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      La exorcista antihomosexual

      April 18, 2014

      Por Juan Carlos Reyna, fotos por Alejandro Cossío

      No hace falta pedir que se acerquen a quienes han venido a liberarse. La pastora ha terminado su sermón y cerrado los ojos, mientras sus fieles arrastran sus pies lentamente hasta

      el altar. El único ventilador al interior del templo y Centro de Rehabilitación La Esperanza apunta al baterista que marca un ritmo aletargado junto al grupo que musicaliza fragmentos del Libro de los Salmos.

      “Abre tu corazón para que Cristo te limpie y sane”, ordena a la decena de hombres que se acercan. Uno de ellos suda (¿o llora?) mientras alza sus brazos apuntando a la Pastora; ésta lo coge por el brazo y el hombre —que tiene el rostro delicado, el cabello teñido y las cejas depiladas— aprieta los párpados con fuerza. “Jesús se levantó entre los muertos y así tú también lo harás”, le asegura, “Bendito Dios, toma en cuenta su necesidad”.


      Los asistentes oran y cantan para "sanarse" en la iglesia de la Hermana Lety.

      El resto de los casi 150 fieles presentes en la iglesia comienzan a agitar violentamente el cuerpo; algunos gritan y jadean, otros brincan y giran sobre sí mismos. La música comienza a acelerar el ritmo, entonces el movimiento de cuerpos se propaga por todo el templo. El calor se ha vuelto insoportable y en la esquina desde donde observo la celebración religiosa de casi tres horas no llega corriente de aire.

      “En el nombre de Jesús soy salvo, en el nombre de Jesús soy salvo”, grita el hombre de rostro delicado mientras la Pastora lo toma por el cabello y lo acerca a su frente. El sudor del hombre se le embarra, ambos respiran hondo y de súbito él se desploma. Ya en el suelo se hinca y comienza a orar en silencio.

      El hombre, después me entero, se llama Eduardo Herrera Gómez. Tiene 30 años y es parte de los 25 homosexuales “redimidos” que se han hincado ante Alma Leticia Rosas, la pastora de orientación cristiana pentecostés que asegura poder exorcizar los espíritus infernales que, acorde a su versión, originan la homosexualidad “y otras desviaciones malignas”. Cada domingo en el templo ubicado en la esquina de las calles Casiopea y Cruz del Sur, de Tijuana, esta comunidad celebra haber corregido lo que la Hermana Lety (como le apodan sus adeptos) denomina “el mal camino”. El templo es parte de uno de los cuatro centros de rehabilitación La Esperanza, en la colonia del mismo nombre; sin embargo, a diferencia de los otros tres, éste no sólo tiene como objetivo tratar adicciones a drogas duras como cristal, heroína y cocaína de base libre, consumidas a diestra y siniestra en las zonas marginales de la ciudad: el templo de la Hermana Lety tiene como objetivo redimir a sus fieles de lo que para ella representa “uno de los mayores engaños del demonio”.

      La Esperanza es una colonia típica de Tijuana, improvisada entre cañones y surcos inmensos formados por aluviones ocurridos hace miles de años. El caprichoso laberinto de calles sin pavimentar y derrumbes de lodo se complementa con casuchas de cartón y lámina que dan al paisaje un aspecto más bien desastroso. Como la gran mayoría de zonas marginales de esta ciudad, La Esperanza está formada por una arquitectura miserable que contrasta con las camionetas de lujo y vidrios polarizados que transitan a toda velocidad por las noches. La ostentación de autos de lujo, así como la de construcciones monumentales de gusto kitsch erigidas en medio de la pobreza, delatan burdamente qué y quiénes controlan este lado de la ciudad.

      En La Esperanza operan narcotienditas y casas de seguridad que sirven de jaulas para secuestrados. Todo esto es parte de la delegación Sánchez Taboada, que ostenta el índice de asesinatos más alto de la ciudad. Tan solo la mañana del día en que escribo estas líneas, un hombre asesinó a su esposa con un machete en la calle La Paz, de la colonia Parque Industrial Pacífico, en dicha delegación. La esposa lo había descubierto manoseando a una adolescente dentro de su auto.

      La colonia es botón de muestra de las contradicciones características de Tijuana. Su desarrollo caótico es más o menos proporcional al flujo migratorio que desde hace muchas décadas hacen de Tijuana una ciudad sin rostro. Este aparente anonimato ha servido para hacer de la ciudad una suerte de Sodoma y Gomorra. Una gran cantidad de transexuales que han migrado a la ciudad, han encontrado en Tijuana el contraveneno perfecto a la mojigatería de sus ciudades de origen.

      “Nomás me vestía de mujer y salía a buscar cristal y pastillas.”

      “Cuando empecé a tener uso de razón, me empecé a inclinar por cosas que no eran las de un niño, o sea muñequitas, vestiditos y maquillaje”. Eso me cuenta Eduardo, quien ahora se describe como ex homosexual. Su vestimenta, que consiste en pantalones de vestir y camisa fajada, está cuidadosamente planchada y limpia. Puesto que le quedan bastante holgadas, su hablar pausado y delicados ademanes adquieren un aire naturalmente afeminado. Eduardo huyó de su casa en Guadalajara a los 15 años, porque quería vivir una vida en la que no tuviese que ocultar su homosexualidad. No quería que su madre lo viera vestirse de mujer ni que sus hermanos se avergonzaran de sus preferencias. Una noche se fue de fiesta con un amante diez años mayor que él. Nunca regresó. Antes de asentarse en Tijuana, hizo una parada en Manzanillo, Colima, en donde había una buena escena gay. “Ahí fue cuando comencé mi vida loca: y también ahí a drogarme, a prostituirme”. También por entonces comenzó a consumir hormonas femeninas y a ahorrar para poder injertarse silicón en sus pechos, nalgas, caderas y pantorrillas, “todo para abultar lo que son las pompas y las chichis”.

      Por la falta de oportunidades de trabajo en Manzanillo, se mudó a Tijuana en el 2002, cuando aún el narcotráfico no causaba sus mayores estragos y el turismo no descendía a pesar de las filas para cruzar de vuelta a San Diego, cada vez más largas después de los ataques terroristas del 9/11. Eduardo consiguió un cuartucho en la zona Centro y comenzó a prostituirse en el callejón Coahuila. “Aquí había muchas amigas que puteaban. Me decían que había dólares y clientes gringos”. Trabajaba desde antes que anocheciera y hasta que terminaba completamente agotada: “desde que llegué, haz de cuenta que el diablo me poseyó. Me tenía completamente en el suelo: drogándome, prostituyéndome, haciéndome de todo”. El tono de su voz al hablar de su pasado es agresivo, pero seguro. Sospecho que un orgullo morboso embargara sus palabras, o al menos el arrepentimiento al que éstas se aferran.

      “Mi mala manera de vivir se reflejaba, yo siento, en traer pelo largo, tacones altos, minifalda, vestido así y muy maquillado. Viviendo ante el mundo, con una apariencia que no era la mía. Nomás me vestía de mujer y salía a buscar cristal y pastillas. Cualquier droga que me diera ánimos para putear”. El diablo abusó de él en Tijuana durante siete años, dice.

      “Toqué fondo a mis 27. ¿Cuándo? Cuando lo perdí todo, después de tener una vida, como nosotras decimos, de glamour. Mi carrera de puta me había llevado a vivir una vida cómoda y de lujo, pero también me orilló a las drogas y éstas, a su vez, me quitaron el departamento, mis amistades y mi familia. Llegué a comer de un bote de basura”. Extraviado en su “mala manera de vivir”, sostiene, le hablaron de un Cristo Jesús, que él podía llenar ese vacío que tenía en mi corazón. Y así llegó a Refugio La Esperanza, a donde viene a “deleitarse”, describe, “porque así como el cuerpo necesita comida material, también el espíritu necesita ser alimentado”.

      “Yo antes practicaba la homosexualidad, ahora ya no la practico”, remacha, “de hecho me veo casado y con familia, ¿por qué no?, compartiéndole a mis hijos el testimonio de lo que yo pasé, cuidándolos y protegiéndolos para que ellos no se vuelvan homosexuales”.


      La pastora Leticia Rosas, quien está al frente de la iglesia donde intentan curar la homosexualidad a través de la religión.

      La persona que ha llevado a Eduardo a pensar así, es la Hermana Lety, quien ha dedicado 17 de sus 46 años de edad ayudar a “víctimas de espíritus malignos”, que es como ella describe a los gays y transexuales. En el centro de rehabilitación, la pastora me pide se le permita decirle a todos los homosexuales que existen en el mundo, que si creen que así nacieron, que así van a vivir, están equivocados: su homosexualismo es producto de engaños del diablo, y sus deseos insanos son producto de espíritus malignos.

      Aunque las ideas de la Hermana Lety pueden sonar extremadamente homofóbicas, su convicciones son profundas. Hace un par de años, cuando Rosas predicaba en la Penitenciaria del Estado de Baja California, halló a un homosexual de ademanes afeminados a quien el resto de los internos no dejaban orar. Rosas dice haberse ganado su confianza y propuesto curarlo a través de la enseñanza bíblica. Un par de años después, cuando salió de la cárcel luego de cumplir su condena, la pastora decidió llevárselo a vivir a su casa. “Después salió otro y otro, pero ya no me los podía llevar a todos a mi casa. Entonces fue que este lugar en el que estamos ahorita, que es de un hermano mío, me fue prestado”.

      Refugio La Esperanza es un lugar que se sostiene por sus adictos y homosexuales en recuperación. Rosas compra fruta al mayoreo y ellos tienen que salir a la calle y venderla. Gracias a esta actividad, Rosas asegura haber “levantado” a muchos poseídos por el diablo, sin importar que padecieran tuberculosis o se hallaran en fase terminal de sida. Por “levantarlos” se refiere a haber logrado que se arrepintieran en el último minuto de su orientación sexual y vida loca.

      Para la pastora, la homosexualidad no es una enfermedad sino un asunto de posesión espiritual. Es por eso que nunca ha buscado ni jamás buscará colaborar con un psicólogo para tratar no sólo a personas con orientación sexual distinta; tampoco trata a los drogadictos que albergan los otros centros. Entre los cuatro suman 65 personas en vías de “liberación”.

      Rosas no está familiarizada con el consenso mayoritario de la psicología contemporánea, el cual se opone a cualquier medida que pretenda “corregir” la diversidad sexual. Y no tiene por qué estarlo: para ella no es un asunto pertinente a la ciencia. Para ella el homosexualismo, como el abuso de drogas, es un asunto exclusivamente concerniente al espíritu. Ambos se originan en abusos sexuales en la infancia —indica— por lo que el rencor y dolor que produce una experiencia de esas atrae a espíritus que se fincan en las víctimas. A los homosexuales como a los adictos, insiste, los acompañan siempre estos espíritus.

      “La solución es sólo enseñarles la palabra: tres veces al día que oigan la palabra de Dios y oren. Y los domingos celebrar al Señor”. Pero esta liberación —según me explica la Hermana Lety— al final tiene que ser voluntaria. La idea es que por sus propias bocas, “las mismas que han pecado”, se confiesen a la salvación. “El perdido nos da la autoridad para ayudar a que el Espíritu Santo los posea”, subraya, “de modo que así los guíe, limpie y cure”.

      Lo cierto es que nadie podría criticar a la pastora de no saber nada de abusos y dolor. Ella fue abusada sexualmente por su tío político cuando tenía cinco años de edad. Nacida en Nayarit, pero afincada en Tijuana desde los dos años, creció en el seno de una familia profundamente católica. Después del abuso, mismo que nunca confesó a su madre hasta muchos años después, ingresó a una escuela de monjas, donde permaneció hasta los 14. Poco después huyó de su casa con un hombre que la dejó embarazada de una niña. Al cumplir los 23, decidió irse a trabajar con su hija a Los Ángeles y ahí se relacionó sentimentalmente con un ex adicto a la heroína que le inculcó la fe cristiana. “Él me enseñó que, independientemente de quién cometa la falta, todos somos pecadores. No sólo la persona que me abusó, sino que a los ojos de Cristo yo también había pecado”.

      —Entonces, ¿ha sido usted homosexual? —le pregunto. 
      —No. Jamás. No. Gracias a Dios, yo no tuve este problema. 
      —¿A qué atribuye esto?
      —Fue una bendición.

      La homofobia sigue siendo algo común tanto en Tijuana como en otras partes de México. Víctor Clark Alfaro, director del Centro Binacional de Derechos Humanos en Tijuana, denunció recientemente que el clima de odio hacia las minorías sexuales ha forzado a que homosexuales, bisexuales y transexuales se muden a Estados Unidos. Un año particularmente grave fue 2006, cuando unos 30 transexuales se vieron obligados a cruzar la frontera debido a una persecución de la que fueron objeto por parte de la policía municipal. “Hemos documentado hasta violaciones sexuales cometidas por agentes en contra de travestis”, revela Clark Alfaro, “sin contar [otras] agresiones físicas y verbales”.

      No parece haber diferencias entre la homofobia en zonas urbanizadas y marginales de la ciudad. En ambos casos las denuncias por maltrato nunca prosperan. En el caso de los travestis que ejercen la prostitución el panorama es terrible: de acuerdo al testimonio de muchos de ellos, las autoridades municipales reciben “mordidas” de 20 dólares a cambio de que no se les prohíba seguir trabajando si no se presenta una tarjeta de salud.

      El panorama empeora al insertar a la ecuación las declaraciones de líderes religiosos, como las del ex arzobispo de la Arquidiócesis de Guadalajara, el sacerdote católico Juan Sandoval Íñiguez. Cuando ocupaba dicho cargo, fue acusado de lavado de dinero en reiteradas ocasiones por publicaciones como Proceso, y su controversial manejo de dineros se suma su exacerbada homofobia. En una entrevista publicada en la revista Gatopardo en febrero del 2011, Sandoval Íñiguez aseveró que la homosexualidad era una “arma estratégica del primer mundo” para “reducir la población a como dé lugar... de modo que así no se consuman los recursos de la Tierra”. A esta descabellada teoría le llama maltusianismo, en alusión a la tesis de Thomas Malthus respecto a la desproporción entre la producción de alimento y población.

      Lucía Melgar, coordinadora del Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG) de la UNAM, ha señalado que los crímenes de odio registrados en el México han ido a la alza. En el Foro sobre Discriminación y Violencia en Baja California realizado en las instalaciones de la Universidad Iberoamericana (UIA Noroeste) a mediados del año pasado, precisamente en Tijuana, reveló estadísticas que pocos medios han publicado y muchas menos autoridades reconocido: de enero de 1995 a junio del 2009 se registraron 705 homicidios contra hombres y mujeres homosexuales y transexuales, sin contar desaparecidos. Aún no hay cifras del 2011 ni lo que va del 2012.

      Clark Alfaro reprocha que instituciones religiosas, indistintamente de su denominación, fomentan estos crímenes “desinformando a la gente para que sea rechazada” y sostiene que muchos seminaristas y sacerdotes son homosexuales y algunas monjas lesbianas, pero que prefieren “cubrir sus preferencias sexuales para no ser expulsados por la Iglesia”.

      A la izquierda: Emilio busca ser "curado" de su homosexualidad a través de la religión cristiana.
      A la derecha: Rafael es un transexual que intenta convertirse en heterosexual, y en un futuro restituir su miembro masculino.

      En el patio que rodea el templo, un espacio de concreto y paredes bien pintadas, hablé con Gustavo Silva, otro de los 25 homosexuales que actualmente son tratados en la Casa Refugio La Esperanza. “Desde la edad de 15 años empecé a caminar por el sendero de la perdición”, cuenta, “andar tomado, me gustaba; el andar drogado, me gustaba; el andar vestido de mujer pues eso también me gustaba. Pero lo que más ilusión me daba era verme voluptuosa y femenina. Entonces me operé”. “Entre más grandes tenía las tetas, más grandes las quería”, reconoce. “Mis tetas estaban ahí para satisfacer los deseos que yo tenía por los hombres, pero también para putear y así solventar los gastos de mi casa donde vivía, y además comprarme vestidos bonitos”.

      Sin embargo, a los pocos años su vida dio un giro de 180 grados. Tanta droga y sexo —asegura— lo hizo enfermar: “estaba muy flaco y creí que tenía sida”. El día de su cumpleaños 23, saliendo de una tiendita a donde compraba cristal y “asqueado de tanta porquería y más enfermo que nunca”, dice haber volteado al cielo y clamado: “Dios mío, dame fuerza de salir de la calle, que ya no aguanto más. Entonces recordé que alguna vez unos jotitos que estaban enfermos me habían contado de La Esperanza. Me dije ‘Ay, la casa de rehabilitación... yo creo que eso es lo que necesito’. Entonces así llegué pa’ acá”. De eso hace un año. “Dios usa a la Hermana Lety para que nosotros que andábamos perdidos encontremos el camino correcto de la vida”, concluye.

      Ahora admite que le da pena su pasado. Silva sigue teniendo pechos. Expuso que ya consiguió algo de dinero para quitárselos. Pero, ¿y luego qué? “Como persona te puedo decir que ahorita no deseo a una mujer”, confiesa, “pero si más adelante Dios pone una mujer en mi camino, una mujer que me acepte tal y como yo fui, con todo y mi pasado, pues yo la voy a aceptar”.

      Después del tiempo que pasé en La Esperanza, confieso que “la Hermana Lety” me provoca sentimientos encontrados. Se trata de una mujer amable e, intuyo, bastante convencida de estar salvando las almas de estos hombres, y los hombres que buscan su ayuda, sin duda le tienen devoción. La pastora niega conocer la polémica en relación a la homofobia de Sandoval Íñiguez y otros líderes religiosos, sin embargo, dice estar de acuerdo con algunos puntos, sobre todo el espiritual: “por eso les digo a todos los que tienen ese problema que sí se puede, que hay un Cristo poderoso que puede hacerlos cambiar sus mentes y hacerlos seres nuevos”.

      Antes de irme, me dijo: “Yo creo que en el fondo todos los homosexuales no quieren ser homosexuales, por eso hay esperanza”. Quisiera pensar que no hay malicia en lo que dice, y que genuinamente desea librar al mundo de lo que ella ve como la obra del diablo. Pero mientras le doy la mano para despedirme no puedo dejar de pensar en aquel aforismo de San Agustín que reza: “El camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones”.

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      Temas: juan carlos reyna, homosexualidad, Exorcismo, Religion

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