
El autor (caracterizado de vaca lechera) y unos tíos disfrazados de gallinas y un huevo.
POR CHRIS NIERATKO
Me encantan los chistes de polacos. Ahí va uno: un italiano, un rabino y un polaco entran en un bar. El polaco, que sonríe de oreja a oreja, lleva una mierda de perro en la mano y le dice al camarero: “Mira, ¡casi tropiezo con esto!”. Un clásico… De adolescente me e-n-c-a-n-t-a-b-a contarles chistes de polacos a los niños polacos que vivían en mi pueblo, en New Jersey, un pueblucho de dos calles plagado de polacos. “¿Tú no eres medio polaco?”, me preguntaban. Y yo contestaba: “No. Soy medio polaco hijo de un medio polaco. ¿Cuánto es eso? ¿Una decimosexta parte de mí?”. No sé cuánto tengo de polaco. Según me han dicho, mi padre era un memo de Europa del Este y parte de su sangre de conejillo de Indias era polaca. Mi madre es portuguesa al cien por cien. Así que, cuando se tercia la discusión, ahora digo que soy medio polaco y medio portugués, una combinación espantosa: por un lado, tengo una piel fantástica y soy muy trabajador, pero por el otro llego tarde a todo. (Tíos, antes de disparar vuestras pistolas en el útero de una mujer, por favor, tened en cuenta vuestro bagaje étnico. ¿De verdad creéis que el mundo necesita más canadienses australianos o rusos africanos? ¿Quién creéis que sois, el Dr. Moreau?) Una vez entrevisté a un grupo de black metal polaco llamado Behemoth. Nunca había oído hablar de ellos y en realidad sólo me apetecía entrevistarlos para poder usar chistes sobre polacos a modo de preguntas. Ojalá pudierais oír las cintas de la entrevista. El cantante se tragó el anzuelo, peso de plomo e hilo incluidos.

La cosa ya se calentó un poco cuando pregunté: “¿Por qué crees que los nazis derrotaron tan fácilmente a los polacos?”. Él creía saber la respuesta. “Mi pueblo no estaba preparado. Teníamos un ejército muy reducido y muy débil, y no estábamos preparados para hacer frente a los nazis”. “No, no es por eso”, tercié yo, “¡Los nazis entraron en Polonia caminando hacia atrás y los polacos pensaron que se estaban yendo!”. Se puso hecho una fiera. Empezó a gritarme: “¡Eso es falso! Soy licenciado en historia y sé que eso no es cierto. Fue porque nuestro ejército era débil y no estaba preparado”. La retahíla se prolongó unos 25 minutos. No pilló la broma en ningún momento. Al final le agradecí que me hubiera dedicado su tiempo… pero, antes de colgar, añadí una última pregunta: “¿Cómo se mantiene a un polaco en suspense?”. “No lo sé, ¿cómo?”, preguntó, y le colgué el teléfono.
Todo esto era para explicaros que, cuando ejercí de juez en un campeonato de plataformas Red Bull en Providence, Rhode Island, me sentí como si estuviera protagonizando un chiste de polacos en la vida real. Mi colega Jeff Regis, el director de marketing deportivo de Red Bull en la Costa Este de EE. UU., me envió un correo electrónico que decía: “Eso es Pras Michel (de los Fugees), Miss Rhode Island, un piloto de coches de competición, y tú que entráis en un bar y… Vamos, que seréis el jurado”. Madre mía. Eché un vistazo a la lista de don nadies, viejas glorias y fracasados antológicos y me partí el pecho. Luego reflexioné un instante y me pregunté, acojonado: “Dios mío, ¿qué dice esto de mí?”.
¿Dónde me había metido? ¿Qué hostias es una carrera de plataformas? En serio, imaginaba que sería una movida en plan boy-scouts o alguna mierda por el estilo. Al visitar la página web del torneo me tranquilicé (redbullsoapboxusa.com). Red Bull había creado algo mucho más endemoniado y delicioso que esa basura de coches de carreras de madera que montaban los exploradores. Los participantes de aquel acontecimiento eran especiales. Al ver las imágenes de los vehículos (temáticos y absolutamente pasados de vueltas) de ediciones anteriores del concurso de “plataformas” y, sobre todo, al ver a sus extravagantes creadores disfrazados supe que estaba en mi salsa. Eran freakies, borrachos, fumetas y fiesteros con demasiado tiempo libre. Todos disfrazados como si fuera el último Halloween de la historia. Por ejemplo, el ganador de la carrera de Seattle fue El Equipo A. Recrearon la furgo negra de los míticos soldados de fortuna y se disfrazaron como ellos. Pensé entonces que mi presencia en aquel tinglado tenía sentido, así que puse rumbo a Providence disfrazado de Supervaca.
Para más información, visita Chrisnieratko.com o VBS.tv.
CONTINUED
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Me encantan los chistes de polacos. Ahí va uno: un italiano, un rabino y un polaco entran en un bar. El polaco, que sonríe de oreja a oreja, lleva una mierda de perro en la mano y le dice al camarero: “Mira, ¡casi tropiezo con esto!”. Un clásico… De adolescente me e-n-c-a-n-t-a-b-a contarles chistes de polacos a los niños polacos que vivían en mi pueblo, en New Jersey, un pueblucho de dos calles plagado de polacos. “¿Tú no eres medio polaco?”, me preguntaban. Y yo contestaba: “No. Soy medio polaco hijo de un medio polaco. ¿Cuánto es eso? ¿Una decimosexta parte de mí?”. No sé cuánto tengo de polaco. Según me han dicho, mi padre era un memo de Europa del Este y parte de su sangre de conejillo de Indias era polaca. Mi madre es portuguesa al cien por cien. Así que, cuando se tercia la discusión, ahora digo que soy medio polaco y medio portugués, una combinación espantosa: por un lado, tengo una piel fantástica y soy muy trabajador, pero por el otro llego tarde a todo. (Tíos, antes de disparar vuestras pistolas en el útero de una mujer, por favor, tened en cuenta vuestro bagaje étnico. ¿De verdad creéis que el mundo necesita más canadienses australianos o rusos africanos? ¿Quién creéis que sois, el Dr. Moreau?) Una vez entrevisté a un grupo de black metal polaco llamado Behemoth. Nunca había oído hablar de ellos y en realidad sólo me apetecía entrevistarlos para poder usar chistes sobre polacos a modo de preguntas. Ojalá pudierais oír las cintas de la entrevista. El cantante se tragó el anzuelo, peso de plomo e hilo incluidos.

La cosa ya se calentó un poco cuando pregunté: “¿Por qué crees que los nazis derrotaron tan fácilmente a los polacos?”. Él creía saber la respuesta. “Mi pueblo no estaba preparado. Teníamos un ejército muy reducido y muy débil, y no estábamos preparados para hacer frente a los nazis”. “No, no es por eso”, tercié yo, “¡Los nazis entraron en Polonia caminando hacia atrás y los polacos pensaron que se estaban yendo!”. Se puso hecho una fiera. Empezó a gritarme: “¡Eso es falso! Soy licenciado en historia y sé que eso no es cierto. Fue porque nuestro ejército era débil y no estaba preparado”. La retahíla se prolongó unos 25 minutos. No pilló la broma en ningún momento. Al final le agradecí que me hubiera dedicado su tiempo… pero, antes de colgar, añadí una última pregunta: “¿Cómo se mantiene a un polaco en suspense?”. “No lo sé, ¿cómo?”, preguntó, y le colgué el teléfono.
Todo esto era para explicaros que, cuando ejercí de juez en un campeonato de plataformas Red Bull en Providence, Rhode Island, me sentí como si estuviera protagonizando un chiste de polacos en la vida real. Mi colega Jeff Regis, el director de marketing deportivo de Red Bull en la Costa Este de EE. UU., me envió un correo electrónico que decía: “Eso es Pras Michel (de los Fugees), Miss Rhode Island, un piloto de coches de competición, y tú que entráis en un bar y… Vamos, que seréis el jurado”. Madre mía. Eché un vistazo a la lista de don nadies, viejas glorias y fracasados antológicos y me partí el pecho. Luego reflexioné un instante y me pregunté, acojonado: “Dios mío, ¿qué dice esto de mí?”.¿Dónde me había metido? ¿Qué hostias es una carrera de plataformas? En serio, imaginaba que sería una movida en plan boy-scouts o alguna mierda por el estilo. Al visitar la página web del torneo me tranquilicé (redbullsoapboxusa.com). Red Bull había creado algo mucho más endemoniado y delicioso que esa basura de coches de carreras de madera que montaban los exploradores. Los participantes de aquel acontecimiento eran especiales. Al ver las imágenes de los vehículos (temáticos y absolutamente pasados de vueltas) de ediciones anteriores del concurso de “plataformas” y, sobre todo, al ver a sus extravagantes creadores disfrazados supe que estaba en mi salsa. Eran freakies, borrachos, fumetas y fiesteros con demasiado tiempo libre. Todos disfrazados como si fuera el último Halloween de la historia. Por ejemplo, el ganador de la carrera de Seattle fue El Equipo A. Recrearon la furgo negra de los míticos soldados de fortuna y se disfrazaron como ellos. Pensé entonces que mi presencia en aquel tinglado tenía sentido, así que puse rumbo a Providence disfrazado de Supervaca.
Para más información, visita Chrisnieratko.com o VBS.tv.
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