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      Aventuras en la industria del cine norcoreana

      September 21, 2012

      Kim Jong-il amaba el cine, tanto el pornográfico como el tradicional. Su plan maestro incluía desviar grandes cantidades de ayuda humanitaria para hacer películas con monstruos grandes y aterradores que le enseñaran al buen pueblo coreano que realmente no tenían hambre, en lugar de usar todo ese dinero en alimentarlos.

      A Kim también le gustaba darle a los blancos una oportunidad en la pantalla grande, siempre y cuando estuvieran dispuestos a jugar con el diablo blanco, así que era inevitable que alguien con tanta sed de reconocimiento como yo viajara al culo del mundo, para echarle un vistazo a todo esto de la “estrella de cine socialista”.

      Tomé un avión a Pyongyang con un sueño simple: que un buscatalentos me encontrara y me llevara a la fama; que me dieran una esposa coreana y cantidades ilimitadas de pulpo crudo. Quería conquistar la cima del Hollywood norcoreano.

      Una vez abordo, la azafata me sirvió un “platillo” que tenía aspecto de muñeca de niño encebollada, término medio. Justo como me gusta. No estoy muy seguro sobre la guarnición, pero me olió a lágrimas.

      Llegué a Pyongyang en una pieza. Kim Jong-un, el hijo de Kim Jong-il, pasó sus primeros nueves meses como Líder Supremo enviando reportes de prensa en los que detallaba su intención de construir acuarios nuevos con delfines acróbatas y de remodelar los peligrosos parques de diversiones.

      Este es el edificio de postproducción para la fábrica de sueños cinematográficos de Corea del Norte. Esta caja gris lleva desde 1948, cuando se fundó el país, publicando historias revolucionarias sin sentido del humor y comedias aburridas. Kim Jong-il visitó los estudios más de 600 veces durante su vida. Su padre, Kim Il-sung, (quien era mucho más apto para dirigir un país) sólo los visitó 20 veces. 

      La vida en Corea del Norte es muy completa, como la foto de esta escultura. Los guardias me regañaron cuando la tomé; me dijeron que tomar una foto de tan cerca no permitía a los otros turistas apreciarla.

      Esta es una réplica de un antiguo pueblo coreano. No pasaba absolutamente nada en la meca del cine norcoreano. Pero nos dieron un tour por estos sets permanentes que usan cuando quieren filmar uno de sus éxitos históricos.

      Se supone que este escenario representa a Saúl en los años veinte, cuando Corea estaba bajo ocupación por japoneses fascistas. Este fue, por mucho, el periodo más humillante en la historia de las dos coreas. Pero en comparación con la Corea del Norte actual [ve las siguientes fotos], no se ve tan mal:

      Mientras estaba perdido en esta fantástica yuxtaposición de imágenes, me percaté que algo ocurría a mis espaldas:

      ¡Una boda! Volteo a tiempo para ver a un grupo de personas alegres con cámaras de video bailando en el parque. Todos parecían estar realmente felices; no eran los rostros de un pueblo aplastado por la burocracia totalitaria de su país.

      Después de recorrer los escenarios nostálgicos de Seúl, regresé a las calles de Corea del Norte. En el camino, me encontré con esta escena: estos cuatro diablillos perseguían a un fantasma con una patineta.

      Mientras absorbía mi entorno, me perdí de un momento histórico que estaban filmando justo atrás de mí. El director no dejaba de gritar y agitar su brazo, ordenando a los actores que actuaran con “la pasión de un hombre que estrella su auto de lujo contra un muro, sabiendo que saldrá del choque sin un rasguño”.

      Le pregunté a mi guía lo que estaba sucediendo. “¿Quieres salir en una película?” Me sonrió. “No hay problema. Son diez euros”.

      ¿Por qué cada que le pido un favor a un comunista me quieren cobrar? Le di el dinero y me pusieron una falda y un sombrero.

      El camarógrafo se olvidó de los otros dos actores y se enfocó en mí, la nueva estrella del Hollywood norcoreano. Intenté complacer a mi adorable público, y el director me dijo: “Sí, bien, ¡muy bien! ¡Ja ja! ¡Serías un gran rey!”. Luego del comentario, hubo un silencio largo e incómodo. Suspiré y decidí que sería mejor continuar mi vida como escritor.

      Más tarde, intentaron cobrarme otros 40 euros por una copia de la escena que habíamos filmado. Editaron el video con una secuencia de gráficos norcoreanos y música pop.

      Después descubrí que este tipo de material, en el que los extranjeros actúan como verdaderos idiotas, se usa como propaganda xenofóbica en la televisión estatal. Supongo que sólo sabré lo que hicieron con mi escena cuando la CIA mate a Kim Jong-un y se publique el contenido de su bóveda secreta. ¡No puedo esperar!



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      Temas: corea del norte, cine, kim jong

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