Porno en vivo: cuando un güey sólo quiere que te quedes ahí sentada mientras él se masturba

Por Kat George

“¿Qué quieres que haga?” le pregunté.

Estábamos los dos desnudos sobre mi cama, como a medio metro de distancia, cada uno recargado sobre su brazo, cara a cara. Él se la estaba jalando frenéticamente.

“Sólo quédate ahí sentada” jadeaba.

“¿Sólo… ahí? ¿Sin hacer nada…?”

“¿Quieres tocarte?” me preguntó. 

“No realmente, esto no se siente muy sensual.”

“Está bien, sólo quédate quieta y déjame verte.”

No dejaba de manosearse, mientras yo me quedaba ahí acostada. Un surco se formó en su frente y sus labios se enrollaron en esta siniestra sonrisa mientras gotas se sudor comenzaban a rodar por su cara. Me lo imaginé en el sótano de su madre, más gordo y calvo, algunos años en el futuro, un póster amarillento de su fracasada banda de pop independiente en la pared, mientras él se masturbaba con una película de porno fetichista, y por un instante sentí náuseas.

“¿Crees hacer algo hoy por la noche? Quizá puedo verte más tarde o algo”. Ya no sabía dónde poner mi mirada. Su mano se movía tan rápido que pensé que su pito se incendiaría en cualquier instante, y esa expresión de pervertido en su rostro me comenzaba a asustar. No dejaba de mirarme.

“Tengo que ir a la lavandería, y creo que después cocinaré algo de cenar. No, creo que mejor pediré algo de comer.”

Masturbación. Silencio.

“Creo… No lo sé… Quizá vea The Walking Dead.”

Se detuvo abruptamente: “Kat, por favor. ¿Puedes guardar silencio? Rompes mi concentración”. 

Me sentí indignada, sentada en silencio hasta que se vino sobre mis sábanas.

No es que nunca haya visto a un güey masturbarse. Claro, en esos momentos íntimos y apasionados, todos sentimos ese calor entre las piernas y nos damos una frotada, pero esto era diferente. Era lo contrario de íntimo. Era clínica y honestamente, denigrante.

Cuando discutí el suceso con mis amigas, parece que todas han atravesado por una situación similar.

“Este güey me hizo ponerme de rodillas con mis manos contra la pared, mientras el se masturbaba viéndome el culo”, me dijo mi amiga Ella. “Al menos no tuve que ver su cara mientras lo hacía”.

Lo que aprendí es que hay un tipo de hombre haya afuera (¿quizá también una mujer?) que sólo quiere tratarte como una imagen pornográfica en carne y hueso. En el caso de mi llanero solitario, y la experiencia de mi amiga, el coger no era el clímax del encuentro sexual. Era el calentamiento antes del acto final; uno que no nos involucraba en lo absoluto.

Todos tienen su extraño lado sexual (ni siquiera he comenzado a explorar la superficie de las cosas bizarras que me gustan), y estoy segura de que hay mujeres a las que les excita ser ese objeto pasivo con el que el hombre se autocomplace. Pero estar ahí acostada frente a un güey que no tenía interés alguno en mi persona, sino únicamente en mi callado sometimiento a sus necesidades masturbatorias no me hizo sentir como la estrella porno que él se estaba imaginando. Fue un enorme matapasiones, y eso me hizo sentir insultada y resentir el evento.

Me sentí como una adolescente. ¿Como la primera vez que coges y lo único que el güey sabe es lo que ha visto en la televisión? Me pregunto si esto no tenía algo que ver con la pornificación del sexo en la vida real.

Cuando tenemos acceso a tantos imágenes pornográficas, ¿nuestros encuentros sexuales evolucionan para convertirse en una extensión de nuestros fetiches digitales? ¿Es eso una especie liberación sexual, en tanto reconozcamos y actuamos sobre nuestros impulsos, o es esta una forma dañina de incluir a la gente en nuestras fantasías? Más importante, si esto último es verdad, ¿qué implica para el papel de la mujer en las relaciones heterosexuales, dado que la gran mayoría de escenas porno heterosexuales presentan a la mujer como un accesorio, la cubeta de semen de un güey, generalmente asqueroso?

Sí, tuve mucho tiempo para reflexionar mientras este güey se la jalaba frente a mí.

@kat_george

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