Las personas en Líbano se están matando entre ellas por Siria

Por Oz Katerji, fotos por Alex Potter


Soldados de la brigada Firuq de Souq al-Qamar, quienes dicen que la guerra nunca va a terminar y están orgullosos de luchar por Tabbaneh.

Trípoli, la segunda ciudad más grande de Líbano, es conocida por su rica historia, arquitectura, comida dulce, el hecho de que no es la Trípoli de Libia y, más recientemente, confrontaciones sectarias. El destino vacacional perfecto para cualquiera que busque escapar de su aburrido trabajo de escritorio e involucrarse en una semana de violencia y baklava. Desde el comienzo de la revolución en Siria, se han desatado enfrentamientos violentos en varias partes de la ciudad. Gran parte de estos choques han ocurrido entre las milicias sunitas pro revolucionarias y las fuerzas pro Asad, en el distrito de Jabal Mohsen. 

Ya que Siria se encuentra a unos cuantos kilómetros al norte de Trípoli, miles de refugiados sirios, pertenecientes a los diversos grupos étnico-religiosos, han cruzado la frontera con Líbano en busca de refugio, lo que ha llevado a una mayor desestabilización en la región. Es un país constantemente en la cuerda floja de un conflicto sectario, y tras 15 años de una guerra civil que dejó a cientos de miles muertos, Líbano está muy familiarizado con los problemas de Siria.

Desde fuera, Líbano parece ser un país estable y funcional. Pero en realidad, es una nación profundamente dividida y las heridas mal tratadas que dejó la guerra civil comienzan a abrirse de nuevo en la psique libanesa. Los antiguos caudillos, muchos de los cuales todavía tienen opiniones racistas e incendiarias, son ahora líderes políticos y religiosos, y todavía existe una fuerte desconfianza entre varias de las 18 sectas religiosas reconocidas en el país. Los enfrentamientos armados entre las distintas comunidades han sido algo regular en la última década, y los asesinatos brutales de figuras públicas han acabo con la noción de que Líbano se adhiere a los principios de una democracia funcional.


Un funeral sunita en Trípoli para un soldado asesinado en Siria.

Los barrios de Bab al-Tabbaneh y Jabal Mohsen están lado a lado. Sus comunidades han luchado durante generaciones, desde la guerra civil en Líbano en 1975. Los alauitas de Jabal Mohsen son ardientes defensores de Bashar al-Asad, un hombre al que ven como líder de su comunidad. Sus vecinos de mayoría sunita en Bab al-Tabbaneh y gran parte de Trípoli no comparten su entusiasmo.

Durante la más reciente ronda de enfrentamientos, murieron 17 personas, entre ellas mujeres, niños y ancianos. La violencia estalló tras la noticia de que 20 soldados sunitas del norte de Líbano habían cruzado la frontera para luchar contra las fuerzas de Asad, sólo para ser asesinados en una emboscada.

También se publicaron videos en los que se muestran los cuerpos de estos hombres siendo apuñalados por fuerzas del régimen, lo que desató una reacción muy violenta de parte de la comunidad sunita en Trípoli. Los alauitas de Jabal Mohsen y los sunitas de  Bab al-Tabbaneh se enfrentaron con lanzagranadas y ametralladoras en toda la región.


Una casa destruida en Jabal Mohsen.

Caminando por la zona, uno de los soldados de Tabbaneh (guerrilla urbana libanesa que lucha en las calles de Siria) se presentó como Sheikh Shadi (salafistas) y dijo que llevaba años luchando contra los alauitas (grupo al que pertenece Al-Bashar) de Jabal Mohsen. Cada zona de Tabbaneh está controlada por milicias separadas que por lo general pelean en equipo pero que no comparten los mismos líderes. Muchos de los soldados en el batallón de Shadi dijeron que los enfrentamientos llevaban años y no veían el fin del conflicto. Muchos también dijeron que los soldados que murieron recientemente cruzando la frontera hacia Siria eran “como hermanos” y que “su conflicto también es nuestro conflicto”.

Algo que vale la pena resaltar sobre estos dos lugares es que son extremadamente pobres. La mayoría viven bajo la línea de pobreza, con poco acceso a educación, y los hombres involucrados en el conflicto suelen ser jóvenes de hasta 16 años, y muchos no comprenden las implicaciones de sus actos. Los jóvenes en motocicletas avanzan entre el fuego enemigo y junto a carteles ceremoniales de jóvenes “martirizados” durante la pelea, para entregar bolsas de plástico llenas de municiones y comida para sus hermanos mayores y amigos en las líneas de fuego.


Dr Abdullatif Saidi.

Conocimos a un doctor del hospital gubernamental en Trípoli llamado Dr. Abdullatif Saidi, quien vive en Riva; justo en el centro del conflicto. El Dr. Saifi me mostró los agujeros de bala que decoran el departamento que comparte con su esposa y sus dos pequeños hijos.

“Todos los meses tenemos una batalla aquí, todos los meses hay un problema nuevo”, me dijo. “La guerra entre sunitas y alauitas, la guerra entre Jabal Mohsen y Tabbaneh.”

Me dijo que la situación parecía estar empeorando: “Tenemos muchos heridos, muchas muertes y muchas heridas abiertas; 15 muertos y cien heridos este mes. Los soldados son jóvenes y no saben por qué luchan. Lo ven como una forma de protegerse. Sienten que sus vecinos les disparan y ellos tienen que disparar de regreso. Eso es todo”.

Nuestra llegada a Jabal Mohsen fue una experiencia casi surreal. No había mucho que distinguiera a los barrios rivales, ambos están fuertemente marginados y tienen marcas del intenso conflicto, sin embargo, en Mohsen, hay posters y murales de Bashar al-Asad por todos lados, colgados entre barreras improvisadas para la pelea. Fue como caminar a través de una mini Siria, aislada de una Trípoli cada vez más anti régimen. Otra diferencia fue que la gente de Jabal Mohsen estaba más ansiosa de hablar con nosotros y tomarse fotos junto a los posters de Al-Asad, a quien se refieren como “al-Ra’ees”, o “el Presidente”.


La plaza entre Riva y Jabal Mohsen, que se ha convertido en un campo de batalla donde ambos distritos intercambian fuego de ametralladoras y lanzagranadas.

Un hombre con dos lágrimas tatuadas en el ojo izquierdo se acercó cojeando hasta nosotros y nos contó la historia de cómo le habían disparado en la pierna durante el conflicto, y orgullosamente nos mostró su herida. A pesar de que los residentes del distrito duermen apretados en sus habitaciones rezando por que un misil no caiga en su casa, los jóvenes involucrados en el conflicto parecen no entender el daño que le hacen a sus propias comunidades.

Llegamos a una pequeña clínica en el centro del pueblo, según nos dijeron el único centro médico en Jabal Mohsen y donde se atiende a los 60 mil residentes del distrito. Adentro conocimos a Mohammed, quien trabajaba como subgerente de la clínica.

“No he dormido en tres días”, suspiró. “La batalla comenzó cuando recibimos noticias de las personas que murieron en Siria, en Tal Kalakh. Hubo disparos, y aunque quizá no era su intención disparar contra nosotros, fuimos golpeados porque estamos en terreno alto. Notificamos al ejército, pero no hicieron nada sustancial. Seis de los nuestros han muerto en los últimos días: tres adultos y tres niños, entre ellos uno de tres meses”.

“Aparecimos en televisión y dijimos que no tenemos nada que ver con las bajas libanesas en Siria y que nosotros no fuimos quienes los mataron. Nadie escucha. Nadie puede controlar esto, ni siquiera Bashar al-Asad. Si mi hermano resultara herido, definitivamente me encabronaría y empezaría a disparar”.


Escombros en Riva, Trípoli.

A diferencia de los grupos fragmentados en Bab al-Tabbaneh y sus alrededores, Jabal Mohsen es una comunidad cerrada, y todos sus soldados vienen de un comando central. Rifaat Eid, líder del Partido Democrático Árabe, es su representante y uno de los más acérrimos aliados de Bashar al-Asad dentro de Líbano.

“Rifaat dio la orden de ser más agresivo con el Tabbaneh. El ejército se percató de esto, así que se movilizó y cuando el ejército se mueve, todos se van a casa”, me dijo Mohammed. "Es por eso que creemos que el ejército nos puede proteger, porque nosotros somos una gota y ellos el océano”.

A pesar del hecho de que estaba hablando con el subdirector de un hospital quien también parecía estar fuertemente involucrado en la lucha, indirectamente haciéndose de más pacientes, pude simpatizar con Mohammed. Los alauitas de Jabal Mohsen tienen una opinión muy perturbadora sobre el régimen sirio y la revolución, sin embargo, también son una pequeña comunidad rodeada de hostilidad.

“Somos orgullosos y sabemos que Bashar al-Asad ganará, porque sabemos lo que están haciendo”, me dijo, completamente indiferente al hecho de que el régimen sirio se encuentra cada vez más solo y desesperado. “Si quieres saber como está la cosa, ver a las oraciones del viernes en la zona y escucha lo que dicen sobre los alauitas. Dicen que puedes violar a mujeres y niños alauitas”.

Intenté presionarlo sobre los reportes de masacres realizadas por los hombres de Asad, las cuales descartó de inmediato como actos de agresores extranjeros o fundamentalistas que quieren atacar al régimen. Después le pregunté sobre los bombardeos masivos contra poblaciones civiles. “No estamos de acuerdo con eso”, me dijo. “Pero estamos con el régimen porque la gente también lucha contra nosotros con misiles y morteros. Turquía lucha dentro de Siria con el ELS e Irán con el régimen. Es como la guerra de Líbano. Es una guerra mundial”.


Más soldados de Tabbaneh.

Más tarde conocí a Nour Eid, el hermano de Rifaat, una figura muy importante en la comunidad y el director de la clínica de Mohammed. Nuestra conversación fue mucho más conflictiva que la que tuve con Mohammed. Una vez más, se trataba de un hombre agradable que insistía que la mayoría de los alauitas en Jabal Mohsen querían vivir en paz con sus vecinos y que eran víctimas de la situación (lo cual, sorprendentemente, no era muy diferente a lo que nos dijeron los residentes de Tabbaneh).

Nour y yo estuvimos de acuerdo en muchas cosas: me dijo que la religión era “la droga del pueblo”, y atribuyó ese dicho a un antiguo proverbio árabe y no a Karl Marx, y culpó a los fundamentalistas por muchos de los problemas del mundo árabe: “Los líderes árabes siguen viviendo en la era de los dinosaurios, ¡sólo les importa el sexo y el vino!”


Jóvenes huyen del fuego enemigo en Trípoli. 

No me quería ir sin presionarlo para obtener más información sobre los que ocurría en Siria. Su apoyo a Asad era inquebrantable y se negó a aceptar cualquier historia de masacres. Sin embargo, después de mencionar la destrucción provocada por las fuerzas aéreas de Asad, aceptó darme un mejor vistazo a su mentalidad.

“¿Conoces la historia de Lot?” me preguntó. “Lot le pregunta a Dios por qué mató a la gente de Sodoma y Gomorra, incluyendo a las mujeres y niños inocentes. Dios lo empujó al piso e hizo que un ejército de hormigas caminara sobre su cuerpo. Después Dios ordenó que una de las hormigas lo mordiera. Lot dio un golpe con su mano y mató a muchas hormigas y Dios le preguntó por qué había matado a tantas hormigas cuando sólo una lo había mordido”.

Le dije que esa era una forma de ver las cosas bastante perturbadora; que se trataba de la misma justificación que los israelíes usan para matar a civiles en Palestina. Estuvo de acuerdo, y la moraleja detrás de lo que me había dicho parecía no preocuparle, a pesar del hecho de que estaba descartando las vidas de miles de inocentes como simple daño colateral. Lo que más me sorprendió de Nour y Mohammed no fue sus opiniones malinformadas e ilusorias sobre el régimen, su negación a aceptar la realidad ni su reticencia hacia la muerte de inocentes, sino su aparente bondad. Es difícil entender palabras de violencia cuando salen de la boca de hombres aparentemente amables.

La locura de la situación se volvió aún más aparente cuando llegamos a la frontera de Jabal Mohsen y Tabbaneh. Sólo una angosta escalera separa a las dos comunidades, y en la parte inferior había una escuela primaria, ahí en el corazón del fuego cruzado. La escuela estaba del lado de Tabbaneh y estaba tapizada de banderas y posters políticos; al adoctrinamiento comienza a temprana edad en Líbano. Los niños en ambos bandos aprendan a odiar a aquellos que viven a metros de distancia, pero la verdadera tragedia es que este ciclo de odio parece no tener fin.

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