Archivo Vice: El más buscado

Por Alejandro Almazán, foto por Stefan Ruiz

Hace más de un año sacamos un adelanto de la novela El más buscado, de Alejandro Almazán. Ahora nos enteramos con gusto que acaba de ganar el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo por su crónica "Carta desde la Laguna". Felicitamos a Almazán y aprovechamos para dar una segunda vuelta a este fragmento de su novela. 

 

Alejandro Almazán es uno de nuestros periodistas favoritos. No sólo porque va y se mete al fondo de esta pestilente máquina de hacer muertos en la que se ha convertido nuestro país. Nos encanta porque, además de que su trabajo periodístico le ha merecido un chingo de veces el Premio Nacional de Periodismo, el Fernando Benítez y otros más, siempre nos trae las historias más oscuras y nos obliga a salirnos de la pinche oficina para ir a desvelarnos con sus libros. Como él dijo cuando presentó Placa 36 en Guadalajara: “he escrito sobre canibalismo, secuestradores, narcotráfico y este tipo de historias… Pero me gusta contarlo para entenderlo”. 

Su última novela El más buscado recoge todos los mitos que hay alrededor del capo más famoso de México. La predicción de Élmer Mendoza sobre este libro es que el Chalo Gaitán (el protagonista) te va a robar el guiñapo sanguinolento que te queda por corazón. Para ir alborotando el gallinero, Almazán nos hizo el inmenso honor de rolarnos un capítulo (el cuarto) de la novela, publicada por la editorial Grijalbo y que estará en librerías a partir de este 22 de mayo.


Número 69. Uno de los 70 paquetes de un kilo, encontrados en dos maletines en el Aeropuerto El Dorado de Bogotá, el 9 de marzo de 2011. Los sabuesos detectaron los maletines antes de que los subieran a un avión con destino a París, Francia. Las mochilas no habían sido documentadas, lo que habla de una colaboración entre empleados de los aeropuertos de Bogotá y París.

¿Alcanza a mirar aquellas lucecillas, las que aluzan el pico de la montaña que tenemos enfrente? Allá nací, viejón. Allá mero es El Espinazo. Ese y todos los ranchos que wache hasta donde le den los ojos son famosos por sus narcos, como Tijuana por sus putas. Esta mala fama ha servido pa’ intimidar a los otros, pa’ imponer respeto pronto. Por estos rumbos crece una mariguana encabronadamente ponedora; con ésa, se lo juro por mis hijos, hasta los sordos oyen. Si quiere un toque, órale, ai tengo pa’ las visitas, nomás le digo que aquí en Badiraguato lo que rifa es la amapola. Los que se inyectan chiva dicen que la de por acá la cagó el diablo. Sabe qué se sentirá… yo nunca me he metido esa madre. Si algo he aprendido en este negocio es que los jaipos pagan todos nuestros pecados, y si no, vaya a preguntarles al panteón. Lo que sí le he probado es perico y mota, pa’ qué se lo voy a negar. Tuve mis años donde me la pasaba bien ondeado. Luego hasta me miraba en el espejo y no me hallaba. Fueron tiempos en los que mataba nomás por capricho, igualito como se asesina hoy, matando al por mayor. Ya ni siquiera me acuerdo del nombre de todos esos difuntos. Si acaso, todavía oigo el tronadero de las balas y el zumbido de las moscas sobre los cuerpos. Y no más. No he vuelto a probar drogas desde que me dejaron escapar de Puente Grande. ¿Y sabe por qué? Porque la mejor trinchera de un prófugo es el movimiento. Por eso ora pisteo puro bucanitas dieciocho; al fin que con ése la cruda no es peligrosa ni ataranta los reflejos. Pero bueno, yo le estaba contando que en toda esta parte del Triángulo Dorado hay más droga que tiempo. Usté y yo todavía no nacíamos cuando los militares ya habían apañado el negocio del narco. Hijos de la chingada, y ora dicen que son los salvadores de la patria. Que no mamen. La raza debería echarle un zorro a la historia pa’ darse cuenta de que fueron los guachos, apalabrados con los gringos, quienes nos obligaron a los sierreños a sembrar mota y amapola. Todo nomás pa’ que los gabachos fueran a las guerras bien píldoros y los remordimientos no se los tragaran. Ai en los libros, si usté quiere asomarse, dice que por los guachos supimos que nomás matando gente se podía gobernar este país. Fíjese, en el cuarenta y tantos, unos generales reclutaron de por aquí al Gitano. No me acuerdo del nombre de ese cabrón porque dicen que de tanto matar, a él mismo se le olvidó; pero el bato carraqueó a un gobernador y, en vez de pudrirse en la cárcel, terminó de guarura del sucesor. Se lo digo pa’ que sepa que desde esos años la justicia sirve a los intereses de quien la controla. ¿Ha oído hablar del Gitano?

Algo leí sobre él, pero muy poco, don Felizardo.

Hace bien, viejón, a la memoria tampoco hay que llenarla de tanta mierda. Le contaría quién fue el Gitano y cómo el general Cárdenas lo procuró, pero ni modo que pierda tiempo que ya no tengo. Mejor déjeme decirle, aunque puede que usté lo sepa, que aquí en la sierra las noches son muy largas. En veces duran hasta doce horas. Y orita que todavía estamos en invierno, más. Recuerdo que de chavalón me gustaban los días y dejaba las noches pa’ las cosas que se hacen a oscuras. Ya sabe, robar, fumar mota o mirar entre los compas quién tenía la chola más grande. Ora los días como que me aburren… sabe por qué.

A lo mejor en la cárcel se hizo a las sombras, don Felizardo.

Era lo que le iba comentar. Fíjese, siempre que estoy en la sierra me amarro a este errequince y me quito la gorra pa’ wachar cómo el cielo llena de estrellas al mundo. ’Tonces el cerebro se me aclara y como que se me facilita la concentración. Fue mientras miraba al cielo una noche, creo que cuando mandé matar a un alcalde de Chihuahua, que se me vino a la mente que estaba hecho pa’ la oscuridad. Luego hasta pienso que ya no ocupo los ojos. Si en este ratito alguien me los arrancara, me cai de madre que no le guardaría rencor. La oscuridad, le digo, apacigua la sangre y hace que uno mire cosas que ni los tecolotes. ¿Se acuerda de esa madrugada en que caminamos como dos horas pa’ llevarle serenata a la plebe aquella, la del cerro Mohinora? 

Cómo no, don Felizardo. Quién sabe cuántas veces me caí y usté se movía como un murciélago. Ai supe por qué le cantan la del “Señor de la montaña”.

La luz es muy peligrosa pa’ mí, viejón. Me exhibe, y gente como yo nunca puede tener una leyenda salvo manejándose con cautela: así, a la sorda. Por eso aprendí a vivir en la penumbra. En ella, si usté se impone, se mueve como pez en el agua. La oscuridad deja de ser un manchón negro como la sangre seca y se vuelve un lugar lleno de significados. A oscuras usté pierde el temor y hasta le da brillo a las ideas y a los recuerdos. Fíjese, la otra noche recordé cuando mi abuela dijo que un día yo iba a dar de qué hablar. Y mire lo que es la bendición de la vida. De plebe vendí naranjas, quesos y pan; y ora, de ser un pobre hombre pisotiado por la vida, una revista gringa me pone entre los más millonarios. No le voy a negar que la pobreza ni en las películas es bonita, ni que yo a ella la tumbé jalándole al gatillo, pero eso de que tenga mil millones de cueros de rana, con perdón de la palabra, es una mamada. ¿Cómo vergas le hicieron pa’ saber cuánto billete tengo si ni yo mismo lo he contado? Al dinero lo peso, viejón. Es tanto que contarlo no me dejaría tiempo pa’ disfrutarlo. ¿Qué es lo que trato de decirle? Que no se vaya de hocico. Esa lista que sacaron es pura ponzoña. Si fuera justa, a Julio y al Rojo también los hubieran incluido. Pero no, pinchis gringos envidiosos. ¿Pos qué no están enterados de que mis compadres son los dueños del cártel? ¿Creen que nomás el gordo ese del eslim le ha entrado recio a la globalización? Julio y el Rojo tienen más dinero que el cabrón ese que se ha hecho rico vendiendo gansitos. Se lo digo porque he mirado a mis compadres trabajar duro pa’ salir adelante. Ellos, pa’ no aventarle más salivero, han sacado a este país de la crisis y nada que los mencionan. Hay que ser puercos pero no trompudos.

¿Y a qué se deberá que sólo a usté lo mencionan, don Felizardo?

A que esos gringos nomás quieren perjudicarme. ¿Y sabe por qué están encabronados conmigo? Porque he sacado millones de dólares de su país pa’ traer a México fe y esperanza.

Yo a los gringos nunca les he creído nada.

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