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SÍ, Soy Modelo

Intentando sobrevivir en el despiadado mundo de la belleza profesional

By Alex Mindlin


Modelo: Channing Andreya
Foto de Alain Levitt


TEXTO DE ALEX MINDLIN

En el tercer día de la Semana de la Moda, el parque de Bryant Square se había transformado, como siempre, en una ciudad de carpas blancas hinchadas como velas. Guardias de seguridad con tablillas portapapeles y fotógrafos cámara en mano hacían patrulla en sus escalones de granito. La carpa principal, en la parte superior de la escalinata, estaba cubierta con una tela con estampación de doncellas vistiendo togas.

Abajo, a la altura del primer escalón, Brianne Murphy y Channing Andreya, vestidas con sendos ponchos de color rosa, suaves boinas grises y unos guantes de punto que les llevaban hasta el codo, tiritaban de frío. “Parecemos Oompa-Loompas de color ciruela”, dijo Channing. “Desechos de la moda”.

Las dos mujeres estaban repartiendo ejemplares del periódico gratuito Metro, una edición especial para la Semana de la Moda envuelta en una funda rosa promocionando la nueva línea de bolsas de deporte de LeSportsac. “¿Metro, moda?”, anunciaban las mujeres. “¿Metro, moda?”

“Me estoy congelando”, dijo Brianne. “No me siento ni el culo, si te interesa saberlo”. Brianne tenía unos labios rosados con los que solía hacer pucheros; su pelo rubio no dejaba de escaparse por debajo de su boina. Se mantenía muy al tanto, infructuosamente, de los peces gordos de la industria que podrián hacerla avanzar en su carrera. “Debería estar ahí dentro, desfilando”, me había dicho un par de días antes, “pero esto es lo que una tiene que hacer si quiere meterse en este mundo”.

En un momento de tranquilidad, Channing y Brianne se pusieron a charlar acerca de algunos de los curiosos trabajos que habían hecho en su carrera como modelos. “Una página web de L’Oréal, un catálogo de disfraces de Halloween y un anuncio de una clínica dental”, dijo Brianne. “Y también una página web de pelucas”.

“¡Yo también trabajé para una web de pelucas!”, respondió Channing. “Cuántos pelucones rojos maravillosos”.


La Semana de la Moda es, por supuesto, temporada alta de modelos. Los rostros populares aparecen en los medios de comunicación, y algunas nuevas modelos consiguen darse a conocer. También son días de intensa actividad en el submundo de las modelos que luchan por salir del anonimato; chicas guapas, pero desconocidas, que pasan el mes de febrero acumulando facturas telefónicas en los baratos hoteles del Midtown en que se alojan, sonriendo a las cámaras Polaroid de los directores de cásting mientras sostenien hojitas de papel con sus nombres garabateados, y sonriendo forzadamente a los visitantes de las casetas de las ferias comerciales que se celebran en el Javits Center. No sólo son modelos las chicas que hacen pases de alta costura: las modelos de nivel medio son como los aditivos alimentarios artificiales, suelen pasan desapercibidas pero descubres que están por todas partes una vez empiezas a fijarte. La chica sonriente que aparece en esa foto borrosa del envoltorio de los calcetines que acabas de comprar, es modelo. También la mujer que habla con tono jovial del mercado potencial de un refresco de naranja en el vídeo que se exhibe en una reunión de posibles inversores. Y las conejitas de labios rosa y pelo esponjoso que obsequian a los visitantes con chupitos de Bacardi. Todas ellas son modelos, y esta es su historia.


La mayoría de las carreras de modelo, exitosas o no, empiezan con una serie de pruebas que se conocen como “TFP”, el acrónimo en el que más esperanzas se depositan, también el más triste de todo este ámbito. Significa “Time for Print”, tiempo a cambio de fotos. En las sesiones de TFP, a las modelos se les paga con copias de sus fotografías, que pueden incluir en sus álbumes. También la exposición se considera una forma de remuneración: la posibilidad de que alguien con poder se fije en ellas cuando las fotos se usen, si es que lo hacen.

En las páginas web que frecuentan las modelos, páginas como Model Mayhem y One Model Place, los fotógrafos ponen cada día docenas de anuncios buscando chicas para este tipo de sesiones. El 26 de febrero, una agencia de rescate de animales de Kansas City anunció un cásting “con el estilo y el glamour de Maxim” para un calendario en el que las modelos posarían con pitbulls. Una fotógrafa de Los Angeles solicitaba diez chicas para hacer unas fotos que poder mostrar a sus clientes potenciales. “Entre toma y toma”, escribió la fotógrafa, “las modelos tendrán a su disposición una mesa de billar y un futbolín. Habrá comida y bebida para todas”. Y alguien, en la web Craiglist, anunció estar buscando mujeres que quisieran posar desnudas, añadiendo con tono algo desdeñoso que la sesión se haría “por amor al arte, no para sacar un beneficio”.

Trabajar gratis, o prácticamente gratis, no lo hacen sólo las chicas jóvenes muy desesperadas. Una vez me pasé cerca de una hora en el estudio de un fotógrafo en Chinatown entrevistando a todas las personas que se dejaron caer en busca de una oportunidad de salir en el folleto publicitario de una organización sin ánimo de lucro de Brooklyn apenas conocida. El trabajo ocuparía la mitad de un día, y la remuneración sería de 200 dólares. Lo que yo suponía que me iba a encontrar era una procesión de indigentes, descarriados y pelagatos; sin embargo, se congregaron allí un profesor de la Universidad de Columbia que había aparecido en campañas de MasterCard y Carnival Cruise Lines, y un brasileño de 25 años con aspecto de ir un poco pasado que había trabajado como modelo en Milán, Tailandia, Hong Kong y Grecia. Había también un hombre de 33 años, ex modelo de pasarela; otro veterano de Milán, que me explicó que tiempo atrás había percibido 1200 dólares por aparecer en un anuncio televisivo de Absolut. Cuando le pregunté si valían su tiempo los 200 que pagaban por este bolo, el hombre dejó escapar una carcajada, permitiéndome ver una dentadura blanca perfecta. “¿Quieres saber la verdad?”, respondió. “Sí y no. Los días de supermodelo bien pagado y de posar como único trabajo ya se terminaron para mí”.

Las modelos se encuentran en estado de ansiedad en los tiempos que corren. “Perfectamente podrían haber otras diez chicas con mis medidas y un aspecto similar al mío”, me contó una modelo de cabello rubio y cierta experiencia tras un fin de semana arrastrándonos de cásting en cásting. “¿Con quién se quedarán? Hay tantas modelos ahora que los clientes se pueden permitir ser selectivos. Pueden decir, ‘No nos gusta el color de sus ojos’ o ‘Tiene un tatuaje, vamos a coger a otra’”.

Las sesiones TFP a veces atraen personas que apenas se ajustan a la más libérrima, abierta definición de “modelo”, gente que representa un papel o tan sólo busca distracción. Un sábado, en Bed-Stuy, me encontré con una chica rusa-ucraniana de 26 años, de grandes ojos y mejillas sonrosadas, llamada Zhanna, a quien había conocido a través de un anuncio en Craiglist en el que se describía como “modelo profesional procedente de Rusia”. Al igual que lo de su país de origen, lo de “profesional” era una verdad a medias: la experiencia profesional de Zhanna consistía en haber repartido chupitos de licor en Brighton Beach. “Acabé bebiéndome todo el licor de muestra que había”, me contó. “Me puse a pensar, ‘Se nota que esta gente no es de Rusia, ¡no bebe nadie!” Por otra parte, Zhanna ha hecho por lo menos 30 sesiones TFP, y para la de hoy ha adoptar un look gótico. “El vampiro es mi monstruo favorito”, dice.

Seguí a Zhanna hasta el edificio de seis plantas en el que se iba a encontrar con el fotógrafo que contactó con ella tras leer su anuncio en Craiglist. Resultó ser un sueco alto, con cola de caballo, al que llamaré Lars. Un hombre tan educado que el único signo de disgusto por mi presencia allí que pude apreciar fue una furtiva mirada de reproche.

Cuando llegamos, Zhanna hizo, con toda consciencia, una pirueta: “He ganado un poco de peso desde que te envié las fotos”, dijo, “espero que aun así todo vaya bien”. Ella no había traido ropa gótica, pues esperaba que Lars tuviera algo a mano, así que entró en el cuarto de baño para ponerse un pequeño vestido de pana que llevaba consigo. Apareció al cabo de un minuto y dijo, “Se me ha olvidado mi lápiz de ojos”. Un poco más tarde anunció: “No tengo sombra de ojos negra, tendrá que ser marrón”. También había traido la barra de labios que no era. “Pero tengo algo plateado”, dijo. “Ah”, contestó Lars inexpresivamente, “plateado”. La mirada de disgusto asomó de nuevo, por tercera o cuarta vez.

Zhanna tuvo entonces un golpe de inspiración.

“¿Tienes ketchup?”, preguntó.

“¿Cómo? ¿Ketchup?”, respondió Lars. “¿Para qué”?

“Para los labios. Es del mismo color. Me pondré ketchup. En serio”.

Lars no tenía ketchup. Una vez Zhanna volvió a meterse dentro del cuarto de baño, Lars frunció los labios y se acercó a mí. “No es exactamente lo que estaba esperando”, refunfuñó.



Brianne Murphy y Channing promocionando la nueva línea de bolsas LeSportsac’s fuera del recinto de la Fashion Week. Foto del autor.
Como cualquier otro evento que toma una ciudad, la Semana de la Moda tiene flecos, pequeños shows paralelos que no se mencionan en el programa oficial y que no obtienen cobertura de la prensa. La mayoría se celebra en clubs nocturnos y salas de fiesta, y en ellos se mueve poco dinero. Los propietarios de los clubs permiten a los diseñadores usar estos espacios gratis, puesto que la presencia de chicas guapas atrae al público. Las modelos no cobran nada, puesto que necesitan la exposición que estos actos les conceden. Tampoco los maquilladores y los peluqueros cobran, ya que lo hacen como un favor a los diseñadores. Los únicos que pagan son los miembros del público.

Una noche me pasé cinco horas sentado en una nube de laca para el pelo en un lúgubre club del Midtown cubierto de espejos llamado el Grand. Se trataba de un show de KahriAnne Kerr, una diseñadora de 25 años con aspecto de duende que presentaba su muy irónica colección de camisas y vestidos de colores turquesa y púrpura ácido. Parte de la ropa estaba pensada para dar la impresión de estarse llevando al revés: los vestidos tenían copas como las de los sujetadores cosidas encima, y las camisas, líneas de adornos simulando costuras. Una blusa tenía la imagen de un medallón, impresa con plancha, con la leyenda “No llamaría a la policía por ti”.

Entrevisté brevemente a KahriAnne, una mujer que mide poco más de metro y medio y habla con vocecita de niña, detrás de una hilera de camisetas colgando en exhibición, mientras ella aprovechaba para comerse una barrita de caramelo. Me contó que detestaba tener que montar exposiciones y pases en un club (“La iluminación es una mierda”). En cuanto a las modelos, “No han costado nada”, dijo. “Nunca las había visto antes. Les digo que me gusta que tengan actitud, ‘sed como estrellas del rock’. Pero me conformaré con lo que obtenga”.

Las modelos eran en su mayoría adolescentes de Long Island y los barrios circundantes, y las había envíado una agencia subcontratada que las escogió en las escuelas de modelos. “Estoy en este show porque mi agente me dijo que lo hiciera, porque ellos saben lo que es mejor para mí”, me dijo una chica de 17 años llamada Kim Bode. Medía más de 1,80, y los maquilladores le habían pintado con sombra de ojos unos círculos parecidos a los de los mapaches. La mayoría de las modelos declararon que “adoraban la pasarela”, y observaron embelesadas a KahriAnne cuando esta les mostró, horas antes de que abriera el club, por dónde tenían que caminar. Dos de ellas habían emitido un leve chillido tras practicar un giro. “Eso fue divertidísimo”, dijo alguna de las otra chicas.

Las escuelas de modelos tienen reputación de ser caros lugares donde perder el tiempo pasándolo bien. La escuela de una adolescente de Staten Island la había hecho caminar por Central Park sosteniendo un libro en la cabeza. A Kim, que era una estudiante adelantada, se le había permitido dar una clase sobre cómo caminar sobre la pasarela. Hablamos un poco de los trucos del oficio: “Hay que esperar tres segundos al final para que la cámara te pueda hacer una foto”, me explicó. “A veces enseño a chicas más jóvenes, y necesitan tiempo para enviar besitos o ajustarse las gafas de sol”.

Entre hedor a productos de belleza y cabellos chamuscados, las modelos se cambiaron y pasaron por las manos de los peluqueros en un pequeño espacio adyacente a la pista de baile. Normalmente es la sala VIP, apartada del resto del club con una mampara de cristal transparente y cubierta para la ocasión con una cortina de nylon negro sujeta con cinta adhesiva. A través de un resquicio, la cortina permitía echar algún vistazo ocasional a los chicos, casi todos vestidos con ropas holgadas, que desde las nueve habían empezado a llenar el local con el reclamo de un hora de barra libre. Uno de ellos, de aspecto dejado, luciendo barbita de chivo y una mata de pelo rizado, no dejaba de apartar la cortina y asomarse al interior, pidiendo a las modelos que posaran para poder tomarles unas fotos. Coincidencia o no, la mayoría de las tomas las hizo en los instantes precisos en que varias modelos se cambiaban de ropa en segundo plano.

El chico explicó que tenía una página web y me dio una tarjeta. “Trabajo para el Village Voice, para el New York Times”, me dijo. Señalé que la cámara que llevaba era una pequeña, barata máquina de las de apuntar y disparar. “¡Es una Leica alemana!”, respondió. “No necesito una cámara grande, créeme”.

El show estaba previsto que empezara a las 11:00, pero ante el nerviosismo del promotor, pasada media hora los peluqueros estaban todavía batiendo y rociando con spray las cabelleras. Por encima de la música, una voz distorsionada y sobreamplificada trataba de mantener el interés del público. “¡Oh, Dios mío, 2008, el Grande!”, clamaba la voz. “¡Oh, Dios mío, la Semana de la Moda, 2008! ¡Os van a encantar estas damas!” KahriAnne, frenética, establecía un orden entre las chicas (“Tú, y tú, y tú, y tú”) cuando un tipo de cabeza afeitada, walkie-talkie en mano, entró gritándole que se dieran prisa. “¡Quítate del puto medio!”, exclamó ella con su voz de pito mientras con la mano hacía gestos para que se marchara.

Ese fue el momento en que la cinta adhesiva se despegó, empezando la cortina a deslizarse hacia el suelo. Dos maquilladores, un fotógrafo y yo corrimos a sostenerla, puestos de puntillas y los brazos abiertos de par en par, como si estuviéramos en la playa sujetando una toalla para que nuestra acompañante se cambiara. La sección masculina del público pareció, por primera vez en toda la noche, genuinamente excitada, gritando y vitoreando. La situación amenazaba un enorme bochorno. A punto estuvo la velada de dejar de ser un pase de modelos para convertirse en un gag de comedia barata con un puñado de adolescentes semidesnudas en una sala de atmósfera cargada.

De algún modo logramos volver a enganchar la cortina, y en los altavoces restalló la voz: “¡Señoras y señores! ¡La Semana de la Moda 2008!” Aparecieron las chicas y se dispusieron a desfilar. Una de ellas tropezó. Ningún empleado del club se había preocupado de despejar el camino y tuvieron que abrirse paso entre el público. Después, de vuelta en los cambiadores, se interrogaban resollando unas a otras: “¿Te quedaste atrapada entre la gente?”, “¡No había forma de se quitaran de nuestro paso!” Parecían furiosas, pero también excitadas y felices.


Channing Andreya, la modelo del bolo de LeSportsac que se había comparado con un Oompa-Loompa, es una mujer negra de unos 20 años, muy delgada y de estatura superior al metro ochenta, ojos grandes perfectamente simétricos, risa contagiosa y larguísimas piernas, el 60 por ciento del total de su altura. Hace tres años que no va al gimnasio, pero sigue teniendo un envidiable figura: 86-61-86.

Channing, de Memphis, habla con voz cálida y arrastrando las palabras. La palabra “steal” la pronuncia como “still”, “design” como “disahn”. Su padre trabaja para una compañía de seguros, y su madre, enfermera, para un programa del Estado que asigna una cuidadora a cada madre soltera sin recursos. “Siempre termina acogiéndolas en casa”, comenta Channing. “Y me dice, ‘aún estás a tiempo de hacer esto tú también’”.

Aunque detesta que la califiquen de persona religiosa (“Lo que yo tengo es una relación”), Channing es una ferviente cristiana que cree que con las oraciones se obtienen resultados rápidos y concretos. Rezar, dice ella, le consiguió su primer trabajo, una campaña para la compañía de productos para el cabello Ampro que hizo que su rostro se viera en todo el país en páginas web, tablones de anuncios y camiones de dieciocho ruedas. “También recé por mis tetas”, me dijo. “Tendrías que ver a mis hermanas. Y cuando era más joven tuve un acceso de eccema. Toda la parte inferior de mi cara se puso blanca, pero yo recé y ayuné y Ellos me echaron una mano”. Su religión le permite una franqueza que deja a cualquiera desarmado. Con tono jovial me explica su celibato (su prometido y ella se abstienen de practicar sexo), me invita a ir con ella a la iglesia y me pregunta cuánto me costó la alianza que llevo en el dedo. Hace poco me dijo que había estado rezando por mí.


Channing se trasladó a Nueva York a finales de enero, alquilando junto a una diseñadora y una ex-modelo (Katie, a quien llama “mi fabulosa gemela blanca”) un piso pintado de azul mate en un estéril edificio de apartamentos de ladrillo en el barrio de Tribeca. Channing, que no tiene agente, dedica varias horas al día a enviar e-mails y hacer llamadas solicitando trabajo. Acude a unos quince cástings cada semana. Desde que llegó a New York sólo ha conseguido un bolo remunerado: unos meros 500 dólares por posar para un diseñador de ropa. El resto del tiempo trabaja gratis o a cambio de prendas y productos de maquillaje, y reparte revistas y flyers por 30 dólares la hora.

No es tan malo como suena. El hecho es que, entre las modelos, la línea que separa el éxito del fracaso es tan delgada que es prácticamente invisible. Puesto que los bolos tienden a ser breves, la práctica mayoría de las modelos emplean casi todo su tiempo en buscar trabajo. En este sentido, vendrían a ser como esos pequeños animales de metabolismo rápido que dedican todas las horas que no están durmiendo a buscar comida. La paga es lo bastante buena como para que puedan permitirse trabajar con poca frecuencia sin tener que aceptar un empleo a tiempo completo, a diferencia de los músicos y los actores, por ejemplo. Y trabajar sin cobrar sigue siendo una práctica fuertemente enraizada en la cultura de las modelos. Ser vistas por la gente adecuada tiene mucho más valor que cualquier remuneración económica. Con el bolo de LeSportsac, por ejemplo, Channing llamó la atención de Memsor Kamarake, el director de moda de Vibe. Memsor pidió a Channing que le llamara.

Tampoco hace ningún daño que Channing le saque partido al chollo de la beautiful people. En muchos aspectos, ella vive en un mundo paralelo, diferente al nuestro, aislada de la vida cotidiana a causa de su atractivo físico. Los fines de semana que desea salir, deja que un “model wrangler”, un acompañante de modelos, las lleve a ella y a otras chicas a comer y cenar gratis a los restaurantes más exclusivos. Después las conduce en limusina o en un Cadillac Escalade a clubs como el Marquee o el Tenjune, donde tienen atención y consumiciones por cuenta del local en la sala VIP. Tanto los responsables de los restaurantes como los de los clubs pagan a los “model wranglers” para que les traigan modelos, porque saben que las caras bonitas atraen a los clientes de pago. Channing recibe mensajes de dos o tres de estos ventajistas todos los días: “Me dicen, ‘Hey, tengo una comida en tal o cual sitio hoy, seguida de una fiesta en tal otro sitio, ¿quieres venir?”, explica ella. “Me encanta esta forma de salir por ahí. Es mucho mejor que salir por tu propia cuenta, porque así tienes protección”.

Le pregunté a Channing cómo se las arregla para pagar el alquiler. Al fin y al cabo, su apartamento probablemente cuesta unos 4500 dólares al mes. “Yo soy la semilla de Abraham”, fue su respuesta.


Al día siguiente de su bolo para LeSportsac, Channing había hecho un trabajo de pasarela en un show celebrado en una sala de Hell’s Kitchen para Marco Hall, un joven diseñador amigo suyo que le pagaría con ropa. Tuvo que ir cinco horas antes, y caminó hasta allí desde el Midtown arrastrando una maleta con ruedas. Calzaba unas botas Michael Kors en las que había introducido unas plantillas recortadas Puma, un truco que aprendió de su compañera de piso, Kate.

Las modelos cargan consigo una sorprendente cantidad de equipaje. En las pases de moda, gran parte del área de camerinos lo ocupan montañas de maletas; una modelo que trabaje de vez en cuando, desplazándose por la ciudad de cásting en cásting, lleva como mínimo un saco de las dimensiones de un paquete grande de pañales. En su maleta, Channing lleva su álbum de fotos, su agenda, cepillos para el pelo, zapatos bajos, Gatorade y lo que ella llama sus “bolsas de chucherías”: bolsas con cierre hermético en las que guarda anacardos, pasas y otros frutos secos. La mayoría de las modelos llevan también uno o dos pares de zapatos de tacón de siete centímetros, vitales para los cástings pero imposibles de utilizar en largas caminatas. En cualquier edificio en el que se vaya a celebrar un cásting pueden verse multitud de testarudas mujeres de largas piernas ocupando gran parte de la planta baja, justo al lado de los ascensores; todas ellas cambiando sus zapatillas por zapatos de tacón, lejos de la vista de los directores del cásting.

La parte trasera del local consistía en una gélida habitación con suelo de cemento. Sentada entre un mar de zapatos, una estilista de aire severo llamada Lisa apuntaba los números en un cuadrante, mientras Porscha, una andrógina modelo tocada con gorra de béisbol y chaqueta de piel con capucha, sin mangas, permanecía esperando a su lado.

“Channing”, dijo Lisa señalando a Porscha con el pulgar, “¿querrías mostrarle cómo desfilar?” Channing fue hasta la esquina de la habitación para después volver hacia donde estábamos caminando mientras bamboleaba las caderas, poniendo a su avance una pierna delante de la otra en perfecta línea recta.

“Camina igual que lo hace ella”, le dijo Lisa a la chica. “Intenta mantener la misma posición de los brazos y las piernas. ¿Te has fijado en la cadencia de su paso? ¿En cómo avanza cada pierna a la manera de los caballos?”

Porscha lo intentó unas cuantas veces. Después Channing y ella probaron a caminar con garbo la una hacia la otra. La chica nueva no conseguía hacerlo bien.

Channing tuvo una idea. “Enséñame la forma en que caminas normalmente”, le dijo. “Como si estuvieras andando por la calle”. Porscha se puso a caminar a grandes zancadas meneando ostensiblemente el trasero, que parecía un péndulo. Las dos mujeres emitieron una risita. “Muevo demasiado el culo”, admitió Porscha con tono compungido. “Camino como una buscona”.

Channing lo pensó unos instantes y respondió: “No lo hagas como una buscona. Hazlo como una reina”.

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