Con los ojos cerrados durante la masacre

Por Jessica Hatcher, Fotos: Phil Moore

Pasé estos últimos meses en la República Democrática del Congo, donde usé la vergonzosa metida de pata de una de las organizaciones más públicamente responsables del mundo para conseguir una historia. Ese error de la ONU fue algo que no debí haber visto*, y cuando acepté olvidar el asunto, no les quedó de otra mas que dejarme acompañarlos en una misión para investigar una masacre en la zona más dañada de –si podemos confiar en sus estadísticas– el país más dañado del mundo.

Acompañaría a un equipo de derechos humanos de tres personas a una de las zonas más remotas del distrito Masisi en el este del Congo. Me imaginé viajando con el elenco de The Matrix, pero en lugar de eso me topé con el jefe de la misión, un güey con zapatos Prada, una redonda mujer congoleña que sonreía amablemente y otro güey con una playera de turista tailandés que dormía todo el tiempo. El histrionismo de la ONU en torno a nuestra partida me hizo sentir que estábamos entrando a una de las secuelas del éxito hollywoodense, pero la verdad es que éramos un equipo de campistas tomando unas vacaciones.

El equipo de derechos humanos viajaría al pueblo Katoyi desde la capital de la provincia, Goma, para buscar evidencia de que un grupo de congoleños tutsi llamado Raia Mutomboki había masacrado a 200 aldeanos en el último mes con machetes y lanzas.

En un principio, los Raia Mutomboki (a quienes el New York Times describió modestamente como los “aldeanos enfurecidos”) se unieron para defender a la población tutsi de las Fuerza Democráticas para la Liberación de Ruanda o FDLR (los güeyes que fueron exiliados de su país cuando el gobierno genocida al que llevaron al poder fue derrocado, puedes ver más en La Guía VICE del Congo). Pero en cierto punto los Mutomboki decidieron tomar el asunto en sus manos, y su sed de sangre es ahora igual de fuerte que la de los hutu del FDLR. Supuestamente, los Mutomboki comenzaron a atacar a todos los que hablaban kinyarwanda, una de las lenguas locales, considerándolos hutu sin importar su tribu o etnicidad.

Antes de partir, me dijeron que nadie (periodistas, ayuda humanitaria, helicópteros de combate del ejército) había tenido acceso a los pueblos para confirmar esto. Y cuando uno considera el tamaño de la misión de la ONU para el Congo, surge la pregunta: ¿Por qué carajos no?

La misión para el Congo (acrónimo: MONUC) es la operación de la ONU más grande y costosa del mundo. Cuenta con unos 20 mil militares en la región, y cuesta casi 1,400 millones de dólares al año. Uno pensaría que tienen todo bajo control, pero cada que ocurre una masacre frente a sus ojos, las fuerzas conciliadoras (que han estado ahí desde 1999) tienen que lidiar con acusaciones de ser unos inútiles.

Mientras nuestro helicóptero Oryx aterrizaba en Katoyi, conmigo sentada sobre la caja de claret select del jefe del equipo, vi por primera vez la base militar temporal de MONUC, desde la cual operaría el equipo de derechos humanos. Había 36 conciliadores uruguayos viviendo en tiendas rodeadas por alambres de púas en un terreno del tamaño de un campo de futbol. Aunque muchos de ellos dijeron que lo odiaban, ser un casco azul de la comunidad internacional es un trabajo que paga más que los 700 dólares (9,100 pesos) que ganarían en casa.

El comandante del pelotón me explicó que están atrapados entre una piedra y un lugar difícil. “Todos tenemos familias en casa. Quiero que salgamos allá afuera, pero si no es seguro entonces tengo que tomar la decisión correcta por el bien de todos los involucrados”. Por “allá afuera”, se refería a los pueblos en los que supuestamente habían ocurrido las masacres.

Durante mi tiempo ahí, cientos de aldeanos llegaron a Katoyi, y traían consigo historias que sólo servían para hacer hincapié en la necesidad de una pronta respuesta por parte de la ONU. Patrick Borama, un joven de 26 años de una aldea cercana, describió a los Raia Mutomboku como un grupo de demonios semidesnudos que llegaron a su pueblo gritando que iban a matar a todos los que hablaran kinyarwanda. Traían follaje encima y atacaron con machetes, lanzas y “algunas metralletas”.

Patrick logró esconderse en el bosque, pero su hermana recibió un balazo en la espalda mientras huían, y sus sobrinos fueron destazados con machetes. Su madre terminó con un cuchillo en el pecho. Patrick sabía todo esto porque regresó una semana después para enterrar los cuerpos en descomposición.

El comisionado de Katoyi nos mostró fotografías de mujeres y niños decapitados en su celular. Sus joviales comentarios le dieron un tono sombrío a la presentación. “Ah, sí, aquí hay otra; un machete en la cabeza”, nos decía. El último ataque que nos describió había ocurrido una semana antes, con unas 12 o 15 muertes. El jefe de la misión no perdió más tiempo. Saldríamos al día siguiente a las 6am, nos dijo, con un resplandor en sus ojos ante la posibilidad de encontrar fosas comunes. El güey somnoliento sólo asintió con la cabeza. Después de eso, el jefe de la misión abrió su caja de vinos.

A las 4pm, el comisionado volvió a llegar, esta vez con dos hombres jóvenes y tímidos que acababan de escapar de un ataque a unos kilómetros; el más cercano hasta el momento. No supieron decir cuántas personas habían muerto (no se quedaron para averiguarlo) pero alcanzaron a ver los machetes, pistolas y lanzas con las que estaban matando a la gente.

Esto es bueno, pensé, porque mañana podremos confirmarlo. Excepto que… ¡oh, no! La misión fue cancelada porque estos matones podrían seguir por ahí y eso podría ser peligroso. MONUC y el equipo de derechos humanos tenían un punto, pero yo no entendía cómo la caminata originalmente planeada de cinco horas por un bosque desconocido habría sido algo menos peligroso. Ergo, abrieron más vino.

Mientras reflexionaba sobre las limitaciones de esta “misión”, mis compadres uruguayos me alimentaban con bizcochos que olían a Play-Doh y té de mate sudamericano. El doctor dijo que lo único bueno de las raciones que les entrega la ONU es que paralizan los intestinos; nadie disfruta ese momento en un baño portátil que comparten 40 personas.

Esa noche, Uruguay jugó contra sus archirrivales venezolanos en las eliminatorias rumbo al Mundial. Usaron el radio de dos vías para escuchar el partido en vivo desde la cama de un pobre hombre; la estructura se tambaleaba bajo el peso de todo el batallón. Me dormí arrullada por el sonido nostálgico de hombres adultos llorando por un deporte, y en la mañana me dijeron que me había perdido de un momento espectacular.

En el minuto 85, 1-0 favor Uruguay, Venezuela metió el gol del empate. El miembro narcoléptico del equipo de derechos humanos, con los nervios de punta, había saltado de su asiento como una caricatura electrocutada y había corrido hacia el pelotón; confundió el sonido de las ilusiones destrozadas por el rugido de los Mutomboki que venían a llevárselo mientras dormía.

Chalecos antibalas y cascos azules en orden, llegó el momento de salir rumbo al pueblo Katoyi. Aprendí dos cosas en ese momento. Uno: los zapatos Prada, como lo demostró el jefe de la misión, no sirven muy bien en terrenos resbaladizos. Dos: el jefe tenía una carta firmada por los Mutomboki con su manifiesto.

La carta estaba escrita en swahili y era sorpresivamente cordial. “Los saludamos en paz”, empezaba. “Les informamos de la guerra de los Raia Mutomboki contra el FDLR para que regresen a su casa en Ruanda... Con base en la información que tenemos, ustedes están construyendo un campamento para ellos… Tenemos planeado ir para averiguar si ellos están ahí. Si es así, pidan a los congoleños que se alejen de los hutu”. Era un amenaza casi directa contra los hutu de Katoyi. Había una lista con los actos perversos que habían cometido los ruandeses: asesinato, violación y robo, entre otros. Dos versos particularmente intolerantes de la Biblia defendían el racionamiento.

El jefe también tenía una lista de 120 personas asesinadas entre el 17 y el 22 de mayo por los Mutomboki; 80 por ciento eran mujeres y niños. Durante los siguientes días, recolecté declaraciones que hacían referencia a muchas más. En Kahunde, al menos 15 muertos. Marembo, 20. Bitoyi, más. "Intentaban matar a todos los que hablaban kinyarwanda en todos los pueblos", me dijo un hutu congoleño, mientras se cubría una herida de bala en el brazo derecho.

Después el jefe nos mostró otro documento: una estructura de mando de los Raia Mutomboki escrita a mano. El jefe dijo que Ruanda podría estar armando a los Mutomboki, una teoría que, de resultar acertada, desataría un conflicto internacional por un levantamiento rebelde supuestamente respaldado por Ruanda, el cual ya controla gran parte de la provincia. Estaríamos ante la complicidad del gobierno ruandés en el asesinato masivo del pueblo hutu, el cual tiene sus orígenes dentro de sus fronteras.

“Nada es lo que parece en Congo", me advirtió un uruguayo.

Las palabras “nada es lo que parece” resonaron en mis oídos cuando una pelirroja con rizos y curvas anunció su llegada a la base. “¿Cómo llegaste hasta aquí?” le preguntó el comandante con suspicacia, mientras yo me esforzaba por escuchar su conversación. “En moto”, respondió. MONUSCO había dicho que llegar hasta ese lugar era una Misión Imposible: “No hay calles a Katoyi”, dijeron, hay que tomar un helicóptero o caminar cinco días. Pero aquí estaba esta linda inglesa, y, ahora que lo pienso, vi a varios miembros de ONGs llegar y partir en vehículos 4x4.

Cuando otro helicóptero aterrizó con el comandante adjunto de brigada para una reunión estratégica, el único baño portátil sucumbió ante la fuerza de sus rotores y le extendió la bienvenida cayéndose a pedazos, para revelar una poética taza de baño entre la bruma matinal. El comandante tenía sólo una pregunta: “¿Han logrado confirmar estas masacres?”

El comandante del pelotón resumió la posición militar. Desde un helicóptero, lo único que había visto era una vida normal. “No hemos podido llegar a las aldeas. Los reportes son rumores”, dijo. El jefe de la misión interrumpió para defender a su equipo. “Vinimos a corroborar. Hablamos con 45 personas… por separado y de manera confidencial”. Cuando se le insistió que diera una cifra, dio un estimado de 200 muertos.

"¿Pero han visto algo con sus propios ojos?" preguntó el comandante. El equipo de derechos humanos había llevado a cabo una investigación de cuatro días sentados en sillas de plástico en el centro de la base, arreando testigos de un lado a otro como si fueran ganado. Ahora era momento de regresar a casa, su descubrimiento había sido todo un éxito, y sería utilizado para generar un reporte interno basado en “rumores”.

El problema con investigaciones como ésta en Congo es que décadas de derramamiento de sangre y ayuda humanitaria han confundido el orden natural de las cosas a tal grado que ahora es imposible saber qué es qué. Si un grupo de corredores congoleños comenzara a entrenar por aquí, terminarían desplazando a una buena parte de la población sin siquiera tratar; la gente ha aprendido a ligar masacres y violaciones con hombres corriendo, y a la primera señal de problemas, salen huyendo.

La última noche cenamos atún y espagueti con chocolate líquido, gracias a un error administrativo por parte del fotógrafo Phil. Era hora de partir. La misión no fue un completo fracaso: tres desertores del FDLR fueron evacuados con nosotros a Goma, con sus siete hijos y sus tres esposas. Entraron a un sistema de rehabilitación.

Mientras el helicóptero se elevaba, las niñas tocaron nuestras manos y rodillas en busca de algo que las reconfortara. Los hombres estaban sentados en el fondo sin expresión alguna en sus rostros. Mientras volábamos sobre Goma, la madre y esposa que estaba sentada junto a mí tenía una expresión de increíble tristeza, su mirada perdida en la ventana sobre el Lago Kivu bajo la luz de la mañana. Mientras veía los jardines perfectos y las paredes de estuco de la suntuosa residencia del presidente Kabila junto al lago, me envolvió un sentimiento de indignación moral por el sufrimiento de esta gente.

¿Si no podemos determinar la verdad cuando las cosas se ponen feas, estamos, como comunidad internacional, defraudando a estas personas tanto como aquellos a los que eligieron para gobernarlos? En las palabras de Samuel Dixon, estratega político para Oxfam y experto del Congo: “Es inaceptable que la violencia en Congo siga sin reportarse y sin detenerse. Mientras los líderes del mundo condenan, como deben, las masacres en Siria, las tragedias humanas en Congo permanecen, en el mejor de los casos, escondidas, e ignoradas en el peor de ellos”.

Aunque mi experiencia con la misión de la ONU para el Congo no fue del todo negativa, tuve la impresión de que no se está trabajando tan ardua o temerariamente como se debería para sacar a ese país de su atascadero.

 

*Si todavía te estás preguntando qué fue eso que presencié y que no debí haber visto, para. No fue tan interesante.

 

Sigue a Jessica en Twitter: @jessiehatcher

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