TEXTO Y FOTOS DE DYLAN CULHANE
He estado dos semanas de viaje con el Venerable Maestro Hui Li, un monje budista taiwanés que se ha encomendado la labor de construir orfanatos en cada uno de los 53 atribulados países de África. Mi intención al acompañarle era ver con mis propios ojos los distintos tipos de sabandija despótica que Li, a medida que avanzaba en su misión, se iba encontrando debajo de las piedras cubiertas de sangre. Y, ¿sabéis qué? Un día hizo su aparición el Michael Jordan del circuito de tiranos megalómanos: ¡el presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe!
Africa, como todo el mundo sabe, es a los huérfanos lo que China a las niñas asesinadas al nacer: una potencia. Y en ningún otro lugar es esto más evidente que en Harare, la capital de Zimbabwe. Mugabe lleva 29 años al timón del país y no tiene intención de aflojar. La tasa de inflación nacional alcanzó a principios de año la mareante cifra de 516 trillones por ciento (esto es, el 516 seguido de dieciocho ceros); un billete de mil millones de dólares zimbabuenses no vale ni el esfuerzo de imprimirlo. El dólar americano ha sustituido al de Zimbabwe, y el caldo de tierra y corteza de árbol ha reemplazado a la comida de verdad.
Al día siguiente de nuestra llegada a Harare, Li tenía que entrevistarse con la Primera Dama, Grace Mugabe, que estaría haciendo el paripé en la granja de su propiedad, Iron Mask, situada en la cercana Mazowe, el lugar donde Li había acordado levantar su orfanato. Genial movimiento, ¿verdad? ¡Trasladar a los pobrecitos niños solos y hambrientos a donde hay comida y bebida! O algo así. Pero esperad, que enseguida os contaremos más cosas sobre Grace y sus granjas.
Al amanecer, Li nos amontonó en su Toyota Land Cruiser para ir a ver a los Mugabe. Una vez en el lugar, Li pareció sentirse complacido por los progresos del orfanato. Justo en ese instante, emergiendo de una nube de polvo rojizo, el 4X4 negro brillante de la Primera Dama hizo su aparición. Grace, vestida con un encantador conjunto de aspecto rústico y botas impermeables, se bajó del vehículo mostrando una sonrisa tan brillante como sus gafas de diamante y saludó a Li en mandarín coloquial. Rebosando entusiasmo y optimismo, se lanzó directamente a contar las novedades sobre los avances que se estaban llevando a cabo en Iron Mask. Pese a que los medios de comunicación la presenten como una figura poco menos que satánica, Grace estaba demostrando ser una anfitriona encantadora.
Un par de horas más tarde, una de la docena (o más) de reinas de Swazilandia llegó al lugar. Con ella iba una de las princesas Dlamini, una adorable niña de nueve años con trenzas y un chándal de Hello Kitty.

Grace llevó a nuestra delegación de visita por el orfanato, cruzando las vacías habitaciones a zancadas grandes y seguras mientras nos señalaba todo detalle digno de atención con un tacto digno de una avezada agente inmobiliaria: amplios armarios, mobiliario de cocina de importación, encimeras de mármol, baldosas italianas. Hay planes para la construcción de pistas de tenis, un centro comercial y lujosas residencias para invitados. El templo en la cima de la colina estará a la altura de algunas de las mayores atracciones turísticas en Asia. Todo estaba tan lejos como humanamente pueda ser posible del ascético prototipo de orfanato de Li en Malawi, donde los niños se apilan en literas como oficinistas japoneses en un motel cápsula. Cinco o seis niños por módulo, calculó Grace. “Cuando vienes de las calles, necesitas todas las oportunidades que te puedan dar en la vida”, apuntó. Li tenía aspecto de sentirse muy incómodo.
A eso del mediodía nos dirigimos en caravana presidencial a la vaquería en la que nos encontraríamos y almorzaríamos con el rey swazilandés, Mswati III, y con el presidente Mugabe. Max, el gigantesco escolta que teníamos asignado, condujo su vehículo directamente hacia el carril contrario y despejó el camino para la docena o más de X5 y Range Rovers que formaban la procesión.
Recientemente, la organización pro-derechos humanos AfriForum pidió a los consumidores que boicotearan los productos de Nestlé si la compañía seguía comprando leche procedente de las vaquerías de Grace Mugabe. ¿El motivo? Que en 2002 Grace expropió seis de las más rentables vaquerías del país, todas ellas propiedad de personas blancas, dentro del controvertido plan de redistribución de tierras de Zimbabwe. Ahora ella es una de las ganaderas más poderosas del país. En nuestra conversación no se tocó el tema de las truculentas circunstancias bajo las que Grace obtuvo sus tierras. Comportándose ella de forma tan amistosa con nosotros, sondearla al respecto hubiese sido una grosería. ¿Debería la gente abstenerse de comprar productos Nestlé? No estoy seguro (a mí me gustan), y tampoco es que me importe. Todo lo que puedo decir es que Grace sabe un rato largo de lucrarse a toda leche.
La joya de su pastoral imperio es la vaquería Gushungo, en Mazowe, conocida anteriormente como Granja Foyle. Aquí las vacas dan casi un millón de litros de leche al año, y casi toda la producción la compra Nestlé. Totalmente futuristas, las instalaciones de Gushungo cuentan con cromadas estaciones de control que monitorizan cada gota que sale de cada una de las miles de ubres. Grace incluso ha instalado altavoces en el techo: la música clásica relaja a las vacas y, en consecuencia, la producción de leche aumenta. Nos habló con total autoridad sobre la pasteurización y los peligros de la mastitis, añadiendo unas cuantas esclarecedoras anécdotas de los tiempos en que ella misma amamantaba, y a continuación la delegación real siguió camino.

Como surgida de la nada, a ambos lados de la carretera se apiñaba una portátil multitud de adeptos ondeando banderas, pósters y pancartas. Los eslóganes coreados por la masa, en la que predominaban mujeres del campo carentes de dientes, se intensificaron al detenerse el convoy presidencial justo detrás de un camión abarrotado de guardias militares portando negros cascos de moto y fusiles de asalto AK-47.
Mugabe y Mswati salieron de su vehículo y pasaron al lado de la fila de ministros que se alineaban a un lado de la polvorienta carretera, estrechando manos e intercambiando cortesías. Mugabe improvisó unos pasos de baile para deleite de la multitud. Grace nos llevó al final de la cola para que pudiéramos saludar al presidente. Mi encuentro con Mugabe fue breve; consistió en un firme, correoso apretón de manos y una presentación. No hubo contacto ocular. Hacerle un retrato era imposible, de modo que le tomé una foto con la cámara a la altura de mi cadera en el instante en que la princesa Hello Kitty reclamó su atención. Los guardias me miraron con ojos amenazantes y él palmeó afectuosamente la cabeza de la princesa. ¡Lo había conseguido! Había estrechado la zarpa de Robert Mugabe. Olisqueé la palma de mi mano. Entonces caí en la cuenta de que me había olvidado por completo de mi maestro Zen.
Tanto polvo y tanta fanfarria le habían provocado a Li una silenciosa irritación. No cabía duda de que la visita presidencial no le interesaba ya lo más mínimo. Hacinada en autobuses y camiones, la claque del presidente había emprendido el camino de regreso a sus terrenos baldíos y a sus chozas de barro. Grace se había esfumado, de modo que Li y varios de nosotros escurrimos el bulto y pusimos rumbo a Harare, desviándonos antes para comprar una pizza. Jupiter, nuestro traductor, no tardó en recibir una inflamada llamada telefónica del ayudante del chef de Mugabe. Había seis asientos vacíos en el banquete y el presidente no estaba muy complacido. ¡Los cocineros incluso habían preparado un menú vegetariano para el monje! Li se encogió de hombros y le dio un mordisco a su porción de pizza.
| De izquierda a derecha: la Primera Dama Grace Mugabe, el Presidente Robert Mugabe, un guardia militar y una de las princesas reales de Swazilandia. La mano que estrecha la del Presidente Mugabe es la del autor. |
He estado dos semanas de viaje con el Venerable Maestro Hui Li, un monje budista taiwanés que se ha encomendado la labor de construir orfanatos en cada uno de los 53 atribulados países de África. Mi intención al acompañarle era ver con mis propios ojos los distintos tipos de sabandija despótica que Li, a medida que avanzaba en su misión, se iba encontrando debajo de las piedras cubiertas de sangre. Y, ¿sabéis qué? Un día hizo su aparición el Michael Jordan del circuito de tiranos megalómanos: ¡el presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe!
Africa, como todo el mundo sabe, es a los huérfanos lo que China a las niñas asesinadas al nacer: una potencia. Y en ningún otro lugar es esto más evidente que en Harare, la capital de Zimbabwe. Mugabe lleva 29 años al timón del país y no tiene intención de aflojar. La tasa de inflación nacional alcanzó a principios de año la mareante cifra de 516 trillones por ciento (esto es, el 516 seguido de dieciocho ceros); un billete de mil millones de dólares zimbabuenses no vale ni el esfuerzo de imprimirlo. El dólar americano ha sustituido al de Zimbabwe, y el caldo de tierra y corteza de árbol ha reemplazado a la comida de verdad.
Al día siguiente de nuestra llegada a Harare, Li tenía que entrevistarse con la Primera Dama, Grace Mugabe, que estaría haciendo el paripé en la granja de su propiedad, Iron Mask, situada en la cercana Mazowe, el lugar donde Li había acordado levantar su orfanato. Genial movimiento, ¿verdad? ¡Trasladar a los pobrecitos niños solos y hambrientos a donde hay comida y bebida! O algo así. Pero esperad, que enseguida os contaremos más cosas sobre Grace y sus granjas.
Al amanecer, Li nos amontonó en su Toyota Land Cruiser para ir a ver a los Mugabe. Una vez en el lugar, Li pareció sentirse complacido por los progresos del orfanato. Justo en ese instante, emergiendo de una nube de polvo rojizo, el 4X4 negro brillante de la Primera Dama hizo su aparición. Grace, vestida con un encantador conjunto de aspecto rústico y botas impermeables, se bajó del vehículo mostrando una sonrisa tan brillante como sus gafas de diamante y saludó a Li en mandarín coloquial. Rebosando entusiasmo y optimismo, se lanzó directamente a contar las novedades sobre los avances que se estaban llevando a cabo en Iron Mask. Pese a que los medios de comunicación la presenten como una figura poco menos que satánica, Grace estaba demostrando ser una anfitriona encantadora.
Un par de horas más tarde, una de la docena (o más) de reinas de Swazilandia llegó al lugar. Con ella iba una de las princesas Dlamini, una adorable niña de nueve años con trenzas y un chándal de Hello Kitty.

| Dos de mis gentiles anfitriones: Grace y el Venerable Maestro Hui Li, un monje budista que ha emprendido una cruzada para construir un orfanato en cada país africano. |
Grace llevó a nuestra delegación de visita por el orfanato, cruzando las vacías habitaciones a zancadas grandes y seguras mientras nos señalaba todo detalle digno de atención con un tacto digno de una avezada agente inmobiliaria: amplios armarios, mobiliario de cocina de importación, encimeras de mármol, baldosas italianas. Hay planes para la construcción de pistas de tenis, un centro comercial y lujosas residencias para invitados. El templo en la cima de la colina estará a la altura de algunas de las mayores atracciones turísticas en Asia. Todo estaba tan lejos como humanamente pueda ser posible del ascético prototipo de orfanato de Li en Malawi, donde los niños se apilan en literas como oficinistas japoneses en un motel cápsula. Cinco o seis niños por módulo, calculó Grace. “Cuando vienes de las calles, necesitas todas las oportunidades que te puedan dar en la vida”, apuntó. Li tenía aspecto de sentirse muy incómodo.
A eso del mediodía nos dirigimos en caravana presidencial a la vaquería en la que nos encontraríamos y almorzaríamos con el rey swazilandés, Mswati III, y con el presidente Mugabe. Max, el gigantesco escolta que teníamos asignado, condujo su vehículo directamente hacia el carril contrario y despejó el camino para la docena o más de X5 y Range Rovers que formaban la procesión.
Recientemente, la organización pro-derechos humanos AfriForum pidió a los consumidores que boicotearan los productos de Nestlé si la compañía seguía comprando leche procedente de las vaquerías de Grace Mugabe. ¿El motivo? Que en 2002 Grace expropió seis de las más rentables vaquerías del país, todas ellas propiedad de personas blancas, dentro del controvertido plan de redistribución de tierras de Zimbabwe. Ahora ella es una de las ganaderas más poderosas del país. En nuestra conversación no se tocó el tema de las truculentas circunstancias bajo las que Grace obtuvo sus tierras. Comportándose ella de forma tan amistosa con nosotros, sondearla al respecto hubiese sido una grosería. ¿Debería la gente abstenerse de comprar productos Nestlé? No estoy seguro (a mí me gustan), y tampoco es que me importe. Todo lo que puedo decir es que Grace sabe un rato largo de lucrarse a toda leche.
La joya de su pastoral imperio es la vaquería Gushungo, en Mazowe, conocida anteriormente como Granja Foyle. Aquí las vacas dan casi un millón de litros de leche al año, y casi toda la producción la compra Nestlé. Totalmente futuristas, las instalaciones de Gushungo cuentan con cromadas estaciones de control que monitorizan cada gota que sale de cada una de las miles de ubres. Grace incluso ha instalado altavoces en el techo: la música clásica relaja a las vacas y, en consecuencia, la producción de leche aumenta. Nos habló con total autoridad sobre la pasteurización y los peligros de la mastitis, añadiendo unas cuantas esclarecedoras anécdotas de los tiempos en que ella misma amamantaba, y a continuación la delegación real siguió camino.

| Li, en la parte trasera de la caravana presidencial, antes de plantar a Mugabe para irse a comer una pizza. |
Como surgida de la nada, a ambos lados de la carretera se apiñaba una portátil multitud de adeptos ondeando banderas, pósters y pancartas. Los eslóganes coreados por la masa, en la que predominaban mujeres del campo carentes de dientes, se intensificaron al detenerse el convoy presidencial justo detrás de un camión abarrotado de guardias militares portando negros cascos de moto y fusiles de asalto AK-47.
Mugabe y Mswati salieron de su vehículo y pasaron al lado de la fila de ministros que se alineaban a un lado de la polvorienta carretera, estrechando manos e intercambiando cortesías. Mugabe improvisó unos pasos de baile para deleite de la multitud. Grace nos llevó al final de la cola para que pudiéramos saludar al presidente. Mi encuentro con Mugabe fue breve; consistió en un firme, correoso apretón de manos y una presentación. No hubo contacto ocular. Hacerle un retrato era imposible, de modo que le tomé una foto con la cámara a la altura de mi cadera en el instante en que la princesa Hello Kitty reclamó su atención. Los guardias me miraron con ojos amenazantes y él palmeó afectuosamente la cabeza de la princesa. ¡Lo había conseguido! Había estrechado la zarpa de Robert Mugabe. Olisqueé la palma de mi mano. Entonces caí en la cuenta de que me había olvidado por completo de mi maestro Zen.
Tanto polvo y tanta fanfarria le habían provocado a Li una silenciosa irritación. No cabía duda de que la visita presidencial no le interesaba ya lo más mínimo. Hacinada en autobuses y camiones, la claque del presidente había emprendido el camino de regreso a sus terrenos baldíos y a sus chozas de barro. Grace se había esfumado, de modo que Li y varios de nosotros escurrimos el bulto y pusimos rumbo a Harare, desviándonos antes para comprar una pizza. Jupiter, nuestro traductor, no tardó en recibir una inflamada llamada telefónica del ayudante del chef de Mugabe. Había seis asientos vacíos en el banquete y el presidente no estaba muy complacido. ¡Los cocineros incluso habían preparado un menú vegetariano para el monje! Li se encogió de hombros y le dio un mordisco a su porción de pizza.




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