Fui la perra de David Petraeus en los noventa

Por Duncan Larkin


El autor escribe una orden de operaciones durante el reinado de David el Terrible.

Durante el fin de semana, los medios enloquecieron con la jugosa noticia de que David Petraeus, el ex director de la CIA y —en su momento— adorado general de cuatro estrellas, se había estado dando a su biógrafa, la lamehuevos de Paula Broadwell. Si has seguido la historia de esta tragedia casi shakesperiana, sabrás que la acción ocurría debajo de su escritorio; ese gigantesco símbolo de poder grabado en caoba, sobre el que seguro convivían una bandera estadunidense y fotos enmarcadas de su familia. Cuando leí sobre esto, me imaginé esas fotos saltando sobre el escritorio mientras el gran conquistador de Irak invadía a esa servil escritora en la penumbra.

Petraeus es el general de West Point que escribió el libro, literalmente, sobre contrainsurgencia. Durante años, cuando todo pintaba mal en Irak, él era el guerrero mejor conocido en Estados Unidos; un patriota y genio estratégico que siempre tenía tiempo para los medios; el heroico general de C-SPAN. Todos amaban a este hombre, es especial las cabezas blancas en el congreso. Cada que Petraeus testificaba en las salas del poder, todos se acercaban para darle la mano y bañarlo en superlativos. Algún día, decían, Petraeus terminaría en el prestigioso panteón de los dioses militares en West Point: Grant, MacArthur, Patton y Eisenhower.

Pero ahora esa posibilidad se esfumó. Ahora, es sólo otro viejo que metió la pata y lo agarraron con las manos en la masa. Está en el camino de la desgracia. Sus amigos le dan la espalda. Al menos un reportero que pertenecía al “culto” al Rey David, Spencer Ackerman, lo ha repudiado públicamente. Los detalles sobre sus revueltas bajo el escritorio seguro bañarán las páginas de los periódicos durante meses, como el cálido semen del espía en jefe.

La carrera del hombre se deshace minuto a minuto, y estoy disfrutando cada minuto de ello.

Hace mucho tiempo que detesto a Petraeus. Llevo una década intentando escribir sobre él, pero a nadie parecía importarle. En aquel entonces era alguien a prueba de balas; no más. Llego el momento de contarles sobre este egoísta pedazo de mierda y lo que implicó ser su perra durante años.

En 1996, era un teniente de la 82 división aerotransportada de West Point con grandes expectativas en mi mirada. Acaba de graduarme de la escuela Ranger y el segundo batallón y el 504 regimiento de infantería de paracaidistas era mi nuevo hogar; mi primera misión. En aquellos tiempos, amaba al ejército.

Cuando me presenté al lugar, nuestro comandante de brigada era un hombre razonable llamado John Abizaid. La moral era buena bajo su mando, porque cada batallón en la brigada se dedicaba a lo suyo. El coronel Abizaid nos dejaba resolver nuestros problemas. Todos éramos adultos capaces, y su liderazgo relajado nos hacía sentir que éramos importantes y teníamos su confianza.

Pero después de algunos meses, Abizaid se fue y llegó el “Sr. Burns”.

Sr. Burnsfue el apodo que elegimos para Petraeus, apenas un coronel en ese momento. Le pusimos así (por si no ha resultado evidente) porque parecía y actuaba como el villano de Los Simpsons

Cuando Petraeus llegó, mi vida y la de todos los soldados bajo su mando se fue a la mierda. En ese momento, el calculador Petraeus, quien se había casado con la hija del superintendente de West Point después de su graduación, estaba abriéndose camino hacia la cima. La estrella de general estaba a su alcance, se encontraba a un rango de distancia de dirigir la “Brigada Diablo” (nuestra brigada). Era esencial para dar el siguiente paso. Durante su tiempo con el 504, tuvo que besar y lamer cuantos culos peludos y hemorroidales pudo. Tuvo que reír y dar una palmada sobre las espaldas indicadas; tenía que sonar impresionante. Tenía que hacer lo que fuera para llegar a la cima. No había ningún imposible para el hijo de puta. Yo puedo. Yo lo haré. Sí, señor; lo que usted quiera, señor.

¿Qué implicaba esto para los idiotas bajo su mando? Bien, primero ordenó que todos los oficiales en su brigada recibieran el “corte del diablo”, básicamente cabezas rapadas con un mechón de pelo en la punta del cráneo. Parecíamos Beaker de los Muppets. Después hizo que todos los miembros de la brigada camináramos con nuestras manos firmemente sobre nuestros rifles AR-15. Por lo general, cuando cargábamos nuestras armas, manteníamos un dedo (el dedo para disparar) junto al gatillo, en caso de que tuviéramos que luchar contra el enemigo, pero eso no era suficiente para Petraeus, quien introdujo el “agarre del diablo”, ya que todo involucraba la palabra diablo cuando se trataba de él. Básicamente, esto implicaba mantener el dedo para disparar lejos del gatillo. Si llegaba y veía a alguien bajo su mando sin el agarre del diablo, estabas jodido. Recibías una mala nota. Y el gargajo del Sr. Burns en tu cara.

El "agarre del diablo" viene de la época en la que Dave dirigía ejercicios con municiones de verdad en una trinchera. Se paró detrás de un soldado al que estaba observando y un hombre detrás de Petraeus se tropezó y le metió una bala de M-16 en la espalda. Decía que el accidente se había debido a que el soldado no había aplicado el agarre del diablo, pero hay rumores sobre lo que realmente pasó. El soldado lo odiaba (igual que todos los que sirvieron bajo su mando) y vio una oportunidad de oro para aplicarle una buena “frag” (un término acuñado en Vietnam para dispararle a un mal oficial que merecía recibir un balazo).

Petraeus era un líder que inspiraba ese tipo de actos. Pero su miseria infligida sobre nosotros no se limitaba a sus horribles cortes de pelo ni a su estúpida manera de sujetar las pistolas. Ya que éramos el asfalto con el que pavimentó su camino a la gloria, teníamos que hacer otras cosas estúpidas. Teníamos que ir a su casa durante las vacaciones y ser niños buenos con su esposa, Holly. Teníamos que comer sus galletas y tomar su té mientras intercambiábamos pendejadas y le decíamos “señora”, todo mientras evitábamos decir groserías. Teníamos que felicitarla por sus galletas y sonreír. Teníamos que cantar villancicos. Así pasábamos nuestros supuesto tiempo libre. Pronto aprendimos que para salir adelante en el ejército del Tío Sam, teníamos que ser unos lamehuevos de primera.

Y cuando no hacíamos eso, teníamos que “entrenar”. Petraeus nunca le decía que no a sus superiores, así que montábamos un circo, cual changos entrenados, para cualquiera que se lo pidiera. Mostrábamos nuestro feroz espíritu guerrero a embajadores de Brasil, Belice y Bangladesh. Saltábamos de aviones y aterrizábamos en una pista asfaltada en algún lugar de Mississippi para el senador Trent Lott. Y liberamos un pueblo ficticio de dictadores sudamericanos imaginarios para el senador Strom Thurmond.

Petraeus dio al autor un estúpido reconocimiento por algo que ya no recuerda.

Nunca olvidaré esa última experiencia, porque seguro ayudó a Petraeus a obtener su estrella. Un día, me tocó perder: mi escuadrón fue elegido para demostrar las habilidades de la XVIII División Aerotransportada. Petraeus nos exigió que demostráramos cómo los mejores guerreros de Estados Unidos ejecutaban “operaciones militares en un terreno urbano”. Era un espectáculo para Thurmond, ese viejo racista del KKK, y teníamos que portarnos bien para él. Representaba a la gente de Carolina del Sur y era director del Comité de Servicios Militares del Senado, lo que implicaba que tenía en sus manos sobre una cartera de miles de millones de dólares. Esto lo convertía en pieza clave para David Petraeus.

Pasábamos las 24 horas del día entrenando para el circo. Tuvimos que elegir a los sargentos más fotogénicos (no es broma); tuvimos que pulir nuestro equipo para que se viera como en las películas de Hollywood con John Wayne y Audie Murphy. Teníamos que actuar para Petraeus una y otra vez. Nuestros hombres tenían que repetir estos movimientos de manera robótica y precisa; entraban y tomaban habitaciones con sus rifles AR-15, sus agarres del diablo en acción. El enemigo (una bola de inútiles vestidos de insurgentes con uniformes de pelea puestos al revés) morían al instante, con gemidos melodramáticos. Al final, un helicóptero negro, la deus machina de la XVIII División Aerotransportada, descendía para evacuar a nuestras bajas, lo que demostraba a nuestros contribuyentes que, igual que en la película Black Hawk Down, nunca dejamos a nadie atrás. Practicábamos, no hacíamos más que practicar. Memorizábamos diálogos. Nos movíamos de izquierda a derecha, y de regreso. Decíamos “¡Habitación uno, libre!” Disparábamos dos veces: ¡Bum! ¡Bum! Pateábamos puertas con nuestras botas enceradas. Hacíamos pedazos a los malditos narcotraficantes y los dejábamos ahogándose en su propia sangre, porque los malos merecen sufrir. Después contactábamos a nuestra base y levantábamos las manos en señal de que habíamos ganado.

¡Viva Estados Unidos!

También lo hacíamos durante la noche. Y de nuevo durante el día, con la mirada de Petraeus sobre nosotros.

Nos decía que éramos buenos, pero que necesitábamos vernos mejor. Y daba órdenes para que los mecánicos encendieran el enorme generador de ocho kilowatts, y encender las luces navideñas de colores que habíamos colocado en Fort Bragg donde se llevaría acabo nuestro espectáculo. También instalamos una televisión de 36 pulgadas y una cámara para grabar nuestras aventuras. Después, Petraeus pidió que se instalaran las gradas. Lo único que faltaba era un payaso patriótico en monociclo. Todo este circo sólo para beneficio de la carrera del Diablo Seis.

Las apariencias se volvieron todavía más importantes conforme el día de la presentación se acercaba. Teníamos que planchar nuestros uniformes. Teníamos que rasurarnos dos veces al día. Nuestras gorras eran parábolas perfectas que hacíamos con un pequeño vaso y algo de agua. Hasta nuestros cascos de Kevlar eran planchados. Usábamos cinta adhesiva para quitar polvo y cabellos de nuestros uniformes de batalla. Todo nuestro equipo tenía que verse negro y brillante. Las bajas debían permanecer quietas sobre el suelo. Las manos debían estar derechas y firmes. Las letrinas parecían tesoros pulidos de la Sierra Madre. El andador hacia el teatro estaba libre de hierbas y rocas de más de diez centímetros de diámetro. Nada se interpondría en el camino del director de los servicios armados.

Alguien cometió el error de decir que ese evento era un circo, mientras Petraeus lo escuchaba. Ese hombre fue escoltado hasta un vehículo, con un pase de ida a la base. No había lugar para el sarcasmo. Este circo exigía servilismo y buenos modales.

Cuando llegó Thurmond, sus asistentes lo escoltaron por el lugar. Estos eran los tipos que tomaban las grandes decisiones. Thurmond tenía parálisis, así que parecía una especie de muñeco epiléptico en una tienda de resucitación. Como apenas podía caminar, sus asistentes lo sentaron en una Rascal motorizada. (Tuvimos que limpiar la silla de ruedas con un mezcla de Simple Green y Windex; incluso la pintamos color naranja).

Cuando Thurmond llegó a su puesto de observación, Petraeus mandó una señal al comandante de mi compañía, quien a su vez me contactó a mí. Yo contacté al sargento Adonis, quien contactó al soldado que arrancó el espectáculo. Los robots corrían por el campo. Los insurgentes sudamericanos morían con sus bigotes estilo Snidely Whiplash. Los muertos guardaban silencio. Los helicópteros bajaban y subían. Todo salió bien.

El senador Thurmond aplaudió y dio una palmada a Petraeus en la espalda.

“Tus muchachos se ven bien”, dijo con aprobación. Un largo rastro de saliva blanca entre sus labios. “¡Excelentes soldados!”

“Sí, señor”, respondió Petraeus, extasiado. “Sí, señor, vaya que si lo son”.

“Me gusta”, dijo Thurmond, asintiendo con la cabeza. Después hizo una señal a su asistente para que escribiera algo.

Petraeus se terminó de formar ese día. Después de ese evento sería general.

Llevaron a Thurmond a una camioneta especial. Dio la vuelta y se alejó por el camino. Nos mantuvimos firmes y en posición de saludo hasta que se perdió en el horizonte.

Entonces el comandante de la compañía se volteó hacia mí. “Apaga el motor”, me ordenó.

“Sí, señor”.

Las luces navideñas se apagaron, y mis hombres gritaban mientras limpiaban el campo.

Cuando acabamos, regresamos a nuestras tristes viviendas en la base y besamos a nuestras esposas.

Después nos despertamos y lo volvimos a hacer. Hicimos estas cosas durante años, todo por Petraeus.

Unos meses antes de su partida, el Diablo Seis se apareció sin previo aviso para supervisar el trabajo de mi unidad. Para ese momento, ya tenía el pelo demasiado largo y algo de carne sobre mis huesos. Iba de salida; había tenido suficiente y estaba desilusionado del ejército. Iba a renunciar, mientras Petraeus escalaba a la cima. Viajábamos a la misma velocidad, pero en direcciones opuestas. Me atrapó fingiendo mis lagartijas y me llamó para platicar.

“¿Cuál es su nombre, soldado?” me preguntó.

Me mantuve firme. “Larkin, señor”.

“¿Cuál es su rango?”

“Capitán”.

“¿Es un oficial?”

“Sí, señor”.

“Capitán Larkin, debería darle vergüenza fingir sus lagartijas”.

Sacudió la cabeza y se quedó ahí parado unos segundos. Nuestros ojos se encontraron.

“No está poniendo el ejemplo para sus hombres”.

“Sí, señor”.

“Es una desgracia para usted, capitán Larkin. Lo sabe, ¿cierto?”

“Sí, señor”.

“Necesita un corte de pelo y una báscula”.

“Sí, señor”.

Balbuceó algo a su adjunto y se alejó. Hice mi saludo. Esa fue la última vez que lo vi.

Ahora, casi 20 años después, me imagino a este viejo guerrero con su uniforme en los tobillos. Debajo de su escritorio, jugando. Penetrando a su lisonjera biógrafa.

Él es la maldita desgracia.

 

Duncan Larkin es un periodista freelance que ha escrito para ESPN.comRunning Times y la revista Competitor. Su primer libro, Run Simple, se publicó en julio pasado.

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