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      Werner Herzog es un cineasta con suerte

      May 2, 2012

      El del “corredor de la muerte” es un género cinematográfico. Gracias a documentalistas como Louis Theroux y Errol Morris, lo conocemos como si hubiéramos estado allí. Todos sabemos los procedimientos. Incontables veces hemos mirado a través de la lente, atravesando el plexiglás, al interior de los ojos de los probablemente culpables, triple homicidas, mientras esperan que les llegue su hora de viajar hacia el olvido. Las apelaciones de último minuto a Ann Richards/ George Bush/ Rick Perry, táchese el que no proceda. Las últimas declaraciones taquigrafiadas. Y sabemos, en última instancia, de las tumbas sin nombre en las áreas especialmente designadas en las partes traseras de las prisiones.

      ¿Por qué Werner Herzog se ha adentrado voluntariamente en esa sopa de clichés para su nuevo film? ¿Y pòr qué ha incluido casi todos ellos? La única respuesta verdadera es la más simple: porque Herzog es Herzog, un ingenuo genuino. Un hombre que admite sin tapujos que apenas ve cine y que persigue aquello que le interesa con un candor que elimina de raíz cualquier posible idea a posteriori. Ese es su modus operandi: sentir curiosidad sobre algo interesante, y después acordarse de llevar una cámara.

      Into the Abyss, la incursión de Herzog en el género carcelario sección corredor de la muerte, se centra en los casos de Michael Perry y Jason Burkett, quienes recibieron sentencias de pena capital y cadena perpetua respectivamente por su implicación en un triple asesinato en Texas. Herzog aporta gran frescura a sus crímenes. Las preguntas surgen desde ángulos extraños y, repentinamente, el lechoso capellán de la prisión explica una historia acerca de no pillar a una ardilla con un carrito de golf que concluye con él sollozando. El guarda de la prisión empieza a hablar de darse cuenta de carencias en la vida de un modo que rivaliza con las más exitosas peroratas de Jesucristo en torno a la doliente humanidad. Esto es lo que sucede cuando el Hombre Normal y Corriente entra en contacto con Werner Herzog: que deja de estar pendiente de los resultados del béisbol y se convierte en un elocuente instrumento de la verdad filosófica. Podría decirse que Herzog es un tipo con suerte. Podría decirse que posee un don para entrar en el corazón de aquellos con quienes se encuentra. Un poco de ambas cosas. Lo que resulta extraordinario, sin importar por dónde analices su talento, es que Into the Abyss no se dejó prácticamente nada en la sala de montaje.

      “Soy un cineasta con mucha suerte. Sí”, admite en la habitación del Soho Hotel donde está presentando su última película. “Soy muy bueno calibrando a la gente... Cuando veo a una persona, sé que es con la que debo hablar, aunque no sepa nada sobre ella. El film que has visto: todas y cada una de las personas a las que he filmado salen en la película. Con una excepción. Había una antigua novia de Michael Perry. Y era muy sosa. Ni siquiera miré el metraje cuando estaba editándolo: sabía que no era bueno. Pero todas las demás personas tienen presencia destacada en la película”.

      En los bosques de Texas, Herzog viaja a través de un mundo medio olvidado, medio oculto, de dolor y negación: el padre de Burkett, un antiguo delincuente, está también en la cárcel con una condena de por vida; padre e hijo fueron enmanillados, uno al lado del otro, durante la comparecencia del padre en los juzgados duranten su alegato en favor de su hijo. También el padre de una de las víctimas está cumpliendo cadena perpetua por homicidio. Otro tipo –de un pueblo cercano, Cut and Shoot– recuerda haber sido apuñalado con un destornillador, hasta el mango, 14 puntos de sutura. ¿Acudió al hospital? No señor. No lo hizo. Tenía que estar en su trabajo en media hora, así que dejó que la herida sanara por sí sola. “Supongo que tuve suerte”, farfulla mientras lanza un escupitajo, otro, sobre la parcela de hierba en la que Herzog le tiene arrinconado.

      Si algo hay que lo entrelace todo, eso es la voz precisa y bávara, de hablar sencillo, de Herzog, preguntando sólo las cosas que le interesa saber. “Me di cuenta de que sólo disponía de 15, 20 minutos antes de que tuviera que marcharse a trabajar. Me limité a girar la cámara 90 grados, le puse a él delante de la cámara y le pregunté, ‘¿Cómo te llamas?’ Cuando le tendí la mano pude comprobar que la suya estaba cubierta por enormes callosidades. Eso hizo que me gustara de inmediato. De un hombre trabajador a un hombre trabajador. Yo gané como soldador el dinero para rodar mi primer film, así que enseguida simpaticé con él. No tenía ni idea de quién era. Y casi todo lo que hablé con él está en la película”.


      Michael Perry

      Herzog obtuvo permiso para filmar a Perry durante ocho días antes de que este tuviera que ir hacia su muerte. Es, obviamente, un hombre culpable que proclama su inocencia con la jovial petulancia de un mentiroso nato. Aun así, no puedes evitar que te caiga bien. Él es, al igual que el resto del casting, una presencia afortunada: un contador de anécdotas lleno de sonriente encanto, locuaz pero conciso cuando se trata de dar su punto de vista. Quizá cargado con la energía de un hombre que vive cada nanosegundo. Sin que se le permitiera llevar ni siquiera un bolígrafo, a Herzog le pusieron al otro lado del plexiglás para que hablara con Perry. Sólo tenía 50 minutos, el transcurso de los cuales determinaría si tenía entre manos una película o no.

      “Nunca llevo preguntas preparadas. Nunca. Solo sabía que le preguntaría a Michael Perry, “¿Qué tal te va?” Esa era la única pregunta que tenía. Después... ya veremos lo que pasa... Cuando trabajas así no tienes tiempo. Tienes que encontrar la voz adecuada. Al instante. Y así con cada distinta persona que sale en el film. Y oyes mi voz. Desde mi lado de la cámara, todos tienen una voz diferente. Y tienes que leerlos. Tienes que comprenderlos al instante. Tienes que conocer los corazones de los hombres. Es un don. En cierto sentido siempre lo he tenido, pero también la vida te da cierta perspectiva”.


      Jason Burkett

      Herzog continúa diciendo que su película “no es un discusión filosófica, es una historia”. Con todo, es evidente, tanto dentro como fuera de la pantalla, dónde residen sus simpatías. Al fin y al cabo, ¿ha hecho alguien alguna vez una película a favor de la pena capital? Para alguien tan franco como él, su política al respecto es muy tibia. Da la impresión de sentir que, a pesar de residir en Estados Unidos desde hace años, todavía no tiene derecho a decirle a los norteamericanos que su sistema judicial considera que la vida humana es un lujo prescindible. Herzog ha estado a lo largo de toda la suya en contra de la pena capital. Viene de esa generación de alemanes que luchó por ser la más liberal de toda Europa. Sin embargo, también parece haberse pertrechado de un equipaje nacional e histórico que solo unos verdaderos gilipollas le podrían haber permitido acumular. Decididamente no es una discusión de índole filosófica, ya que, de haberla, escuchándole está claro que sería una terriblemente compleja.



      “No. No soy un activista. En primer lugar porque soy un invitado en el país en el que he rodado esta película. Y... siendo alemán, con el pasado de la Alemania nazi que tenemos, yo sería la última persona en poder decirle a los americanos cómo tratar con su sistema judicial. Y no tengo aquí derecho a voto. Por supuesto, ya hay varios excelentes films de carácter activista. Dejemos que existan esos films”.

      Su película, señala él, trata más bien del ecosistema, de algo muy “herzoguiano” y que consiste en hallar un iluminador instante de atroz drama humano y después desenrollarlo y seguirlo corriente arriba para ver a dónde lleva, descosiendo en el trayecto los corazones de aquellos que se encuentran atrapados en su cauce. “No estoy interesado únicamente en los reclusos del corredor de la muerte. Eso solo es una cosa. También está... el hombre sin estudios que fue apuñalado en el pecho con un destornillador. Y los miembros de las familias de las víctimas. Hay un antiguo verdugo, y está el capellán. Está el detective de homicidios. Gran parte de esta película no trata de la muerte, sino de la vida. De celebrar la vida. No es un film sobre el corredor de la muerte o la pena capital. El crimen es algo que cuenta una historia real. Y el sinsentido de este crimen...” Aquí titubea un poco y su acento se vuelve más germánico a cada aliento. “El nihilismo es tan sorprendente, y tan aterrador. Eso es lo que me fascina”.


      Fred Allen

      Into the Abyss concluye con Fred Allen, el hombre que en 1998 ejecutó a una célebre reclusa del corredor de la muerte, Karla-Faye Tucker; el obligatorio guardia duro pero decente. Supervisor jefe en un buen número de ejecuciones, tras la de Karla-Faye se deshinchó y dimitió ahí mismo, in situ, a costa de quedarse sin su pensión de jubilación.

      “Ese fue un hermoso regalo que me cayó del cielo. Cuando Fred Allen, después de trabajar en 25 ejecuciones, decide que ya basta... Deja su trabajo y pierde su pensión, pero ahora su vida es buena. Y se reclina en su asiento y se dedica a observar a los pájaros. Y lo que están haciendo los patos. Y los ruiseñores. ¿Por qué hay tantos? Ahí, instantáneamente, corté. Y cuando me levanté, le di un breve abrazo. Le dije: ‘Mr. Allen, usted tendrá la última palabra en esta película’. Él dijo, ‘Perdón, ¿he dicho algo malo?’ No tenía ni idea de haber dicho algo especial, de que había planteado la cuestión definitiva: ‘¿Por qué hay tantos?’”

      Aún parece encantado con esa escena, que vuelve a proyectarse en la parte trasera de su mente. Quizá debería haber sido Fred Allen el que se levantara y abrazara a Herzog. Después de todo, que te entreviste un cineasta con tanta suerte no es algo que ocurra todos los días.

       

       

      Sigue a Gavin en Twitter: @hurtgavinhaynes

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      Temas: Werner Herzog, Michael Perry, el corredor de la muerte, Into the abyss, cine

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