que a primera vista parece una mezcla indescifrable entre las Fallas, una feria de norias y caballitos y una Las Vegas venida a muy menos, todo ello impregnado en los meses no estivales de una atmósfera mortecina que imagino no muy distinta a la que debe reinar en Prypiat.

Próxima a Oropesa de Mar, una localidad cuya mención evoca pavorosas imágenes de tipos con bigote ralo maquinando privatizaciones raqueta de pádel en mano, Marina D’Or ha sido a lo largo de los años motivo de cabreo de ecologistas por la “atilesca” devastación que para el ecosistema de la zona supuso su construcción y expansión cual cáustica masa devoradora de litoral y áreas verdes; objeto de investigación por presuntos (en España todo es presunto, un estado intermedio entre la sospecha fundada y el agua de borrajas) delitos de tráfico de influencias y prevaricación urbanística, y patrocinada ubicación de galas líricas y certámenes para la elección de misses.

Lasciate ogne speranza, voi ch'entrate. Del arco de entrada a Marina D’Or, una especie de enorme construcción megalítica con un algo de unicornio, se especulará dentro de varios milenios su posible finalidad religiosa.

Marina D’Or disemina por el aire esporas que, al contacto con la tierra, se convierten en campos de golf, y su hipercromática piel no la cubren escamas sino hoteles y aparthoteles. Presos de un horror vacui llevado a extremos preocupantes, sus responsables se aseguran en un work-in-progress eterno de cubrir hasta el último rincón visible con murales, grabados, mosaicos y trampantojos, la mayoría de estos mixtificaciones de argamasa y cartón piedra de motivos reconocibles por todo el mundo, tanto da que sean los moai de la Isla de Pascua, una pagoda, los rostros esculpidos en el monte Rushmore o la Sagrada Familia. Todo vale mientras llene el vacío.

El vacío, sin embargo, existe, pero es de una índole casi metafísica. El alma de cualquier urbe, la gente, brilla por su ausencia en la Marina D’Or fuera de temporada. En la distancia se aprecia un paseante; en una cafetería con paredes de símil de troncos hay un par de hombres, puede que haciendo tiempo en espera de que vengan meses mejores; si te fijas hay un coche que circula allá, a eso de un kilómetro, y silenciosos equipos de mantenimiento recorren una y otra vez las calles vacías en busca de posibles pintadas y desperfectos.

En las tripas de esta ciudad-disfraz que en el futuro será folklore nos sumergimos hace unas semanas, cámara en ristre y por desgracia sin un colirio a mano, para intentar capturar en unas pocas imágenes su artificiosa esencia llena de colorantes, conservantes y acidulantes.

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