El alfabeto (ilustrado) del narco mexicano

LL de "llanto"

Por Juan Carlos Reyna


Ilustración por Gabriel Escalante.

I. “Él ha decidido seguir visitándome todas las noches para confirmar que todo sigue bien. Al principio me contaba sobre las mentiras que los periódicos decían sobre su paradero, que si era el mensajero del mentado líder del cártel ese, que cómo iba a ser posible que subiera 30 o 40 mil dólares por semana a un avión para llevarlos a una mujer al sur. Que sí: era cierto que no había sido muy brillante en la escuela, que era el burro del salón y del que todos decían Pobre Pinche Junior, El Bisnieto Del Presidente, El Morro Al Que Su Madre Le Da Todo Y Su Cabeza Nada, pero que nunca sería tan tonto como para meterse con esa gente sin escrúpulos. No creo que fuera así de tonto. No sé. Si lo hizo no fue por tonto. Nunca lo sabré porque no puedo preguntarle: en los sueños en los que me visita lo veo siempre desde lejos, y desde lejos se comunica conmigo sin hablar. Me dice Estoy bien, Má, mirándome con sus ojos de siempre, bien negros y tristes, y sin dejarlos de fijar. A mi marido no se le aparece porque él siempre anduvo de cabrón con sus mujeres y sus dineros; nunca lo sabrá: a mí Mijo me da pendiente que en cualquier lado en donde esté siga siendo igual de frágil, como cuando en el colegio los más fuertes de su salón lo golpeaban en el hombro para ver cuánto aguantaba. Aguantaba frente a ellos y luego se iba a llorar al baño sin decirle nada a nadie; eso me contaron sus profesores, la bola de maristas maricones que nunca lo defendieron porque lo miraban como si estuviera malito de la cabeza, a pesar de que lo descubrían sobándose en el baño. Unos chamacos (uno de ellos era o es hijo de un abogado que tiene la casa enorme acá a dos cuadras) un día lo azorrillaron en el recreo, los cabrones chamacos lo llevaron a unos tubos de esos largos para jugar Spirol que estaban detrás de las gradas del gimnasio; entre los dos lo arrastraron hasta uno de los tubos abriéndole las piernas; Mijo me dijo que se moría de miedo que lo lastimaran, que nomás gritaba y nadie venía en su auxilio; ya con el tubo en medio de las patas lo jalaban cada uno por su lado y a éste nomás le quedaba agarrarse los testículos para que no lo lastimaran. ¿Cómo chingados iba a seguir estudiando si la escuela le era un pinche infierno?”

 

II. Lloramos por impotencia. Para la medicina hipocrática, el llanto es una purga de los humores excesivos del cerebro; desde esta perspectiva, llorar es una suerte de liberación en el que uno puede resignarse al dolor y liberarse al mismo tiempo que se pierde “algo”. Se llora cuando algo de nosotros muere. Morir es disolverse. Comenzamos a perder nuestros sentidos. Luego, a pesar del sentimiento de pesadez e incomodidad, a perder la solidez de nuestras extremidades y mejillas. Comenzamos a soñar. Ahí perdemos el control sobre nuestros líquidos: se secan la cuencas de los ojos, la sed aumenta y la garganta se vuelve pegajosa. El sueño se irrita y vuelve nervioso. El cuerpo se ha secado y huye su calor. El poco aire que pasa por nuestros orificios es frío y llega a nuestro cerebro, helado. Ahí perdemos el conocimiento de nuestros seres queridos. En este instante la muerte se convierte para todos en un pequeño infierno o, como algunos maestros tibetanos han especulado: “un holocausto de fuego”. Se ha vuelto imposible respirar, por ende el intelecto transfigura en una vorágine de alucinaciones. Comenzamos a encontrarnos con nuestros arquetipos divinos estableciendo una comunicación dichosa y compasiva. O quizá enfrentamos demonios aterradores que fueron alimentados a lo largo del tiempo por nuestras iras y rencores. Es en este comienzo que la medicina moderna nos declara muertos.

Diversas tradiciones místicas platean que la experiencia se extiende hacia planos de conciencia que no podríamos abarcar mediante la razón. Una de estas tradiciones, la budista, asegura que en este punto de inflexión vital inicia un proceso inverso al de la concepción: volvemos a encontrarnos con nuestra madre y padre. Es como si papá descendiera de la coronilla y mamá ascendiera desde nuestros genitales, ambos hacia el corazón. Una vez que hemos conciliado el dolor que significan nuestros padres no hay necesidad de pensamiento. Hemos llevado la mente, incluso sus resquicios más oscuros, a casa.

El llanto es la negación de la inevitabilidad de fallecer; simultáneamente es una premonición de algo que está por transmutar y que, por ende, reclama la aceptación de todos los pensamientos y temores. El problema de las 120, 280 o 350 mil ejecuciones relacionadas al narco es que nuestra sociedad (su Estado corrupto, su política mezquina, su criminalidad corporativa) le ha impedido a cada uno de esos muertos transmutar con dignidad.

 

Anteriormente:

L de "levantón"

 

Para leer más historias relacionadas con el narcotráfico ve al Alfabeto (ilustrado) del narco mexicano.

Comentar