Cultura

Una gran noche con… los pijos de La Castellana

By Esther Al-Athamna

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Hay veces en las que necesitas romper con la rutina, salir, viajar a territorios desconocidos, exóticos e incluso hostiles. Si no tienes pasta para montarte una escapada a lo El Cielo Protector te proponemos una opción más cercana, llena de peligros, lugares ocultos, cazadores con traje y aparcacoches: es sábado noche y ¡salimos por la Castellana!

Lo primero de todo, era conseguir cómplices para una misión tan arriesgada. No sin caras de asombro llamémoslas “Pat” y “An” aceptaron mi proposición. Segundo paso, LA TRANSFORMACIÓN, con mayúsculas. Si queríamos tener éxito, debíamos mimetizarnos con el ambiente. Vestidos, tacones, pintalabios, lentejuelas, las tres de negro, en plan “pibones totales”, aunque el precio a pagar era duro y más si eres malasañera de pro, y no te separas de tus Converse ni para ir a un bautizo...



Aún no habíamos parado un taxi para ir y el dolor de pies que llevaba comenzaba a ser indescriptible. El taxista, un señor mayor cachondón, nos informó de los sitios más pijos que podíamos encontrar por la zona; nuestro disfraz funcionaba a la perfección.

Estábamos en el territorio de guerra. Nuestra intención inicial era visitar los bajos de Torre Europa, pero mal empezábamos, estaba cerrado. Descojone generalizado cuando preguntamos al portero del Bingo Canoe y nos espetó que llevaba años cerrado. Después de este “chasco” inicial, decidimos hacer caso a los consejos de nuestro taxista y nos dirigimos al un lugar totalmente escalofriante y en el que jamás sospeché que pudiéramos entrar. El RealCafé o ese sitio en el que un culé desearía arrancarse los ojos (pero no antes de arrancarlos a un par de merengues).



En la puerta del sitio, que se encuentra en el propio Bernabeu y pinta ser más difícil de entrar que el corazón de Cristiano Ronaldo, las tres nos miramos con cara de "¿Qué coño hacemos?" No pudo ser más fácil, en menos de un minuto en las inmediaciones de la puerta, un “apuesto” joven con camisa rosa y pantalones de pinza, nos invitaba a entrar amablemente dando su nombre en puerta. Dicho y hecho, el universo “pijil” se habría bajo nuestros tacones, estábamos dentro.



Un ambiente pavisoso, poca gente y la mitad del local vacío y vallado. Un solitario DJ soltaba hits que ni mi madre hubiera valorado positivamente. Ricky Martin, Daddy Yankee y alguna inclusión de Martin Solveig “animaban” la velada, mientras que pequeños grupitos de pijines se hacían la jodida foto de rigor con el campo detrás.
Parecía que no hubiese nada mejor que hacer y eso que ya eran las 2 de la madrugada.

Al cabo de un rato, el chico que amablemente nos dejó pasar, se dirigió a nosotras. Era como Richard Gere en Pretty woman, pero más bajito y peludo. Previsiblemente venía a invitarnos a una copa que gustosamente aceptamos. En ese momento empecé a plantearme si salir por Malasaña era realmente rentable. Gin en mano, imploré que fuéramos al baño para cambiar mis tacones. Allí descubrí que el dicho de mi abuela “No hay escrupuloso que no sea guarro” es totalmente cierto. ¡Vaya ascazo de baño! ¡Tan finas que sois, Puris y mirad cómo lo ponéis todo!



En fin, tacones fuera. Era una mujer nueva. Era el momento de darse otro garbeo por la barra y tratar de interactuar con alguien.

Mmm, el chico de la camisa rosa, el que nos dejó entrar, el que nos invitaba a copas volvía acercarse y a decirnos que si queríamos podíamos ir un sitio mucho más exclusivo y del mismo dueño, Le Boutique en la mismísma calle Serrano. Tan sólo teníamos que decir que íbamos de parte de... y entraríamos sin problemas. Es más, nos comentó que si queríamos, podíamos esperar hasta las 3 e ir en coche con ellos. Ante la visión de verme montada en un Audi con un hombre sobándome la pierna a lo Paco Martínez Soria, pensé que lo mejor sería aceptar la invitación pero ir por nuestro propio pie. Creo que la visión fue conjunta porque Pat y An opinaron lo mismo.

Por cierto, espero no herir los sentimientos blancos, pero.. ¿Hace falta ser tan hortera coño? Lo que veis bajo estas líneas, es un grifo de cerveza tuneado. Había acabado con mi dolor de pies, ahora empezaba mi dolor de ojos...



El pescado por allí estaba vendido. Antes de ir hacia Le Boutique, decidimos dar una vuelta por la Avenida de Brasil, dejándonos caer por varios, llamémosles antrillos...
Las visiones que allí nos esperaban, fueron duras. Y es que si hay algo más terrible que un pijo, es un choni haciéndose pasar por pijo. La Avenida de Brasil es un claro ejemplo de ello, en el que llegamos a pasar por sitios con aparcacoches que cobraban 10€ eurillos de entrada.



Entramos en varios de estos lugares. Bajada radical de la media de edad y crujimiento de tímpanos. “Nossa, Nossa...” No podía más. Tal cual pasábamos salíamos espantadas. En fin, era hora de ir a un lugar realmente exclusivo, o lo que es lo mismo al “Pijerío máximus”-Le Boutique nos esperaba, eso sí, después de coger el búho. Nos habíamos fundido bastante pasta en el taxi y reconozcámoslo, lo único molón de ser pijo es poder coger los taxis que te salgan de la brenca y nosotras, no lo somos.



Sin problemas llegamos a Le Boutique. En la puerta el “venimos de parte de” funcionó sin problemas. Volvíamos a estar dentro. El sitio era muy bonito. Todo, absolutamente todo brillaba más de lo que brillan las cosas en el mundo real. Láseres, neones, espejos, personal de limpieza que limpiaba las copas derramadas antes de que el alcohol rozara el suelo. Estábamos en el sitio correcto. Aquí no eres persona si al menos no llevas 200 euros en la cartera. ¿Exagerada yo? Echad un ojito a la carta.



¿Os habéis fijado en lo que cuesta una botellita de Dom Perignom Rosé? 3500 paveles. Ya sabéis que beber el día que inauguren Eurovegas.



Y bueno, aquí sí que la gente bailaba. Como lo haría una abuela en una verbena, pero bailaban. Que menos que rentabilizar ese alcohol tan caro demostrando un poquito de achispamiento. La música, pues qué deciros y siendo bastante gráfica, si aquello fuera un bukkake, Juan Magán estaría en el centro.

¿Y el público? Pues claramente lo dividiría en dos facciones irreconciliables: a) Niños de papá estupendísimos y jovencitos y b) Empresarios viejo-verdes que andan por allí a ver si encuentran a alguien para meterle la… Belvedere.

Aún tengo pesadillas ante tanta visión de camisas metidas por dentro, zapatos castellanos y estilismos capilares a lo Alejandro Agag.



Y ellas, pues muy “Maripuris” con sus taconcitos, sus vestidos de noche y sus estilismos “lo mismo salgo, que me voy de boda”. Eso es así.

En mi labor como investigadora, descubrí que hay tres cosas que les gustan hacer a los pijos sobre todas las cosas: una es hacerse fotos como si no hubiera mañana.



Otra es reservar mesas, reservar sillones, reservar botellas... Reservar, reservar reservar... Lo que sea.



Y tercera y última: PRESUMIR. Si no presumes y si no chinchas a los demás con la cantidad de pasta que tienes, ¿para qué coño la quieres? Fijáos la cantidad de vasos vacíos y cubiteras que acumulan en la mesa, está claro que eso es un símbolo de estatus. Ni los camarareros con pajarita, se atrevían a tocarlos.

Eran casi las 5 de la mañana y habíamos visto demasiadas cosas. Además la posibilidad de reencontrarnos con nuestro captor del RealCafé, hizo que saliéramos escopetadas hacia la zona de fumadores y de allí Serrano abajo.

Volviendo a casa en plan (La) moraleja, pensé que por mucho agua con incrustaciones de Swarovski que beban, por mucha ropa cara que lleven, en el fondo son unos jodidos horteras y lo que es peor, son muy muy aburridos. Si alguna vez vuelvo, prometo llevarles una cinta de chistes de Arévalo.

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