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Stuck In Saskatoon

By Lindsay Coleman

(*Atascadas en Saskatoon)

POR LINDSAY COLEMAN, ILUSTRACIONES DE LAURA PARK

DEMASIADO TRISTE
En el corazón de Riversdale, un distrito de la ciudad de Saskatoon, se encuentra uno de los vecindarios más pobres de todo Canadá; se trata de la confluencia entre Avenue C y 20th Street West. Sólo dos comercios estaban abiertos la otra tarde: un restaurante chino y una casa de empeños. El resto de locales estaban cerrados o habían sido abandonados. El terreno es tan llano que el sonido de las sirenas de la policía llegaba hasta aquí desde varias millas de distancia. Incluso se podía oir el viento soplando en las calles. Poca gente se había aventurado a salir. Un adicto al crack con pantalones de chándal vociferaba sinsentidos calle arriba, calle abajo. Yo estaba en una esquina conversando con dos prostitutas, ambas atractivas y ambas recientemente salidas de prisión.

“Hoy se la he chupado a un tío y he robado a otros dos”, dice Chantelle, una chica de poco más de metro y medio. Viste un pantalón de chándal negro con franjas a los lados y un par de zapatillas deportivas blancas. Tiene 25 años de edad, pero parece mucho más joven. Nació en una reserva a pocas horas de distancia de la ciudad y se dedica a la prostitución desde los 9 años. “Me obligaron a hacerlo”, dice. “Así fue cómo empezó todo”.

La historia de su amiga Stef no es muy diferente. Dejó de niña la reserva, la forzaron a prostituirse cuando tenía 10 años y desde entonces nunca ha salido de Saskatoon.

“La primera vez que lo hice”, me explica Chantelle, “fue cuando un tío me arrastró a una esquina y me obligó a hacerle una mamada”. Esto fue a los 9 años, le digo para que confirme el dato. “Sí. La prostitución infantil está muy extendida aquí. Cuando veo niños pequeños por la calle les doy un cachete y les digo que se larguen cagando leches. ¿Pero qué puedo hacer yo? A muchos les obligan sus familias para que lleven dinero a casa”.

“En el 99 una mamada costaba 60 dólares, un polvo costaba 80, y un trabajito completo 100”, dice Stef. Una década después las tarifas se han desplomado. “Ahora hay más competencia y se cobran 20 dólares, incluso 10. Ganarse la vida se ha puesto mucho más difícil”. Chantelle asiente con la cabeza.

La zona ha visto una constante llegada de nuevas trabajadoras del sexo ofreciendo tarifas más bajas de lo normal en un intento de quitarle clientes a la competencia. “A la mayoría de los clientes los conocemos, o han venido a través de alguien”, explica Stef, “pero a los que no conocemos, los que se dejan caer buscando pasar un buen rato, a esos les damos el palo”.

Stef y Chantelle deciden tomarse un descanso e ir a tomar algo. Giramos por una calle lateral y nos encaminamos a un bar cercano. El viento soplaba tan fuerte que las señales de tráfico se balanceaban hacia delante y atrás. Casi todas las casas tenían aspecto de pequeña granja arruinada, con tejados agujereados, listones sueltos y balcones hundidos por doquier. Muchas de estas casas estaban clausuradas con tablones.

Stef y Chantelle no tienen un sitio al que puedan llamar hogar. Pagan a distintas personas para que les dejen dormir en el sofá o instalarse en una habitación por un tiempo. Saskatoon no carece de zonas acomodadas, y una racha de crecimiento económico ha provocado un aumento descontrolado de los precios. El control de los alquileres fue abolido; como resultado, hasta el más infecto cuchitril resulta prohibitivo para la mayoría de la gente del lugar. Las pensiones son escasas, y los centros de acogida brillan por su ausencia. La gente pobre que aún conserva su trabajo pernocta en el coche o en habitaciones de motel que alquilan por semanas; lugares como el Barry, al otro lado de la esquina. (En la puerta había un cartel que decía “Cerrado”. Regresé días después y me enteré de que iban a demoler el edificio. Entré a echar un vistazo y en las habitaciones encontré jeringuillas sucias y sangre en las paredes).

Cerca del bar había un párking, y otro más detrás. El exterior del local estaba iluminado con una lúgubre luz azul, pero el interior estaba limpio. Un alfombra cubría el suelo. Una cortina en la parte trasera separaba un ala reservada para actos privados y banquetes, y una fila de terminales de videolotería emitía agudos chirridos electrónicos. Un nutrido grupo de mujeres con aspecto de rondar los 30 años, todas con sudadera negra, estaba sentado alrededor de una mesa. Se nos quedaron mirando como si desearan pegarnos una paliza, pero ninguna dijo nada. Había un hombre con gafas de sol y sombrero de cowboy de cuero negro sentado solo en un rincón. Tres vodkas nos costaron 14 dólares.

Les pregunto a las chicas sobre bandas locales como el Terror Squad, el Native Syndicate y la Indian Posse, de las que se sabe perfectamente que son peces gordos en el vecindario. “No sé de qué estás hablando”, dice Stef negando con la cabeza. “Yo no sé nada sobre bandas. Nunca hemos oido esos nombres, ¿verdad que no?” Chantelle le da la razón. “No, para nada”. No hay mejor prueba del férreo control que las bandas ejercen sobre la comunidad que el rechazo de los residentes a admitir su existencia. Sin embargo, la mayor parte del comercio de las drogas y el sexo está en manos de estas bandas.

“Vale, de acuerdo. No puedo decirte quiénes son, pero es verdad que hay bandas que operan en esta zona”, termina por conceder Chantelle. “Hace años una banda rival de la de mi ex novio me cogió de rehén. Me retuvieron cinco días, casi todo el tiempo atada. Me rompieron un brazo y causaron fracturas en...” La voz de Chantelle se volvió más débil. “Deseé estar muerta”. Finalmente la liberaron para que regresara con su entonces novio. Durante su secuestro nadie denunció su desaparición, no hubo ninguna acción policial. Incidentes como éste son habituales pero, dado que rara vez se denuncian, es imposible obtener una estadística fiable.

“Conocemos la identidad de la mayoría de esos matones y los tenemos bajo vigilancia”, me había dicho Lorne Constantinoff, inspector de la policía de Saskatoon. “Sólo es cuestión de ver cómo podemos atraparlos”, Pero la violencia en el vecindario no se puede atribuir a una única fuente. Puede que las bandas organizadas sean los mayores y más evidentes delincuentes, pero los balazos y los apuñalamientos son hechos habituales entre los residentes no pertenecientes a banda alguna. Stef y Chantelle me cuentan que cada vez más prostitutas utilizan en sus atracos jeringuillas usadas como arma. “Las prostitutas con el mono harían cualquier cosa para pagarse una dosis cuanto antes”, dice Stef. “Así que cogen una jeringa infectada y dan un palo porque es lo más fácil y rápido”. Aunque los tests han demostrado que ni Stef ni Chantelle son seropositivas, ambas padecen hepatitis C.

Según el Dr. John Mark Opondo, funcionario del departamento local de salud pública, casi dos terceras partes de nuevos casos de contagio de SIDA en Saskatoon son a causa de las agujas infectadas. “En los últimos años hemos apreciado un rápido aumento de nuevos casos de SIDA, especialmente en el grupo de riesgo de las trabajadoras sexuales con adicción a las drogas”, dice Opondo. La gente se está inyectando de todo, desde cocaína a Ritalin. En un intento de disminuir la elevada tasa de nuevas infecciones, el Ministerio de Salud ha creado programas como el de intercambio de agujas. “Hay una furgoneta circulando permanentemente por varios lugares del vecindario, y tres o cuatro puntos fijos de intercambio. El Ministerio de Salud también ha instalado recipientes en los que depositar para su posterior eliminación las agujas contaminadas. “Se está dando un aumento del uso de drogas por vía intravenosa. La metanfetamina en particular se ha vuelto muy popular, al igual que la inyección de crack”, me explicó Constantinoff.

El hecho de que Saskatoon esté justo en el medio de ningún sitio implica que su abastecimiento de drogas depende del tráfico a través del país, de modo que las grandes redadas y las medidas del gobierno y la policía a este respecto hacen imposible predecir las llegadas de suministro. Puesto que Saskatoon se encuentra quince años por detrás del mundo en materia de cultura pop, la escena rave justo acaba de aterrizar aquí. Hay una gran demanda de drogas como la ketamina; cuando un suministrador de la Columbia Británica fue arrestado, la ciudad de Saskatoon quedó totalmente desprovista, haciendo virtualmente imposible encontrar hoy keta. Cuando se encuentra, su precio es superior al de la coca. Stef me revela que hay una pequeña organización independiente que la trae de Ontario de vez en cuando. Probablemente los problemas que esa gente se encuentre les salgan a cuenta: aquí la gente paga enormes sumas por la ketamina y los camellos obtienen grandes beneficios.

Cuando la demanda es mayor que la oferta disponible, Stef y Chantelle se prostituyen a cambio de drogas en vez de dinero. “La cocaína y la morfina son lo que más nos gusta. Yo prefiero sobre todo la coca”, dice Stef.

El bar se estaba llenando de gente, era la noche del karaoke. En el centro de la sala, una gran pantalla mostraba un vídeo tras otro. Stef volvió de su tercera visita al lavabo de mucho mejor humor, con una amplia sonrisa y sudando menos. Las chicas hablaron de sus planes durante el resto de la noche. Chantelle se retorcía en su silla y daba golpecitos con las piernas en la mesa. Parecía agitada. Stef se había pulido más de lo que ambas habían acordado. Para complementar el dinero que ganan con la prostitución las dos venden las drogas que terminan no usando, pero en esta ocasión Stef se la había acabado casi toda.

Salimos fuera a fumar un cigarrillo. Stef se desabrocha los pantalones y se los baja ligeramente. Pasa su mano por debajo de la ropa interior y empieza a rascarse la entrepierna. “Uy, ya me toca afeitarme de nuevo”, dice. Continúa frotándose vigorosamente mientras otros diez fumadores alrededor suyo se la quedan mirando. Al volver las tres al interior Stef se va de nuevo directamente al lavabo. Chantelle y yo nos sentamos a la mesa y terminamos nuestras bebidas.

“Fui a la universidad, ¿sabes?”, me dice. “Empecé ingeniería, pero acabé yendo por los colegios dando charlas sobre los peligros de las drogas y cómo conseguí dejarlas. Me mantuve limpia cuatro años”. Removió el hielo de su vaso y me contó que tenía tres hijos, todos en un centro de acogida. “No puedo cuidar de ellos cuando estoy así. No puedo hacer nada si he tomado algo. Cuando querían que les llevara al parque yo no podía, porque lo único que quería era meterme drogas. Y no ganaba lo suficiente. Pagaba 1300 dólares de alquiler y la Asistencia Social me daba 475. ¡Para una familia de cuatro! No era suficiente. Así la gente no puede vivir. Hay que encontrar otros medios para poder pagar las facturas. Yo quiero trabajar y que mis hijos vuelvan conmigo. Quiero dejar esto. Pero no tengo casa, no tengo nada ni nadie en quien apoyarme”.

Cuando las chicas estuvieron listas dejamos el bar. Montamos en un taxi y ellas se apearon en un centro comercial a dos millas de distancia, despidiéndose de mí con un abrazo. Iban allí a hacer mamadas a veinte dólares y tal vez desvalijar a algún que otro tío. Todo para costearse las drogas. La que acabo de referir es probablemente una noche tranquila en Riversdale, Saskatoon, el lugar más llano de Canadá.

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