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El SeÑor De La Autopista

Matiullah Khan es el agente de tránsito más temido de Afganistán

By Christoph Reuter

POR CHRISTOPH REUTER
FOTOS DE THORNE ANDERSON

El señor de la guerra Matiullah Khan (quinto por la derecha), rodeado por los soldados que le ayudan a mantener el Día de la Seguridad, que lo único que en realidad asegura es su total control del este de Afganistán.

Matiullah Khan es el jefe de la Policía de Carreteras, una agencia gubernamental oficialmente disuelta hace años por las fuerzas de pacificación holandesas destinadas en la provincia de Uruzgan, al sur de Afganistán. Matiullah no es un agente del gobierno, dicen los mandos holandeses. No quieren tratos con él. Prefieren no mencionar su nombre y, cuando tienen que hacerlo, se refieren a él simplemente como “M”. De acuerdo con la purista imagen que las tropas holandesas tienen de Afganistán, Matiullah no es otra cosa que un señor de la guerra que controla ilegalmente la entrada y salida de bienes en la región.

Matiullah, sin embargo, ve las cosas de modo distinto, y no hace mucho nos invitó a hablar del asunto en su hogar, más bien fortaleza, situado justo enfrente del campamento holandés.

Disciplinados hombres con uniformes inmaculados nos saludaron al llegar a sus puertas. Uno de ellos estaba avergonzado porque a su guerrera le faltaba un botón. Cada vez que nuestro fotógrafo se acercaba, él trataba de disimularlo tapándola con la mano.

El Señor de la Autopista, como también se conoce a Matiullah, nos recibió en su salón. Delgado, avanzada la treintena y luciendo una barba perfectamente recortada, Matiullah habló con nosotros con voz tranquila, sin acelerarse y sin apenas sonreír o gesticular. Alzaba la voz de vez en cuando, pero sólo para hacerse oír sobre los intermitentes disparos del cañón Howitzer de los holandeses, cuyos estallidos provocaban que las tazas de porcelana tintinearan sobre la mesa de roble.

“Los holandeses difunden mentiras sobre mí”, dijo. “Pregúntale a la gente de ahí fuera lo que piensa”.

La población de Uruzgan, en su mayoría, se alinea con Matiullah, aunque sólo por miedo. No es que el respaldo popular signifique mucho, en realidad, ya que los responsables de mantener aquí la paz son las tropas holandesas. La población escogió bando allá hacia 2006.

Tras analizar la situación en Uruzgan, los holandeses impusieron una condición a la coalición de fuerzas de la OTAN: si querían que Holanda se uniera a la ISAF (International Security Assistance Force), el entonces gobernador Jan Mohammed Khan (JMK para abreviar), un notorio criminal violento, debía ser depuesto.

“Podríamos haberle matado”, nos confió un diplomático holandés con el que compartimos una cerveza sin alcohol en el campamento. “Pero se rechazó la idea”. El presidente Hamid Karzai, amigo personal de JMK, tomó cartas en el asunto y destituyó al gobernador. En su lugar, aunque desprovisto de rango oficial, está ahora su antiguo teniente: Matiullah Khan.

En el bando opuesto a Matiullah está el jefe de policía de Uruzgan, Juma Gul, de quien no es ningún secreto que acepta sobornos, vende drogas y comete desfalco en los salarios de sus subordinados. Juma es, de facto, una herramienta de las fuerzas gubernamentales, pese a que incluso a su brazo derecho, el coronel Mohammad Nabi, le encantaría verle entre rejas. Nabi es la encarnación del militar recto que puede encontrarse hasta en las más tétricas dictaduras: un hombre de carácter melancólico, apreciado por sus subordinados y lo bastante desesperado como para no tener miedo. Le conocimos durante nuestra búsqueda de Juma.

Nabi captó casi de inmediato la dirección a la que apuntaban nuestras preguntas. “¿Y qué podemos hacer?”, nos espetó. “El cuerpo de policía está podrido y así seguirá mientras cualquier criminal pueda salir de prisión sobornando a alguien y cualquier gángster con dinero pueda hacer que encarcelen a sus enemigos ”. Aludiendo a un episodio bien conocido en el pueblo, en el que Juma está implicado, Nabi añadió, “No habrá esperanza mientras se sigan robando los salarios de los agentes de policía. Nosotros, los oficiales de rango medio, nos reunimos con el nuevo ministro del interior. Prometió ayudarnos, pero hasta ahora no se ha hecho nada”.

Le preguntamos si decir cosas como ésta no le da miedo. Nabi nos miró, triste y cansado. “Le que me pase a mí no tiene importancia”, dijo. Los demás hombres en la habitación le miraron, asintiendo en silencio.

De forma similar, en la pugna entre Juma y Matiullah, los abatidos holandeses no tienen otro remedio que ponerse de lado del, en comparación con Matiullah, poco importante Juma.

Buscamos a Juma durante días y fue él quien nos encontró. Puesto que este hombre posee una habilidad innata para husmear hasta la más pequeña posibilidad de sacar tajada, nos replanteamos seriamente la conveniencia de hacerle una entrevista. Nos alcanzó cuando nos estábamos largando y le gritó a nuestro conductor, “¿Quién te ha dado permiso para conducir sin escolta policial?” Una escolta, evidentemente, en nómina suya. “¡No hay discusión que valga! Un guardia irá con vosotros”, añadió, señalando a una camioneta verde oliva con cuatro policías en su interior. Mientras nos poníamos en marcha, aprovechamos para preguntarle sobre los informes de la corrupción existente entre sus tropas. “¡He hecho limpieza! He mandado a la cárcel a más de 20 policías corruptos”. Lo único que a Juma le importaba era que habíamos aceptado y pagado su escolta.


Matiullah nos invitó a tomar el té en su casa, justo enfrente del campamento holandés.

Nuestro conductor le maldijo en voz baja. Los policías siguieron a nuestro vehículo con su furgoneta. “Ahora nos causarán problemas dondequiera que paremos”, dijo. “En cada destino intentarán sacarnos dinero. Si no se lo damos nos prohibirán hablar con la gente. Y al final vamos a tener que pagarles de nuevo por las molestias que se han tomado”.

Matiullah está al frente de un chanchullo similar pero a una escala mucho mayor. El suyo abarca toda la región.

Estos dos grupos se reparten el cotarro en la capital de Uruzgan, Tarin Kowt. La facción de Juma, el agente del gobierno, controla el bazar, la carretera que conduce al distrito de Dehrawud, situado al oeste, y la carretera a Shora, al norte. La facción de Matiullah, el forajido, controla la única rotonda del casco urbano, toda la parte este de la ciudad y, lo que es más importante, la autopista.

La rivalidad entre estos dos autocalificados oficiales es un reflejo a pequeña escala de las miserias que aquejan a este país. A primera vista, Matiullah puede parecer la mejor elección para el puesto de jefe de policía: un hombre con tanta influencia que sería capaz de proporcionar la seguridad que Juma no puede. Los holandeses así lo reconocen, pero están obligados a respaldar al irrespetado y fulero Juma Gul. Cada vez con más y más ojos puestos en lo que sucede en esta región, las fuerzas pacificadoras en suelo afgano se encuentran maniatados para poner a Matiullah, el señor de la guerra, en el puesto que ocupa Juma.

Nos llevó unos cuantos días convencer a los mandos holandeses de que hablaran, aunque fuese vagamente, sobre “M” y Juma. Concedieron que sí, en efecto, Juma Gul era una molestia. Corrupto hasta la médula, impopular, incompetente. Estarían encantados de deponerle si se les presentara la oportunidad. Aun así, Juma es sólo un engranaje de una máquina más compleja. Parte de los sobornos que recibe y de los sueldos que desfalca van a parar a manos de personajes de posición más elevada que la suya.

El caso de Matiullah es totalmente distinto. El suyo es un negocio independiente. Y controla la región como un titiritero para afirmar su poder.

A invitación suya, acompañamos a Matiullah a su salón de visitas, donde una serie de personas hacían cola para solicitar su ayuda. Un hombre con una pierna rota le pidió dinero para su tratamiento. Dos deudores no podían devolver cierto dinero que les habían prestado. Una delegación de jefes tribales solicitó a Matiullah que resolviera una disputa territorial. Matiullah parecía dispuesto a dejar que la escena hablara para nosotros por sí sola.

Ahí estaba él, el jefe de la inexistente Policía de Carreteras, sentado en un cojín, en una gran habitación, con aspecto de príncipe medieval con su vaporosa túnica blanca y su chaleco negro, resolviendo disputas territoriales. Recordaba a alguna figura de la Guerra de los 30 Años, obteniendo poder del caos circundante.


A Jama Gul, el jefe de policía (con respaldo holandés) de la provincia afgana de Uruzgan, se le conoce más por ser el tipo que engorda lo que le da la gana a costa de los cheques de sus subordinados.

Según él mismo nos dijo, Matiullah tiene exactamente 916 hombres a sus órdenes. Además del salario habitual de un policía, 180 dólares anuales, cada hombre percibe 220 dólares adicionales por su lealtad. Matiullah se puede permitir el gasto, puesto que él es la fuerza que hay detrás de la jornada más económicamente provechosa existente en Uruzgan; el Día de la Seguridad. Y es una creación suya.

El Día de la Seguridad cae en días diferentes cada semana, pero cuando llega, es inconfundible. Nubes de polvo levantándose sobre las colinas abrasadas por el sol de Uruzgan anuncian su llegada, agitadas por lo que parece una interminable comitiva de camiones de 40 toneladas, taxis y furgonetas cargadas hasta los topes, circulando en ambas direcciones y formando convoys de hasta 100 vehículos.

A grandes rasgos, el Día de la Seguridad es el único de la semana en el que es seguro para los convoys utilizar la polvorienta carretera que pasa entre Tarin Kowt y las vecinas capitales de Kandahar y Helmand. El Día de la Seguridad es el salvavidas de Tarin Kowt. Es el día en que se reparten los suministros a las bases del ejército americano, el gobierno provincial y los mercados del pueblo. Gasolina, arroz, cemento, acero, verduras, piezas de recambio… Cualquier cosa. Y todo ha de pasar por una sola carretera y en un solo día. Matiullah controla esta carretera y cobra de 300 a 2.000 dólares a cada vehículo. Instituciones humanitarias, hombres de negocios e incluso los militares estadounidenses están más que contentos de pagar a Matiullah por sus servicios. A los americanos, en concreto, Matiullah les gusta mucho, ya que él es la garantía de que los suministros llegan a las pequeñas bases que tienen instaladas en Uruzgan. Sus hombres fuertemente armados vigilan la ruta, montan guardia en los puntos de control y abren fuego sobre cualquier atacante.

Matiullah hace todo lo posible para caer simpático a los ciudadanos de Tarin Kowt. En febrero de 2009, dos de sus hombres murieron y la tercera parte de sus soldados resultaron heridos, pero los convoys lograron seguir su ruta. En Tarin Kowt se sabe que Matiullah envió a uno de los heridos a un hospital en India para que le salvaran un ojo.

Con estos antecedentes, ¿por qué la fuerza de pacificación holandesa no quiere reconocer a Mattiulah?

Es sencillo: porque su historia a las órdenes de JMK está escrita con sangre. Mattiulah comandaba las unidades de castigo que asesinaban a todo granjero testarudo que se negara a entregar sus tierras, sus hijas y su ganado al gobernador. Los holandeses sostienen que la simple mención de su nombre infunde terror en toda la región.

“Si nombramos a Matiullah jefe de policía, probablemente más de la mitad de los habitantes del valle baluche huirían corriendo para unirse a los talibanes”, nos explicó un alto mando holandés quien, debido a lo peliagudo del tema, prefirió no decirnos su nombre.

“Nunca confiarían en Mattiulah Khan”, dijo. “Y con razón. Por tanto, tenemos que prevenir que algo así llegue a suceder”.

Eso es todo lo que pueden hacer. Los holandeses dependen tanto como los demás del Día de la Seguridad; temiendo que ningún otro pudiese hacerlo, Mattiulah goza así de total libertad para ejercer el control de la carretera. Otro mando nos explicó que las fuerzas holandesas tienen instrucciones sencillas y un plan de acción más sencillo todavía: “Mientras no haga ningún intento de ampliar su esfera de influencia”, ellos permitirán las actividades de Matiullah, sin emprender acción alguna contra él. En otras palabras: “Él gana. Nosotros perdemos”.

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