Los rebeldes del monte

La complicada sopa de letras de las guerrillas en el Congo

Por Fotos y texto de Joe Stramowski


La temida policía nacional posa para las cámaras en Dungu.

ACTUALIZACIÓN: El 20 de noviembre de 2012, llevó a cabo el asalto de Goma. El día anterior, Radio Okapi, una de las estaciones de MONUSCO en la ciudad, informó de disparos de ráfagas de morteros por parte de los rebeldes de Ruanda que dejaron cuatro personas del RDC muertas. Al día siguiente, tropas del M23 asaltaron las zonas alrededor del aeropuerto de Goma, y soldados de FRDC se retiraron antes de que el aeropuerto fuera destruido. Limitados por órdenes directas del M23, las tropas de MONUSCO se vieron obligadas a observar mientras los rebeldes tomaban el control de la estratégica ciudad para el control de la minería y exportaciones de los vastos recursos mineros del RDC.

Al día siguiente, más de 2.000 soldados congoleño s y 700 policías desertaron del M23. Los rebeldes organizaron un rali en el estadio de los volcanes en Goma y, después de animar a las miles de personas congregadas, se comprometió a tomar el control de todo el Congo. "Ahora vamos a Kinshasa," sentenció el coronel Vianney Kazarama, portavoz del M23. "Nadie va a dividir este país".
 

En mi primer día como reportero con las fuerzas pacificadoras de la ONU en la República Democrática del Congo (RDC), visité un campamento en la ciudad de Goma creado para dar refugio a los guerrilleros que se han rendido. El lugar estaba divido por líneas administrativas y etnicas, y una simple reja de alambre separaba a los hutus de los tutsis, quienes llevan décadas matándose entre ellos.

Junto a jóvenes guerreros del campamento, delgados y cubiertos de cicatrices, hay decenas de mujeres —“las esposas del monte”, según nos dicen— y sus hijos, todos nacidos en la selva. Muchas de estas mujeres fueron capturadas como esclavas sexuales, y además debían cocinar, atender y servir a sus captores. Mis acompañantes de la ONU ya me habían advertido de que les preocupaba el alcance de mi reportaje, así que pregunté a Sam, el oficial de información pública del campamento, hasta dónde podía llegar cuando hiciera fotografías. “Haz tus fotos”, me respondió. “Pero, por favor, evita a los niños”.

Goma es la capital de la provincia de Kivu del Norte en la RDC, y está ubicada en una de las peores zonas geopolíticas del mundo. Al sureste está la frontera con Ruanda, un área cubierta de montañas y selva por donde pasaron cientos de militantes hutus después del genocidio en Ruanda en 1994; huían de la posible venganza por su participación en la masacre de tutsis. A lo largo de la siguiente década, esta migración armada contribuyó directamente a una escalada de tensiones étnicas y entre facciones durante la Primera y Segunda Guerra del Congo, en la que se estima que perdieron la vida cinco millones de personas.

Al noreste de Goma tenemos la región del Nilo Occidental, en Uganda, que ha servido de ruta de transporte para fanáticos religiosos armados hasta los dientes y cuyo idioma es el acholi. De ahí son Joseph Kony y su Ejército de Resistencia del Señor (LRA, por sus siglas en inglés), que aparecieron en el documental viral KONY 2012 de Invisible Children. Muchos de ellos cruzaron la frontera y se adentraron en la RDC, donde han hecho todo tipo de cosas despiadadas; entre ellas, meter pueblos enteros en iglesias para luego prenderles fuego.


Ex combatientes del FDLR, “esposas del monte” y sus hijos, rellenando documentos antes de acceder a un campamento de la ONU en Goma, Kivu del Norte.

Aunque KONY 2012 recibió muchas críticas por enfocarse en una facción rebelde que casi se había desintegrado por completo cuando se estrenó el documental, los conflictos étnicos siguen surgiendo por toda la RDC. A su vez, estas tensiones étnicas ayudan a exacerbar el violento conflicto entre los grupos locales por el control de las minas de casiterita, wolframita, coltán y otros minerales esenciales para la fabricación de todo tipo de objetos, desde smartphones y bolsas de aire hasta motores de avión. Como resultado de estos conflictos, una extensa gama de milicias —foráneas y locales— de hutus y tutsis han renovado sus rivalidades.

Además del casi desaparecido LRA, la RDC también alberga milicias como los Mai Mai, los Raia Mutomboki y las Fuerzas Democráticas para la Liberación de Ruanda (FDLR); todos estos nombres son tan confusos como ese incómodo cosquilleo que sientes cuando escuchas la voz de Justin Bieber. Pero la mayor amenaza a la estabilidad de la región podría ser el Movimiento 23 de Marzo (M23), un grupo que conforman principalmente tutsis congoleños que desertaron del ejército en abril pasado en respuesta a lo que ellos describen como “altos niveles de corrupción” y “un mal gobierno”. Desde entonces, casi doscientas cincuenta mil personas han sido desplazadas por los actos de violencia del M23. Sus ataques han dejado, según cifras oficiales, al menos 15 asesinatos y 46 violaciones (entre las víctimas, algunas niñas de ocho años, según Human Rights Watch). La RDC pasó de refugio para aquellas personas que huían de Ruanda a ser otros país africano del que sus habitantes anhelan escapar.

El campamento de Goma es un ejemplo de lo confusa que es la situación geopolítica en la RDC. Para quedarse en el campamento, los combatiendes deben rendirse y entregar sus armas a las tropas de la ONU o del gobierno para luego ser procesados y detenidos durante 72 horas. Parte de los residentes son de Ruanda, de donde huyeron para llegar a la RDC, donde se unieron a alguna milicia, se convirtieron en sicarios y ahora quieren regresar a casa. Otros son congoleños que lucharon con las milicias hutu o tutsi antes de rendirse. También hay un contingente de campesinos ruandeses que se hacen pasar por ex rebeldes para que la ONU les ayude a cruzar la frontera. Los trabajadores de la ONU les dan ropa y sandalias de plástico con colores brillantes. Para determinar su estatus y poder adivinar sus identidades y países de origen, se les hacen preguntas sobre hechos locales, les toman sus huellas y se les escanea la retina. El campamento forma parte de un programa de la ONU diseñado para transformar a los rebeldes en civiles y así reintegrarlos a la sociedad; o lo que queda de ésta.

“Muchas de estas personas vinieron a la RDC en busca de oportunidades después del conflicto en Ruanda”, dice Sam. “Pero ahora que la situación está cambiando, quieren volver a casa”.


Testigos y supervivientes de las atrocidades cometidas por el LRA en Dungu.

Varias ONGs y agencias de gobierno operan en el país, y todas caminan por la delgada línea que separa hacer el bien de hacer más daño. La más importante de ellas es la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en la República Democrática del Congo (MONUSCO). Esta misión se formó hace dos años, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU decidió que se necesitaba una solución militar para estabilizar el país después de la Segunda Guerra del Congo. De acuerdo con la resolución de la ONU, sus fuerzas están compuestas por “un máximo de 19.815 militares, 760 observadores militares, 391 agentes de policía y 1.050 agentes de unidades de policía constituidas”.

Además de bregar con los disidentes locales, MONUSCO también ha tenido que hacerlo con los grupos foráneos que se han instalado en las zonas rurales más remotas del país. La División de Desarme, Desmovilización, Repatriación, Reintegración y Reasentamiento (también conocida como DDR) de MONUSCO pretende “repatriar a sus respectivos países de origen, de forma voluntaria, a todos los grupos armados ilegales y foráneos y a sus dependientes”. Esto no es tarea fácil para una fuerza que, con la mitad de efectivos que la policía de Nueva York, tiene que patrullar un área del tamaño de Europa Occidental; un lugar sin infraestructuras en el que cualquiera puede comprar un “cuerno de chivo” [Kalashnikov] cargado por el precio de una gallina.

Además de trabajar con jefes de tribu, ancianos y líderes co- munitarios, la DDR también organiza operaciones psicológicas diseñadas para motivar a los soldados a desertar de sus milicias. Estos mensajes se trasmiten a través de ondas de radio FM y octavillas, que arrojan desde el aire sobre zonas de combate y muestran instrucciones dibujadas para escapar de la selva y regresar a la civilización.

Mientras tanto, la lucha entre el M23 y las tropas del gobierno ha escalado tanto que MONUSCO tuvo que desviar fondos destinados a otros lugares en el país para darle al gobierno una oportunidad de ganar. Esto, a su vez, ha dado como resultado un vacío de seguridad que muchos grupos armados en la zona no tardaron en llenar, reiniciando así el viejo ciclo de conflictos tribales que nunca desaparecieron por completo. Por ejemplo, los hutus de las FDLR organizan redadas con otro grupo armado, llamado Nyatura, para acabar con pobladores considerados amigos de los tutsis. Raia Mutomboki, una milicia en gran parte compuesta por tutsis congoleños, asegura que protegen a las poblaciones locales de los ataques de los hutus, los cuales, según su definición, consisten en masacrar a la etnia hutu. Para complicar las cosas aún más, se cree que el M23 está recibiendo ayuda del gobierno de Ruanda.

Mientras Sam me hacía un recorrido por la sección del campamento destinada al M23, resultó evidente que nadie en MONUSCO quería hablar de esta complicada batalla a tres bandos entre los rebeldes tutsis del M23, MONUSCO y las FRDC (nombre oficial de las tropas del gobierno). Sin embargo, con gusto accedieron a hablar sobre otros grupos armados que ahora están menos activos, como el de Joseph Kony y su LRA; lo que no querían era hablar con nosotros de los rebeldes que estaban en el campamento.


Un ex niño soldado en Bangadi; fue secuestrado cuando tenía 14 años y pasó tres como prisionero del LRA.

Ian, mi contacto en MONUSCO, tiene el físico, la dicción y la soberbia de un policía o un soldado, o al menos de alguien que siempre hubiese querido estar en una posición de poder tal que le permitiera llevar una pistola.

“Según tenía entendido, su reportaje era sobre los intentos de la DDR por negociar con combatientes activos”, nos dijo Ian en el balcón de un restaurante junto al lago, en mi hotel. Pero cuando le pregunté sobre el M23, Ian se envaró. “Aquí, en Goma, nos enfrentamos con el M23 y el FDLR. Pero quiero dejar una cosa clara: la ONU no discutirá la situación del M23 en Goma. ¿Entendido?”

Descubrí que el secretismo se debía al temor de un inminente ataque del M23. Posteriormente, oficiales de la ONU me dijeron que el M23, liderado por Bosco Ntaganda (conocido entre sus tropas como “el Terminator”), se encontraba a unos 40 kilómetros de Goma. Pero los rumores que circulaban entre lugareños, trabajadores de ONGs, soldados y mercenarios colocaban a los rebeldes “en el monte”, a menos de diez kilómetros de la ciudad. Una tarde, mientras viajaba a bordo de un transporte blindado de personal, patrullando la zona con un destacamento de soldados uruguayos, resultó evidente que no nos preparábamos para entrar en la selva, como yo esperaba. Nuestra tarea era recorrer las calles de los barrios más pobres en Goma, así como las centrales eléctricas, pistas de aterrizaje y cruces de carreteras; el tipo de lugares que un ejército rebelde atacaría. Al parecer, las tropas de MONUSCO no se preparaban para un enfrentamiento en la selva, sino para defenderse de un posible ataque del M23 en el interior de Goma.

Incluso si el M23 ha eclipsado al LRA en términos de notoriedad en la RDC, el legado de Joseph Kony todavía atormenta al país, y sus soldados, hasta cierto punto, siguen activos. Después de mi visita al campamento de Goma tomé un avión a un campamento rural en Dungu, donde el LRA organizó ataques brutales en 2008 en los que cambiaron sus cuernos de chivo y sus lanzagranadas por machetes y palos. Conocí a un chico que presenció los resultados de estas acciones: sus dos hermanas mayores resultaron muertas.

Más tarde tomé un helicóptero a Bangadi, un pueblo todavía más alejado, cerca de la frontera con Sudán del Sur. Casi de inmediato encontré evidencia de las actividades del LRA en la zona. Primero entrevisté a un adolescente que, después de ser secuestrado y obligado a pasar tres años en el monte, escapó a media noche y encontró su camino de regreso a casa. Unas personas del pueblo me llevaron a un pastizal donde el LRA descuartizó a varios habitantes del lugar. Después me llevaron hasta la carretera del pueblo, que estaba cubierta de huesos y ropa quemada; era el lugar donde los residentes de Bangadi decidieron tomarse la justicia por sus propias manos y ejecutaron a los combatientes del LRA que habían capturado.

Cuando preguntamos a la gente del lugar por qué no habían enterrado los cuerpos del LRA, el jefe del pueblo descartó la pregunta con un movimiento de su mano y se alejó caminando. Mi contacto se acercó a mí, para no ofender a mis anfitriones, y me dijo: “Creen que si entierran los huesos, estos atormentarán este lugar”.

A la mañana siguiente nos despertamos antes del amanecer para ir con un convoy militar que se dirigía a una zona azotada por el LRA. Bajo las órdenes de un belga llamado Leo, el convoy incluía elementos del FRDC, tropas de otros países africanos y una unidad de las fuerzas especiales de EE.UU asignada por el comando militar estadounidense para África. Conforme nos adentrábamos en la zona de operaciones, vimos como los soldados estadounidenses se quitaban de sus uniformes las banderas e insignias sujetas con velcro. Su oficial al mando, un blanco impetuoso de Dakota del Sur, vio mi cámara y tuvo la gentileza de informarme que el comando africano tiene una política muy estricta de “no medios”.

Más tarde, esa noche, en una fiesta organizada en las instalaciones de Médicos Sin Fronteras en Dungu, el oficial de Dakota del Sur me dijo que a su parecer muchos en la zona veían la situación de una forma desproporcionada.

“Todo lo tienes que ver con un poco de escepticismo”, me dijo mientras se tomaba su única cerveza de la noche. “Todos te dirán: ‘Antes de que llegara el LRA yo tenía un rebaño de 400 cabras’. ¡Mentira! No tienes qué comer porque eres un flojo y no cultivas lo suficiente”.
Durante la ronda de patrullaje convencimos al convoy para que nos dejara en Duru, un pueblo muy golpeado por el LRA durante su ofensiva contra Dungu en 2008. También es donde, según los rumores, una pequeña banda de guerrilleros ha estado atacando granjas locales. Una vez ahí conocimos a varios testigos de las atrocidades en la zona, entre ellos un hombre llamado Martin que había sido secuestrado por el LRA y logrado escapar unos días antes de mi llegada.

Martin, un cazador local, me dijo que estaba con su hijo en un monte cercano al pueblo cuando se encontraron con dos hombres con uniformes del FRDC. Martin asumió que eran tropas del gobierno asentadas en la zona, así que cuando le hicieron indicaciones a él y a su hijo para que se acercaran no lo pensó dos veces.

Cuando se percató de que llevaban uniformes diferentes se dio cuenta de que algo no iba bien. Disfrazados de soldados del gobierno, sus captores del LRA obligaron a Martin y a su hijo a cargar su equipo y, en un infructuoso intento por desorientarlos, los hicieron dar vueltas en círculos para encubrir su ruta. Pero Martin, siendo un cazador de la zona, conocía cada árbol y barranco, así que sabía que no se habían alejado demasiado. Fue entonces cuando empezó a planear su huida.


“Jean-Baptiste” (no es su nombre real) presenció el asesinato de sus dos hermanas a manos del LRA en Dungu.

Al caer la noche, los bandidos del LRA se cansaron y empezaron a quejarse de la caminata y de la escasez de comida. Martin dijo a sus captores que él podía atrapar algo de comer, como un antílope o, al menos, un poco de “carne de monte” (mono). Los bandidos le entregaron a Martin el arma que le habían quitado antes, un rifle de alto calibre fabricado en la zona y conocido como “Doble Cero”, y aceptaron el trato con la condición de que el hijo de Martin se quedara con ellos. Consciente de que sus captores ugandeses sólo hablaban acholi y, por lo tanto, tendrían un conocimiento limitado o inexistente de las lenguas de la región, Martin le susurró a su hijo: “Dispararé una primera vez para despistarlos. Cuando oigas el segundo tiro, corre”.

Martin rodeó el campamento desde una distancia segura y esperó a que saliera la luna. Después de que el primer tiro retumbara en la noche, los hombres del LRA se relajaron, bajaron sus armas y se fueron a dormir. Después del segundo tiro, el hijo de Martin huyó del lugar y ambos encontraron su camino de vuelta al pueblo.

Durante la siguiente hora, mientras repartíamos cigarrillos congoleños entre los habitantes de Duru a cambio de una entrevista, nos hicimos una idea del efecto que habían tenido sobre el LRA los enfrentamientos recientes con las milicias en el país. Conforme otros grupos armados se vuelven más fuertes, la presión sobre las tropas de Kony aumenta, y ahora deben competir con los pobladores y otras milicias para tener acceso a los escasos recursos del país. Trabajan en grupos de tres a cinco, dispersos en un área de dos veces el tamaño de Francia; no tienen equipo de comunicaciones, su munición es escasa, y atacan pueblos en busca de comida. Lo primero que preguntan a sus víctimas es si tienen maíz, cabras y gallinas.

Le preguntamos a Martin si, cuando estuvo bajo captura del LRA, encontró octavillas de las operaciones psicológicas de la DDR, o si había escuchado alguna transmisión que los exhortara a desertar. Sus ojos se iluminaron. “Sí. Tenían muchas octavillas. Las usaban para encender sus fogatas”.

“¿Hablaban de las octavillas?”, preguntó un oficial de la ONU que nos acompañó en nuestro viaje, curioso por saber la respuesta de los soldados a la propaganda diseñada para aminorar sus fuerzas. “Sí”, respondió Martin. “Dijeron: ‘Diles que no estamos dispuestos a salir del monte’”.

Recordé la pila de ropa quemada y los huesos que había visto tirados en la carretera en Bangadi, y entendí por qué.

 

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