
La Dillon Aero M134D Gatling, una “ametralladora de seis cañones alimentada con energía eléctrica que dispara munición de 7,62 mm a una velocidad de tres mil disparos por minuto”. Esta era una de las incontables máquinas de matar que se expusieron en el SOFEX.
Foto por cortesía de Dillon Aero.
“Sabes, güey, es extraño. Aquí todo el mundo se muestra muy cordial, pero, en definitiva, lo que estamos haciendo es, bueno... comprar armas para aniquilarnos unos a otros. No es que quiera sonar como un liberal o algo por el estilo. Pero en realidad no hay glamour en todo esto. Estas mierdas sirven para matar gente”. Lo chocante es que esto no lo decía un hippie antibelicista que se acabara de meter un ácido, sino un sargento de los Marine Corps Force Recon, de casi dos metros de estatura, recién llegado de cumplir dos misiones en Afganistán. Él y yo estábamos en Jordania asistiendo a la edición de 2010 de la Exposición de las Fuerzas de Operaciones Especiales (SOFEX), y el motivo de su airada reacción fue la planta destinada al comercio: un mar de stands y expositores de compañías armamentísticas donde se mostraban misiles, ametralladoras, tanques y bombas como si fueran la próxima gama de sedanes de lujo. El mayor patrocinador de la expo era Estados Unidos.
Cuando llegué al SOFEX me acordé de cuando yo era un joven punk y lo que procedía era decir cosas como “El complejo militar-industrial se está apoderando del mundo”. Entonces yo ni siquiera sabía qué significaba eso de “el complejo militar-industrial”, pero este congreso no iba a tardar en facilitarme una definición literal del término.
El SOFEX se lleva a cabo cada dos años en Amán, y es en buena medida un invento del rey de Jordania, Abdalá II, a quien le encantan las operaciones especiales y los grandes despliegues de artillería. A lo largo de una semana, más de 12 mil asistentes se patearon las alrededor de 30 carpas levantadas en el desierto, acogiendo a una cifra aproximada de 300 vendedores. La atmósfera era insidiosa pero abierta, un todo-se-vale en el que compañías norteamericanas como Northrop Grumman, Boeing y General Dynamics vendían armas a prácticamente cualquiera que pudiera permitirse pagarlas.

La Ultimate Warrior Competition está patrocinada por el KASOTC, un “centro de entrenamiento antiterrorista” en Jordania fundado por el rey Abdalá.
He asistido a docenas de ferias comerciales deprimentes, y los vendedores del SOFEX no son diferentes del resto excepto que sus mercancías están diseñadas para destruir cosas y despanzurrar gente. Presencié cómo representantes de casi todas las naciones gastaban millones de dólares en distintos tipos de munición pesada; me pregunté si las transacciones no estarían sufragadas con ayudas procedentes de Estados Unidos y otros países. Escuché a militares de alto rango decir cosas como: “Cuando me retire me sentaré al otro lado de la mesa, jajaja”. Lo que esto significa es que no es infrecuente que generales del ejército, con salarios gubernamentales del orden de los 100 mil dólares anuales, dediquen el ocaso de sus carreras a comprar miles de millones en munición a las empresas fabricantes de armamento, que a cambio ofrecerán a esos generales tras retirarse del ejército empleos como “consultores” con unos salarios igualmente astronómicos. Es flagrante cohecho, un chanchullo tan corrupto que bordea lo increíble. El absurdo, precisamente, resultó ser el tema principal sobre el que giró el encuentro.
Cada edición del SOFEX da comienzo con una “demostración de fuerza” organizada por el rey Abdalá. En esta ocasión consistió en un simulacro de operación antipiratería a cargo de un cuerpo de militares de élite. Observé cómo unos combatientes paleros caían del cielo con una especie de humo púrpura saliéndoles del culo para hacerse con el control de un “barco” (en realidad era un montón de contenedores de mercancías aislado en un punto en medio del desierto). “¿Pero qué vergas está pasando aquí?”, pensé. Nadie parecía tener el más mínimo contacto con la realidad.
Una vez inaugurado, las escenas que se desarrollaron cada día en el encuentro me recordaron a una fiesta con barra libre en el Lower East Side, pero en lugar de morros arremolinándose en el bar para agandallar vodka gratis había en cada stand cinco filas de generales intentando que se cursaran sus pedidos de armas con guía láser y camiones lanzacohetes, los dos productos estrella del espectáculo.

Al igual que en cualquier otra feria, las demostraciones de productos y las pruebas en vivo y en directo son la norma en SOFEX. Esta, con helicópteros, formaba parte de la “demostración de fuerza” del rey Abdalá, el buffet de ejercicios de operaciones especiales que precedió a la parte estrictamente comercial del encuentro.
Generales de todas partes asistieron de punta en blanco, como si el Dr. Maligno celebrara un pase de moda. Los más atildados eran los generalísimos africanos, con sus atuendos horteras con chapados de oro y sus enormes sombreros. Los que más mala espina daban eran los de las repúblicas ex soviéticas, que parecían mafiosos y asesinos a sangre fría. Aquellos eran los maléficos bastardos a los que James Bond o Rambo, superando todas las dificultades, tenían que eliminar. El problema es que las armas que allí se estaban vendiendo y comprando eran muy, muy reales. Un vendedor de misiles Javelin me dijo: “Han tenido un éxito increíble, no sólo entre las tropas americanas si no también entre otras fuerzas”.
Esto significaba, tal como yo lo interpreté, que tanto los soldados gringos como sus enemigos podían, en teoría, utilizar exactamente las mismas armas para reducirse mutuamente a cachitos. Lo cual sólo arrojaba beneficios netos para las empresas que se las habían vendido.
Estaba clarísimo que el SOFEX, con toda su pompa y toda su fatuidad, no era sino una excusa apenas encubierta para vender armas fabricadas en los USA a cualquier fuerza militar con dinero para comprarlas. Las empresas de armamento estadounidenses tienen, en teoría, prohibido vender armas a regímenes rebeldes, pero existe un agujero legal según el cual sí pueden vendérselas a “naciones amigas de Jordania”.
Un ex marine y veterano de la guerra en Irak accedió a identificar para mí varias de las armas a la venta en el SOFEX que se utilizaron contra él y sus camaradas durante sus servicios en Afganistán e Irak (los misiles de la empresa china Norinco, por ejemplo, son de los más utilizados por los insurgentes iraquíes). Fue un shock descubrir que prácticamente cualquier país del mundo puede, si le da la gana, adquirir misiles tierra-aire diseñados específicamente para derribar aviones en pleno vuelo. Se daban también unas cuantas configuraciones de “doble propósito”: es ilegal que ciertos países adquieran vehículos de combate totalmente equipados, pero no que compren vehículos de una compañía y armas de otra, que después pueden ensamblar como si fuera un Lego para crear una especie de Airwolf asesino. Lugares no muy amistosos como Corea del Norte son en la actualidad maestros de esta práctica de “Frankensteining”.
En SOFEX, sorprendentemente, todo mundo estaba más que dispuesto a hablar conmigo: habían asumido que trabajaba para Jane’s, la más importante revista sobre comercio de armas y equipos militares. Era el equivalente de ser de GQ o Vanity Fair durante la Semana de la Moda de París. La economía de la región se sustenta en explotar el terrorismo, el miedo, la paranoia y el contraterrorismo, y no me cuesta entender por qué la gente se deja caer por estas jaranas: no lo puedo negar, es divertido disparar a un tanque viejo con un lanzacohetes, ver unas ametralladoras Gatling cortar una casa por la mitad como si fuese de mantequilla, lanzar un misil hacia el cielo estrellado. Pero después te das la vuelta y te encuentras con un veterano de guerra de ojos acerados que se encarga de que toques de nuevo de pies en tierra: “Estas cosas tienen una función. Matar gente”.
Ah, sí. Claro.

El teniente coronel Jafar S. Al-Droubi y el autor.

Los soldados jordanos no pusieron hicieron del rogar para tomarse unas fotitos.

Gran parte del equipo estaba diseñado con sutileza y expuesto con buen gusto, pero este misil parecía algo sacado de una película de James Bond.

El autor en el interior de un Avenger Air Defense Turret de la compañía Boeing, algo así como la Honda Civic de los sistemas antiaéreos automatizados: barato, ligero y fiable.

Una compañía alemana, Heckler & Koch, vende armas como la G36, armas más grandes como la MG4, y lanzagranadas que pueden acoplarse a las armas mencionadas. Sus expositores parecían inspirados en Foot Locker.
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