Nicolás Maduro no se robó la elección en Venezuela

Por Greg Palast


El autor con Nicolás Maduro antes de que se convirtiera en presidente de Venezuela.

Greg Palast es autor de bestsellers del New York Times y un periodista de investigación cuyos reportajes han aparecido en Newsnight de la BBC y en The Guardian. Palast se come a los ricos y después los escupe. Ve sus reportajes y sus películas en www.GregPalast.com, donde también puedes enviarle tus documentos marcados como “confidenciales”.

El hombre con el rompevientos café que camina por los escalones sucios hacia mi oficina en Nueva York parecía un camionero.

En efecto, Nicolás Maduro, elegido presidente de Venezuela, conducía un camión antes de convertirse en dirigente del sindicato de camioneros, y más tarde ayudó a aprobar las leyes de Chávez en la Asamblea Nacional de Venezuela como presidente de la misma.

Y esta semana, el Departamento de Estado de Estados Unidos se negó a reconocer el resultado, sugiriendo que Maduro había secuestrado el cuento de votos. Pero, ¿en serio hizo esto?

Maduro acudió a mí aquel día de 2004 con la misión de entregarme, de parte del presidente Chávez, la información que necesitaba para mi investigación para Rolling Stone; y para que yo le entregara información que podría salvarle la vida a Chávez.

El tema central era el “Anillo Invisible”. El servicio de inteligencia venezolano había grabado en secreto a los contratistas de la embajada estadunidense en Caracas durante una conversación clandestina: “Eso que tomó forma aquí es una especie de inteligencia disfrazada… que está anexada al tercer anillo de seguridad, el anillo invisible”.

(¿“Anillo Invisible”? Alguien en el Departamento de Estado ha estado leyendo demasiadas novelas de Alan Furst).

En la película granulada, les preocupaba que el “Sr Corey” (un nombre clave que desciframos fácilmente) arruinaría su coartada y comenzaría a gritar: “¡Soy de la CIA! ¡Soy de la CIA!”


Maduro en la oficina de Greg Palast.

El “Sr Corey” definitivamente no pertenecía a la CIA, una agencia que se aferra a la última hoja de discreción. Este equipo era mucho más peligroso, parte de una corporación de espías a sueldo, Wackenhut Inc. Llevaba años siguiédole el paso a Wackenhut, desde que sus espías (más Austin Powers que James Bond) fueron arrestados durante un trabajo sucio para British Petroleum. Intentaron grabar, ilegalmente, a un congresista estadunidense con un micrófono pegado a un camión de juguete que hicieron avanzar por los ductos de ventilación encima del legislador.

Pero incluso los payasos, cuando están fuertmente armados, pueden ser letales. En 2002, Chávez fue secuestrado con la bendición de un embajador estadunidense justo en el palacio presidencial y enviado en helicóptero hasta el Caribe donde, según me dijo Chávez tiempo después, el presidente asumió que sería invitado a echarse un clavado desde 600 metros de altura. Pero 48 horas más tarde, Chávez estaba de vuelta en su escritorio.

Pero Washington no había terminado de jugar a los golpes de estado. Nuevos documentos revelaron varios métodos entrelazados (“anillos”) para derrocar al gobierno electo de Venezuela.

Primero, operativos estadunidenses jugaban con los registros electorales, y si eso no le robaba la elección al partido de Chávez, el siguiente paso era provocar amotinamientos contra el “robo” de las elecciones por parte de Chávez. Los choques resultarían en muertes; las muertes serían la excusa para que Estados Unidos apoyara otro golpe de estado para “restaurar el orden” y la “democracia” en Venezuela; y devolver el petróleo venezolano a Exxon. (Chávez había tomado el control de los yacimientos petroleros y Exxon estaba furioso).

Maduro ya había entendido que los operativos estadunidenses querían usar “La colección de firmas [de los votantes]… en un clima de violencia y desconcierto, nacional e internacional… Para producir muertes el día de la recolección de firmas”.


Hugo Chávez en 2003, un año después de su secuestro. (Imagen vía.)

¿Todo para justificar otro golpe?

“Sí: la justificación para decirle al mundo que Chávez es un asesino, Chávez es un dictador, Chávez es un terrorista y la OEA [Organización de Estados Americanos] debe intervenir y Chávez debe ser expulsado”.

La semana pasada, los caciques de los anillos están de regreso en Caracas, acorde con el guion original, mientras el Departamento de Estado de EU respalda las acusaciones (sin ofrecer detalles) de que la victoria de Maduro es cuestionable. Y según el viejo libro, los perdedores salen a las calles, hay siete votantes muertos (en su mayoría chavistas, pero no todos) y Caracas espera la llegada del siguiente golpe de estado.

¿Una maniobra para deshacerse de Maduro es acaso una idea descabellada? George W. Bush promovió el secuestro fallido de 2002. Pero fue el progresista de Barack Obama quien, como nuevo presidente electo, dio su bendición al derrocamiento del presidente electo de Honduras, Manuel Zelaya.

Sin embargo, ¿es justo preguntarse si Maduro y los chavistas se robaron la elección presidencial de la semana pasada?

Respuesta: No era necesario. Incluso el Wall Street Journal reconoce que “para la mayoría de los venezolanos, el Sr. Chávez era el mesías”, y Maduro, a quien Chávez nombrara su sucesor desde su lecho de muerte, tenía una ventaja demasiado grande para perder.

Aun así, los antichavistas, respaldados por Estados Unidos, casi se roban la elección.

¿Cómo? Eso es lo que Chávez quería que Maduro averiguara conmigo: ¿cómo podrías los operativos estadunidenses manipular a los votantes venezolanos? No era un simple pregunta política: sabían que Chávez no sobreviviría a otro golpe.

Mi respuesta: podrían robarse el voto tal y como lo hizo Bush en Florida; de hecho, usando al mismo contratista. Echa un vistazo a estos documentos… del montón que revisé con Maduro:


El memorándum del FBI donde se detalla el robo de las listas de votantes en Venezuela. (Click para agrandar).

Según este memorándum secreto de FBI, ChoicePoint Corp (bajo un contrato otorgado sin licitación), había robado las listas de votantes venezolanos, así como las listas de Argentina, Brasil, Nicaragua, México y Honduras, todos países a punto de elegir presidentes de izquierda.

Me preguntaba cómo nuestros funcionarios de seguridad nacional argumentaban el uso de estas listas de votantes con la finalidad de hacer de nuestro país un lugar más seguro. ¿Para qué las querían?

No me quedó duda. En noviembre del año 2000, trabajando para el Observer y Newsnight, descubrí que una subsidiaria de ChoicePoint había, para el gobernado de Florida Jeb Bush, obtenido las listas de votantes de su estado para “purgar” a más de 56 mil votantes, la gran mayoría negros y pobres, negándoles así su derecho a votar. Y así fue como el hermano de Jeb, George W, ganó la presidencia de Estados Unidos por tan solo 537 votos.

Y ahora ChoicePoint tenía los datos que permitirían al departamento de seguridad interna repetir el caso Florida en Venezuela (y Honduras, y otros lugares). (En el 2006, el candidato de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, ganó la elección pero perdió la presidencia por una manipulación de las casillas).

Chávez leyó mis descubrimientos sobre el posible robo de elecciones (a su nación en su programa televisivo) y se movió rápidamente para establecer un sistema electoral que Jimmy Carter, quien dirigió equipos de observadores en 92 países, llamó: “el mejor proceso electoral del mundo”.

Así es como funciona: cada votante venezolano recibe DOS boletas. Una es electrónica, la segunda es una versión impresa de la boleta en la pantalla táctil, la cual el votante revisa, autoriza, y coloca en una casilla cerrada. Un impresionante 54 de las casillas se eligen al azar para revisar los números contra los resultados que arroja la computadora. Es lo más cercano que existe a un recuento a prueba de errores.

Sin embargo, el perdedor empezó a llorar y pudo elegir todos los precintos que quiso (12 mil) para la auditoría.

Y es por eso que el departamento de estado estadunidense tiene que recurrir a la amenaza de balas y el “tercer anillo”; para menoscabar la legitimidad del nuevo gobierno de Maduro y dar señales sobre su disposición para respaldar un nuevo golpe de estado.


Nicolás Maduro en 2010. (Imagen vía.)

Pero esta vez tampoco tendrá éxito. Los gobiernos populistas socialistas que Estados Unidos no pudo eliminar, han reemplazado a las juntas y a los títeres que daban a Estados Unidos control sobre la OEA. Y los venezolanos mismos no dejarán que esto pase.

Lo que me impresionó sobre Maduro y su jefe Chávez fue su reacción al tercer anillo y la floridización de su elección. En lugar de ordenar arrestos masivos, su respuesta fue fortalecer su democracia con un sistema electoral a prueba de trucos.

Quiero resaltar que ChoicePoint, una vez expuesto, se disculpó con el gobierno mexicano, aceptó destruir las listas adquiridas ilegalmente y, poco tiempo después, se vendió a una empresa calificadora. Wackenhut despidió a sus espías y se vendió por partes. Ambos niegan haber quebrantado la ley de cualquier país de forma consciente. Y en el departamento de estado de Bush, todo se fue al carajo, mientras las fuentes del John Negroponte, embajador de la ONU, verificaban lo que le parecía una escapada renegada para proteger los intereses petroleros de Estados Unidos. (De hecho, Chevron terminó pagando lo que yo llamo un “impuesto al golpe de estado”).

Aun así la votación estuvo cerrada, principalmente porque Maduro, un administrador competente y honesto, no es el Sinatra de la política que era Chávez.

El secretario de estado Kerry cuestionó el margen de 270 mil votos por el que ganó Maduro, algo que me parece particularmente llamativo. Porque en 2004, además de Chávez, entregué a otro candidato presidencial evidencia sobre el robo de la pandilla de Bush: el senador John Kerry. Kerry perdió ante Bush por un margen de 119 mil votos en Ohio, pero Kerry se negó a pedir un recuento. Le tomó dos años reconocer públicamente nuestra información: cuando introdujo, con el senador Ted Kennedy, una legislación para arreglar el corrupto sistema electoral de Estados Unidos, después dejó que la propuesta de ley muriera por negligencia.

Chávez sabía, y Kerry nunca aprenderá, que la democracia requiere de más que un recuento completo; requiere de absoluto valor.

 

Durante una semana, los lectores de VICE pueden descargar el corto de  Palast, The Assassination of Hugo Chávez, filmado originalmente en Venezuela para la BBC, sin costo alguno.  

 

Sigue a Greg en Twitter: @Greg_Palast

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