YO, ATLANTE - Maestranza

Por Rubén Lardín

El mes pasado acudí por accidente a una convención de blogueros y militantes de internet (supongo que en su tiempo hubo también militantes del telégrafo) donde alguien llegó a decir –esto es cierto– que “Apple es tecnología y diseño”. Varios cientos de personas (todas jóvenes, mala señal) se congregaban allí en un hotel para no mirarse, pues estaban dedicadas a depositar sus chistes, soflamas y pareceres constantes en sus dispositivos móviles. Todo el tiempo. Como en una especie de diferido en vivo, se leían unos a otros en una enorme pantalla dispuesta para ello y se “favoriteaban”. Hablaban en esos términos para referirse a la sardina que se le da al delfín, al que te rían cada metáfora, que te aplaudan cada tropo o que un perro faldero te vaya lustrando los huevos a lengüetazos.

Hoy, como rito de invierno, he visitado la Feria de Nueva Espiritualidad, Paraciencias y Terapias Alternativas que cada diciembre se celebra en Barcelona. Acudo en olor de paganismo, satanidad y belleza pero allí no encuentro más que productos como “El tarot de Jane Austen” y lecturas del calibre de “Usted también merece ser millonario” o “Cómo convivir con personas neuróticas: Incluso con la que llevas dentro”. Allí aprendo que somos pequeñas chispas de conciencia, como los delfines (¿?), según se dice en el taller de liberación emocional donde se divulga el poder sanador de la energía. El ponente, un joven con trazas de hidrocefalia, pide no aplausos sino sonrisas y algunas mujeres asienten al asunto de que si perdemos nuestra resonancia armónica con el universo podemos llegar a enfermar. Ojo ahí. Cuando vamos a lo micro volvemos a conectar con lo macro, se sostiene, y el quid de la cuestión parece encontrarse en el uso de la palabra totipotencial. Totipotencial, nen, ¿qué te parece?

La afluencia de mujeres es mayoritaria (mala señal, para ellas y para todos), es visible en muchas su desahucio emocional mientras otras cuantas delatan problemas graves para gestionar su edad real. Ronda, como acompañante, algún que otro macho betamax, y a ratos se deja ver cierta juvenalia atrofiada por el universo gráfico de Luis Royo o Victoria Francés, lo que yo considero muestras vivas de fantasía muriente. El visitante, en cambio, aprecia esas imágenes, así como se muestra muy dispuesto a entonarse con el todo adquiriendo llamadores de ángeles (que a mis ojos son siempre raíz de tanis), recargando piedras y amuletos en un chiringo de corchopán y, en general, elevándose en variados éxtasis de bazar chino. Salen de allí bien templados para la semana, supongo, instalados en el rango alfa de conciencia, que es como escribo yo siempre aquí.

En los pasillos, una señora me aborda y me habla de mi tercer ojo índigo-violeta y me pronostica buena fortuna y abundancia, pues así me está determinado por mis seres de luz. Si voy a verla a su casa me entregará un dossier de información angélica, me enseñará a contactar con mi guía y recibiré un diploma de asistencia. Le digo que voy a pensarlo y paso a escuchar a otra hembra sensitiva y afectada que me advierte de algo importante: no morimos, nos desencarnamos, y me pregunta por mi vida anterior, por una encarnación anterior mía, y le explico que a mí me gusta pensarme marino o torero pero que luego me cuesta madrugar, y que tal vez fui cocinero, en otra encarnación, no sé, ¿uno aficionado a escupir los guisos?, tampoco quiero picar muy alto. Supongo que fue una vida de picos y valles, lo mío, le digo, y que no me gusta que se mueran las personas pero tampoco que vivan así, atormentadas, y se ofrece, si estoy interesado, a realizarme el traspaso a la luz de algún pariente fallecido que se encuentre anclado. No parece procesarme. Voy a pensarlo, le digo (¡le regalo una sonrisa!), y subo al salón de actos, donde se está practicando una ceremonia chamánica con candelas y diyiridú. Dormito un poco durante el ritual, bien enraizado a la Tierra (me han dicho que debo imaginar una luz cenital bañándome el cuerpo y mis pies conectados al núcleo del planeta, línea directa con el hueso del melocotón), y a su término se da un fenómeno extraordinario a mi vera: una chica de belleza franca y vulgar resulta no saber aplaudir. Se esfuerza mucho en ello pero su palmeo suena a trasquilón, disociadas las manos, suena a chocho desbarajustado, un sonido muy loco que se impone porque a esa chica (tendrá quince o dieciséis años) no le han enseñado nunca a aplaudir o tal vez no ha creído nunca en el espectáculo y por ello entrega un desastre, un aplauso trágico como nunca había visto parecido.

Este lugar sería hermoso de entenderse como reunión de adultos jugando, pero el juego aquí está tan regulado por lo bajo (reiki, flores de Bach, biodanza, ayurveda, sanergía, cuencos tibetanos, sandez a mares), tan estandarizado para un público ágrafo y marchito y los crupieres son tales estafadores, hombres y mujeres de tal vulgaridad, poca cultura e imaginación tan breve, que se encuentra uno abatido al poco rato como en la vida corriente de abogados, banqueros, empresarios, administradores de fincas o personas de la política, profesiones despojadas de toda grandeza y cualidad, nada turbias, en realidad (lo turbio es bueno siempre), y muy confortadas en nuestra diáfana mezquindad de serie.

Leo, en una cartulina verde y párvula junto a un chiringuito donde una mujer de pelo cano te dibuja con ceras tu ser de luz (lo garabatea todo de flores, la loca, y dice que es que en ti está viendo soles), que humildad y paciencia son la clave de la grandeza. El humor tampoco es opción sostenible, porque si un cómico, un humorista, me ha parecido siempre el desaguadero del colectivo, lo que aquí se reúne da en un estanque de aguas ponzoñosas, un foco de pena. Cerca hay otro cartel muy empeñado en lo exclamativo: “¡¡¡SOLO SI DAS EL PASO DE QUERER LLEGAR MÁS LEJOS… SABRÁS CUAN LEJOS PUEDES LLEGAR!!!” Cuando voy saliendo se me entrega un panfleto donde se alerta de un problema de salud pública que afecta a toda la población: la amenaza del WIFI. Por una escuela sin WIFI, se clama, siempre con los niños como monedita de cambio de nuestros intereses y psicopatías.

Pongo mi esperanza en las placas tectónicas, intento desplazarlas con la mente, las pongo a arder. Sólo hay que perseverar un poquito más en esto y acabaremos por conseguirlo: dejaremos de ser.

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