Siete cosas que no sirven para una mierda

Por Diana Aller

Vivimos rodeados de objetos que no sirven absolutamente para nada; o peor, cosas cuya utilidad nos sobra. La cocina y sobre todo el baño están llenos de ellas. Por ejemplo, el bidé. Si les digo la verdad, nunca me he atrevido a preguntar para qué sirve, porque intuyo algo siniestramente sucio en sus utilidades. Entiendo que para lavarse los bajos.

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Como concepto me parece una porquería lavarse genitales y ano y no el resto del cuerpo. No lo entiendo. Si se da un uso a las partes pudendas, el que fuere -defecar, ayuntar salvajemente- a buen seguro todos los poros de la piel supuran olor, secreciones y sudor. Lavarse solo una parte del cuerpo es como desinfectar una baldosa de una narcosala mugrienta. No sirve de nada, o lo que es lo mismo, es una guarrería. Esto sin tener en cuenta lo servil que resulta espatarrarse sobre un sanitario con un chorrico de agua. Lo dicho, a todas luces inútil. Aunque en la tercera edad igual cambio de idea, ya les contaré (espero que aquí, cuando ustedes y yo seamos unos simpáticos octogenarios politoxicómanos).

Tampoco entiendo la función de las escobillas de WC. Es decir, entiendo perfectamente que sirven para recoger los excrementos sólidos del váter, pero… ¿Cómo y dónde se limpia después? Nunca he tenido este artículo, pero me repugna soberanamente verlo en otras casas. No puedo evitar imaginar pegotes de caquita ajena despegándose rebeldes del cepillo bajo un chorro de agua tan insistente como inútil. Lo que me produce una indescriptible desazón es ver reposando el citado escobín en el baño. ¿Cuántas cacas habrá arañado a lo largo de su innoble vida? Bfff…

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Pese a que siempre he defendido la grandiosidad de las cosas inútiles, hoy no me queda otra que reconocer el horrible reverso de esta teoría: con todo lo maravilloso que es el arte en cualquiera de sus expresiones, hay que ver cómo la caga la gente cuando hace un uso indebido y populachero del mismo. El más claro ejemplo es una lámina de Audrey Hepburn en el salón o el dormitorio de un hogar. Hay quien entiende esto como algo elegante, chic o vaya usted a saber qué. No se me ocurre nada peor. Bueno sí: llevar un bolso o una camiseta con la imagen de la actriz. Generalmente aparece con un gato y un cigarro largo. ¿Para qué sirve todo esto, aparte de para envilecer un poco más nuestro desastroso mundo? No lo entiendo.

Siguiendo con el peliagudo tema de la decoración, ¿Qué tienen en la cabeza los que ponen en sus casas una lámpara de lava? Una vez un conocido del trabajo me decía que servía para relajarse e inspirarse. Como no le creí (soy persona racional), le reté a probarla (como buena madrileña, soy chulita también). ¡En buena hora! Me tiré 40 minutos mirando la dichosa lámpara de lava y de mi cerebro sólo fluía tensión y malestar. Además me dio jaqueca.

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La tipografía Comic Sans es otra de esas cosas (de acuerdo, no es un objeto físico, pero resulta más duro y punzante que cualquiera de ellos) que dañan a la vista, que no deberían haberse inventado y que la vida sería más hermosa si no existiera. Como tipografía, es fea y facilonga, pero sobre todo, dice mucho -muy poco en realidad- de quien la elija para escribir un documento o un mail. En una ocasión, llegó a mis manos un currículum en Comic Sans. Lo tiré a la basura. ¿Qué necesidad tiene nadie de perpetrar una tropelía así?

¿Y qué me dicen de la extensa y completísima colección de VHS´s  regalo de algún periódico que acumula polvo en una estantería? En todo el territorio español, no se tiene constancia de una sola persona que haya visto alguno de estos filmes. Me consta.

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Pero hay cosas que pretenden resultar sexys o atractivas y caen en total y absoluta desgracia. Un grafiquísimo ejemplo son los condones de sabores. El inventor –me juego con cualquiera de ustedes medio millón de euros a que fue un varón- imaginó una escena placentera y mil veces reproducida en la iconografía pornográfica: una persona (la mayor parte de las veces, mujer) succionando un pene. ¡Albricias! ¡Si le ponemos saborcito a la cosa, seguro que ellas chuparán enloquecidas y sensuales! Desde aquí les digo a los fabricantes que una cosa tan chunga no gusta ni a los adolescentes ávidos de jolgorio y chanzas de índole sexual. Primero por lo malo del sabor: el regusto a lubricante impregna el supuesto sabor a piña o a fresa y se queda en una cosa plasticosa que provoca arcadas. Segundo: resulta ridiculísimo hacer una felación con un sabor que despista y distrae de la propia relación sexual. El sexo tiene sus propios sabores y siempre resultan más estimulantes. Se lo digo yo, que me lo han contado quienes lo practican.

 

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